Capítulo 42 El viejo asceta #2
La puerta se abrió y tras ella apareció un hombre de complexión baja y ancha, cuyo cuello se rendía ante una papada generosa que temblaba con cada palabra.
Vestía ropas antaño finas, ahora vencidas por manchas antiguas y pliegues obstinados, como si las horas, o los días, le hubieran sorprendido dormido con ellas.
Aun así, había solidez en su figura, parecía un mueble viejo y bien construido que, pese al desgaste, resiste décadas.
Kida se inclinó en una reverencia formal que contrastaba con el aspecto descuidado del hombre.
—Hola, maestro Bastius —saludó con respeto, aunque Renek notó cierta duda en su voz, como si no estuviera segura de ser recordada.
El rostro del hombre se iluminó de inmediato. Cuando habló, su acento peculiar transformaba las palabras de una manera que a Renek le resultó musical.
—¡Pero mira quién viene a verme! ¡La señorita Venden! —exclamó con genuina alegría, mientras gesticulaba de forma exagerada—. ¡Pasad, pasad todos! Perdonad el desorden, que non esperaba visita.
Renek entró el segundo, y observó cómo el hombre recogía por la estancia libros desperdigados y apilaba papeles con movimientos nerviosos.
El interior de la casa era un caos meticuloso.
Con toda probabilidad, cada tomo apilado y cada pergamino olvidado en las esquinas seguía un orden invisible que solo él conocía.
Una película de polvo barnizaba los muebles, no como señal de abandono, sino como la pátina inevitable de los lugares donde se piensa más de lo que se barre.
—Os preparo una infusión ahora mismo —ofreció mientras apartaba más libros de una mesa—. Sentaos donde podáis, esta es vuestra casa.
Juzaontux tuvo que agacharse dos veces para pasar por el marco de la puerta del salón, y aun así el techo rozó los cuernos que le nacían de la parte occipital del cráneo.
Al final optó por quedarse medio encorvado junto a una pila de libros desbordada.
Parecía un mueble nuevo y gigantesco que no terminaba de encontrar su sitio entre las estanterías desordenadas y los manuscritos sin clasificar.
—Gracias por recibirnos, maestro Bastius —dijo Kida mientras inclinaba la cabeza con respeto.
El erudito, que se encontraba sacudiendo el polvo de una silla con la manga de su túnica, arrugó el ceño y resopló con una sonrisa torcida.
—Oh, por favor, nada de mestrou, ¿eh? Mmm —chasqueó la lengua mientras se agachaba con esfuerzo a recoger un ejemplar caído de algún tomo clásico—.
Galeg está bien. O, si la formalidad os pica, señur Bastius.
Pero no vayamos montando altares, eh, que a este paso me ponéis una curona y me hacéis gran ministro de cualquier cosa absurda —dijo, y rompió a reír de forma genuina, con carcajadas que brotaban de lo más profundo de su pecho.
Al instante, como si alguien hubiera dicho algo que no había oído bien, aunque nadie había abierto la boca, preguntó:
—¿Qué?
Renek no entendía nada. Kida esbozó una sonrisa breve.
—Está bien, señor Bastius.
—Mucho mejor, señorita Venden —respondió él, y señaló un banco con libros amontonados—. Si encontráis un sitio donde no haya papel, sentaos. Y, si no, pues que sea parte del mobiliario. Los libros también sirven de cojín, si no se quejan.
Todos se acomodaron como pudieron. Egon, Kida y Renek en un diván acolchado gastado. Batur eligió un rincón con gesto reservado, y Deetra se sentó sobre un montón de libros enormes y cruzó las piernas.
Bastius se apoyó contra la mesa, con las manos cruzadas sobre la barriga redonda.
—Kida Venden... Casi no te he reconocido, eh.
Aunque tus ojos siguen igual de astutos que cuando eras una niña.
¿Cómo estás? —preguntó con un brillo sincero—.
He oído cosas de ti. Buenas, quiero decir, eh.
Dicen que una arconte joven de mirada tenaz lideró una ofensiva para dar caza a Bladack y que la misión fue todo un éxito. ¿Eras tú?
Kida dejó caer la vista, incómoda ante el elogio.
—Hacemos lo que podemos, señor Bastius. Aunque no siempre sale bien.
—Eso es lo que suelen decir los que sí hacen las cosas bien —asintió el viejo, con gravedad serena—. Pero me alegra saber que sigues viva. Y que aún sabes elegir compañeros de viaje.
Su mirada se deslizó hacia Renek y, aunque no se clavó en él, sí se detuvo lo suficiente como para hacerse notar.
—¿Y estos buenos amigos? —preguntó mientras volvía la cabeza sin prisa—. ¿Quiénes son? ¿Qué os trae a estas tierras?
Kida respondió con una breve presentación de cada uno, dando nombre y un par de pinceladas sobre cómo acabaron formando grupo.
Cuando mencionó a Juzaontux, Bastius parpadeó y se enderezó.
—Ah, pero a este sí que lo conozco —dijo, con una sonrisa que iluminó sus rasgos redondeados—. Cuánto me alegro de verte.
Todos los presentes lo miraron sorprendidos. El lagarth, no esperando ser recordado, se mantuvo quieto unos segundos.
—¿Cómo? ¿De qué os conocéis? —Deetra no cabía en su asombro.
—Nos conocimos hace muchos años. Yo no lo sabía entonces, pero él era Galeg Bastius. Me ayudó cuando otros no lo hicieron.
Batur arqueó una ceja. Juzaontux volvió el semblante hacia la chimenea apagada.
—Hace muchos años, un grupo de hombres me siguió fuera del mercado de Felsar, en Osmesh.
Me gritaban cosas. Me empujaron. Me llamaban...
animal. Eran al menos una docena. Yo no quería hacerles daño.
Me golpearon hasta dejarme casi inconsciente.
Bastius apareció. No sé muy bien qué pasó, pero se puso entre ellos y yo.
Me ayudó a levantarme, inspeccionó mis heridas...
y me llevó a comer. Me dio agua. No volví a ver a esos hombres nunca más.
Hubo un breve silencio. Incluso dio la sensación de que los crujidos de la madera habían cesado.
—Mierda bendita —murmuró Batur—. Eso sí que fue tener un par de cojones bien puestos, profesor.
—No fue para tanto —farfulló el aludido mientras agitaba una mano como si espantara una mosca—. Vi a alguien necesitado y actué. No hay filosofía en eso, mmm.
—¿Y por qué nunca me lo contaste? —preguntó Deetra, mirando a Juzaontux con gesto serio, más curiosa que recriminatoria.
El lagarth parpadeó lentamente.
—No lo vi necesario.
Bastius se aclaró la garganta y se encogió de hombros, incómodo.
—Tampoco hace falta que lo vayáis repitiendo por ahí, eh —añadió mientras se frotaba la nuca—. Bastius el héroe... Lo que me faltaba.
—No parece el tipo de historia que uno olvide —dijo Renek.
—Algunas historias pesan más cuando se comparten —replicó, y luego sonrió y sacudió la cabeza en un gesto que recordaba a quien se saca una telaraña de encima—.
Pero bueno, sentaos, tomad la infusión de hierbas, contadme qué os trae por aquí, y no me hagáis viejo antes de tiempo, que ya traéis suficiente mundo encima.
Y aunque lo decía con su humor habitual, había algo en su entonación que dejó claro que, al menos en parte, ya sabía que el mundo no era como antes. Y que aquel encuentro traía más que recuerdos viejos.