Capítulo 48 El primer hilo
Pasó la noche en vela. Lo poco que había descansado lo había hecho con los ojos abiertos, perdido en el techo de piedra, y sintiendo el peso de todas las palabras que los altos arcontes habían lanzado sobre él.
Ahora, se los frotaba despacio, como si pudiera borrar la noche de su rostro mientras ascendía los escalones de otra de las torres del colegio, a la que Tefrio se había referido con el nombre de Torre de los Elementos.
No cruzaron palabra durante todo el ascenso, y cada peldaño que dejaban atrás daba la sensación de susurrar que algo se acercaba, y que lo que estaba por venir no era solo una lección, sino un punto de inflexión.
Tefrio se detuvo ante una puerta de madera oscura con varias hileras de clavos ennegrecidos de cabeza cuadrada que perfilaba su contorno.
Encima, en el arco de piedra, había un símbolo que Renek no reconoció.
—Aquí es —dijo Tefrio.
Y se marchó.
Estaba nervioso y no sabía por qué. Levantó una mano, golpeó la puerta dos veces y empujó la hoja con la mano izquierda mientras con la otra sujetaba la anilla de hierro para evitar hacer demasiado ruido.
Cruzó una pequeña antesala cuadrada que desembocaba en una sala mayor, de planta circular.
Allí, de pie junto a una de las mesas, Vaisas alineaba con meticulosidad un conjunto de copas talladas y botellas de vidrio opaco que desprendían un aroma discreto a hierbas fermentadas.
La estancia era amplia, pero no en exceso, ni por supuesto tan elevada como la sala de su primer encuentro con los altos arcontes.
Sí era más acogedora. Algunos armarios altos flanqueaban las paredes, y tres mesas circulares se repartían entre bancos largos y sillas de madera curvada.
Sobre el arco que separaba la antesala de la estancia principal, colgaba la cabeza disecada de un faucegris con colmillos como dagas.
Mas lo que de veras capturó la atención de Renek fueron las luces.
Había candelabros por doquier: sobre las mesas, encaramados en armarios, e incluso anclados al suelo a modo de pequeños altares de metal.
Pero sus llamas palidecían ante las verdaderas protagonistas: cuatro antorchas de hierro, repartidas con simetría perfecta, cuyas cazoletas no albergaban ni resina, ni óleo, ni brasas.
En lugar de fuego, una esfera de luz pura flotaba en cada una de ellas.
Levitaban en el aire, iluminaban sin consumir nada, como si hubiesen sido robadas a alguna estrella distante.
Vaisas lo observaba, entretenido ante el desconcierto que provocaban en Renek.
—Elementación —dijo con voz tranquila—. Es solo luz. Puedes acercarte si lo deseas. No podrás tocarla, pero sentirás su calor.
Renek se acercó a una de las antorchas y examinó la cazoleta, esperando encontrar algún mecanismo, una fuente oculta, algo que lo justificase. No había nada. Era solo luz. Pura y suspendida. Dudoso, alargó la mano y la atravesó. En efecto, sintió una calidez tenue.
—¿Cómo...?
—Elementación —repitió Vaisas, que se anticipó con calma a la pregunta incompleta—.
Eso que ves no es otra cosa que luz, en su forma más pura, canalizada desde el plano primordial, el plano que precede a todas las cosas, hasta nuestro plano, el plano físico.
A ese plano primordial se le conoce como Tejido Primero.
Se acercó unos pasos, dejando atrás la mesa con las copas, y posó la mirada sobre una de las esferas suspendidas.
—Con el adiestramiento adecuado, uno puede aprender a abrir pequeños hilos entre ese plano y el nuestro —continuó—.
Canalizar esa energía, darle forma aquí.
A eso lo llamamos elementar. De ahí elementación, la disciplina que nos permite moldear los elementos que dan forma a nuestro mundo: luz, fuego, agua... Renek arrugó la frente.
—¿Entonces puedes crear luz... de la nada?
Vaisas negó con la cabeza.
—Nada se crea —dijo—. Solo se transforma. Al igual que no creas fuego cuando enciendes una vela, sino que juntas una serie de elementos y, aplicando energía también, lo transformas en fuego. Con la elementación hacemos algo parecido, pero canalizando, tomando prestada energía del Tejido Primero.
—Suena a brujería —murmuró Renek, sin lograr ocultar del todo su escepticismo.
El alto arconte dejó escapar una breve carcajada, serena y auténtica. Aquella reacción le resultaba familiar.
—Eso mismo debieron decir los primeros hombres cuando vieron una chispa surgir de la piedra, o cuando alguien convirtió el viento en fuerza para moler trigo.
¡Brujería! —dijo, con cierta teatralidad.
Se volvió hacia él, más serio—. Pero no lo era —concluyó, arqueando las cejas y curvando los labios hacia dentro—.
Hay quienes se refieren a ello como naturaleza, otros como ciencia, magia...
Cada cultura lo llama de un modo distinto.
Pero, a fin de cuentas, era conocimiento... solo que adelantado a su tiempo.
Renek se apartó de la esfera luminosa, aún sorprendido. Observó sus propios dedos. Esperaba encontrar en ellos algún rastro de lo que acababa de atravesar.
—¿Qué es con exactitud lo que hacéis aquí? —preguntó, no con desdén, sino con una mezcla de confusión y respeto—. ¿Canalizáis energía para encender lámparas sin fuego?
Vaisas esbozó una media sonrisa, sin burla. Caminó hacia un aparador cercano, donde reposaba una jarra de cristal transparente, llena hasta la mitad de un agua igual de clara que la mañana. Sirvió en dos copas de boca ancha, una para él y otra para sí mismo.
—Buena pregunta —dijo al fin el arconte, después de mojarse apenas los labios—. Aunque tal vez lo importante no sea lo que hacemos, sino por qué lo hacemos.
Se sentó en uno de los bancos junto a la mesa y le pidió que hiciera lo mismo.
—Lo que has visto es una de las seis disciplinas que estudia quien recorre la senda arconte, aunque muy pocos logran dominarlas todas. Entraremos en eso otro día. Pero controlar esas disciplinas no te convierte en arconte, igual que saber blandir una espada no te convierte en soldado.
—¿Qué es la senda arconte? —preguntó Renek, sin rodeos.
—Otra buena pregunta, aunque difícil de responder —Vaisas se tomó un instante antes de continuar, como quien ordena mentalmente piezas antes de construir una figura compleja—.
La senda arconte es un camino. Complejo y duro.
Es un sendero intelectual y espiritual que requiere de esfuerzo tanto mental como físico.
Se necesitan años de entrenamiento intenso para dominar las artes arcontes.
—¿Y cuál es el propósito de ese camino? —preguntó, y acto seguido bebió un sorbo de agua.
—Entender el mundo —respondió Vaisas, sin vacilar—.
Conocer la verdad. Y defender, en todos los sentidos, el orden.
No el orden impuesto por individuos o leyes humanas, sino el que nace del equilibrio entre todas las cosas.
La senda arconte forma individuos capaces de hallar sentido en el caos, leer las señales ocultas en los hechos cotidianos y ofrecer visión en tiempos de confusión.
No ofrece poder, sino comprensión. Comprensión de los ciclos, de la energía, de los vínculos que conectan todo lo que fue, es y será.
—No encaja mucho con la idea de guerrero ancestral que tenía en la cabeza —manifestó Renek—, ni tampoco con la de héroe que a veces he oído atribuirse a los arcontes.
—Somos faros silenciosos, más que héroes o guerreros.
Ayudamos a otros a encontrar el hilo que une lo visible con lo verdadero.
Un arconte se centra en el estudio, la contemplación, la observación atenta...
Pero también en la defensa. Porque cuando la mentira y la ignorancia amenazan con instaurarse, el arconte se convierte en escudo.
Renek hacía un esfuerzo considerable para encajar todas las piezas.
—El poder, la ambición, la magia... —continuó Vaisas mientras señalaba, con la mano abierta hacia arriba, la antorcha con la esfera de luz— Todos son caminos que pueden llevar a la ruina si no conocen límite.
Los arcontes existen para vigilar esa frontera.
Nuestra vocación no es dominar, sino evitar que otros crucen la línea sin comprender las consecuencias.
No imponemos ese conocimiento, sino que lo entendemos, lo preservamos y lo compartimos.
—¿Y si alguien cruza la línea? —dijo Renek.
Vaisas entrecerró los ojos, como si reconociera ese pensamiento.
—Entonces hacemos lo que sea necesario para impedir que arrastre a otros con él —contestó con solemnidad—.
Uno de nuestros propósitos es advertir, corregir o detener a quienes ponen en peligro el tejido del mundo por ignorancia, arrogancia o deseo.
—Se incorporó un poco, con la copa aún en la mano—.
Pero debes entender, Renek, que nuestro compromiso es con el saber, con el equilibrio.
No luchamos por ningún bando. Luchamos por mantener el delicado tejido entre caos y orden, entre lo físico y lo invisible.
Observamos, aprendemos y solo actuamos cuando el desequilibrio pone en riesgo la armonía del mundo o la continuidad de la verdad.
—¿Y yo seré capaz de hacer eso? —preguntó, con un deje sincero de duda.
Vaisas no respondió de inmediato, pero su mirada se suavizó un instante.
—Esa es una pregunta que no puedo responder por ti —dijo al final—.
Como altos arcontes, vemos potencial en ti, pero eres tú quien debes estar tanto física como mentalmente preparado.
En ese sentido, la abstracción te ayudará a abrir la mente, a absorber nuevo conocimiento.
La reflexión te ayudará a entender y canalizar la energía del mundo.
Hacer preguntas es lo que te llevará más lejos en este camino.
—Hizo una pausa—. Una vez tomes la senda del arconte, nunca más estarás solo.
Siempre estarás conectado a los demás arcontes del círculo.
Renek bajó la mirada hacia la copa, meditando en silencio.
—¿Cómo va a ayudarme todo esto a deshacerme de los sueños que estoy teniendo? Siento que, si sigo así, mi cuerpo acabará cediendo...
—Paciencia, Renek. Compartes un vínculo único con Kida.
Confía en él como quien sigue un hilo cuando todo lo demás es oscuridad.
No tengas miedo de apoyarte en ella cuando necesites guía a través de la senda.
Como comprenderás, todo esto requiere sobre todo una cualidad: disciplina.
Viniendo de las fuerzas armadas de la Unión, quizás tengas ventaja en ese sentido, aunque aquí no recibirás órdenes, sino preguntas.
Renek se perdió de nuevo en su copa durante unos segundos. Esperaba que la superficie del agua le mostrara lo que él aún no sabía nombrar. Vaisas no dijo nada más, como si el arconte supiera que las palabras, a veces, debían reposar antes de germinar.
Cuando alzó la vista, sus ojos recorrieron de nuevo las esferas de luz suspendida.
No entendía cómo funcionaban, ni por qué no ardían, pero una parte de él entendió que aquel misterio no era solo una curiosidad mágica, sino un recordatorio de algo mayor: había cosas reales que desafiaban la lógica, y el mundo era más vasto y más antiguo de lo que nunca se había imaginado.
Se sentía como si quisieran desnudarlo de todo lo que creía saber...
y al mismo tiempo le ofrecieran una prenda nueva que aún no sabía cómo ponerse.
«Comprensión». Aquella palabra se le quedó grabada en la mente.
En aquel lugar, sus armas no serían ni la espada ni el arco, sino las preguntas.
Preguntas que ya empezaban a brotarle dentro.
Preguntas, no está de más aclarar, que no sabía formular, y cuyas respuestas quizás no estuviera preparado para escuchar.
Miró a Vaisas una última vez. El arconte lo observaba con una serenidad firme, como si ya hubiera visto antes esa expresión en otros muchos rostros.
Quizás en el suyo propio. Renek se incorporó con lentitud.
No dijo gracias, ni pidió más explicaciones.
Solo asintió con la cabeza. Y aunque no sabía aún si estaba preparado, entendía al menos una cosa: no había marcha atrás.