El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 36 Invitados de honor #3
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Capítulo 36 Invitados de honor #3

—Mil perdones —dijo con dulzura, toda ella tan serena que parecía agua detenida en una fuente de mármol—.

No queríamos interrumpir nada. Nos hemos desorientado...

y terminamos aquí por error. Mi compañero Juza —añadió mientras señalaba al lagarth— tiene hambre, y no es mucho de comer fruta.

Buscábamos la salida para partir de aquí cuanto antes.

Tenemos que encontrar algo de carne... antes de que se impaciente y decida improvisar el menú.

Juzaontux miró primero a Deetra, dudoso, y luego al hombre impertinente, acometiéndolo con la mirada.

La hostilidad del varón, como si no hubiera reparado en el lagarth hasta ese momento, pareció desinflarse de golpe.

La tensión en sus hombros se desvaneció, su expresión se suavizó y pasó de la indignación a la desconcertante aceptación en un parpadeo.

Tragó saliva con visible inquietud y, al dar un paso atrás, chocó con la pared.

—Mirad... —empezó, y levantó las manos en un gesto conciliador—. No quiero problemas. Yo solo soy un invitado aquí. No puedo meterme en esto, ¿entendéis? Si Polvo descubre que os he guiado hasta la salida, podría costarme mucho más que su hospitalidad.

Juzaontux ladeó la cabeza con lentitud, cual depredador que considera si vale la pena el esfuerzo de morder.

—En ese caso... —continuó Deetra con un aire casi casual—, Juza, ¿qué te parecería un bocado refinado?

Algo así más... tierno —la chica repasó al varón con mirada de mercader que examina un trozo de carne antes de comprarlo—.

Con eso podrías aguantar hasta que Polvo termine de hacer sus comprobaciones, ¿no?

—Con eso puedo ir tirando, sí —respondió Juzaontux, quien secundó su treta.

El hombre parpadeó varias veces, y su expresión se torció en una mueca de pavor.

Sus ojos oscilaban entre Deetra y Juzaontux con creciente alarma, como si esperara que en cualquier momento alguien rompiera a reír y le asegurara que todo era una broma.

Pero no halló ni rastro de humor en el lagarth.

Juzaontux lo observaba con la calma meticulosa de una serpiente enroscada antes del ataque.

Sus ojos amarillos, encajados en cuencas que acentuaban su perpetua expresión de vigilancia, estaban fijos en el hombre con una intensidad casi perezosa, pero no por ello menos amenazante.

—Entonces dime —dijo Deetra, con la despreocupación de quien pregunta por el clima—, ¿cómo podemos salir de aquí?

El hombre titubeó. Durante un instante, el debate entre mantenerse firme o desentenderse del asunto y salvar su pellejo se adivinó en su cara. Al final, la supervivencia pudo más que el orgullo.

—Si seguís este pasillo hasta el final —respondió desasosegado—, llegaréis a un arco de piedra con dos antorchas a los lados. Tomad la derecha y seguid recto. Pasaréis por una galería llena de trofeos. Al fondo, hallaréis una salida.

Guardó silencio un segundo. Sus ojos se posaron en Juzaontux y luego se apartó aún más del grupo para intentar borrar con la distancia lo que acababa de compartir. El miedo le endurecía el gesto y, aunque intentó recomponerse, su postura delataba el deseo de que desaparecieran lo antes posible.

—¡Mil gracias! —dijo Deetra con una sonrisa viva y un guiño de ojo, como si todo aquello hubiera sido una cortesía trivial—. Que tengas una velada encantadora.

El hombre no contestó. Solo los observó con una mezcla de resignación y cautela mientras el grupo retomaba la marcha.

—Osmenses... —dijo Egon para sí mismo.

La comitiva siguió adelante por el corredor indicado.

A la par que se adentraban en el nuevo corredor, la decoración mutaba con una crudeza incómoda.

Bestias disecadas emergían de los muros, exhibidas con un orgullo macabro.

La cabeza de un lobo de pelaje oscuro, con las fauces abiertas, evocaba el instante previo a lanzarse sobre el primer incauto.

Más adelante, un león de las arenas, con el cuello ensartado por una cadena oxidada, recordaba que incluso lo salvaje podía ser domesticado... o abatido.

Entre todos esos horrores embalsamados, una calavera humana destacaba por su honestidad sin adorno. No había intento de glorificación, ni gesto de burla. Solo el cráneo desnudo sobre un marco, con una grieta irregular en la frente y las cuencas vacías apuntando al vacío.

Egon aminoró el paso, sin querer mirar demasiado.

—¿Qué tipo de bastardo cuelga eso en su casa? —susurró con amargura.

Nadie respondió. La atmósfera lo hacía innecesario.

Unas botas amortiguadas contra la alfombra interrumpieron su avance.

Su armadura de cuero estaba reforzada con remaches de bronce y llevaba una insignia en forma de Telaraña bordada sobre el pecho.

Tenía la cara ancha, la mandíbula cubierta de cicatrices mal curadas y los ojos pequeños, desconfiados, similares a los de una comadreja envejecida por el rencor.

—Alto ahí —dijo—. Esta zona es solo para autorizados.

Renek dio un paso al frente, midiendo el tono justo entre potestad y sumisión.

—Necesitamos hablar con Polvo —dijo sin arrogancia—. Es una cuestión delicada.

El vigilante esbozó una sonrisa torva, como quien acaba de oler una mentira.

—Delicada, ¿eh?. Pues qué casualidad. Tengo órdenes muy claras para este tipo de delicadezas. Nadie ve a Polvo sin pasar por mí. Y yo, desde luego, no os he visto nunca.

Renek vio que sus dedos se dirigían a la comisura de sus labios para amplificar su llamada.

Sin ceremonia ni aviso, su cuerpo se desplazó hacia delante.

Su puño impactó en seco contra el pómulo del esbirro de Polvo antes de que el peligro pudiera tomar forma.

El golpe fue corto, brutal y eficaz. El crujido apagado de hueso contra hueso resonó como una sentencia.

El individuo se tambaleó y se desplomó sin aspavientos.

Sacudió la mano, en un intento de arrojar el dolor.

—Bueno —dijo Deetra al fin mientras alzaba una ceja—. Supongo que esa es otra forma de conseguir lo mismo.

De Batur brotó una risa gutural y divertida.

—¡Ja! Este tipo es de los míos —comentó—. Poco palique, manos rápidas.

Renek ya escudriñaba el extremo del corredor, atento a cualquier testigo inoportuno.

—Avancemos. Antes de que alguien decida interesarse por el ruido.

Y como heraldos del sigilo, retomaron la marcha.

Pero al tercer paso un estruendo grave rasgó la quietud, seguido por el retumbar apagado de una masa pesada que cae.

El sonido no fue explosivo, sino profundo, mineral, como el lamento de una montaña que se resiente en sus entrañas.

Un estremecimiento sutil recorrió el suelo bajo sus pies, un temblor casi imperceptible, un suspiro largamente contenido por la tierra.

Renek alzó la vista de forma instintiva. Polvareda muy fina se desprendió de las juntas del techo, flotando apenas antes de descender sobre sus hombros. Egon masculló una maldición, y Deetra se volvió hacia él con una expresión ambigua entre alarma y excitación.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó, con una nota áspera que traicionaba su inquietud.

Nadie respondió.

Un segundo estruendo desgarró el aire. Más próximo.

Más voraz. Esta vez las paredes vibraron, y un crujido largo serpenteó por la galería.

Desde uno de los pasillos laterales irrumpió un esclavo con los ojos desorbitados que balbuceaba entre jadeos.

Más atrás, una joven descalza con la túnica desgarrada irrumpió en la escena y tropezó, presa de un pánico crudo.

Su grito no fue articulado, pero arrastraba un terror que se propagó como pólvora en el aire.

—Vámonos —ordenó Kida, inapelable—. Ya.

Batur no esperó réplica. Se impulsó hacia delante con la celeridad de quien sabe que cada segundo robado puede marcar la diferencia entre el escape y la tumba.

—Por aquí —dijo con urgencia mientras doblaba una esquina.

Renek se volvió apenas hacia Juzaontux. El lagarth asintió con un gruñido ronco. Egon rezongó acerca de ingenieros idiotas y sótanos mal diseñados, pero sus pies no vacilaron.

El tercero fue distinto: más agudo y más cercano, acompañado por el claro y cruel sonido de un quiebre, piedra contra piedra.

Parecía el despertar de un ser antiguo y terrible bajo la guarida, que se sacudía desde sus cimientos.

Un fragmento del techo cayó a su derecha con un estrépito seco, reventó contra el suelo con violencia y levantó una nube espesa de polvo que los cubrió como un sudario impaciente.

—¡Más rápido! —bramó Kida, que empujó a Renek hacia delante.