El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 37 Escapada
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Capítulo 37 Escapada

La patada de Batur contra la hoja de madera sonó con la violencia de un trueno atrapado en un pasillo estrecho. La puerta, medianamente reforzada pero aún así vieja, cedió y golpeó la pared con un estrépito hueco.

—Cinco segundos —dijo el librarkano—. Entrad, tomad lo vuestro y larguémonos.

La estancia era estrecha, no más grande que la alcoba de un mozo de cuadra, con paredes desnudas excepto una en la que colgaba el garrote dentado de Juzaontux. En el centro, un baúl enorme, robustecido con bandas de hierro, aguardaba cual cofre olvidado en el vientre de un barco hundido.

—Candado... —murmuró Egon mientras señalaba la pieza de hierro macizo que cerraba la tapa.

Deetra, por su parte, sonrió con una chispa en los ojos.

—Ah, por eso no os preocupéis.

Se volvió hacia Juzaontux y le dio una palmada ligera en el brazo.

El lagarth se adelantó y se inclinó sobre el baúl. Lo examinó apenas un segundo y, sin vacilar, descargó un golpe seco contra el candado. Bastó para que el hierro se partiera con un chasquido agudo. Egon enarcó las cejas, sorprendido.

La tapa se abrió con un gemido de bisagras fatigadas. Dentro, sobre un lecho de telas ásperas, descansaban sus armas, alineadas con meticulosidad de ofrenda. Batur no solo agarró su arcabuz de mano y su maza, sino que, tras comprobar bajo las telas, se hizo con un cuchillo que no tenía dueño.

El temblor distante de un nuevo derrumbe les recordó que el lujo de la calma se había agotado.

—¡Venga, vamos! —ordenó Batur, quien salió el primero.

Irrumpieron en la estancia con el aliento entrecortado.

La humedad del establo se mezclaba con el olor a cuero, heno y residuos animales.

Las crines de los caballos se agitaban con inquietud, nerviosas ante un peligro que aún no tenía forma, pero que ya hollaba el umbral de su instinto.

Una enorme arcada de piedra dominaba al fondo del establo, bajo la cual se abría un pasaje, un túnel largo y abovedado que se perdía en la oscuridad.

Pero no estaban solos.

Desde la entrada opuesta, una oleada de gritos, pasos y maldiciones anunció la llegada de Polvo y sus hombres. El líder criminal entró como un vendaval, jadeante.

—¡Malnacidos! —bramó—. ¡Esos nox van a reducir esta ciudad a escombros!

Enseguida reparó en Renek y los demás. Su mirada se posó en el grupo cual alfanje recién desenvainado. Su voz vibró entre la rabia y el deleite cruel:

—Vosotros... ¿¡Os atrevéis a robarme mientras caen las tejas del mundo!

? —sus ojos se clavaron en Batur, quien dio un paso atrás y masculló entre dientes—.

Siempre supe que tu sonrisa era de las que esconden puñales...

—desenvainó una hoja curva—. Me preguntaba cuándo llegaría el momento de devolverte el favor.

Batur no respondió. Tenía la mano sobre la empuñadura del arcabuz. La de Polvo, igual. Pero ambos sabían que estaban demasiado cerca para jugar con la pólvora. Cualquier intento de disparar sería torpe, una danza de dedos y cerrojos demasiado lenta. A esa distancia, solo mandaba el acero.

Entonces, como si la tensión hubiera sido cortada con la misma hoja, la batalla estalló. Acero contra acero. Cuerpos que se empujaban, gritos que rebotaban entre las piedras.

Un chasquido seco atravesó el estrépito. Un hombre de Polvo, parapetado tras un pilar, apuntaba con un arcabuz. Su intención era clara. El objetivo: Renek.

Él no lo vio.

Pero Juzaontux sí.

El lagarth dio un paso al frente, interponiéndose entre el tirador y su presa, y embistió al humano como un muro vivo.

Pero, antes de alcanzarlo, se oyó una explosión.

El disparo sonó con la violencia de un látigo, y la bala le atravesó el brazo con un crujido sordo.

El rugido del lagarth llenó el establo.

—¡No! —gritó Deetra, pero ya era tarde. Juzaontux giraba sobre sí mismo, con el dolor reflejado en sus ojos.

El tirador buscó recargar, torpe por el miedo. Sin pensarlo, Egon se lanzó hacia él y le encajó un puñetazo directo al estómago que lo hizo plegarse como una silla rota.

Mientras tanto, Polvo había acorralado a Batur junto a una viga resquebrajada. El mercenario intentó levantar el arma, pero una patada en el pecho lo derribó. Cayó de espaldas, desarmado y con la respiración robada.

—Así termina tu juego —espetó Polvo, que alzó la espada con altivez.

Pero, antes de que pudiera asestar el golpe, una voz lo cortó.

—¡Eh!

Renek.

Estaba cubierto de polvo y sudor, la espada en alto, la mirada firme.

Polvo se volvió, apenas por un instante.

Suficiente.

Batur aprovechó el desliz y, sin dudarlo, su mano fue a la bota. Desenvainó el cuchillo y lo hundió entre las costillas de su ahora antiguo patrón.

Polvo emitió un sonido bronco, mezcla de sorpresa y rabia, antes de desplomarse de rodillas. Miró a Batur con ojos vidriosos, intentaba decir algo, pero sus palabras ya no cruzaron el umbral de la vida. Solo brotó sangre.

—Nunca fuiste tan listo como creías —susurró Batur.

El suelo volvió a temblar. Una vibración profunda que sonaba a los pasos de un gigante caminando por encima de ellos. Polvo cayó de lado, sin aliento, mientras trozos del techo empezaban a ceder, desgranándose como piedras en una tumba colapsada.

—¡A los caballos! —rugió Batur—. ¡Ahora, o moriremos aquí!

Renek no necesitó más. Corrió hacia los animales y desató un corcel oscuro que resoplaba con furia. Egon ayudó a Deetra a montar, mientras Kida despachaba a un último enemigo con una estocada limpia. Se volvió hacia Batur.

—¡¿A dónde lleva el túnel?!

Batur ya estaba montado, crispado por la desesperación.

—¡A cualquier sitio que no sea aquí! ¡Vamos, o moriremos enterrados!

—¡Vamos, Juza! —gritó Deetra.

Juzaontux corrió desde el otro extremo de los establos, esquivando escombros y la lluvia de fragmentos que caían del techo, cada zancada impulsada por la fuerza de sus piernas largas y el balanceo de la cola para mantener el equilibrio entre los montones de heno y los tablones caídos.

Montó, no sin dificultad, detrás de Deetra.

Se adentraron en el túnel. Las crines de los caballos ondeaban y los cascos repiqueteaban en la piedra. La oscuridad los engulló poco a poco y, tras ellos, el techo del establo cedió con un rugido sepulcral.