Capítulo 39 La amenaza de los gronios
Orientó su porte hacia las alturas en cuanto cruzó el umbral de la Gran Cámara, sobrecogido por un techo que parecía escapar siempre a la mirada.
Desde el corazón del hemiciclo, el espacio se revelaba distinto: no como aquel que había contemplado tantas veces desde la altitud discreta de las galerías, sino como una vasta cúpula donde convergían el peso de la historia y la expectación del porvenir.
Estar allí, entre los representantes de Hiclaria, era un honor; pero también una carga que se sentía viva y le incomodaba.
La sala no estaba colmada, pero la presencia de quienes asistían bas taba para otorgarle una solemnidad rotunda. Un ujier desconocido, con una expresión educada pero vacía, los condujo a él y a su hermano hasta dos asientos en la sección central izquierda.
Dos filas adelante, Malgo reconoció una silueta difícil de confundir: Ulter Agascal.
El Ministro de Defensa era piedra hecha hombre, erguido y con los ojos siempre despiertos, siempre patrullando, como si incluso en ese recinto esperara la emboscada de un enemigo invisible.
Frente a él, en la hilera inmediata, distinguió a Lander, que al advertir su presencia se volvió apenas y les dedicó una sonrisa escueta y un guiño apenas visible, más gesto de camarada que de instructor.
Junto a él se sentaban otros instructores de la academia, todos callados, todos atentos, ya que la reunión de ese día exigía más que la mera escucha.
Tomó asiento y echó un vistazo amplio por la tribuna.
Reconoció rostros familiares: Yaara, Monekin...
y, de forma fugaz, los ojos serenos de Gellandyn, que acababa de inclinar la cabeza con una elegancia ritual al saludarlos.
Malgo respondió al gesto con otra inclinación de cabeza. Se la veía cansada.
No vio a Reyo. Aquello le extrañó. El Ministro de Comercio y Caudales solía estar presente en todas las sesiones a las que ellos asistían por orden de su padre, y Gellandyn solía hablar de él con respeto casi devoto.
También estaba ausente Loblo. Se permitió una exhalación suave.
Mejor. Nunca le había caído bien aquel hombre.
Había algo en su actitud altiva y su sonrisa engreída que le resultaba...
inquietante. De hecho, siempre pensó que interpretaba una versión fallida de un intelectual.
Los murmullos empezaron a disiparse cuando Sadro apareció por una puerta lateral, flanqueado por un asesor de traje sobrio.
Mientras avanzaba hacia el estrado, la capa blanca larga, abierta por delante, rozaba con suavidad los bordes de los peldaños, acompañando la cadencia firme de sus pasos.
La altura de su figura y la amplitud de su espalda encajaban a la perfección con la solemnidad de la Cámara.
Sus botas, lustradas hasta reflejar las vidrieras superiores, marcaban cada escalón con un sonido controlado, exacto, como un instrumento que medía el pulso de la sala.
Subió los peldaños que conducían al estrado con la elegancia de quien, más que caminar, ocupa el espacio.
Sin prisa ni vacilación. Su mirada tenía esa cualidad de autoridad bien ensayada: lo suficiente para intimidar, lo justo para evitar parecer teatral.
Detrás de él, el otro hombre tomó asiento en primera fila. Malgo entrecerró los ojos.
—Gul, ¿ese no es Porto? —susurró mientras se inclinaba hacia su hermano—. Pensaba que Suil lo había destituido.
—Lo hizo —respondió Guldan—. Hubo un incidente entre ellos, líos políticos. Puede que hayan resuelto sus diferencias... o que padre lo haya recuperado para otro encargo.
—Ah... Me extraña que Balorio no haya venido. Siendo Ministro de Política Exterior, esto le concierne, si no al que más, de los que más.
La conversación cesó cuando la voz de Sadro llenó la sala. No necesitó ni elevar el tono. Era una voz que los muros reconocían, que la madera del estrado ya había escuchado mil veces.
—Estimados y estimadas representantes del pueblo de Hiclaria. Antes de comenzar...
La barba tupida y varonil recortaba su mandíbula con firmeza, y arrugas finas le marcaban la frente y el contorno de los ojos: testigos permanentes del esfuerzo y el estrés que había sufrido durante años, huellas del peso constante de gobernar, que se había ganado más en salas de negociación que en los campos de batalla.
Solo sus cejas, rectas y sobrias, parecían ajenas al tiempo, y guardaban en su semblanza un aire impenetrable
—... permitidme dar una calurosa bienvenida a dos jóvenes que han regresado del linde con el acero aún fresco y los ojos abiertos a un mundo que no siempre perdona.
Giró un poco la cabeza y alzó una mano en dirección a ellos. El cabello de medio largo, peinado con raya a la izquierda para caer sobre el lado derecho, apenas se movió. La onda casi le rozaba el ojo derecho, aunque no lo llegaba a cubrir. Ni el más mínimo mechón estaba fuera de lugar.
Sintió un leve vuelco en el estómago, como si el gesto de su padre, exiguo, protocolario, le expusiera más que un discurso.
—Ellos, como vuestros hijos —prosiguió—, serán un día los herederos de esta tierra. Hoy, sin embargo, son nuestros ojos nuevos. Y no está de más que aprendan a mirar.
Las cabezas se volvieron hacia ellos. Algunas miradas eran inquisitivas; otras, amables en su evaluación; unas pocas, vacías.
Se puso en pie junto a su hermano y ambos se inclinaron con brevedad.
Un gesto que no buscaba agrado, sino respeto.
Yaara inició un aplauso hacia ellos, con cara de orgullo, al que los demás asistentes se sumaron, más por cordialidad que por auténtica convicción.
Cuando volvió a sentarse, aún sentía el roce de atenciones en la espalda, prendas que se resistían a caer.
Pero también, aunque no lo reconociera de inmediato, algo en su pecho había cambiado: presencia.
Y a veces, en Hiclaria, eso era lo único que hacía falta para empezar a existir.
La conversación en la cámara volvió a diluirse.
Sadro levantó una mano, como quien sofoca una lámpara.
Los murmullos cesaron casi de inmediato.
Una cuerda se tensó en lo alto del muro oriental, y desde lo alto descendió un tapiz cartográfico, largo y detallado, que se desenrolló con un sonido seco hasta tocar el zócalo del mármol.
El lienzo era una representación precisa del continente de Eldava: cordilleras, ríos, territorios limítrofes marcados con bordes desgastados y nombres cosidos en letra menuda.
Sadro no adoptó ningún tono de solemnidad impostada. Simple mente señaló con la mano derecha, el dedo firme, hacia una zona del mapa que había sido ya objeto de demasiados informes.
—Cómo ya sabéis —dijo—, hace algunas semanas recibimos la noticia de que Castillo Bruma había sido tomado por los nox. Ninguno de nuestros hombres desplegados en la fortaleza ha dado señales de vida todavía.
Las palabras se hundieron en la sala cual eco de piedra lanzada en aguas oscuras.
Algunos asistentes inclinaron apenas la cabeza, otros se removieron en sus asientos.
Notó a su hermano afectado. Por más que había preguntado sobre los arcontes enviados a Castillo Bruma, nadie sabía darle una respuesta.
Quizás nunca volvería a retomar sus lecciones de medicina con Kida.
—Apenas hace una jornada —continuó—, el embajador Porto cruzó las puertas de Illenard después de su tiempo en Dasteura, con un informe más reciente.
Los movimientos gronios en la frontera suroeste se intensifican.
Dasteura reporta emboscadas, caravanas perdidas e incluso incursiones y saqueos en algunas de sus poblaciones fronterizas.
Porto, sentado en primera fila, no hizo ademán alguno. Permanecía con las manos juntas sobre las rodillas, neutro. Se negaba a añadir dramatismo a lo que ya era claro.
—No es un fenómeno nuevo —añadió Sadro, que movió el dedo hacia el suroeste de Hiclaria—.
En la provincia de Dampus los ataques han sido constantes durante los últimos meses.
Aldeas abandonadas. Caminos que ya nadie patrulla.
Incluso la propia ciudad de Dampus está ahora bajo el control de los nox —hizo una pausa dramática—.
Siempre hemos sabido que la frontera era porosa, pero la frecuencia y aumento de la violencia de estas incursiones es inaudito.
Lo que antes era disperso ahora comienza a mostrar un patrón.
Gronios de distintos clanes se agrupan y cruzan las fronteras, al parecer bajo la estela nox.
Un murmullo, más grave esta vez, recorrió la asamblea. Sadro aguardó un segundo, luego bajó la mano. Dio un paso atrás, lo justo para que su perfil no tapara el mapa.
—La situación es inestable. Lo sabéis. Pero lo que no podemos permitir es que lo inestable se convierta en irreversible. El propósito de esta sesión es debatir cómo proceder.
Fue Ulter quien se puso en pie.
No era un gesto nuevo en él, pero sí uno que no pasaba inadvertido. Su armadura de placas crujió con suavidad al enderezarse. No llevaba capa. No usaba adornos, a excepción del emblema de Hiclaria en la placa pectoral. Su sola presencia bastaba.
—Lo que habéis descrito, Primer Ministro, es más que una inestabilidad.
Es una amenaza —dijo. Su voz, acostumbrada a los patios de instrucción y a los campos de maniobras, rebotó con nitidez en la bóveda de la Cámara—.
Tenemos que prevenir. —Golpeó la mesa de bancada con la yema de su dedo índice—.
Tenemos que proteger a los nuestros —Volvió a apoyar su dedo índice en el mesón, como si grabara sus palabras en él—. En definitiva: tenemos que actuar.
Algunos asistentes inclinaron la cabeza en señal de aprobación.
Los estrategas e instructores de la academia, sentados junto a Lander, compartieron un intercambio mudo.
Uno de ellos asintió en silencio. Del otro lado del hemiciclo, un académico del Distrito Tejeniebla ajustó sus lentes mientras tomaba notas con rapidez.