El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 43 Vilantar #2
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Capítulo 43 Vilantar #2

—¡Guau! —soltó Deetra mientras miraba a Renek con entusiasmo, contenta por él.

Renek apenas tuvo tiempo de asimilarlo cuando sintió cómo Egon se tensaba a su lado. El capitán dejó asomar un gesto serio y lanzó una mirada dura a Kida.

—¿Y por qué aceptan recibir a un soldado sin vínculo alguno con su orden? —inquirió—. ¿Desde cuándo muestran ese tipo de apertura?

Kida sostuvo aquel cruce. Su tono, aunque cortés, era serio.

—Confiad en mí. Es todo lo que os puedo decir.

Egon bajó los ojos por un instante, luego los alzó con una mezcla de irritación y resignación.

—No me gusta quedarme al margen de esto —murmuró—. Pero vale.

Deetra ladeó la cabeza con gesto confuso.

Kida se volvió hacia Renek y le indicó con un leve gesto que la siguiera.

—Vamos. Aprovechemos ahora que están receptivos.

Y él la siguió en silencio, con el paso seguro y fluido de alguien acostumbrado a abrirse paso incluso sin conocer el destino.

El sol raso le resaltaba el perfil firme de la mandíbula y el brillo cálido del cabello, y agitaba algún mechón que no había logrado apartar del todo.

Avanzaba tras ella hacia el antiguo colegio, y no podía evitar sentir fascinación al contemplar las piedras viejas del edificio.

Aquellos muros habían sido testigos de generaciones... y ahora, al parecer, aguardaban por él.

Cruzó el umbral tras ella, y el pesado portón se cerró a su espalda con un eco suave. El interior olía a libro. No sabía cómo explicarlo, pero incluso si cerrara los ojos habría sabido decir que aquel lugar estaba repleto de manuales y tomos con décadas, quizás siglos, de antigüedad.

Junto a una estantería de madera oscura, un joven de rostro amigable y mirada despierta organizaba con sumo cuidado una hilera de volúmenes encuadernados.

Vestía una camisa marrón ceñida al cuerpo, cubierta por un delantal ajustado por un cinturón con hebilla color cobre.

Su porte era recto y meticuloso. Al notar su presencia, se volvió hacia ellos, todavía con un libro en la mano.

—Venerable arconte Venden, ¿ya de regreso? —preguntó, y sus ojos se detuvieron de inmediato en Renek, examinándolo de arriba abajo con estudiado interés—. Disculpad, no creo haberos visto antes por aquí.

—Él es Renek. Viene conmigo —respondió Kida sin frenar el paso, mientras se dirigía hacia un pasillo lateral.

—Ah, claro, por supuesto... —dijo el joven, que ladeó la cabeza—. Tefrio Mallin. Soy el encargado de la recepción en el colegio. ¿Sois el recluta al que la arconte Venden rescató en Dampus?

A Renek se le tensaron los labios.

—¿Perdón? —murmuró mientras arqueaba una ceja— Fui yo quien la sacó de allí.

—Oh, mis disculpas entonces —dijo Tefrio, aunque su tono sonaba más condescendiente que sincero—. En cualquier caso, nos alegra saber que ambos salieron con vida. Temíamos que Veltor hubiera logrado dar con la venerable arconte.

Captó la ligera pausa, el modo en que las palabras se mostraban medidas antes de soltarse. Tefrio llevó sus manos detrás de la espalda con estudiada compostura, dejando que los pliegues bien alineados de su indumentaria hicieran el resto de la declaración por él, e hizo una leve reverencia.

—Espero que vuestra estancia en Vilantar sea provechosa.

Sostuvo su mirada con serenidad, aunque con un atisbo de dureza en los ojos. El barniz de cortesía de aquel joven le resultaba tan falso como reluciente. Aun así, respiró hondo y continuó tras Kida mientras recordaba que estaba allí para algo más que medir orgullos.

Atravesaron el arco de piedra juntos y se encontraron en un jardín interior amplio, encajado entre los altos muros del colegio.

El suelo era un tapiz de adoquines y arbustos de un verde apagado bajo el amparo sombrío de los muros.

Parterres de plantas aromáticas y árboles jóvenes flanqueaban un sendero de losas desiguales.

En el centro, un sauce fuerte y robusto, con el tronco curvado, rodeado por cuatro braseros encendidos formando un cuadrado invisible.

—Espera aquí —le dijo, que se detuvo cerca del sauce—. Avisaré a los altos arcontes de tu llegada. No tardaré.

Y se alejó con paso firme hacia la gran torre que dominaba el jardín. Cuando las puertas se cerraron tras ella, el silencio regresó, apenas interrumpido por el zumbido de algún insecto.

Durante un rato, se limitó a explorar el jardín con la vista, deteniéndose en detalles que delataban la edad del colegio: gárgolas erosionadas, enredaderas que trepaban por las paredes, y vitrales tan antiguos que el plomo de sus marcos daba la impresión de sudar con la luz.

Se acercó a un banco de piedra, pero no llegó a sentarse.

—Eh.

Se volvió hacia la izquierda. Una mujer de piel muy pálida se acercaba por el sendero. Tenía los hombros rectos, las manos a la espalda y una mirada cortante, reforzada por el considerable puente de su nariz, que no dejaba lugar a distracciones.

—¿Eres arconte?

—No —respondió Renek, tras una pausa breve—. Soy soldado del ejército de Hiclaria.

La mujer enarcó una ceja en un gesto de desagrado por la respuesta.

—¿Y qué haces aquí, entonces? ¿Cómo has entrado? —su tono era más inquisitivo que hostil—. ¿Tefrio te ha dejado pasar así como así?

Renek la miró de arriba abajo, evaluándola.

—¿Eres tú una arconte?

Ella titubeó por un instante. Luego enderezó aún más la postura. Su pelo, negro y grueso, estaba peinado con un trenzado lateral que nacía en la sien y se deslizaba con precisión por encima de la oreja, como una enredadera oscura.

—Estoy en camino de convertirme en aprendiz —dijo, sin rastro de humildad. Luego, volvió a mirarlo, con más detenimiento—. Y pues, ¿cómo has entrado?

—He venido con Kida. La estoy esperando mientras avisa a los altos arcontes.

La mención de Kida provocó un fino cambio en su actitud. Su semblante perdió parte del filo.

—Kida Venden —dijo—. La joven promesa. Su nombre corre entre los arcontes desde hace tiempo. Se cuentan historias. Hay quienes llevan años entrenando y aún así no consiguen lo que, según dicen, a ella le sale casi sin esfuerzo.

Sus ojos, ahora entrecerrados, volvieron a posarse en Renek con renovado interés.

—En fin, me esperan —dijo tras una pausa breve—. Y, por cierto, me llamo Luarda.

Se volvió para marcharse, y su trenza devolvió un destello opaco, similar al de las alas de un cuervo al amanecer. Antes de alejarse del todo, se detuvo y lo miró por encima del hombro.

—Disculpa mi antipatía de hace un momento. Estoy trabajando en ello —añadió, como si repitiera las palabras de otra persona.

Luego, sin más, se alejó con pasos firmes.

La puerta por donde Kida había entrado hacía un momento se abrió, y ella se asomó.

—Vamos —dijo, y le hizo una señal con la cabeza.

Renek avanzó hacia la puerta.

Antes de que terminara de entrar, Luarda, que aún no había abandonado el jardín, volvió a echar un vistazo al soldado desde el otro lado.