El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 47 Un nombre urdido en el tejido del acontecer
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Capítulo 47 Un nombre urdido en el tejido del acontecer

Renek avanzó con paso tranquilo por el jardín del antiguo Colegio Arconte.

La quietud del lugar era sacra. La niebla matinal ya casi se había disipado, pero había dejado tras de sí un manto de humedad que aún reposaba como un aliento dormido sobre las piedras y la vegetación.

Frente a él, las puertas altas y curvadas que custodiaban el vestíbulo de la sección interior del colegio se abrieron antes de que su mano las tocara.

Hubo crujido, pero no viento. Tampoco figura visible más allá del umbral.

Se detuvo un instante. Observó los goznes inmóviles, la ausencia de sirvientes.

Pero no tenía tiempo para descifrar el misterio del mecanismo de esa puerta.

Entró.

Igual que el día anterior, los cuatro altos arcontes lo aguardaban alrededor de la poza central. Las aguas estaban quietas, y de ellas seguía emanando aquel vapor azur que ascendía en una columna hasta lo más alto del techo. Kida se hallaba junto a ellos, con el semblante sereno y distante.

—Ah, Renek. Me alegra ver que has acudido a nuestra llamada — dijo el Gran Maese Dael con voz amable y envejecida.

Respondió con una inclinación respetuosa de cabeza.

Entonces Vaisas habló, con tono pausado, como si pronunciara cada palabra tras pesarla en el crisol del juicio.

—Has sido tema de largas conversaciones —dijo—. Hemos debatido si eras merecedor de recibir nuestra guía.

Siguió un silencio que se prolongó más de lo esperado. Renek, al ver que ningún otro sonido lo sucedía, alzó un poco la voz, impelido por el pulso que sentía en las sienes.

—¿Y...?

Nadia Casadora, de rostro severo y ojos con la hondura de una mirada doble, fue quien tomó la palabra.

—Te ofrecemos adiestramiento, soldado. Un lugar bajo nuestra tutela. El inicio de la senda arconte, si tienes el valor de seguirla.

El pecho se le ensanchó con expectativa. Aquello podía traer consigo algo importante: poner remedio a su deterioro. Y algo quizás más valioso: respuestas.

En cierto modo, aunque no entrara en sus planes, también se sentía orgulloso de ser merecedor de ese adiestramiento arconte.

Levantó la mirada hacia Kida para buscar en ella el reflejo de su propia alegría.

Pero la expresión de la joven seguía imperturbable.

Y antes de que pudiera leer en sus ojos lo que buscaba, la voz de Nadia irrumpió de nuevo y desgarró su esperanza como si fuera una lanza.

—No te confundas. No has ganado nada. Esto no es un premio.

La senda que te ofrecemos no lleva a la gloria, sino al sacrificio.

A un trabajo que no termina jamás. Si buscas grandeza, puedes marcharte ahora.

Si deseas poder, lo perderás todo en el intento.

Tales pretensiones no tienen cabida en nuestro círculo.

Solo llevan a la obsesión... y a consumirse uno mismo.

La senda arconte es un camino pesado, pero si lo que quieres es comprender...

si estás dispuesto a ser moldeado hasta romperte, entonces responde: ¿estás preparado para recorrer un camino que no tiene final?

Bajó la mirada. Sentía la atención de los cuatro altos arcontes y de Kida.

Una presión sutil sobre el tórax. Su respiración era lenta, pero el pecho le ardía con preguntas que no hallaban forma.

Adiestramiento arconte... Realmente, ¿qué tenía que ver con él?

¿De verdad quería adentrarse en eso? En sus planes no entraban en absoluto ni el poder ni la gloria.

Pero... ¿acaso tenía otra cosa?, ¿dónde iría si decía que no?

¿y si sus sueños terminaban por consumirle por completo?

No recordaba quién era, sus vínculos estaban rotos, y en su interior latía algo que no comprendía.

Pero una cosa tenía clara: quería respuestas. Y, si era cierto que los nox habían despedazado sus recuerdos, quería hacerles pagar por ello. Si había alguna posibilidad de lograr aquello internándose en aquel colegio olvidado, entonces no podía dar la espalda a la propuesta de los altos arcontes.

—Estoy preparado para cualquier reto —dijo al fin, con renovada determinación, aunque más grave de lo que esperaba.

Dael, con la seguridad de quien puede leer el alma, asintió despacio, como si esperara esa respuesta desde mucho antes de haber formulado la pregunta.

—Tampoco tienes demasiada elección, chico —replicó, sin dureza pero sin dulzura, a la vez que fijaba su interés de manera obvia en la mancha de sangre del pantalón de Renek—.

En realidad, ninguno de nosotros la tiene.

La mayoría de las personas prefieren ignorar el por qué de las cosas y se entregan a caminos más rápidos y más fáciles, a vidas más llevaderas que pesan menos.

Aquellos que aún somos fieles a las artes y al conocimiento ancestral, que queremos entender el porqué de todo...

somos cada vez menos en este mundo. Muchos, de hecho, se perdieron intentando frenar a Veltor.

Dejó que las palabras hicieran su trabajo en Renek. Cuando continuó, lo hizo con la voz más baja.

—Nadie está a salvo de los nox. Ni siquiera nosotros.

Sospechamos que no falta mucho para que encuentren este refugio.

Nos persiguen con más saña que al resto, porque lo que para nosotros es sabiduría y equilibrio, para ellos es una cadena.

Un límite. Pero ignoran que los límites son parte fundamental del todo, de la vida misma.

—No son pocos los que han abandonado la senda arconte para abrazar los ideales siniestros —añadió Nadia, con tono grave—.

Antiguos arcontes, formados en los mismos principios que tú vas a recibir...

Ya no sirven a la verdad, sino que tienen un nuevo señor.

Veltor les ha dado una nueva causa, envuelta en tinieblas.

Renek apretó los dientes. El peso de sus propias decisiones parecía crecer a cada palabra. Aun así, se atrevió a preguntar:

—Pero, altos arcontes..., ¿y yo? ¿Cómo encajo en todo esto? Me siento como si caminara en unos zapatos que no son míos. Todo esto le viene grande a un simple soldado de la Unión.

Nadia lo observó. Luego, habló con una franqueza que dolía.

—Sí, te viene grande. Al menos por ahora.

Pero sería negligente por nuestra parte ignorar tu gran afinidad energética.

Hay algo en ti. Un campo inusual. Tu instinto, tu resistencia, tu asertividad...

Tales cosas no puede ser ignoradas. Pero también vemos tu orgullo, tu impaciencia y tu arrogancia.

Una combinación, si no peligrosa, inestable.

Renek permaneció sólido ante Nadia. Dael volvió a intervenir.

—No sería sabio seguir caminando a ciegas sin antes entender y controlar esa energía, igual que no lo sería navegar en la niebla sin brújula ni estrellas.

Debes comprenderla, dominarla, someterla antes de que ella te someta a ti.

Nuestros conocimientos te prepararan para poner orden a ese caos y evitar que te arrastre hacia el abismo.

Y que arrastres a otros contigo. Te lo debes a ti mismo, muchacho.

Renek asintió con lentitud, y su tono fue más humilde cuando habló de nuevo.

—Entiendo, maese Talaran.

Por primera vez desde que Renek entró, los labios de Vaisas se curvaron apenas. No era una sonrisa completa, pero sí un resplandor fugaz de aprobación contenida.

—Entonces no debemos demorar más lo inevitable —dijo, dando un paso hacia delante con las manos cruzadas—.

Tu adiestramiento comenzará mañana. Lo que viene será más duro de lo que ahora imaginas.

Pero debes estar preparado. Eldava está cambiando, Renek.

Y hay fuerzas en movimiento que ya han urdido tu nombre en el tejido del acontecer.

El futuro... depende, en parte, de que estés a la altura —hizo una breve pausa—. Por hoy, puedes retirarte.

Dio un paso hacia la salida, pero, antes de que las puertas volvieran a abrirse, se detuvo. Algo lo retenía, una pregunta que llevaba rato fermentando en su interior. Se volvió.

—Maeses... —dijo, y dudó por un instante. Tanteó las palabras en la oscuridad de su mente—. Antes de marcharme, necesito saber algo.

Los cuatro altos arcontes clavaron su atención en él. No dijeron nada, pero en sus gestos quedó claro que lo escuchaban.

—He tenido otro sueño —empezó—. Veía a Bladack y a otro hombre...

uno joven, de pelo rubio y rostro refinado.

Estaban frente a una puerta... enorme, con grabados que no logro recordar, pero que me dejaron una sensación extraña, como si hubiese estado allí alguna vez.

Todo parecía... roto. Viejo. Pero la puerta no. La puerta no tenía edad.

Los arcontes intercambiaron una mirada rápida. Tuvo la sensación de que una palabra más podría hacer que todo se rompiera. Fue Kida quien movió primero los ojos, girándolos hacia Dael. Tras unos segundos, Dael rompió ese silencio.

—Kida nos ha hablado de estos sueños que compartís —dijo con gravedad, nombrando lo que hasta ahora se había mantenido en la penumbra de lo tabú.

Miró a Kida en un intento de buscar ayuda para entender las palabras del alto arconte.

—Esta noche compartisteis otro de esos sueños. Una visión de Bladack y Veltor —prosiguió Dael— en algún lugar desconocido.

—Ese hombre no se parecía a Veltor —dijo Renek, con gesto serio—. Al menos no al Veltor con el que soñé semanas atrás. No era la misma presencia, ni siquiera el mismo rostro enfermizo... —Se detuvo. Un pensamiento lo atravesó como un relámpago—. Pero, ¿cómo sabe Kida que soñamos lo mismo?

Dael inspiró despacio.

—Porque lo sintió. Dijo que tú estabas en su sueño. Que notó tu presencia en él. Y no solo anoche. Kida dice tener la misma sensación desde que...

Nadia, hasta entonces callada, dio un paso sutil hacia delante.

—Gran Maese… —dijo con tono inquieto.

Pero el Gran Maese alzó con suavidad una mano. El gesto fue tranquilo, sin reproche.

—Déjame terminar —murmuró. Luego volvió hacia Renek con una mirada menos inquisitiva y más compasiva—.

Kida tiene la misma sensación desde que os encontrasteis en Dampus.

No es la primera vez que veo algo así. Estas uniones...

esta armonía energética... son más comunes de lo que creemos.

Aunque quizás no tan fuertes. Ni tan evidentes.

Dejó que Renek digiriera toda la información y se asentara un instante, con la calma de la ceniza tras un incendio.

—Kida nos ha descrito vuestro sueño con detalle.

Lo que visteis no fue solo un sueño. Hay algo más.

Fue una ventana al pasado. El Veltor que apareció ante ti era el Veltor que Hiclaria conoció antes de que lo consumiera su insaciable apetito por el prestigio y su sed de gloria.

Estáis canalizando energía antigua y viendo a través de lo ocurrido.

Renek sentía una piedra que le oscilaba en el cráneo y le golpeaba en los costados con cada nueva revelación. Los sueños compartidos, la visión del pasado, Kida... Todo parecía formar parte de un rompecabezas que apenas había empezado a mostrar su contorno.

Fue Vaisas quien habló entonces, con su entonación sosegada, templada cual agua de estanque.

—Renek —dijo—, no pretendas entenderlo todo ahora. La mente necesita tiempo.

Renek alzó los ojos hacia él.

—Tú y Kida tenéis una gran conexión con la energía del mundo... y el uno con el otro. La energía forma lazos entre las cosas. Y, en ocasiones, puede crear vínculos entre personas. Es raro, pero no inaudito. Lo vuestro es solo más fuerte de lo habitual.

Renek negó con la cabeza.

—Pero... no tiene sentido. Apenas conozco a Kida. La vi por primera vez en mi vida no hará ni un mes.

—Hay vínculos que no necesitan historia para existir —replicó Dael con calma—.

Lo que importa no es cuánto tiempo llevas con alguien, sino lo que la energía reconoce en el otro.

Sea por lo que sea, el universo os ha traído hasta aquí.

Juntos. Es posible que, también juntos, podáis hacer lo que nadie más ha logrado: detener a Veltor y a los nox.

Hasta entonces, Zienzis había permanecido en su mutismo característico, una estatua contemplativa de mármol oscuro. Pero, en aquel momento, de la penumbra emergió un decir sedoso de resonancia profunda.

—Este vínculo puede traeros respuestas. En especial a ti, Renek —comenzó Zienzis—. Tal vez a través de él descubras un poco más quién eres, pero también qué has venido a hacer en este mundo.

—Y puede que incluso descubras —añadió Nadia con tono sobrio— cómo cayeron Bladack y Veltor. Qué los corrompió. Qué heridas los empujaron a traicionar lo que eran.

Renek entornó los ojos, y por un instante recordó la escena de aquel sueño: Bladack y Veltor frente a aquella puerta imposible, su lenguaje contenido, su inquietud... Su búsqueda.

—Parecían estar buscando algo —musitó, más para sí mismo que para los demás.

Zienzis lo miró entonces, y en sus ojos brilló una chispa de dureza.

Antes de que nadie pudiera decir más, Vaisas levantó una mano, como quien cierra un libro antes de que se deshaga en las manos.

—Todo a su tiempo, Renek —dijo, con firmeza amable—. Las respuestas vendrán cuando estés listo. Por ahora, aprovecha lo que queda del día para descansar. Tefrio te preparará una cama en la Torre del Ascenso. Mañana comienza tu primer día de adiestramiento.

Apretó los labios. No le gustaba cómo bailaban las palabras de los arcontes entre los márgenes del misterio. Pero no era el momento de enfrentarlos. Debía tragarse el orgullo. Inclinó la cabeza en una reverencia que no ocultaba del todo su incomodidad.

—Maeses —dijo con una voz reglada.

Se giró para marcharse.

Kida cruzó una breve mirada con los arcontes y, sin decir palabra, repitió la reverencia. Más pausada. Más honda. Luego giró sobre sus talones y siguió a Renek. Ambos cruzaron el umbral de las puertas que se abrieron ante ellos con la misma facilidad inexplicable de antes.