Capítulo 38 El regreso de la vergüenza #2
—Es ingenuo pensar que un librarkano no está entrenado para el combate.
En Librark, el combate es su lengua materna: lo maman desde la cuna.
Se forma a los niños con cuchillos en vez de plumas.
Su manera de entender el mundo es simple: o matas, o mueres —se detuvo frente a ambos.
No alzó el tono, pero cada palabra descendía con el peso de un martillo—.
¿Y negociar con librarkanos? —sacudió la cabeza—.
Habríais tenido más suerte susurrándole poesía a una piedra de río.
Ni Malgo ni Guldan replicaron. El primero tensó la mandíbula. El segundo mantenía una compostura perfecta, aunque en aquel velo de calma había una grieta.
—No obstante —continuó Sadro, que volvió apenas la cabeza hacia ambos—, lograsteis proteger el cargamento. Y con escasas bajas, dadas las circunstancias. No diré que es una victoria limpia, pero al menos no es un fracaso rotundo.
Su elogio no llevaba nombre. Pero a Malgo le pareció que flotaba como incienso y envolvía solo a uno.
—La rabia puede ser útil cuando se encauza. Pero cuando la dejas gobernarte, no hay línea que no puedas cruzar. Y un arconte que no sabe controlarse hace más daño del que pretende evitar. Es imposible liderar a nadie si uno mismo carece de dirección.
Malgo tragó saliva.
—Mañana hay sesión sobre los movimientos de los salvajes de Gronia a puerta cerrada en la Casa de los Representantes.
Es posible que ello desemboque en la convocatoria de una reunión extraordinaria entre todos los integrantes de la Unión...
Asistiréis al pleno como oyentes. No quiero intervenciones impulsivas ni insensatas.
Las palabras, aunque moderadas, tenían filo. Las sintió clavarse en el pecho. Se obligó a sostener la mirada de su padre, a no parpadear.
Pero él ya no lo miraba. Había regresado al escritorio. Su juicio ya estaba dictado y todo lo demás era trámite. Se sentó, acomodó un legajo y no dijo nada más.
Cayó un silencio distinto. No incómodo, ni frío.
Solo... definitivo. Como una puerta cerrada con más cuidado que ruido.
Se mantuvo inmóvil un segundo más, esperando algo que no llegaría.
Luego se volvió en seco y abandonó la sala, sus pasos duros y decididos, aunque su pulso fuera otra cosa.
Guldan se quedó unos instantes, atrapado entre dos lealtades, y al final siguió a su hermano.
Cerró la puerta tras de sí. Sadro no levantó la vista.
Cruzó el vestíbulo, escupido hacia la calle por la casa misma.
La magulladura en su pierna palpitaba como un segundo corazón, pero no se detuvo.
Los perfiles altos de las columnas desfilaban a ambos lados, y los sirvientes se apartaban al paso de su cólera contenida.
—Malgo —llamó Guldan desde atrás, con la misma voz que uno usaría para calmar a un caballo nervioso.
No hubo respuesta. Solo el sonido áspero de la respiración y los talones duros contra la alfombra.
Un sirviente se hizo a un lado tan rápido que chocó con ella y casi derramó la jarra que llevaba.
Una criada, joven y menuda, se inclinó en una reverencia tan fugaz que fue más una disculpa que un saludo.
No los veía. Solo quería aire. Quería no estar allí, no ser parte de esa casa.
Pero la mano de Guldan lo alcanzó justo antes de que cruzara el umbral de la galería.
Fue un gesto firme, no agresivo, pero suficiente para obligarlo a detenerse junto a una pieza de basalto ornamentado.
Se volvió, con la dureza de una piedra de molino, los ojos le ardían con una furia que no era nueva, pero sí más cercana a la superficie de lo habitual.
—¿Por qué te has ido así? —preguntó Guldan, con esa mezcla imposible de suavidad y autoridad que a veces empleaba sin darse cuenta.
—¿De verdad me haces esa pregunta? —respondió Malgo, su voz un gruñido de acero al desenvainarse—.
Padre siempre tiene peros. Nunca está contento.
Nada le parece suficiente. Aunque tú siempre encuentras las palabras justas para complacerlo.
Siempre sabes cómo hablarle para que te escuche. Yo abro la boca y todo se tuerce.
Guldan parpadeó. Su rostro era sereno, pero no indiferente. Había en sus ojos un cansancio honesto, una comprensión que no buscaba ni excusar ni atacar.
—No intento complacerlo, Malgo. No es eso. Solo hago lo que se espera de mí. Cumplimos con nuestro deber. Nada más.
—¿Nada más? —Malgo soltó una risa seca, sin humor—.
Dices eso con toda esa paz tuya como si cumplir con nuestro deber fuera igual de fácil que chuparse un dedo.
Nos dejamos la piel para dar siempre la talla, pero jamás es suficiente.
Y el escaso reconocimiento, si se le puede llamar así, que da padre cuando se le antoja siempre va en tu dirección.
¿Tienes idea de lo que es no saber nunca si encajas?
¿De ver cómo todos los elogios vuelan a tu alrededor mientras tú apenas recoges las migas?
—¿Crees que me importa agradarle? —replicó Guldan, y por primera vez su voz llevaba un filo—.
Si por mí fuera, estaría en el santuario, estudiando con Kida.
En el laboratorio. Sin audiencias, ni estrategias, ni deberes que apestan a política.
Pero no me lo permiten, Malgo. Y tampoco me lo permito yo, porque sé que puedo ser más útil.
Porque hay vidas que se pueden salvar si uno sabe dónde poner las manos.
No necesito una espada ni un título para eso.
Malgo se recogió un instante en sí mismo, evitando sostener el contacto. Los labios apretados, el pecho tenso.
—Siempre tan noble... tan bienintencionado. Tan correcto. Pero, dime, ¿de qué sirve esa compasión tuya en un mundo donde lo que se admira es la fuerza y lo que se teme es el hierro? —alzaba la voz, pero no gritaba—. El mundo no se cura con vendajes, Guldan. Ni se cambia con libros.
Guldan dio un paso atrás. Había en él agotamiento. Como si, al fin, una fibra interior se hubiera desgastado. Se volvió sin responder, y sus pasos resonaron hacia el fondo del corredor. No apresurados, solo resueltos.
Malgo sostuvo su marcha en el pensamiento, confiando en que una última palabra lo alcanzara.
Un reproche, una tregua, un adiós. No llegó.
El vestíbulo se volvió más ancho con su marcha.
Más vacío. El silencio, ese viejo amigo al que ya conocía bien, volvió a sentarse a su lado.
Malgo inspiró, pero el aire le supo a polvo.
Solo, en su propia casa, sabía que el frío que sentía no venía del mármol, que la batalla más difícil no era en un campo de guerra, sino en el espacio entre un padre y un hijo, cuando lo que uno espera nunca termina de llegar.
Cruzó la puerta principal sin saber muy bien adónde iba.
Bajó la escalinata a paso ligero. Necesitaba distancia, que la piedra del palacio quedara atrás, aunque fuera por un rato.
El juicio callado de sus muros no seguiría oprimiéndole el pecho.
Al llegar al último peldaño, giró a la derecha, hacia el mirador de Bilevin, un pequeño balcón de piedra construido por un viejo cartógrafo que soñaba con medir el mundo desde las alturas.
Oculto entre los contrafuertes de la muralla este, era el lugar perfecto para coger aire y contemplar el extenso valle de Illenard.
Cualquier cosa menos la visión de su padre.