Capítulo 40 Antes del salto
El sol del mediodía ascendía cual martillo de bronce sobre la arena y arrancaba brillos dorados del polvo que flotaba suspendido entre espadas y voces.
A lo largo del perímetro, los alumnos se repartían en grupos dispersos.
Un par de niños, de esos que aún titubean al blandir una espada, repetían con torpeza una secuencia de bloqueos bajo la vigilancia severa de un instructor de mejillas hundidas.
Más allá, un grupo de adolescentes descargaba estocadas sobre maniquíes de lona clavados al suelo, como si pudieran matar sus inseguridades a fuerza de disciplina.
Malgo se sentía bien, fresco y firme. Llevaba el uniforme blanco recién entregado, aún sin arrugas.
Analizaba la postura de Guldan, quien tenía frente a él, vestido, como no, de negro.
Su hermano lo observaba en silencio, con mirada serena pero atenta, como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos.
Alzó la vista un segundo hacia el palco de piedra que dominaba la arena. Vacío. Ninguna faz severa aguardaba allí, ninguna presencia inquisitiva. Mejor. No necesitaba más ojos que juzgaran sus movimientos. Ya tenía suficiente con los de Guldan, que no se apartaban de él ni un segundo.
Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre la empuñadura de la espada.
Sintió el cuero viejo y rugoso contra la palma húmeda.
Guldan, por su parte, seguía sin moverse.
Sus hombros estaban relajados, los brazos sueltos.
Su cuerpo se había olvidado de la tensión.
Pero él sabía que ese estado era engañoso.
En cualquier momento, su hermano podría cruzar la distancia entre ellos como una chispa cruzando un campo seco.
Y esta vez no usaban ni varas ni espadas de madera.
Los sonidos del entrenamiento seguían a su alrededor, pero para él se habían vuelto distantes, existentes solo en otro mundo. Solo estaban él y su hermano, reflejos invertidos bajo la luz implacable del mediodía.
Estudió la postura de Guldan, buscando alguna señal, alguna pista de sus intenciones. Pero, como siempre, era un pozo sin fondo: tranquilo, como agua que no teme ser bebida. Sus ojos, fijos en los suyos, no revelaban nada más que una calma absoluta que resultaba hasta irritante.
Dio el primer paso, midiendo la distancia. No había prisa en su gesto, solo una tensión contenida, presagio de lo que se va a romper. Alzó la espada y la dejó caer en diagonal. Guldan alzó la suya sin apremio, parecido a quien aparta una rama molesta en mitad de un sendero.
Y entonces comenzaron.
Malgo encadenó los movimientos como cuentas en un collar: un empuje al torso, una torsión de muñeca que se convertía en finta, un cambio súbito de dirección hacia el costado.
Era una secuencia conocida, tallada en músculo y memoria.
Pero, por cada avance, Guldan ofrecía una respuesta tan natural como la sombra a la luz.
Su defensa no era espectacular ni ruidosa.
Era exacta. Calculada. El ángulo preciso. El gesto mínimo que bastaba.
El sudor, cálido y salino, le pegaba el uniforme al torso, dibujando la definición de su abdomen y el trazo oblicuo de los músculos en sus costados. Sus piernas se sentían firmes, enraizadas en la arena.
Retrocedió medio paso para invitar a Guldan a atacar. Su hermano aceptó el desafío con una serie de golpes rápidos que silbaron cerca de su rostro. Bloqueó cada uno, y sintió como la vibración del acero recorría sus brazos.
Se movían en círculos perfectos, atrapados en órbitas de un cosmos en miniatura.
Reconocía las formas que Guldan ejecutaba, las mismas que él había aprendido, las mismas que ambos habían practicado hasta el agotamiento.
Pero en las manos de su hermano, esos movimientos cobraban una cualidad diferente.
La técnica había dejado de ser mecánica para tornarse en un instinto más hondo, más natural.
De pronto, movimientos en el palco hicieron que la atmósfera se sintiera distinta.
Sadro Chessan entraba acompañado de una comitiva: Ulter Agascal, con su barba mal recortada; y Loblo, que vestía con sus finos ropajes oscuros.
Pero quienes captaron la atención de la mayoría de los presentes fueron el alto arconte y sus dos acólitos.
El primero, envuelto en azul casi brillante.
Los otros dos, altos y encapuchados con sus características máscaras inquietantes.
Sus rostros artificiales, con círculos enormes negros como ojos y una especie de probóscide en el lugar de la boca, parecían observar cada movimiento en la arena con una atención antinatural.
El saludo casual de su padre fue recibido con inclinaciones de cabeza y reverencias en la arena.
Su respiración se aceleró y los músculos se tensaron bajo el uniforme.
El siguiente golpe de Guldan llegó con más fuerza que los anteriores. Malgo lo bloqueó por intuición, pero el impacto lo hizo retroceder medio paso. Sus ojos se encontraron con los de su hermano por un instante: también él había notado el cambio en el ambiente.
El ritmo del combate cambió. Encontró una apertura y lanzó una estocada que rozó el hombro de Guldan. Su hermano respondió con una serie de ataques que lo obligaron a retroceder.
Sus pies dibujaban surcos en la arena. Sus respiraciones se volvieron más pesadas.
Pero ninguno aflojó el ritmo. Sentía que cada músculo de su cuerpo trabajaba en perfecta armonía, cada movimiento fluía hacia el siguiente como agua.
Trataba de no pensar en su padre, ni en las expectativas, ni en el peso del apellido Chessan.
Aunque era consciente de que las miradas de los invitados estaban posadas en ellos, solo existía el momento presente y los ojos serenos de su hermano.
Un ataque particularmente veloz lo obligó a girar sobre sí mismo. La tela de su uniforme ondeó cual bandera blanca, y su espada se encontró con la de su hermano en un ángulo complicado.
Mantuvo la posición.
Se separaron un paso y se estudiaron el uno al otro. El pecho les subía y les bajaba con una respiración controlada.
Desde el palco, el alto arconte se acercó a uno de los acólitos, quien asintió con lentitud y tomó notas con una pluma fina y un cuaderno.
Los instructores habían dejado de corregir a sus alumnos.
Todos los ojos estaban fijos en los hermanos Chessan, en su danza bajo el sol del mediodía.
Para Malgo eran apenas bultos difusos en los bordes de su visión.
Su mundo se había reducido al círculo que compartía con Guldan.
—¿Vas a seguir enseñándome la lección, hermano? —dijo Guldan, provocador—. ¿O vas a pelear?
Malgo volvió a atacar.
El combate se transformó.
Ya no era un baile coordinado de técnica y precisión, sino un choque más salvaje, más desesperado.
Lanzó otra estocada que volvió a rozar el hombro de Guldan, más cerca de alcanzarlo de lo que jamás había estado.
Su hermano respondió con un contraataque que silbó junto a su oreja.
Los movimientos se volvieron más amplios, más arriesgados.
Sentía el escrutinio de todos sobre él: los ojos severos de su padre, el examen impasible de Ulter y la observación curiosa del miembro de la Mesa Arconte y sus dos acólitos a través de las máscaras insectoides.
Cada golpe llevaba ahora el peso de esa audiencia.
Su espada describió un arco amplio, buscando una apertura en la guardia de Guldan.
Sus músculos ardían, pero no importaba. El acero cantaba una melodía más agresiva ahora, notas cortantes que resonaban en la arena con la furia de gritos de guerra.
Notaba el cambio en Guldan también: su habitual serenidad se había afilado, más peligrosa.
Los hermanos se movían como espejos en guerra, cada uno anticipaba los movimientos del otro, pero ahora con una intensidad que rozaba lo temerario.
Descargaba un golpe tras otro. Ya no pensaba en método ni en formas perfectas, y ahora sus músculos respondían por instinto, guiados por un impulso más profundo que el puro adiestramiento.
El aliento le quemaba en el pecho. Cada impacto de su espada contra la de Guldan reverberaba en sus huesos.
Su hermano había abandonado esa calma propia.
Malgo reconocía esa intensidad. Era la misma que chispeaba en su propia sangre.
El sudor le nublaba la vista, pero no necesitaba ver para saber que estaban cruzando una línea invisible.
Una estocada le pasó demasiado cerca. Por el rabillo del ojo, captó un movimiento en el palco.
Su padre se había inclinado hacia delante y se mostraba serio.
Pero esa parte de su mente que aún registraba el mundo exterior se apagó cuando Guldan lanzó otra serie de ataques que lo obligaron a concentrarse solo en defenderse.
Había algo liberador en ese combate, que ya no pretendía ser solo práctica. Cada golpe llevaba el peso de palabras no dichas, de semblantes severos, de expectativas imposibles.
Un movimiento en especial agresivo de su parte arrancó chispas del acero.
Casi pudo escuchar a su padre murmurar teñido de disgusto.
Sadro se levantó de forma abrupta e hizo un gesto cortante a Ulter.
Los observadores comenzaron a abandonar el palco, aunque Loblo no podía dejar de mirar el espectáculo.
Pero Malgo no llegó a registrar su partida.
Estaba demasiado ocupado respondiendo a una finta de Guldan que casi lo tomó desprevenido.
El combate fluía ahora con una energía propia, alimentada por años de rivalidad fraternal y algo más profundo, más complejo.
Había rabia en sus movimientos, sí, pero también una extraña alegría.
Cada golpe y cada parada eran una conversación que solo ellos dos podían entender.
Se separaron en un gesto tácito, sin palabras ni señales, hasta quedar a varios pasos de distancia el uno del otro. El aire caliente de la arena palpitaba entre ellos, cargado de polvo y una densidad invisible, como el último respiro antes de una tormenta que ya ha elegido dónde caer.