Capítulo 42 El viejo asceta #3
Kida se puso en pie, despacio, y dio a las palabras que llevaba dentro su propio acomodo.
La luz del hogar, no muy abundante por el tamaño de las ventanas, aunque suficiente, bordaba velos tenues sobre su rostro mientras hablaba.
Su relato fue breve, sin adornos ni exageraciones: habló de la caída de Castillo Bruma, del caos repentino, de la huida bajo fuego enemigo.
Luego, narró cómo Dampus se había convertido en un eco de su antigua grandeza, ahora reducido a cenizas bajo la ofensiva nox.
Galeg Bastius, que hasta entonces se entretenía en alinear de forma distraída unos papeles sobre la mesa, se quedó muy quieto.
Sus manos se detuvieron. El brillo vivaz de sus ojos se había consumido.
—Tuvimos que desviarnos considerablemente para evitar cualquier control de los nox.
No planeábamos llegar hasta Vilantar —continuó Kida—, pero en una de mis reflexiones durante el viaje, pensé en usted.
Sé que hace tiempo de nuestra última coincidencia de caminos, pero hay algo que me gustaría pedirle.
La frase resonó con suavidad en la habitación, y Bastius alzó la mirada con una lentitud inquisidora.
—Considero que debería instruir a este recluta —dijo Kida mientras con la palma señalaba a Renek, sentado junto a la estantería—.
Su sintonía con la energía es... Interesante.
No solo ha demostrado valor y juicio en los días recientes.
—Se percató del modo en que el profesor analizaba a Renek—.
También puede sentirlo, ¿verdad? Quiero llevarlo ante la Mesa Arconte en cuanto lleguemos a Illenard, pero difícilmente escucharán a un soldado sin ningún tipo de vínculo arconte, aunque yo misma lo solicite.
Bastius no respondió de inmediato. Miró a Renek largo rato, él, que no era amigo de mantener el contacto directo; como si pudiera desentrañar su alma con solo observar el modo en que respiraba.
—Sopla en él un viento antiguo —murmuró, casi para sí—. Aunque aún no sabe de dónde proviene.
El recluido académico se removió incómodo en su asiento antes de responder. Se frotó la barbilla. Su expresión se tornó pensativa. Finalmente, sacudió la cabeza y se recostó en su asiento con un suspiro lento, igual que quien baja un estandarte que lleva demasiado tiempo izado.
—Habéis hecho bien en tomar este itinerario, en lugar de atravesar Eliduar y Andala.
Si las cosas están como decís que están, no hubiera sido prudente tomar esa ruta.
Me halaga la confianza, señorita Venden, de veras, pero...
—Se aclaró la garganta—. Ya no soy ese hombre.
Dejé la senda arconte hace muchos inviernos, y todo lo que tiene que ver con la instrucción de nuevos aprendices.
Ahora vivo entre libros y musgo, lejos de decretos y mandatos.
Aquí tengo mi paz, mis libros... ¿Qué podría enseñarle cho?
Renek percibió la decepción en Kida, aunque ella la ocultó con rapidez.
—Aun así —insistió Kida, con amabilidad templada por la firmeza—, no le pedimos que combata, ni que dirija nada. Solo que ayude a alguien que podría llegar a ser algo más que un simple errante.
Bastius hizo un gesto con la mano, un ademán cargado de afecto y resignación.
—Me sabe mal, muchacho —le dijo a Renek mientras ladeaba la cabeza—. Mas no soy el mestrou que buscas. Estoy viejo, y los viejos solo sirven para estorbar o filosofar, y de eso último ya hago bastante solo.
El silencio se instaló en la habitación mientras todos procesaban lo que acababa de decir. Incluso en Batur, que había estado jugueteando con un cuchillo pequeño.
—Sin embargo —continuó, y se inclinó hacia delante—, hay varios altos arcontes viviendo en el pueblo.
Se retiraron aquí después de la guerra, buscando tranquilidad.
Están en el antiguo Coulegio Arconte de Vilantar.
No han tomado discípulo alguno desde que llegaron...
—admitió mientras se rascaba la cabeza— Pero uno nunca sabe qué puede traer la corriente.
Se levantó con un leve gruñido, apoyándose en la mesa, y cruzó la estancia hasta una repisa donde reposaban varias tazas polvorientas.
—En cualquier caso —gesticuló hacia el espacio—, podéis quedaros aquí esta noche, eh —ofreció—.
Descansad del viaje. Mi chouza no es gran cosa, pero puede ofreceros un espacio a resguardo del viento.
Dadles un respiro a las piernas, y mañana podéis partir con luz nueva.
Vilantar está a un tiro de piedra a caballo...
Su voz bajó, dispuesto a compartir un secreto sagrado.
—Y tengo una carne de cochinillo que os vais a chupar los dedos —añadió con una risa que se ensanchó hasta iluminarle los ojos.
Juzaontux emitió un sonido gutural, mezcla de aprobación y hambre primitiva. Deetra se llevó una mano al pecho con teatral asombro, mirando a su compañero lagarth con deleite. Incluso Batur soltó una risa breve, como si el anuncio hubiera cortado la tensión de un solo tajo.
Kida sonrió con amabilidad. Renek la miró, ella le devolvió la mirada y, luego, asintió. Egon se pasó una mano por el cabello, aliviado ante la decisión implícita. La oferta de una noche de descanso bajo techo era demasiado tentadora para rechazarla.