Capítulo 39 La amenaza de los gronios #2
—Si no desplegamos a nuestros hombres y, sobre todo, si no reforzamos la vigilancia en ciudades y pueblos, lo que hoy llamamos movimiento hostil se convertirá mañana en una invasión.
Su tono no era exaltado, pero sí que contenía un matiz de soberbia. Era militar. Conciso. Sin adornos. Su convicción arrastraba consigo una fuerza que incluso los más escépticos no pudieron ignorar.
Oris Trebla se puso en pie poco después. Algunos representantes civiles cuchicheaban a su alrededor.
—Las palabras del Ministro de Defensa son previsibles —dijo, sin mirarlo de forma directa—. De algún modo tiene que justificar su cargo, ahora que no estamos en guerra. —El comentario arrancó algunas risas cómplices entre los asistentes—. Pero previsibles no significa correctas.
Los murmullos subieron un peldaño. Sadro permaneció impasible.
—Por fortuna, no todos tenemos tu talento para esconder la cabeza bajo tierra —le espetó Ulter.
Malgo no pudo evitar que se le escapara una mueca.
No fue una sonrisa abierta, pero sí la expresión de quien reconoce un golpe bien dado.
La réplica de Ulter, directa y sin florituras, fue no solo justa, sino deliciosa.
Una estocada limpia que devolvía con estilo el desdén envuelto en diplomacia de Oris Trebla.
Desde su escaño, sintió como la Cámara se tensaba, dividida en líneas invisibles.
—Representantes de Hiclaria —continuó Trebla—, la cuestión no es qué debemos hacer para evitar futuros problemas.
Las incursiones de los gronios ya están pasando, los nox ya se están reagrupando, y Dampus cayó bajo su control hace ya varias lunas.
Ahora son ellos quienes la gobiernan. Señorías, ya estamos en problemas. La cuestión es cómo no meternos en más.
Hubo un breve silencio. Nadie lo interrumpió.
—Gronia no es una tierra en guerra —prosiguió—.
Es guerra en forma de tierra. Incluso su lengua lo dice: Gronia , “el campo de guerra”.
Allí, el conflicto no es una excepción ni una táctica, sino su modo de vida.
Lo que vemos en la frontera puede ser el reflejo de una disputa entre clanes, no un ataque dirigido contra Hiclaria o Dasteura.
Estos movimientos, por preocupantes que sean, no tienen aún un patrón claro, ni una voz detrás que los lidere.
Gronia no es una máquina de guerra aceitada.
Es un enjambre de fuegos dispersos. Encender uno más con una ofensiva precipitada podría unirlos...
y eso sí sería una guerra. Acabamos de salir de una.
No creo que ni la Unión, ni en especial Hiclaria, quiera meterse en otra.
Algunos representantes expresaron su acuerdo. Malgo miró a su ins tructor, pero el rostro de Lander era ilegible. Seguía sin pronunciarse. A su lado, uno de los instructores de la academia entrelazó los dedos y miró con atención hacia el suelo, convencido de que el suelo escondía respuestas.
—Entonces, ¿qué? —susurró Malgo, casi sin querer, hacia Guldan— ¿Van a esperar a que lleguen a las puertas de Illenard?
Guldan le lanzó una mirada rápida. No de desaprobación, sino de advertencia. Con ella, supo que pensaba como él.
Dejó de escuchar los matices del debate. Su mente se llenó de imágenes: aldeas en llamas, compañeros heridos, la fiereza desatada en aquellos salvajes que no conocían ley ni tregua...
Las voces seguían. Algunas más serenas, otras cada vez más tensas.
Pero, para Malgo, el mapa colgado en la pared no mostraba ya líneas.
Mostraba llamas. Sintió crecer su frustración.
¿Cómo podían algunos ser tan ciegos? Los gronios eran caos puro, todo el mundo lo sabía.
Si él mismo había visto la determinación en los ojos de unos simples campesinos librarkanos...
¿qué no serían capaces de hacer las hordas de brutos del sur-oeste?
—Con el permiso del Primer Ministro.
Lander se había puesto en pie, y el gesto, aunque sereno, atrajo de inmediato la atención de todos.
No se había molestado en cambiar su vestimenta de instrucción: jubón de cuero negro reforzado, cruzado por correas de hebillas apagadas, botas altas y faldón con patrones de rombos; pero a nadie pareció importarle.
Con solo estar de pie, encarnaba la autoridad de quien conoce el peso del barro y las decisiones difíciles.
Ni siquiera se había quitado los guantes hasta que alzó la mano para pedir palabra.
Sadro asintió desde el estrado.
—Lo que se ha dicho aquí es valioso —comenzó Lander, sus ojos se paseaban despacio por la sala—. Tanto la urgencia de Ulter como la cautela de Trebla. Ambas posturas parten del mismo deseo: proteger Hiclaria.
Se detuvo un segundo para que sus palabras cuajaran.
—Pero hay un terreno entre la inacción y la ofensiva.
Un punto medio que no implica cruzar lanzas, pero sí abrir los ojos.
Propongo enviar una avanzadilla a través del territorio de Dasteura.
Recorrer la frontera gronia, no como ejército, sino como exploradores invisibles.
Observar, escuchar y regresar con algo más que suposiciones.
La propuesta flotó unos segundos en la Cámara, antes de asentarse con la suavidad de una brisa bien recibida. Algunos dieron un asentimiento discreto, otros cruzaron los brazos con expresión más contemplativa que escéptica. Incluso Trebla, desde su escaño, no se mostró del todo reacio.
—Y, si me lo permitís —prosiguió Lander—, creo que hay dos nombres adecuados para liderar esa comitiva.
La atención se concentró de inmediato.
—Los hermanos Chessan están cerca de su ceremonia de ascenso a arcontes.
Su formación y desempeño son exquisitos, y su dedicación no tiene parangón.
Han demostrado sangre fría y tienen el temple necesario para moverse sin encender fuegos que no podamos apagar.
Propongo que sean ellos quienes encabecen esta expedición.
Yo mismo me ofrezco a acompañarlos para prestarles apoyo, junto a un pequeño contingente escogido por su capacidad.
El cuchicheo fue distinto en esta ocasión. Más intenso. Con más opiniones. Y entonces, como era de esperar, alguien surgió de entre las filas de los diplomáticos más veteranos.
—Con todo respeto, Lander —interrumpió un hombre mayor de pelo gris—, los jóvenes Chessan acaban de volver de su misión en Librark.
Uno de ellos volvió cojeando, y el otro no lleva ni un lustro de servicio, por no hablar de la pérdida humana que se produjo durante dicha encomienda.
¿De verdad creemos que es prudente enviar a dos jóvenes a mirar de cerca los dientes de un gronio?
La frase fue una nube cargada colgando en el aire.
Malgo apretó los puños, pero no se movió.
Fue Guldan quien se levantó. No lo hizo con brusquedad ni con arrogancia, sino como un árbol que se yergue cuando llega la borrasca.
Cuando habló, no tenía la dureza de un reproche, sino la claridad del acero templado.
—La misión en Librark no fue sencilla. Pero cumplimos con ella. Protegimos a los comerciantes, repelimos una emboscada y regresamos con más hombres vivos de los que habrían vuelto sin intervención alguna. La herida de mi hermano es la marca de esa decisión, no la prueba de su fracaso.
Hubo una breve ola de aprobación entre algunos estrategas. Otro académico de Tejeniebla asintió mientras tomaba nota.
—No pretendemos dirigir ejércitos, ni liderar campañas.
Solo observar, aprender y regresar con algo que Hiclaria aún no tiene: conocimiento real de lo que sucede en la frontera gronia.
Si eso no basta... —Su voz ya adulta, limpia de artificios, se extendió por la Cámara con la autoridad tranquila de quien no necesita alzarla para que se escuche; un timbre que traía consigo el peso de la verdad y no de la vanidad—, entonces proponed otro plan.
Pero no descartéis el metal antes de comprobar si corta.
Guldan se sentó de nuevo. Malgo no pudo evitar volcar en él un reconocimiento callado. Gratitud.
Sadro miraba a sus dos hijos con severidad. Luego bajó algo el mentón, una señal apenas perceptible, y miró al Ministro de Defensa.
—¿Ministro Agascal?
Ulter se removió en su asiento. El crujido de su armadura bastó para que media Cámara contuviera el aliento. Calibró su respuesta para volverla diplomática, pero no engañaba a nadie.
—No es el curso que habría elegido. Pero, si la Cámara lo apoya, y si Lander responde por ellos... No me opondré.
Monekin voceó con una efusividad inusual en él:
—¡Los Chessan tienen madera!
Lander, aún de pie, asintió de forma leve, satisfecho.
—Así lo haremos, pues —concluyó Sadro—. Que la avanzadilla se organice. Que partan antes de que el frío vuelva a hacer impracticables los caminos hacia Dasteura.
Y, aunque la discusión siguió con otros temas, la atmósfera en la Cámara había cambiado. El mapa colgante ya no era un conjunto de fuegos. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, parecía un camino.