El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 43 Vilantar
89%

Capítulo 43 Vilantar

La luz del alba aún no había conquistado del todo los cielos cuando Renek cruzó el umbral de la casa de Bastius. El aire matinal lo envolvió con un frescor que se le pegó a la piel cual toga de escarcha. El mundo, cubierto por un velo de rocío, aún se desperezaba.

Juzaontux, ya sobre su montura, observaba los árboles, distraído. Deetra, sentada delante, discutía con él a media voz. Cada vez que volvía la cabeza para rebatirle, el sol atrapaba destellos cobrizos en sus trenzas y le encendía las pecas que salpicaban su nariz pequeña y orgullosa.

—Filete de celonte con grasa de camello y escorpiones matriz. Eso desayunan en Stitsumijsh y viven hasta los trescientos.

—Y con el aliento que sueltan, los dioses se apartan del camino —respondió Deetra—. Nada como un buen pan de centeno caliente, pera verde y aceite. Da fuerza y te limpia por dentro. No vivimos trescientos años, pero no tienen que taparse la nariz cuando nos entierran.

Batur estaba unos pasos más allá, recortado contra las colinas pálidas. Vigilaba en silencio, con los brazos cruzados y el ceño arrugado, como si el horizonte le debiera explicaciones.

Poco después, Egon emergió por la puerta, ajustándose las correas de la pechera.

Detrás de él, Galeg Bastius apareció envuelto en una túnica descolorida que le colgaba cual manto heredado de tiempos mejores, con una capa por encima.

En su mano derecha llevaba un cayado nudoso que parecía haber crecido junto a él.

A decir verdad, su rostro, apenas visible bajo la capucha, adquiría con la luz del amanecer un matiz algo menos viejo.

—¿Y Kida? —preguntó Egon sin rodeos.

Bastius se detuvo un momento para asegurarse de que la capucha le cubriera bien la testa.

—Salió justo antes del alba. Quería hablar con los arcontes del coulegio primero, para preparar el terreno entiendo.

—¿Y no podía avisar? —rezongó Egon.

—No querría molestar. La señorita Venden es misericordiosa hasta con el tiempo ajeno —replicó con una risa discretamente audible.

Egon bufó, pero no dijo nada más. Se fijó en la indumentaria del erudito y en el bastón, que la noche anterior reposaba en el rincón del salón. Arrugó el entrecejo con interés.

—Si no es mucho preguntar, ¿a dónde se dirige?

—Voy al pueblo. A por cuatro cosas. Pan, papel, algo de sal...

¡y uvas! Sobre todo uvas. No me apetece encontrarme con nadie.

Empiezan a hacer preguntas y me atrapan con cuestiones que hace tiempo que me quedan grandes.

¡Y luego tardo el triple! —dijo, molesto por un momento con el mundo—. Así que mejor ir envuelto.

—El camino a pie es algo largo, ¿no? Puedo llevarle en mi caballo —ofreció Egon mientras señalaba su montura—. Ganará tiempo.

Negó con una mano, su voz ahora más animada.

—Lo agradezco, pero estas piernas aún sirven para algo más que para estar sentadas. Además, el paseo me ayuda a pensar. Los caballus van a prisa, y yo tengo pensamientos que caminan más lentu.

Renek se sorprendió al advertir que el profesor iniciaba la marcha con paso firme. Sus ropas flotaban detrás de él. Hasta el viento parecía respetarle.

Poco después, el grupo se puso en movimiento.

Los cascos de los caballos comenzaron a marcar su compás sobre la tierra y pronto se internaron entre campos de espigas verdes y viñedos dormidos.

La luz del sol comenzaba a filtrarse entre las copas de los pinos, y encendía los márgenes del camino con un resplandor suave.

Bastius señalaba aquí y allá mientras comentaba la presencia de una hierba silvestre buena para el estómago, o el modo en que las cigarras de esa región cantaban antes que en otras. Al poco, la comitiva lo adelantó, y él se quedó a solas con sus murmullos y pensamientos.

Egon y Renek cabalgaban al frente, hombro con hombro.

El paisaje se transformaba a medida que se acercaban al pueblo.

Los campos de trigo se desplegaban como un mar verde, mecido por la brisa, interrumpido en ocasiones por hileras ordenadas de viñedos que empezaban a despertar.

Los cascos de su caballo levantaban pequeñas nubes de polvo en el camino.

A ambos lados, la vegetación baja se derramaba a modo de alfombra verdosa, salpicada por flores silvestres.

Algunos cipreses se alzaban guardianes a lado y lado del camino, meciéndose despacio, como si asintieran al paso de los viajeros; mientras pinos y algún que otro olivo añadían diferentes tonos verdes al paisaje.

Al acercarse al pueblo, las fincas dispersas que salpicaban los alrededores mostraban un carácter propio.

Algunas abarcaban campos de cultivo cuidados de forma meticulosa, otras albergaban huertos humildes y corrales donde gallinas, vacas y algunas labras compartían el silencio rural con el ladrido ocasional de un perro invisible.

El pueblo en sí asomaba con discreta dignidad.

Las casas, construidas en piedra clara y rematadas con tejados de tonos marrón apagado y rojizo envejecido, se apiñaban y daban la sensación de estar compartiendo cuchicheos indecentes.

Las paredes tenían un matiz ocre tirando a beis que armonizaba con el entorno.

La vida fluía allí con una lentitud ajena al mundo más allá de sus caminos de tierra: dos ancianas compartían confidencias junto a un pozo, un grupo de niños jugaba entre risas desordenadas en la plaza, y un anciano barría su portal con parsimonia y saludaba cada vez que alguien se encontraba con él.

Mas fue el edificio al otro extremo de Vilantar lo que atrapó su atención.

No necesitó que nadie se lo confirmara: aquel debía de ser el antiguo Colegio Arconte.

Destacaba sobre el caserío cual piedra olvidada por un gigante, ajena al ritmo del pueblo.

Sus muros, altos y trabajados, estaban construidos con una piedra de corte más fino, aunque ya muy desgastada, y sus ventanas alargadas evocaban un tiempo en que se aspiraba a la altura y lo celestial.

Allí donde las demás casas parecían nacer de la tierra, el colegio se revelaba como un huésped de otra era.

El contraste entre la vida cotidiana del pueblo y la silueta imponente del Colegio creaba una sensación extraña, dos mundos diferentes coexistiendo en el mismo espacio.

Pese a ello, los habitantes se movían alrededor del edificio con naturalidad, como si convivir con él fuera tan normal como con los campos de trigo o los cipreses que los rodeaban.

Un hombre de mediana edad, con las ropas ajadas y salpicadas de tinta seca, se abrió paso entre ellos con brusquedad distraída.

No fue una falta deliberada, sino más bien la torpeza de quien lleva la mente lejos del cuerpo.

En sus manos temblorosas, varias hojas arrugadas.

Al llegar junto a una fachada, clavó con urgencia una de ellas en la pared.

—Disculpad... —murmuró sin mirarlos.

El cartel, tosco y con letras trazadas a toda prisa, exhibía una palabra en mayúsculas que hablaba más fuerte que el resto: desaparecido.

—¿Cuándo ocurrió? —preguntó Renek, que se acercó un paso.

El hombre se volvió. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, delataban la vigilia de noches recientes.

—Hace tres días —dijo de forma áspera—. Es mi sobrino. Jugaba por los viñedos de la finca con otros niños, cerca del bosque... y desapareció. Seguro que han sido esos malditos librarkanos. Siempre rondan por aquí.

Batur avanzó un paso, y el hombre dio otro atrás sin pensarlo. La presencia del mercenario bastaba para sembrar dudas.

—Dudo que un librarkano rapte a un niño sin motivo.

—No... no digo que sean todos malos —balbuceó el hombre, tragando saliva—. Pero estoy convencido de que esta vez han sido ellos.

—¿Y estás seguro de que sigue vivo? —añadió Renek, directo.

Deetra le propinó un codazo leve para reprenderlo por la crudeza.

—No serían tan estúpidos como para matarlo —respondió el hombre, con un dejo de amargura—. Es su única forma de presionar. Mi cuñada les debe dinero. Si matan al crío, no pueden cobrar.

—Ah, claro. Una deuda —musitó Batur con sorna.

Renek alzó una mano para pedirle calma.

—¿Habéis avisado a las autoridades? —inquirió luego.

—¿Qué autoridades? ¿La guardia de la capital? Aquí no hay guardia ni veladores, ni siquiera ayuntamiento. Dependemos de La Laguna, y bastante tienen ya con sus propios problemas.

—¿Y los arcontes? —Renek señaló con la barbilla el edificio que dominaba el pueblo.

—Los arcontes... —repitió el hombre, con una sonrisa torva— No reciben a nadie. Se encierran en su colegio como si el mundo no existiera. Pero, siendo justos, estoy seguro de que tienen asuntos más importantes que un niño desaparecido

—Tal vez si sus padres ofrecieran una recompensa…

—Mi cuñada no tiene nada que ofrecer. Y mi hermano... —guardó silencio unos segundos—. Mejor dejémoslo.

Renek entrecerró los ojos, pero no insistió.

—Te avisaremos si nos topamos con algo.

—Gracias…, de veras.

—¿Hay algo que puedas contarnos de Vilantar?

—Vilantar es lo más normal que puede ser una aldea. Tranquilo, sin sobresaltos. Aunque, si tenéis tiempo, os recomendaría un paseo por las afueras. Hay paisajes que curan el alma. Y... algunos rincones curiosos.

—¿Curiosos?

—Bueno… Cosillas que vale la pena ver.

Un sutil movimiento de ceja delató la extrañeza de Egon, mientras Deetra se inclinaba, intrigada. El hombre, sin embargo, ya había vuelto hacia la pared contigua y clavaba otro cartel, mientras las palabras recién dichas se deshacían en el aire con el mismo peso que una hoja en el viento.

Cuando las puertas del colegio despuntaron por fin entre las casas, vieron a una figura que se alejaba de ellas en dirección al grupo.

Renek reconoció enseguida la silueta de Kida, envuelta en la luz del mediodía como un presagio.

Su andar venía ahora cargado de premura, y en su expresión se adivinaba una mezcla inusual de resolución y apremio.

—Han accedido —dijo al llegar junto a él, sin rodeos. Su voz, aunque controlada, no ocultaba la urgencia—. Los altos arcontes quieren verte. Pero solo a ti.