Capítulo 49 Compostura rota
La luz caía a plomo sobre Illenard aquel mediodía.
El distrito de Torre del Alba poseía la solemnidad de un lugar que no necesitaba alardear de su poder.
Lo manifestaba en cada columna tallada, en cada cornisa labrada con paciencia imperial, en los muros blancos que se alzaban como acantilados.
Las cúpulas de cobre dorado eran coronas que solo el cielo tenía permiso de rozar.
El distrito conservaba una calma activa y ritual.
Las calles no estaban vacías, pero sí eran discretas: se cruzaban sirvientes públicos con documentos bajo el brazo, sirvientes de librea que transportaban cajas selladas, comerciantes de tejidos finos que conversaban en voz baja junto a carros cubiertos y algún escriba consultaba al sol los detalles de un tomo.
Ningún pregón rompía el aire. Aquí, las compraventas se llevaban a cabo sin gritar y a menudo tras las puertas.
Los negocios abrían sus cortinajes con discreción y ofrecían perfumes, libros raros, instrumentos musicales o tintes traídos de tierras lejanas.
Todo se mostraba contenido, deliberado, como si cada gesto estuviese pensado para no perturbar la dignidad de la piedra ni la reputación de quienes la pisaban.
Era la hora en que el movimiento se deslizaba hacia el interior de las residencias para comer.
Gellandyn y Sadro caminaban juntos por la Plaza de la Verdad hacia la Casa de los Representantes, donde se celebraría una recepción con miembros del Comité Ciudadano.
El almuerzo había sido promovido bajo el pretexto de una escucha institucional.
Tenía el objetivo de discutir una serie de propuestas de inversión en infraestructuras en los distritos menos favorecidos de Illenard.
Todo ello con los recursos que el nuevo plan del Gobierno preveía recabar.
Atrás quedaba la serena sede del Ministerio de Educación y Cultura, un edificio de cúpulas níveas y columnas insomnes, donde hacía apenas una hora habían despachado con el Comité de Educación.
Al frente de este se encontraba Loblo, tan convencido de sus verdades como de su reflejo en los espejos del Parlamento.
Había defendido una reforma hacia un currículo más político, centrado en el estudio de las estructuras de Hiclaria, de su historia como muralla que legitima el presente; y de la defensa del territorio en todas sus acepciones: política, social, comercial y geográfica.
Pero, sobre todo, orientado a presentar a la Unión como un ente político vertebrador: promotora de la integración y cooperación entre los territorios de Eldava, garante de unos valores compartidos y defensora de los intereses comunes de su conjunto: Hiclaria, Dasteura, Osmesh y Tusquia.
Gellandyn había contrapesado aquel discurso con el filo del razonamiento.
Abogó por un currículo donde el saber técnico y verificable tuviese peso, y también por introducir la filosofía del límite, la ética del poder, la necesidad de cuestionar lo establecido.
Su tono fue el de alguien que sabe que el pensamiento libre no se impone, se siembra.
Y aunque la ministra Daiarella había sostenido sus propuestas con firmeza, sabía que el único logro real había sido que Loblo no cerrara más puertas de las necesarias.
En la capital, la resistencia no siempre se presentaba en forma de rechazo, sino en forma de cortesía aplazada.
—Comprendo tu posición sobre el currículo, Gellandyn —Sadro mantuvo el paso firme mientras bordeaban la plaza—. Tus puntos sobre el pensamiento crítico son vitales. Pero Loblo no yerra por completo. Los jóvenes necesitan entender la importancia de la Unión, en especial ahora.
Gellandyn se ajustó el cuello de la chaqueta.
—No cuestiono el valor de afianzar el conocimiento sobre nuestras instituciones —replicó—. Pero temo que el enfoque de Loblo no enseñe a pensar, sino a obedecer. Hay una línea delgada entre formar ciudadanos y manufacturar devotos.
Sadro no respondió y mantuvo la expresión imperturbable.
Un grupo de escolares con túnicas claras cruzó la plaza en dirección al Archivo Civil, sus pasos en orden, sus rostros aún libres de cinismo.
Iban guiados por dos maestras de porte amable y vestimenta impoluta, cuyos pliegues no conocían el polvo ni la arruga.
Ambas alzaron la vista al reconocer la figura del Primer Ministro y la de Gellandyn junto a él.
Una de ellas sonrió con educación; la otra, sin dejar de caminar, hizo un gesto de exagerada sorpresa y, mirando a los niños, los invitó a saludar:
—¡Niños, mirad quién está aquí! Decid hola al Primer Ministro y a la señora ministra.
Los escolares reaccionaron al instante. Se volvieron al unísono y, con voces agudas, saludaron en coro:
—¡Hola, Primer Ministro! ¡Hola, señora ministra!
Ambos sonrieron de forma genuina y saludaron con la mano. Sadro acarició la cabecita de uno de los pequeños al pasar por su lado.
—¡Adiós! —chillaron algunos de ellos con alegría al alejarse de los dos representantes.
—¡Queremos caramelos en la escuela!
—Sshh. Jalda, compórtate —le reprobó una de las maestras.
Unos segundos después, Sadro se detuvo un momento y saludó con un leve ademán a una señora que barría con lentitud los escalones de una vivienda baja. La mujer respondió con una gran sonrisa e inclinación de cabeza.
—¡Buenos días, señor Chessan!
Las escalinatas de la Casa del Pueblo se extendían frente a ellos cual lengua de mármol blanco, ancha y majestuosa, flanqueada por columnas resplandecientes y altos estandartes que ondeaban con elegancia desde los balcones superiores.
Sadro y Gellandyn subían con paso firme, envueltos en el reflejo del mineral y el eco sordo de sus pisadas.
Una mujer descendía en dirección contraria con paso ligero mientras se recogía los pliegues de la falda con una mano y con la otra protegía un fajo de papeles prensados contra el pecho.
Sus ropas, aunque limpias y bien cuidadas, desentonaban un poco con la sofisticación que caracterizaba a los vecinos del distrito Torre del Alba.
Vestía de algodón pardo con detalles en hilo marrón, prendas más propias de los distritos Lanthels o Veloagua.
—¡Gellandyn! —llamó la mujer, y se detuvo con una sonrisa amplia—. Eres tú, ¿verdad?
Frenó su ascenso. Se volvió y parpadeó, como quien ve surgir una canción antigua de entre los muros.
—¿Urzula?
La mujer rio con un gesto casi infantil y bajó los últimos escalones para encontrarse con ella.
De cerca, las arrugas junto a los ojos se hacían visibles, pero no opacaban su brillo honesto.
Saludó al Primer Ministro con cordialidad, subrayando el honor de verlo en persona, y luego miró a la ministra con una chispa de sorpresa y aprobación, como quien encuentra intacta la esencia de alguien a pesar de los años.
Aquellos pómulos altos y las pestañas densas y largas que sombreaban sus ojos seguían allí, sin maquillaje ni artificio.
Si acaso, la madurez había cambiado la manera en que todo eso impresionaba: ya no era por juventud, sino por la calma y cercanía que emanaban.
—¡Por favor! Cuántos inviernos han pasado... Aún recuerdo cuando robamos dátiles del huerto del señor Telra, ¿te acuerdas? Y tú siempre querías trepar primero.
Gellandyn soltó una breve risa, más sincera de lo que ella misma esperaba, y asintió con suavidad. Sadro se mantuvo unos pasos más arriba, paciente e inmóvil.
—¿Qué te trae por aquí, Urzula?
—He venido por unos temas de mi tienda —levantó los papeles con visible orgullo—. Me han renovado el permiso de negocio. ¡Cinco años más! Los chicos de la secretaría han sido muy amables —dijo mirando de forma fugaz a Sadro—, aunque no entendían del todo para qué necesito tanta arcilla...
—La cerámica de tu familia siempre fue la mejor del distrito —dijo Gellandyn con calidez—. Me alegra oírlo.
—Y yo estoy agradecida. Por todo lo que hacéis por nosotros. La gente no lo dice lo suficiente, pero se nota que trabajáis duro por Hiclaria. De verdad.
—Es nuestro deber —respondió Gellandyn, que ladeó apenas la cabeza y sonrió agradecida.
—¿Y tu hija? ¿Sigue con lo suyo? —inclinó también la cabeza hacia un lado, con una expresión más curiosa.
—Está en la academia. En clase.
—Ah... —murmuró Urzula, con su habitual gentileza— Ojalá los míos puedan entrar algún día... Sería un honor.
—Seguro que sí. Algún día —dijo, con una sonrisa no del todo genuina.
—Bueno, no te entretengo más. Seguro que tienes reuniones más importantes que cruzarte con viejas amigas.
—No digas tonterías. Siempre es un placer verte, Urzula.
Se despidieron con un abrazo y, acto seguido, la alfarera retomó su descenso. La observó unos segundos, con un gesto imposible de leer, y luego reanudó la marcha junto a Sadro.
La Casa del Pueblo los recibió con su solemne grandeza habitual.
Tras franquear los pórticos de bronce, el Atrio de las Voces los envolvió en una calma amplia y serena, distinta a la de las calles.
Gellandyn andaba con paso firme, las manos tras la espalda y el mentón erguido, con Sadro a su lado, con porte recogido y los ojos fijos en el horizonte de mármol.
Pero había una nota discordante en la cadencia pacífica del Parlamento.
En lo alto del tramo central de escalinata que ascendía hacia la entrada de la Gran Cámara, se agitaba un mozo que rompía la armonía del lugar.
Un joven de tez lívida, peinado y vestido con el uniforme de la Academia Militar, se movía de un lado a otro cual paloma atrapada en una bóveda.
Su chaqueta estaba desabrochada, la correa del cinturón colgaba torcida y un halo de sudor perlaba su frente.
Cuando sus ojos encontraron a Gellandyn, se agrandaron de inmediato, como si hubiera avistado tierra firme tras una larga deriva.
—¡Ministra! —exclamó, y de inmediato descendió las escaleras con premura, tropezando casi con sus propios pasos—. Señora ministra, necesito hablar con usted...
Sadro dio un paso al frente por reflejo, pero Gellandyn ya se había vuelto hacia el muchacho.
—Respira —dijo—. ¿Qué ocurre?
El estudiante tragó saliva y la miró como quien teme haber traído malas nuevas a quienes sostienen el timón de la nación.
—Es su hija —dijo, con voz temblorosa—. Ha ocurrido algo. En la academia.
Gellandyn se quedó inmóvil. No dijo palabra.
Vaciló por un instante: el parpadeo fuera de ritmo, la comisura del labio que no bajó con el resto del gesto, una respiración que no llegó a completarse...
Y en su mirada, serena pero ya no intacta, algo se desprendió, una certeza antigua que se desmoronaba en silencio.
—¿Qué ha pasado? —intervino Sadro, en tono seco.
El joven negó con la cabeza, desbordado.
—Me han enviado para traerla. Es urgente. Tiene que venir cuanto antes.
Sadro la miró, pero la ministra seguía allí, detenida bajo la cúpula del atrio, anclada al suelo.
Se la habría podido confundir con una estatua si no fuera por los ojos, que de pronto lucieron más humanos que nunca.
Su mente, que estaba acostumbrada a recorrer los caminos del razonamiento con frialdad quirúrgica, se encontraba ahora atrapada en un espacio sin lógica y sin palabras.
—¿Gellandyn?
Por fin, reaccionó. Solo bajó una mano, se ajustó la hebilla de la chaqueta como quien vuelve a colocarse la armadura antes de la batalla y echó a correr en dirección opuesta.
El sonido de sus pisadas retumbó con una gravedad inusitada en aquel vestíbulo.
Nadie osó detenerla. El joven estudiante la siguió como una sombra torpe.
Sadro observó cómo se alejaban, velado por la preocupación.