El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 46 Pan, vino y filosofía
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Capítulo 46 Pan, vino y filosofía

El día había comenzado con una bruma perezosa que se enroscaba por las callejuelas de Vilantar, con poca voluntad de retirarse.

Dentro de la posada, el calor del fuego y el aroma a pan viejo, vino agrio y humo de madera cocida componían un refugio acogedor para las almas sin prisa.

Renek bajó las escaleras con el andar torpe de quien ha dormido poco y soñado demasiado.

Egon ya se hallaba allí, inclinado sobre una mesa, con una copa a medio vaciar entre los dedos y una sonrisa afable.

—Hombre, buenos días por la mañana —saludó con buen humor—. ¿Qué, cómo has...? —Pero enseguida su buen humor se transformó en angustia—. Oye, te sangra la nariz.

Renek se la frotó con los dedos y se miró la mano. Se la limpió en el pantalón y luego se restregó los ojos con el dorso de la otra mano.

Dejó caer el cuerpo en el banco.

—Vaya, ¿otro que no ha dormido bien? Primero Kida se marcha sin decir ni buenos días, luego Juzaontux me clava esa mirada suya de estaca porque pedí la última ración de huevos, y ahora tú con esa cara de vinagre.

—No he pasado muy buena noche —murmuró, aún con la voz opaca por el cansancio—. Llevo como dos campanadas sin poder levantarme de la cama.

—No hace falta que lo jures... —respondió Egon, que se llevó el último trago de su copa a los labios antes de hacer una seña al posadero con un gesto educado.

—Tengo que poner fin a esto de los sueños, o acabarán conmigo.

—Yo tampoco he dormido increíble. Ayer por la noche esto parecía una taberna de puerto en víspera de tormenta... Por cierto, Kida me pidió que te dijera que vayas al colegio en cuanto despiertes. No tuvo tiempo de dar los buenos días, pero ya de buena mañana da órdenes.

—¿Al colegio? ¿Dijo por qué?

En ese momento, el posadero apareció con una jarra de barro y vertió un vino oscuro y denso en la copa de Egon. Este lo agradeció con un leve asentimiento.

—¿Podrías traerme lo mismo que a él? —preguntó Renek, que alzó la voz lo justo.

—No quedan huevos, caballero. Dentro de un par de horas llegará mi parienta con más provisiones.

—¡Demasiado lento, amigo! —se burló Egon, sin malicia.

—¿Le apetece pan tostado con vino y manteca? —ofreció el posadero con tono diligente.

—Sí... está bien —dijo mientras se encogía de hombros, como si el esfuerzo de decidir le resultara excesivo.

—No, no dijo nada más —continuó Egon—. Pero si yo fuera tú, me daría prisa. Estas cosas de los arcontes... Oye, tienes muy mala cara. ¿Seguro que estás bien?

La conversación quedó suspendida en el aire al oírse unos pasos pesados que descendían la escalera de madera.

Las tablas crujieron bajo el peso de quien bajaba con la parsimonia del que no teme ser visto.

Una mujer de formas generosas irrumpió en el umbral y, tras ella, Batur, con media sonrisa.

Al llegar al piso, el librarkano le atizó un azote juguetón en el trasero que hizo reír a la muchacha antes de que se escurriera a paso ligero por la puerta.

Nadie pareció prestarle atención a la escena.

Batur vestía su acostumbrada armadura de cota y cuero, como si estuviera a punto de embarcarse en otro encargo de los que él llamaba «recados».

La maza le colgaba de la espalda a modo de advertencia muda.

Desde su huida de Dampus, no había intercambiado demasiadas palabras con el mercenario.

Decidió darle los buenos días. Mala idea.

—Sí, sí—respondió Batur sin entusiasmo, como si le hubieran interrumpido una canción a medio entonar—, buenos días. —Se sentó presidiendo la mesa, entre Renek y Egon.

—Otro... —musitó Egon, lo bastante alto para ser oído.

—Oye, Batur —propuso Renek—, eres de Librark, ¿no? ¿Qué trajo a un librarkano a Hiclaria? ¿Y por qué decidiste seguir con nosotros hasta Vilantar? ¿Por qué no volver a tu tierra?

El mercenario arqueó una ceja, y la piel tensa alrededor de su ojo se arrugó similar al cuero viejo. No apartó la vista, y midió a Renek con una actitud más cerca de una amenaza que de un gesto amistoso.

—¿Ahora queréis que os cuente mi vida? ¿Qué soy, vuestro juglar?

Mis historias no son para pasar el rato.

Si queréis entretenimiento, podéis esperarme esta noche en mi cuarto con Maguilda —dijo mientras señalaba con la cabeza en dirección a la puerta por la que acababa de salir la mujer—. Ya veréis qué bien os lo pasáis.

Egon arrugó el ceño con disgusto.

—Creo que es justo saber algo de ti si vas a seguirnos a todas partes, ¿no crees?

—Un librarkano habla cuando debe, no cuando le pican las tripas a otro por curiosear. Además, ¿quién ha dicho que os vaya a seguir a todas partes? Esto es solo pasajero.

—Entonces, ¿tienes pensado volver a Librark? Estamos cerca de la frontera.

—No —replicó, serio—. No voy a regresar.

Después de tres años vagando por Hiclaria, no le veo demasiado sentido a volver.

Crucé la frontera una vez, más por necesidad que por elección, y no tengo pensado volverla a cruzar.

Además, Khimera, mi región, queda muy lejos, y no creo que a Ektark le hiciera mucha gracia verme rondando por ahí de nuevo.

Egon levantó la mirada de su plato, incrédulo.

—¿Ektark? ¿El parakon?

—El mismo —respondió Batur con orgullo.

—¿Parakon? —preguntó Renek.

—En Librark —Egon apoyó los codos sobre la mesa—, cada paramark se guía por su propia voluntad.

El parakon actúa como faro: no manda, inspira; y propone en lugar de imponer.

Su autoridad nace del respeto ganado. Su influencia se desvanece si se le ocurre dictar a los demás qué hacer.

El parakon del paramark de Khimera es Ektark.

—Cuando no se está sometido a nadie es cuando uno puede desplegar su máximo potencial, hacerse un nombre y lograr el éxito.

—Y en tu vasta libertad... ¿elegiste convertirte en asesino a sueldo para lograr ese éxito? —preguntó Renek con ironía.

—Éxito significa algo distinto para cada uno. Y no soy un asesino a sueldo. Soy un mercenario.

—Claro, una diferencia abismal —replicó Egon, cargado de sarcasmo.

—Pues sí —dijo Batur, impasible—. La libertad es el cimiento de mi pueblo. Cada uno se gana la vida cómo puede, y yo me considero una persona honrada. Ayudo a quienes me contratan por un precio justo.

—Criminales —dijo Egon, refiriéndose a quienes le contratan.

—Según vuestras reglas, puede. Pero yo ni soy hiclariota ni sigo el credo de la Unión.

Lo que para ti es un delito, para mi es una acción más.

Conseguir armas para alguien que quiere defenderse, perseguir a quienes se aprovechan de las mujeres que les ofrecen compañía a cambio de monedas, proteger el transporte de ciertas mercancías...

No veo lo malo en ello. Ni yo ni mis pagadores forzamos a nadie a nada.

—Excepto que las mercancías que defiendes quizás sean veneno para el cuerpo. Dices que proteges a señoritas nocturnas de babosos que no les pagan, pero esas señoritas son con toda probabilidad las esclavas de quienes pagan tus honorarios —respondió Egon.

—No. ¿Ves? A esos me los cargo. Si me pagan bien, claro.

No voy quitándole la vida por ahí a gente inocente que respeta el cuerpo y las cosas de los demás —aclaró Batur—.

Y, si la mercancía es droga, ¿qué más te da?

Solo te importa porque quien te gobierna te dice que está mal.

¿No está también prohibido comerciar en las capitales sin un papel otorgado por el gobierno?

¿O la fabricación de armas para defensa personal? ¡Ja! Me dirás que eso tiene sentido.

Egon se disponía a contestar, pero Batur continuó, su tono más grave:

—Los tiempos están cambiando. Librark está disperso y falto de dirección después de la guerra.

Una lastima. Pero volveremos —dijo soberbio—.

En la Unión cada vez hay más escepticismo, y los nox lo aprovechan para conseguir más adeptos —hizo una pausa a modo de falsa reflexión—.

Nah... Yo me mantengo fiel a lo que soy.

Un hombre libre. Un luchador. Y sí, un mercenario.

Todos lo somos, si te paras a pensar. Y para mí, un librarkano, luchar por lo que quieres es un acto de honor.

—¿Y ahora qué? ¿Cuál es tu plan? —preguntó Renek, que había seguido la conversación con silencioso interés.

—Pues seguiré buscándome la vida, como siempre he hecho.

Ya veré. La verdad es que los encargos de Polvo no eran lo más excitante que he hecho en mi vida, en especial si lo comparo con la cantidad de escaramuzas en las que he participado y personas a las que he matado.

Hacer de recadero... no iba del todo conmigo.

Batur dio un golpe en la mesa para dar por terminada la conversación y se levantó.

—Pero vosotros... —añadió— Tenéis pinta de tener el don de atraer problemas, y donde hay problemas hay trabajo. Al menos para tipejos como yo. —Miró a Egon con media sonrisa—. Nos vemos luego. Voy a buscar algo decente para desayunar.