El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 51 Historia omitida #2
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Capítulo 51 Historia omitida #2

Ni siquiera el humor socarrón de Galeg Bastius lograba disipar la neblina que envolvía los pensamientos de Renek. Con el tono de quien se atreve a nombrar aquello que le incomoda, retomó la palabra con mesura para mencionar también lo de las visiones que estaba teniendo.

—Solo me falta tener pesadillas con Veltor y puertas extrañas — murmuró Renek, casi en broma, aunque el tono le salió más sombrío de lo esperado.

El tenedor del erudito se detuvo a medio camino. Fue apenas un titubeo minúsculo, pero bastó para que Renek advirtiera un cambio. El viejo maestro volvió a llevarse el bocado a la boca, aunque con la mirada clavada en el joven, como si hubiera oído lo último que alguien podía esperar oír.

—¿Puertas extrañas? —preguntó mientras masticaba, en un tono más bajo.

Renek compartió su último sueño. Describió la puerta negra y las figuras de Bladack y Veltor de joven.

Habló del silencio antinatural que reinaba en aquel lugar, de la sensación de que aquella puerta no debería existir.

Hablando, notó que incluso Deetra había dejado de comer, y que Juzaontux se había adelantado un poco, arrastrado por la gravedad del relato.

—Ya veo... —murmuró Bastius, sin levantar la vista, mientras cortaba con parsimonia un trozo de pollo.

La conversación se congeló por un momento. La jovialidad del maestro había sido desplazada por gravedad, que se adhería a la mesa.

—¿Qué pasa con la puerta? —preguntó Deetra, como quien lanza una piedra a un hoyo para ver si hay fondo.

—No, nada, nada —musitó, aún concentrado en su plato.

Pero nadie volvió al suyo. La presión muda de los presentes lo rodearon a modo de red, y el profesor, con un suspiro resignado, levantó la vista.

—Nada, hombre. Solo que me extraña que los altos arcontes no te contaran más sobre las puertas.

—¿Puertas? En mi sueño solo vi una puerta.

El ermitaño lo contempló con pesadumbre.

—Me preocupan esos sueños tuyos, muchacho... Dime, ¿qué sientes cuando te despiertas? ¿Sientes mareo? ¿Desorientación?

La pregunta lo pilló desprevenido. Que Bastius intuyera que sus visiones estaban teniendo un impacto en su salud no podía ser simple adivinanza.

—Sí. Cada sueño es peor que el anterior. Al principio era solo mareo y dolor de cabeza. Pero la última vez sentí temblores en todo el cuerpo. Tardé un buen rato en recomponerme y poder levantarme.

—Mmm…

El viejo maestro giró el torso hacia Kida, pero esta no alzó la vista. Seguía comiendo en silencio, con los ojos fijos en el plato, como si el simple acto de cortar su alimento le ofreciera una excusa para no sumarse a la conversación.

—Harías bien en averiguar qué está causando esos sueños, qué los provoca, antes de que un día te vayas a dormir para no despertar.

«¿Para no despertar...?», pensó él. Los demás comensales compartieron el mismo miedo.

—Lo que describes... Lo que viste fue una puerta demoníaca. Aunque algunos estudiosos las prefieren llamar puertas arcanas, en la mayoría de los textos antiguos aparecen como puertas demoníacas.

—Un momento, ¿cómo que «puertas demoníacas»? —Egon destilaba escepticismo, cansancio de supersticiones.

Bastius, por su parte, se dejó caer aún más en su asiento y resbaló hasta que sus codos toparon con los reposabrazos; luego adoptó esa postura descuidada que en él siempre ocultaba una mente alerta.

Deetra y Renek mantenían la mirada fija en el viejo maestro, cuyas pupilas, ahora inmóviles, se perdían en el vaivén hipnótico del fuego.

Parecía que, en aquel instante, la chimenea le hubiera recordado algo que los demás aún no sabían.

—¿Profesor Bastius...?

Siguió observando las llamas, como si no estuviera ahí. No pudo evitar mirar de reojo para ver si el grupo aún esperaba su respuesta.

—Son estructuras antiguas, anteriores a cualquier registro histórico que conservemos —explicó—. Se dice que están dispersas por todo el continente, ocultas en lugares remotos o ruinas olvidadas.

Kida se mostró muy seria.

—Nunca he oído hablar de ellas en mi entrenamiento arconte.

—No me sorprende —respondió—. La mayoría las considera leyendas, cuentos para asustar a aprendices demasiado curiousos —hizo una pausa y se aclaró la garganta—.

Pero hay textos que hablan de ellas, mmm.

Describen portales imbuidos de una energía oscura, custodiados por...

entidades —dijo con una sonrisa, como quien disfruta contándole una historia a un niño—.

Demonios que protegen su interior para que no las atraviese cualquiera.

Renek sintió una corriente helada recorrerle la espalda. La imagen de la puerta en sus sueños coincidía con la descripción. Las palabras de Veltor en el sueño volvían con nitidez inquietante: «Los secretos del vórtice».

—Varios han sido los que han partido en su búsqueda, pero ninguno regresa. Vaya, al menos yo no conozco a nadie que se haya topado con una.

—Son solo leyendas, Renek —intervino Kida—. Historias mitológicas como cualquier otra. No hay nada que pruebe su existencia.

—Y yo que pensaba que estábamos avanzando en esto de desterrar lo sobrenatural y fantástico a los cuentos —farfulló Egon.

—Puede ser, puede ser, mmm —coincidió con Kida—. He dedicado años a estudiar referencias sobre ellas. Es un tema muy interesante. Tampoco me parecen algo tan inverosímil, pero mi conocimiento se queda ahí: en lecturas. Jamás he visto una en persona. Y he caminado mucho en mi vida.

Egon asintió, satisfecho, y volvió a su plato. Se quedó más tranquilo al ver que el profesor reducía el tema a algo sobre lo que solo se lee.

—Sin embargo... —añadió, y la palabra cayó como una campana en una estancia vacía— se rumorea que, en las ruinas del viejo templo, no demasiado lejos del pueblo, hay inscripciones que algunos relacionan con esas puertas.

La mesa enmudeció. Entre ellos circuló una especie de entendimiento, una mezcla de inquietud y atracción.

—Yo no iría. Lleva décadas abandonado. Se intentó restaurar hace treinta o cuarenta años. Nadie volvió. Ni uno solo.

Deetra y Juzaontux intercambiaron una mirada larga. Kida y Renek también. Egon, con semblante serio, escaneó a ambos como si ya intuyera lo que pensaban.

—Bueno, venga, comamos —concluyó Bastius, que alzó la voz para fingir desenfado—. Que, si esto se enfría, ya no vale nada. Capitán Kallari, páseme la sopa de calabaza.

Renek no volvió a decir palabra durante lo que quedaba de cena. Mientras los demás reían por alguna broma torpe de Bastius o hacían planes para el día siguiente, él solo pensaba en qué le pasaría si aquellos sueños continuaban. En la puerta. En Veltor.

¿Y si era verdad? ¿Y si aquella visión no era un residuo del sueño, sino una advertencia? ¿Hasta cuando aguantaría su cuerpo antes de sucumbir al creciente deterioro que cada visión le suponía?

Sabía que su entrenamiento arconte apenas comenzaba.

Tenía por delante estudios, pruebas y disciplinas que todavía no comprendía.

Pero también sabía que algo se movía en los márgenes.

Algo antiguo. Apretó la servilleta entre los dedos, sin darse cuenta.

Algo le decía que tenía que buscar esa puerta.