El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 45 El umbral
92%

Capítulo 45 El umbral

Dos figuras contemplaban la negrura que se abría ante ellas, profunda cual pozo sin fondo ni tiempo.

La luz era escasa y vieja, pues no venía del sol, sino de alguna memoria cansada.

Entraba a través de un techo incompleto y se filtraba en haces delgados que se rompían sobre columnas inclinadas.

La vegetación se había adueñado del lugar y trepaba por las paredes, colándose entre las grietas como si quisiera cerrarlas desde dentro.

Musgo, raíces y ramas desdibujaban los límites del recinto, y una humedad agria asfixiaba la estructura.

Todo estaba callado, contenido, como si las palabras no pudieran sobrevivir en aquel lugar, esperando bajo el peso del abandono.

Ante ellos, una puerta.

Era grande. Una grieta vertical abierta en la piedra, sin hoja ni batiente.

Igual de alta que un árbol maduro, sus bordes estaban ennegrecidos, casi vitrificados.

Había algo malsano en ella, como si el mismo vacío hubiese encontrado forma.

Desde su interior, no venía aire alguno.

Tampoco se veía más allá. Solo oscuridad.

No la oscuridad del interior de una cueva, sino la de un abismo donde la luz no tiene derecho a entrar y la negrura parece hecha de otra sustancia.

La puerta despertaba inquietud en uno de ellos, que se paseaba intranquilo con el brazo derecho alrededor del abdomen y la mano izquierda cubriendo la boca, por encima del cuello alto rígido que le rozaba la mandíbula.

Su atuendo, un manto verde pantano de textura áspera, casi se camuflaba con el entorno.

Cada tres pasos, se peinaba sus cabellos rubios con los dedos y lanzaba una mirada al otro presente, una mirada intensa e intencionada.

Pero el otro no mostraba signos de compartir el mismo nerviosismo, aunque era difícil confirmarlo, pues ocultaba su rostro bajo una capucha ancha y lo aseguraba con una máscara tallada con surcos verticales que lo hacía parecer más estatua que hombre.

Su silueta, envuelta en una capa negra de tela bastarda, no delataba emoción alguna, ni la postura, ni el aliento, ni un leve temblor de los dedos.

Bajo la capa, placas negras se insinuaban en hombros y antebrazos, hechas de algún metal opaco sin brillo ni reflejo.

El peto, rematado por una espiral de líneas instintivas, más emblema de condena que de gloria, abrazaba su torso con firmeza.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó al fin en voz medio baja—. Si lleva sellada tanto tiempo...

Ninguna respuesta por parte del enmascarado, que se había detenido a escasos pasos de la puerta.

El templo que albergaba aquel umbral, o lo que quedaba de él, se hundía en la tierra como una herida abierta más que como una obra del pasado. Se alzaba a medias devorado por la selva y la ruina.

El enmascarado dio un paso adelante, y dio la sensación de que algunas de las enredaderas de los alrededores se apartaran, de que el propio lugar reconocía su voluntad.

Se detuvo a pocos pasos de la entrada, con la cabeza algo inclinada hacia un lado, como si cazara un rumor que solo él podía oír.

El hombre de melena rubia lo siguió con la mirada, luego se acercó a él y se detuvo justo al borde del umbral.

Desde allí, el interior de la puerta se ofrecía aún más impenetrable, un paso no hacia una sala, sino hacia una hondura más remota y sin fin. Tinieblas, sin reflejo ni fondo.

—Bladack… Esa puerta llevaba cerrada siglos. Si incluso los antiguos evitaron abrirla…

Le respondió el silencio. Pero insistió.

—Incluso los textos antiguos del Círculo que me enseñaste apenas se atreven a mencionarlos —continuó—.

Si la cruzamos, no habrá vuelta atrás. La Mesa no lo tolerará.

Seremos expulsados del Círculo —hizo una pausa—.

¿Son los secretos del vórtice tan importantes?

¿De verdad es tanta la energía como para jugárnosla así?

La máscara de Bladack permaneció fija, sin volverse hacia él. Un momento después, sin aviso, se adentró en la oscuridad con la misma naturalidad con la que alguien cruza el portal de su propia casa.

El muchacho de ropajes verdes y pelo rubio quedó solo ante la negrura. Vaciló. Y entonces, sin que supiera cuándo lo había decidido, se ajustó la capa y avanzó. La oscuridad fue un manto húmedo que lo envolvió, y un susurro, no de voz, sino de presión, emanó del umbral.

Detrás de ellos, el silencio se cerró a su alrededor y, cuando su figura también fue engullida por las sombras, el templo volvió a la absoluta calma. Como si nunca hubieran estado allí.