Capítulo 41 Escombros
El cielo pesaba. Una bóveda de nubes espesas y apretadas entre sí, cubría la tierra a modo de sudario sin fin. No había viento. Ni canto de aves. Lo único que se oía era el retumbar lejano de los cañones, constantes, ciegos, metódicos.
Veltor contemplaba la ciudad desde la cima de una colina yerma. No se movía, ni pestañeaba.
Solo observaba.
Bajo sus botas, la tierra estaba seca y cuarteada, como si el simple hecho de estar cerca de él la hubiese privado de vida. Más abajo, Dampus ardía.
Columnas de humo trepaban hacia el cielo, lentas y delgadas, dedos moribundos que imploraban sin fe.
A su espalda, pasos.
El comandante nox emergió de entre la niebla baja con los labios apretados en un gesto contenido entre el respeto y el miedo. Se detuvo a tres pasos de Veltor, frenado por el hedor acre, e inclinó la cabeza con una reverencia sobria.
—Mi señor —dijo—. Dampus ha caído. Apenas han resistido.
Veltor no se volvió. Habló como se empuña un arma.
—No es suficiente.
El comandante alzó los ojos hacia su líder, sin comprender.
—Quiero ruina —dijo Veltor—. Que los muros se disuelvan. Que ninguna persona encuentre refugio en su sombra.
Se giró.
Donde antaño pudo haber rasgos humanos, ahora su faz era un testimonio de la crueldad del tiempo y la corrupción de la carne.
Una amalgama de llagas con un pus amarillento, cicatrices mal curadas y heridas recientes que aún respiraban con el calor de la infección.
Su escaso pelo enfermo acentuaba el espectáculo lúgubre, exponiendo un cuero cabelludo surcado de hinchazones purulentas que casi palpitaban debajo de la piel con una vida propia y malsana.
Sus ojos, hundidos, brillaban con un fulgor verde enfermizo sobre un fondo negro. Una mezcla de odio y sufrimiento.
—Seguid con el fuego. No detengáis los cañones hasta que no quede forma ni recuerdo.
El comandante asintió con rigidez, se retiró y desapareció entre la bruma como un garabato torcido que la niebla borra poco a poco.
En la distancia, los cañones volvieron a cantar. La tierra tembló. Una de las torres de la Ciudadela colapsó sobre sí misma con un rugido. Dampus, ya vencida, seguía desmoronándose.
Y bajo aquel cielo inmóvil, Veltor observaba cómo todo se convertía en escombros.
—Morblod apreciará el rojo de este amanecer.