Capítulo 44 Una puerta entreabierta
Se detuvo, sobrecogido por la majestuosidad de la sala circular que se abría delante de él, y tuvo la impresión de que sus propios pasos le hubieran traicionado.
La sala era vasta y parecía surgir de un tiempo más antiguo que el propio colegio.
Una hilera de columnas grises separaba dos anillos concéntricos, sus capiteles fijos en algún lugar en lo alto, donde la bóveda se perdía en la penumbra y altura.
Tres escalones bajaban al círculo interior.
El corazón de la estancia lo ocupaba una plataforma de piedra, también circular, de cuatro o cinco brazos de diámetro, sobre la que reposaba un estanque poco profundo de un azul imposible.
El agua, serena y clara, no reflejaba la luz, sino que la generaba: un halo color cobalto emergía desde su centro, subiendo en columna, sutil, hasta acariciar las alturas del techo.
El fulgor no cegaba, pero tampoco era natural.
La estancia entera respiraba una quietud antigua.
Altos ventanales ojivales que ascendían como lanzas flanqueaban los muros, dejando entrar una luz tamizada por vitrales translúcidos.
En lo alto, pequeñas ventanas, discernibles con dificultad desde abajo, salpicaban el perímetro evocando fragmentos de cielo atrapado en piedra.
Todo en aquel lugar: la simetría, la piedra fría, el aroma leve a humedad sagrada, hablaba de propósito e intención.
Y allí, ante el estanque, esperaban cuatro.
El primero era un hombre de planta erguida, con el ceño marcado no por la edad, sino por el juicio.
Tenía las manos entrelazadas a la espalda, y su mirada no era severa, pero sí aguda, la mirada de alguien que ha desaprendido a ser indulgente.
A su lado, un anciano, de túnica azul marino y expresión benevolente y paciente, que guardaba en su porte la huella de los mismos años que habían modelado los muros del colegio.
A pesar de la ligera joroba, imponía sin necesidad de moverse.
Parecía una raíz vieja que todo lo observa.
Una mujer de cabellos cobrizos, recogidos con elegancia en una cola alta que le caía por delante del hombro derecho, estaba entre el anciano y el primer hombre, con cara de pocos amigos.
Era la más joven de los cuatro, pero había algo en su postura, la manera en que tensaba los dedos y la firmeza de sus ojos turquesa, que hablaba de una autoridad aprendida a pulso.
Y el cuarto... era el más desconcertante para Renek.
Alto, con una estatura casi hierática y musculatura de guerrero ágil, tallada en proporción sobria.
Su piel era de un gris oscuro pulido, casi brillante, como piedra húmeda a la luz de la luna.
Su cabello era de color blanco platino, recogido en un moño alto con mechones que caían rectos a los lados del rostro, con el resto de la melena fluyendo por delante de sus hombros.
Pero lo más curioso era el contraste de la piel con los ojos, de iris blanco envuelto por un círculo negro, con las pupilas muy marcadas, semejantes a puntos en un mapa.
Devolvían la mirada con una quietud casi doliente.
Vestía una túnica de paño ceniciento, apenas visible bajo una armadura de placas oscuras con grabados curvos y simétricos que recorrían el metal con la pulcritud de una escritura antigua.
No había adornos superfluos ni extravagancia: solo un orden estricto, bello en su severidad.
Y aunque no habló ni se movió, su mera presencia vibraba en el aire como el punto exacto donde dos fuerzas opuestas se contienen sin romperse.
Renek se detuvo al lado de Kida, sin saber si debía hablar o esperar. Sus ojos ámbar recorrían la sala sin prisa, fijos un instante en el halo azul del estanque. Los cuatro altos arcontes lo miraban sin pestañear, como si ya supieran más de él de lo que él mismo sabía.
El hombre del ceño marcado dio un paso al frente. Su túnica beis y el manto que llevaba en la cabeza, cubriéndole no solo esta, sino también hombros y espalda, le daban un aire espiritual poco usual. A Renek le llamó la atención los motivos negros y dorados de su vestimenta.
—He aquí el salvador de Kida —se expresó con un equilibrio sonoro, amable, cordial y sin estridencias—.
Mi nombre es Vaisas. Permíteme presentarte al resto.
—Señaló al anciano de túnica azul y barba gris larga—.
El Gran Maese Talaran, quien reabrió las puertas de este colegio y nos acogió al resto.
—El anciano, con las dos manos apoyadas en un bastón con una bola luminiscente en la parte superior, inclinó apenas la cabeza—.
Nadia Casadora, antigua aprendiz del Gran Maese y ahora alta arconte.
—La mujer pelirroja mantuvo su posado severo—.
Y Zienzis. —El individuo de piel gris y ojos blancos hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza—.
Bienvenido al antiguo Colegio Arconte. —Vaisas entrelazó sus dedos frente a su pecho—. Tu historia nos intriga.
Renek miró de reojo a Kida antes de responder.
—Para ser sincero, no estoy seguro de qué hago aquí. Mi historia... —Se pasó una mano por el pelo—. No sé mucho más de ella que vosotros.
—El origen de tu amnesia es, como poco, curioso. Según Kida, posees una conexión particular con la energía —Vaisas caminó hacia el estanque luminoso—. En tiempos como estos, con las circunstancias que afectan a Eldava, estamos considerando adiestrarte. Formarte.
Renek esbozó un gesto serio, medio incómodo, medio confuso ante las palabras del alto arconte.
—No sé ni por dónde empezar. ¿Energía? Hasta dónde yo sé, energía es lo que hace arder las hogueras, lo que hace estallar un relámpago... ¿Qué tengo que ver yo con eso?
—Exacto, no vas desencaminado. Energía es lo que hace que la flecha salga disparada del arco, lo que hace que podamos correr, la causante de que los árboles crezcan.
La energía es vida. La energía fluye a través de todo —Vaisas adquirió un tono más profundo—.
Del aire que respiramos, de la tierra que pisamos, del sol que nos ilumina...
De cada cuerpo en este universo. La energía solo está.
—Se volvió hacia Renek—. Y tú, según parece, tienes una sensibilidad especial hacia ella.
Fluye a través de ti igual que fluye a través de un rayo.
Renek negó con la cabeza.
—No siento nada especial —se miró las manos— Solo soy... yo.
—¿Estás seguro? —Vaisas arqueó una ceja—. Kida nos habló de tus sueños. De cómo pudiste ver sus recuerdos sin explicación aparente, y de la aflicción que estos te provocan.
—Eso... —vaciló, luego miró a Kida—. Fueron solo coincidencias.
Vaisas se lo quedó mirando sin decir nada.
—He tenido muchos sueños en mi vida —continuó—. Todo el mundo sueña. ¿Significa eso que deba formarme como arconte?
—La decisión de si tomas la senda arconte no será tuya —dijo la mujer pelirroja, clara y cortante.
Pese a ser la más joven entre los altos arcontes, hablaba con la firmeza de un juez—.
Te escucho muy seguro, Vaisas —añadió mientras miraba al hombre de la túnica beis—, pero tu optimismo no basta.
Se necesitan certezas. Pruebas que no puedan rebatirse.
Evidencia de que este recluta no es un espejismo fugaz, sino una chispa real en sintonía con la energía que entreteje el mundo.
El eco de sus palabras se enredó en las columnas, como si incluso la piedra necesitara tiempo para digerirlas. Kida dio un paso al frente, sus ojos templados por la urgencia, como acero aún tibio tras salir del agua.
—Con todo el respeto, alta arconte Casadora...
, ¿qué más pruebas necesitáis? —Su voz contenía firmeza y una pizca de furia—.
La afinidad de Renek con la energía es evidente.
Lo demuestra su desempeño desde su huída de Castillo Bruma.
El solo hecho de que esté aquí después de todo lo acontecido debería ser prueba suficiente.
Nadia no parpadeó. Su semblante, tallado en hielo, no mostró emoción alguna. Cuando respondió, lo hizo como quien deshace un nudo con una sola palabra.
—También el capitán Egon Kallari sobrevivió —dijo con frialdad—. También él está ahora en Vilantar. ¿Sugieres acaso que su presencia aquí se debe a su sensibilidad con la energía? ¿Propones acaso que lo sentemos a estudiar el Ether?
La pregunta dejó un vacío breve en la sala. Fue Vaisas quien rompió el silencio.
—Lo más probable es que el hecho de que el capitán de la Unión siga con vida sea gracias a él —dijo, y su voz, tranquila, resonó con peso en el espacio—.
Todos lo sentimos en cuanto cruzó esas puertas.
Ese pulso. Esa intensidad... No puedes ignorar que la energía reacciona a él.
O él a ella. Tal vez sea casualidad. O tal vez sea algo más.
Pero lo que no sería casual es dejarlo sin guía.
Sin rumbo. ¿Puede alguien ignorar un fuego solo porque no lo entienda?
Nadia frunció el ceño ante el argumento sólido de Vaisas, pero su tono no cedió.
—El estudio del mundo no es un juego de voluntades —replicó—.
Ni de impresiones. La senda arconte requiere algo más que llamaradas incontroladas.
Requiere años, una vida entera. Muchos han fracasado con todo a su favor.
¿Y ahora propones que apostemos esa disciplina milenaria en un hombre hecho, endurecido en guerras, moldeado por el acero y la sospecha?
¿Un soldado que pasa de la treintena, sin más señal que un presentimiento?
Renek alzó el mentón e irguió la espalda cual estandarte en tierra ajena.
Sentía sobre los hombros la gravedad de las miradas de los altos arcontes, pesadas e invisibles.
Las palabras de Nadia habían sido un cuchillo que le había rozado el orgullo, pero más allá de la herida, un hambre callada despertaba en él: antigua, deseosa de comprender aquello de lo que hablaban.
La energía, el ether, los sueños... Si Kida lo había traído hasta ahí, no debía ser por capricho.
Si allí podía encontrar respuestas y detener el tormento físico que sus sueños le provocaban, se iba a lanzar de cabeza.
—Mi edad no define mis capacidades —intervino Renek, desplegándose con la firmeza de quien ha sobrevivido al infortunio—. Quiero entender esa... energía que decís que tengo.
Por un instante, el halo azul del estanque pareció vibrar, como si respondiera a sus palabras. No supo si fue real o un juego de su imaginación.
—Encima de ignorante, insolente —espetó Nadia.
La sospecha velaba en sus ojos agua marina.
Se clavaron en Renek antes de desviarse hacia Dael Talaran—.
Gran Maese... —Su voz llevaba un deje de incredulidad, casi de reproche—.
¿De verdad contempláis formar a alguien que nos abandonará en cuanto obtenga lo que busca? Su soberbia es evidente.
Renek sintió el impulso de responder, pero Dael lo precedió. Sus palabras se deslizaron con una calma que imponía respeto, y la sala quedó envuelta en una brisa templada.
—Querida Nadia —dijo el anciano, sin juicio ni condescendencia—, el verdadero peligro reside en dejar a alguien con el potencial de este muchacho vagando sin guía por el mundo.
Quien posee poder sin dirección se convierte en instrumento de su propio caos.
Esa arrogancia que percibes es la razón por la que necesita mentoría.
Si se talla con paciencia, puede volverse responsabilidad.
El conocimiento y la disciplina son las mejores armas contra el desorden y la ignorancia.
El último de los presentes, el alto arconte Zienzis, se movió. Su prestancia, hasta entonces latente, se puso de manifiesto. No fue un paso, fue un fluir. La luz azul se reflejaba en su piel grisácea. Sus ojos blancos brillaron con intensidad.
—En circunstancias comunes —dijo con voz honda—, me opondría a formar a alguien de sus características en las artes ancestrales, en especial a alguien marcado por el filo y la violencia de la guerra. La senda arconte no es refugio para soldados ni para ambiciones rotas.
Hizo una pausa. El silencio lo rodeó cual túnica invisible.
—Pero las circunstancias han dejado de ser comunes. Y el mundo se mueve de nuevo.
Renek no pudo apartar los ojos de él. Algo en su porte, en sus facciones rectas y armoniosas, en su existencia misma, le causaba intriga.
—Estoy de acuerdo con Zienzis —declaró el Gran Maese, y, aunque sus palabras no se dirigían de forma directa a Nadia, su mirada sí lo hacía—.
No hablamos de un hombre cualquiera. Desde que nos asentamos en el colegio, no hemos tomado a nadie bajo nuestra ala.
Ni siquiera a Luarda se le ha concedido aún la ocasión de demostrar su valía.
El rostro de Nadia se endureció, pero Dael prosiguió con la serenidad inquebrantable de quien ha visto décadas pasar y caer.
—Comprendo tus reservas —añadió, con una leve inclinación de cabeza—. Hemos vivido lo suficiente para conocer las cicatrices que deja el abandono y la traición. Los nox han convertido demasiadas esperanzas en ceniza. Es posible que incluso hayan jugado con la mente de este muchacho.
Sintió una chispa encenderse en su pecho. «¿Jugado con mi mente?»
—Pero, si de verdad queremos enfrentarnos a Veltor y a su vorágine corruptora —continuó el anciano—, no podemos permitirnos rechazar toda posibilidad de luz.
Este joven podría ser esa luz. Con Bladack fuera del tablero, esta podría ser nuestra oportunidad de desterrar de una vez por todas el oscurantismo de épocas pasadas.
Nadia guardó silencio durante un instante, sus ojos fijos en el estanque azulino. Buscaba en él la claridad que le negaba su propio juicio.
Luego alzó la vista hacia Dael.
—Pero Gran Maese Talaran —dijo, y esta vez su tono era más semejante al temor que al orgullo—, ¿qué pruebas tenemos de que Bladack haya muerto? Son solo conjeturas. ¿Qué pasaría si entrenamos al recluta y Bladack regresa? ¿Qué garantía tenemos de que no lo persuadiría para unirse a sus filas?
—Alta arconte Casadora —terció Kida—, yo misma lo abatí. No me jugué la vida para que ahora se dude de mi palabra.
—Las palabras no bastan —le espetó esta.
Dael bajó con lentitud la cabeza, pensativo.
La preocupación de Nadia, aunque teñida de rigidez, no era infundada.
Zienzis entrecerró los ojos, sus facciones de mármol apenas alteradas.
Renek observó cómo los rasgos del alto arconte gris cambiaban de un modo sutil; había dudas escondidas tras su serenidad.
Al final, Dael elevó la mirada. Había decisión en ella, aunque sin la certeza de antes.
—No estás equivocada, Nadia —concedió con gravedad—. Cautela y reflexión deben preceder a cualquier paso. No nos corresponde jugar con el destino sin antes debatir su precio.
Se volvió hacia Kida con una lentitud ritual.
—Kida Venden. Necesitamos hablar de esto en privado. Por favor, llévate al muchacho. Regresad más tarde.
La joven arconte inspiró hondo.
—Sí, Gran Maese...
Se volvió hacia Renek y le hizo una seña para que la siguiera.