Capítulo 42 El viejo asceta
El camino crujía bajo los cascos. Una comitiva de jinetes avanzaba entre colinas suaves, allí donde el mundo se vuelve dorado por obra del sol.
Las hierbas altas susurraban al paso de los caballos y a lo lejos el silbido de un ave solitaria rompía la monotonía del silencio.
Los arbustos desbordaban las lindes del sendero, repletos de espigas, zarzas y flores silvestres que exhalaban un aliento cálido, casi dulzón, como si la tierra, en su vejez, aún tuviera secretos que compartir.
Altos árboles de copa irregular esparcían claroscuros sobre la senda y, más allá, los troncos torcidos eran ancianos que se inclinaban atentos al paso de los forasteros.
—¿Cuánto queda para llegar? —gruñó Batur, sin mirar atrás—. Doce días a caballo y mi culo ya no distingue silla de castigo. ¿Hacía falta ir tan al norte?
Levantó el brazo y agitó la mano en un gesto de espantar moscas invisibles. El tono era ácido, pero más teatral que furioso.
—Sí —contestó Kida—. No hubiera sido prudente arriesgarnos a tomar ningún otro camino.
Una risa burlona retumbó en Deetra.
—Quejica —le espetó con su voz aguda, aún teñida de un matiz infantil—. Si tu culo sufre, imagina el del pobre animal que lo carga. A estas alturas debe de estar rezando a los dioses.
—¡Mi caballo me adora! —replicó él, y dio una palmadita al cuello del animal, que bufó como si negara con el morro.
—Claro... —se limitó a contestar Deetra mientras levantaba apenas una de sus largas y finas cejas, con ese gesto suyo que delataba mejor que las palabras lo poco que le convencía la excusa —.
Oye —añadió, volviéndose hacia Juzaontux, que llevaba las riendas sentado tras ella—, ¿cómo llevas la herida del brazo?
—Bien —respondió él con sencillez—. Era pequeña. No la siento ya.
—¡Eres un tipo duro, Juza! —se alegró Deetra, entre asombro y picardía—. Es alucinante la rapidez con la que cicatrizáis. Cualquiera diría que la carne misma os obedece.
A un lado del camino, un grupo de labras pastaba con la indiferencia serena de las criaturas que saben que el mundo arde, pero no les concierne.
Eran grandes, con el cuerpo velludo y el cuello delgado, que recordaba a un cruce entre oveja y cabra.
Al notar el paso del grupo, algunas alzaron la huesuda cabeza. Luego volvieron a masticar.
Renek cabalgaba al final del grupo, junto a Egon. Iban rezagados, lo justo para no ser parte de las bromas que surcaban el aire por delante. El silencio entre ambos no era incómodo, pero tampoco llano. Era un terreno con raíces ocultas.
—Eres más reservado de lo que pensaba —comentó Renek al fin—. El sol ha trepado ya un buen tramo en el cielo y aún no has dicho nada que no fuera un resoplido.
Egon encogió los hombros sin apartar la vista del horizonte. Tenía la espalda recta, y las manos firmes sobre las riendas, pero los ojos le iban de un punto a otro como si cada sombra le ofreciera una duda.
—Los caminos enseñan más callando que hablando —dijo al cabo— . Aunque veo que tú prefieres preguntar antes que observar.
—Observar no siempre da respuestas —respondió con una media sonrisa—. A veces hay que arrancarlas.
—¿Y tú te crees un arrancador de respuestas? —Egon lo miró de soslayo, con un destello irónico—. A este paso, lo que vas a arrancarme es la paciencia.
—Solo intento conocerte. Desde el asalto a Castillo Bruma, tu cara es lo primero que veo cada mañana. No estaría mal saber algo más de ti que tu nombre y tu fobia a las pausas largas.
Egon soltó un resoplido entre divertido y resignado.
—Tengo un plan para vencer a Veltor, ¿sabes? —dijo con seriedad fingida—. Plantarte frente a él y dejarte hablar. Morirá del aburrimiento antes de poder alzar un dedo.
Renek rio por lo bajo.
—Digno de un canto épico. El hombre que mató con preguntas.
—Suena mejor que El pesado de Hiclaria. Aunque menos preciso.
Los dos rieron esta vez, pero el silencio volvió a colarse entre ellos como un tercer jinete. Solo se oía el crujido de la silla, los cascos, que golpeaban la tierra blanda; y el leve tintineo de las hebillas. Pasaron un largo rato así, antes de que Renek retomara la conversación.
—¿Por qué eres tan reticente a contestar mis preguntas? ¿Tú sabes lo frustrante que es no recordar nada?
Egon se tensó. Un músculo en la mandíbula le palpitó antes de responder.
—No soy reticente a contestar tus preguntas. Pero no le cuento mi vida al primero que me pasa por delante. No confío en la gente así porque sí, por razones que son mías y no tengo por qué compartir.
—¿Y eso tiene nombre?
—Tiene años —murmuró Egon—. Dos, para ser exactos.
—Ya... Lo entiendo, pero, del mismo modo que tú tienes preguntas sobre mí, yo tengo preguntas sobre ti. También quiero saber un poco sobre mi forzado compañero.
Egon chasqueó la lengua. Pero algo en la sinceridad del tono, o en el cansancio que arrastraban ambos, lo venció.
—Está bien. Responderé a tus preguntas. Pero solo para que me dejes en paz de una vez.
Renek se sintió descubridor de una puerta entreabierta en un muro que creía hermético.
—Me parece bien. Para empezar, ¿por qué eres tan desconfiado?
A Egon se le tiñó la cara de fastidio y exhaló con desgana.
—Cuando acabó la guerra contra Librark, yo estaba convencido de que habíamos vencido a esos egoístas que querían imponer su mundo sin leyes.
De que la Unión había resistido a la violencia gratuita de los librarkanos.
Bladack y Veltor habían liderado al ejército de la Unión hacia la victoria...
Eran héroes. Los héroes de la Unión. Yo estaba orgulloso de haber formado parte de su ofensiva contra Librark.
Y otra mucha gente decente lo había dado todo por ellos.
Me sentía optimista. Pero cuando la guerra hubo terminado, estando la Unión debilitada por el conflicto, Bladack y Veltor, junto a varios de sus fieles, decidieron desafiar a la misma Unión que ayudaron a defender, y se volvieron en su contra.
Como te puedes imaginar, nadie se lo esperaba, y las gentes de los territorios de la Unión no sabían qué pensar. Y menos yo.
Renek no interrumpió. El tono de Egon era plano, pero cada palabra salía como una piedra afilada.
—Piénsalo, los héroes que tanto habían hecho por el pueblo, que reclamaban un cambio y en apariencia defendían la libertad, se convirtieron en déspotas despiadados y crearon el movimiento nox.
Proclamaban que las personas no deben someterse a los caprichos de un puñado de hombres en el poder, que la Unión vive bajo el yugo de una casta que solo se preocupa de ellos mismos.
Era tal su influencia y su poderío que arrastraron a miles con ellos.
Imagínate... Si no puedes confiar en los arcontes de más renombre de Eldava... , ¿en quién puedes confiar?
—¿Pero qué los llevó a llegar a tal extremo? —inquirió Renek.
—Sus creencias absurdas. Y la convicción de que hay algo más allá del orden humano.
Los arcontes tienen esta conexión con la energía del mundo.
Ven y sienten cosas que los demás no podemos ver ni sentir.
Hace décadas, siglos incluso, en Eldava imperaba la creencia de que los dioses creaban las cosas y las impregnaban de vida a través de su magia.
Por suerte solo los viejos y los ignorantes siguen creyéndose eso.
Se sabe de sobras que no es magia. Es energía.
¿De dónde viene esa energía? No lo sé. Pero Bladack y Veltor aseguraban ser conocedores de su origen y la colocaban por encima de todo...
Se autoproclamaban «defensores de la virtud»... Más bien eran devoradores de virtud.
Renek empezaba a perderse. Egon lo notó.
—Da igual. La cuestión es que no solo los arcontes decidieron seguir ese camino. También un gran número de personas, bellísimas personas... confiaron en ellos y eligieron unirse a sus filas. Igual que Bladack y Veltor, todas ellas merecen la muerte por todo lo que han hecho...
—Quizás esas personas que dices solo fueron engañadas y manipuladas por ellos.
—No. Todos merecen castigo. En especial esas personas, que se olvidaron de todo lo que la Unión y sus seres queridos había hecho por ellas y decidieron unirse a los nox. Ni energía, ni libertad, ni hostias. No merecen piedad.
Vista la emocionalidad de Egon, Renek no quiso profundizar más en el tema.
—Vale…, pero ni yo soy ellos ni estoy con los nox.
Egon soltó aire en una gran expiración. El comentario de Renek disipó parte de su frustración y mal humor.
—Ya... Tienes razón. Perdona. Desde entonces, me espero lo peor de los demás. Y, a decir verdad, no has hecho nada para merecer eso. Es solo que... —A Egon se le perdió la mirada en el camino de tierra, mientras arrugaba el entrecejo.
—Pararemos aquí —anunció Kida, que señaló una casa a un lado del camino.
La casa era modesta pero robusta. De mampostería rústica, con el tejado inclinado y un pequeño porche cubierto de maleza. No había otras viviendas a la vista. Las paredes, en parte cubiertas de hiedra, se fundían con el paisaje y daba la impresión de que habían crecido allí de forma natural.
—A juzgar por su estructura —dijo Egon—, esto debe ser la región de Aldia. No andamos lejos de Vilantar.
—¿Aldia? —repitió Deetra— ¡Por aquí vivían mis padres!
—¿De quién es esta casa? —preguntó Renek, pero Kida ya había desmontado y se dirigía hacia la puerta.
Golpeó la madera con suavidad, tres toques medidos. Del interior llegó un estrépito repentino, como de libros cayendo y objetos siendo arrastrados de forma apresurada, y una voz entre jadeante y aguda gritó:
—¡Voe! ¡Cha voe!
Renek curvó una ceja.
—¿Qué ha dicho?
Kida sonrió, casi con nostalgia.
—Que ya viene.