El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 38 El regreso de la vergüenza
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Capítulo 38 El regreso de la vergüenza

El carruaje se detuvo con un chirrido prolongado frente al palacio ministerial, aquella estructura de piedra que, con todos sus ángulos severos, había sido más testigo que hogar para Malgo y su hermano.

Fuera, el cielo de Illenard colgaba bajo y encapotado.

Pesaba sobre la ciudad con la opresión de una manta húmeda.

El viento, persistente y del este, se filtraba entre las losas de la avenida y traía consigo el aroma a hoja verde y piedra antigua, un olor que a Malgo le recordaba al fin del periodo frío, cuando jugaba con su hermano en los patios silenciosos y los primeros rayos de sol de la primavera expulsaban al aire gélido del invierno.

Descendió del estribo antes que su hermano.

Su pierna maltrecha protestó al tomar contacto con el suelo, pero disimuló el gesto con una destreza que no nacía del entrenamiento, sino del cansancio de aparentar fragilidad.

Al alzar la vista, la fachada familiar lo observó de vuelta con su expresión de siempre: imperturbable, austera...

y, a pesar de todo, acogedora. Aunque el mármol no brillara tanto bajo aquel cielo gris, seguía siendo su casa.

Los guardias apostados junto al portón apenas reaccionaron.

Uno de ellos, al reconocerlo, frunció los labios y sostuvo aquel cruce impalpable durante un instante, antes de desviar la vista.

Malgo no se detuvo. Detrás de él, Guldan desmontó con la misma calma de siempre, como si nada en el mundo pudiera apurarlo.

Un hombre surgió del vestíbulo y se aproximó a paso constante.

—Señores —saludó con una inclinación formal—. Es un gusto tenerlos de regreso.

Telmo, el mayordomo del palacio, era ya parte del mobiliario institucional.

Había servido bajo más de una decena de primeros ministros, y con cada uno había logrado ese mismo equilibrio entre servidumbre y autoridad.

Su calvicie era avanzada, pero aún conservaba un buen puñado de cabellos fuertes en los costados y detrás de la coronilla.

Su sonrisa, amplia y ceremoniosa, lucía más firme que nunca, lustrada con el esmero de la mañana.

Pasó junto a Malgo y tomó con destreza las riendas de los dos caballos.

—Vuestro padre os espera en el despacho solar. Ha sido una mañana... prolongada.

Guldan miró a Telmo, luego a Malgo y volvió a dirigir su mirada a la puerta mientras subía la escalinata. Malgo le devolvió la mirada.

Entraron en el vestíbulo, donde la alfombra amortiguaba sus pasos y las columnas parecían juzgarlos desde su quietud pétrea. Los candelabros estaban apagados, pero ni la luz natural ni el lujo de la decoración conseguían aliviar la rigidez que se acumulaba en su espalda.

Los trabajadores de la casa se inclinaban a su paso con una sonrisa.

Algunos les saludaban en voz alta con extremada simpatía.

Malgo tuvo la impresión de que todos esos gestos: las reverencias, las sonrisas, las palabras suaves...

eran para Guldan. Cuando se topaba con la atención de alguno, recibía cortesías secas, de esas que se ofrecen por deber en vez de por estima.

Una joven criada pasó con una bandeja y le rozó el hombro sin querer. Al levantar la vista y reconocerlo, se apresuró a apartarse, miedosa de haber cometido una falta imperdonable.

Malgo apretó los dientes.

El despacho solar de su padre se hallaba al fondo de un largo pasillo recto, en el nivel inferior de la casa, donde las ventanas eran anchas y la luz entraba más generosa.

El tramo estaba impregnado de una calma vigilante.

Conocía ese corredor como otros conocían el camino hacia su huerto: había caminado sus baldosas con rabia, con esperanza y, más veces de las que le gustaría admitir, con miedo.

Guldan golpeó la puerta con dos nudillos. No hubo pausa.

—Adelante.

La voz de su padre no había perdido filo. Era la clase de tono que no buscaba diálogo, solo resultados.

Entraron.

El despacho, de forma semicircular, estaba revestido de algunas estanterías altas repletas de volúmenes, esculturas y cuadros decorativos.

Sobre una mesa lateral, varios mapas sin enrollar.

Sadro Chessan, Primer Ministro de Hiclaria, estaba sentado tras su escritorio, situado encima de una fina tarima, con la espalda recta y las manos entrelazadas.

El blanco nítido de su traje contrastaba con el brillo del anillo ministerial en su mano derecha, cuyos relieves dorados atrapaban destellos como si guardaran algo vivo.

No se levantó. Ni siquiera hizo el gesto de inclinarse hacia el frente.

Sus hombros permanecieron cuadrados, el cuello alto del traje cerrado alrededor de su garganta, cada línea en su sitio.

Pero un detalle en su expresión cambió. Cuando sus ojos se posaron en Guldan, hubo un destello.

No fue emoción, ni siquiera orgullo, pero sí algo semejante a reconocimiento.

Como si, al menos por un instante, el hombre que había dedicado su vida a su país vislumbrara una continuidad.

Luego la mirada viró hacia Malgo, y la chispa se apagó.

No hubo desprecio, pero tampoco interés.

Solo un cálculo que no necesitaba más cifras.

Malgo se sintió, una vez más, pequeño frente su propia sombra... y más lejos de todo lo que alguna vez quiso alcanzar.

—Veo que al menos uno de los dos ha regresado en condiciones —dijo Sadro, sin mover un solo músculo más allá de los labios. Su tono no era cruel. Era frío. Médico. El tono de alguien que dicta un diagnóstico.

Malgo permaneció callado. Se filtró una línea de luz por la ventana lateral que dibujó de forma fugaz una línea dorada sobre la alfombra. Ninguno de los hermanos la cruzó. En esa sala, incluso la geometría obedecía a la jerarquía.

Guldan dio un paso al frente, la espalda recta y los brazos cruzados a la espalda. Precedió un silencio breve, pero tan compacto como una tela mojada extendida sobre el aire.

—La misión se cumplió, padre —comenzó, sin vacilar—. Pero hubo complicaciones.

Sadro no respondió de inmediato. Se limitó a inclinar apenas la cabeza para invitar a continuar, mientras el sonido del fuego en la chimenea acompañaba la pausa expectante.

—Un grupo de librarkanos nos interceptó en los límites de los campos de Grana. Al parecer, habían recibido información sobre nuestros movimientos. Fue una emboscada limpia, bien ejecutada, y nos superaban en número —continuó—. Nueve hombres.

Sadro marcó un leve arqueo en la ceja, apenas perceptible.

—¿Y cómo lograsteis repelerlos?

—Dividimos la formación y protegimos a los comerciantes —respondió, con la calma de quien revisa los hechos de una partida ya ganada—.

No contaban con que hubiera dos arcontes protegiendo el cargamento —miró a su hermano—.

Y Malgo fue esencial. Mantuvo a raya a dos de ellos a la vez, mientras los demás soldados y yo poníamos a los comerciantes a cubierto.

Después, nos situamos a la vanguardia de la comitiva, y los otros dos soldados protegían a los mercaderes.

Lo que habría sido una masacre se convirtió en una retirada organizada.

De no ser por la iniciativa de Malgo, no habría podido reorganizar al grupo.

La expresión de Sadro no cambió.

—¿Y cuántos quedaron vivos?

La pregunta no fue una puñalada. No era eso. Fue una balanza, colocada de golpe sobre la mesa, exigiendo peso, cifra y coste. Guldan contuvo la respuesta, no por duda, sino porque aquella cifra llevaba un eco, y en su interior resonaba todavía.

—Siete de los nuestros —respondió al fin, más bajo, porque las palabras le pesaron más de lo previsto—.

Uno murió en el acto: Torben, un mercader de Valendare.

Otro, Dorlin, quedó herido de gravedad. Lo dejamos en el sanatorio nada más llegar a la ciudad.

De los agresores... cinco escaparon. El resto cayó allí mismo.

Sadro asintió muy despacio. El sol, que con dificultad lograba atravesar el velo gris de las nubes, ahora se colaba por la ventana en un ángulo oblicuo que cortaba su rostro en dos mitades: una serena, iluminada por una claridad pálida; la otra, hundida en sombra.

—¿Y qué hacía una partida librarkana operando tan al este? —preguntó, más incisivo, como quien huele una disonancia en la historia.

Guldan meditó un instante antes de contestar.

—No era ninguna patrulla ni hombres de armas. No llevaban ni emblemas ni vestimenta que representara a ningún parakon. Eran civiles, al menos en apariencia. Campesinos, cazadores, hombres de frontera... con rabia en los ojos.

Sadro tamborileó con lentitud sobre la madera del escritorio. Era un sonido suave, pero tenía el mismo efecto que el retumbar de una sentencia en una sala de justicia.

—¿Y qué clase de hombres sin formación se lanzan a un ataque organizado con flanqueo y cobertura?

Malgo, que hasta entonces había permanecido en un segundo plano, dio un paso al frente. Sus botas resonaron contra el suelo con más firmeza de la que sentía.

—No eran soldados, padre. Supusieron que, con solo cuatro de nosotros, seríamos una presa fácil. Pero no se esperaban una respuesta tan rápida. Cuando intentamos parlamentar, se negaron. No dejaron opción.

El silencio que siguió fue denso. Los ojos de Sadro se deslizaron hacia él con esa lentitud calculada con la que se mira una piedra que ha empezado a rodar cuesta abajo.

—¿Tú decidiste iniciar la ofensiva?

—Sí, padre —afirmó sin titubeos—. Yo tomé la iniciativa. Guldan y los demás me respaldaron.

Sadro se levantó, sin brusquedad pero con esa gravedad propia que puede ser interpretada como decreto. Deambuló por detrás del escritorio con las manos cruzadas tras la espalda, caminando sobre la tarima como si midiera con cada paso la distancia que separaba a un padre de un comandante.