Capítulo 36 Invitados de honor #2
Renek se mantuvo inmóvil mientras su anfitrión salía de la estancia con la misma calma arrogante con la que había entrado. Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio se asentó sobre el grupo con la pesadez de una losa bien colocada sobre una tumba.
Fue Batur quien lo quebró.
—Bueno —dijo mientras forzaba una sonrisa—. Ha ido mejor de lo que esperaba.
Kida lo miró con dureza.
—Nos has entregado como si fuésemos mercancía.
—Nos he salvado el pescuezo —replicó él mientras se encogía de hombros—. Ahora solo falta salir.
—Desarmados —añadió Egon, cargado de rencor.
En efecto. Los sirvientes de Polvo se habían llevado sus armas, y, pese a que la habitación donde los había confinado estaba llena de lujos, todo lucía el brillo falso de un engaño bien construido. No eran prisioneros, pero tampoco eran huéspedes libres.
Renek se acercó a la puerta y pegó el oído. Nada. Miró a los demás y, con un leve gesto, la abrió.
Un pasillo alfombrado se prolongaba ante ellos, iluminado por lámparas de cobre bruñido.
Siguiendo las risas ahogadas y el tintineo de copas, entraron en una sala amplia, donde el aroma del incienso flotaba en el aire, suave, mezclado con el dulzor de las frutas abiertas y el almizcle de cuerpos relajados.
El espacio era un oasis de indulgencia. Sillones tapizados en terciopelo, mesas bajas rebosantes de comida, jarras repletas de licor dorado...
Un festín para los sentidos. En los márgenes, los criados servían en silencio con movimientos discretos, serviciales, invisibles.
Una mujer delgada y de piel pálida se deslizó entre los presentes, portando una bandeja de higos y dátiles.
Se trataba de una joven de aspecto humilde, pero poseedora de una belleza que ni la penumbra ni el polvo del ambiente lograban ocultar del todo.
Su cabello caía en ondulaciones suaves sobre los hombros.
Sus ojos reflejaban la resignación del deber, pero también un destello de inteligencia.
Lucía un vestido de tela burda que le llegaba hasta los pies.
La tela se ajustaba en los hombros con un escote amplio que dejaba al descubierto la curva de sus hombros y la suavidad de sus clavículas.
Incluso en la pobreza, había un instinto natural hacia la gracia y la belleza en aquella esclava.
Al llegar a Renek, sus labios se curvaron en una sonrisa.
—¿Fruta, mi señor? —murmuró con una voz aterciopelada mientras le presentaba la bandeja—. O quizás prefiráis un baño. Podría acompañaros y asegurarme de que el agua esté a vuestro gusto.
Batur dejó escapar una carcajada. Se estiró, acomodándose con la naturalidad de quien encuentra un sitio a su medida.
—Vaya, por fin alguien nos hace sentir bienvenidos de verdad —bromeó mientras tomaba un racimo de uvas con un gesto desvergonzado.
La mujer deslizó su mirada entre ellos y los estudió con la paciencia de quien conoce bien su papel. Se inclinó un poco hacia Renek y dejó que su voz descendiera a un susurro tentador.
—También puedo ofreceros masajes. Relajan el cuerpo... y despejan la mente. Estoy aquí para servir.
Renek mantuvo su expresión impasible. Sus ojos recorrieron la sala sin dejarse arrastrar por la atmósfera de complacencia. Buscaba algo, cualquier resquicio de información útil. Miró a la esclava con un interés diferente al que ella estaba acostumbrada.
—Tal vez me puedas ayudar con algo —dijo al fin, con tono casual, mientras tomaba un higo de la bandeja sin apartar la vista de ella—. ¿Qué puedes contarme sobre Polvo y este sitio?
La joven parpadeó. Nada en ella se alteró, pero Renek notó la rigidez sutil en los dedos que sostenían la bandeja.
—Una sirvienta no sabe nada sobre su amo —respondió con delicadeza—. Ni debe saberlo. Ni siquiera tenemos permitido salir de las zonas designadas... ni hacer preguntas.
Renek se inclinó apenas, acortando la distancia hasta que sus palabras quedaron atrapadas entre ellos como un secreto vergonzoso. Sus pupilas buscaron en las de ella un atisbo de duda, una grieta en la lealtad forzada que pudiera aprovechar.
—Dime lo que sabes —susurró— y le diré a Polvo lo complacido que he estado con tu hospitalidad.
Ella replegó sus facciones hacia abajo. Por un instante, sus párpados temblaron al encerrar un torrente tras un dique frágil, como si su endeble coraza estuviera a punto de quebrarse.
Pero enseguida regresó la rigidez. Un destello de miedo cruzó fugaz su semblante antes de volver a ocultarse tras la máscara bien asentada de la sumisión.
—Lo lamento, mi señor —respondió, más resignada que servil—. Es demasiado arriesgado. Si mi amo se entera, me castigará. O algo peor.
Renek tanteó su cinturón en busca de un par de monedas con la intención de comprar su voluntad, pero, antes de extraerlas, sintió el roce suave de sus dedos en la mano. No era una caricia, sino una advertencia.
—No lo intentéis —murmuró, con una sonrisa sin brillo—. El dinero no vale nada cuando no se tiene libertad. Y no traicionaré a mi amo por unas monedas.
Mientras tanto, Deetra se movía entre los invitados con una sonrisa pícara, con la desenvoltura de quien ha pisado lugares peores.
Aunque el filo de su concentración se dirigió hacia un hombre con los ojos entrecerrados, recostado en un diván, donde una esclava le masajeaba los hombros con aceites perfumados.
La mirada de Deetra se volvió de repente acerada y se detuvo en seco con el rostro endurecido.
Era un hombre de avanzada edad y entrado en carnes, la complexión de alguien dado a los placeres y la buena vida.
Se fijó en su anillo con el sello de Hiclaria en la mano derecha. No pudo esconder su cara de asco.
Renek, Egon y Kida siguieron su trayectoria visual.
—Balorio Suil —murmuró Egon, casi escupiendo el nombre.
El ministro hiclariota, despojado de la compostura del cargo, resoplaba de placer bajo las manos de la esclava, ajeno al escándalo que su mera presencia había provocado.
Kida no apartó la vista de la escena. Pese al claro disgusto, mantuvo una expresión bastante neutra.
—No podemos distraernos con esto ahora —ordenó de forma implícita, guiada por la prudencia.
Renek volvió a mirar a la esclava que tenía frente a él. En su gesto resignado, percibió algo similar al respeto. No sabía si por su lealtad, o por la dignidad que había logrado conservar en aquel entorno.
—Gracias por tu tiempo —dijo.
La joven asintió, inmutable, aunque su voz sonó un poco más cálida al responder:
—Si cambiáis de idea..., los masajes siguen en oferta.
Renek la observó un instante más mientras consideraba la posibilidad de conseguir más intimidad con ella y poder sacarle información. Pero, antes de que pudiera responder, Kida rodó los ojos con una exasperación muda.
Él hizo un gesto cortés con la mano.
—Tal vez en otra ocasión.
Ella no insistió. Se volvió con la misma elegancia con la que había llegado y se deslizó hacia otro grupo de invitados, llevándose con ella el aroma dulce de los higos y la promesa de un descanso prometedor.
No había nada más que exprimir de aquella sala.
Cruzó un breve entendimiento con Kida, quien asintió con discreción y, sin más palabras, dejaron atrás el murmullo ahogado de placeres ajenos.
Deetra fue la última en salir, y echó un último vistazo al ministro con una mezcla de repulsión y desprecio mal disimulados.
Fuera de la estancia se filtraban risas apagadas desde habitaciones cerradas.
El grupo avanzó con cautela. Cada cruce era un posible camino equivocado.
Polvo había sido claro con sus advertencias, pero, si querían salir de allí antes de que su anfitrión los amarrara como sus nuevos súbditos, no podían darse el lujo de respetarlas.
A mitad del corredor, un sonido inesperado los hizo detenerse.
De la esquina emergió un gemido ahogado, seguido por una risa suave y entrecortada.
A pocos pasos, justo en un recodo, una de las esclavas de Polvo y un hombre ataviado con ropas opulentas compartían un momento de cercanía, ajenos a la discreción.
La mujer, envuelta en un vestido ligero, se inclinaba sobre él con una sonrisa juguetona en los labios.
Una de las manos descansaba en la parte superior del jubón verde turquesa del hombre, y la otra en algún lugar invisible entre su cintura y la del varón.
La postura del hombre, relajada, delataba familiaridad más que dominio; sus manos, enguantadas en fino cuero, descansaban sobre la cintura de la esclava con la despreocupación de quien disfruta de un pasatiempo sin prisas.
Un intercambio susurrado, seguido por una breve carcajada de ella, revelaba la complicidad entre ambos.
El momento se rompió en cuanto la mujer levantó la vista y vio a Renek y los demás de pie en mitad del pasillo. Sus ojos se abrieron con pánico y, sin pensarlo, se apartó con un respingo y se volvió para huir a toda prisa.
El hombre se quedó paralizado un instante, sorprendido por la repentina interrupción, antes de volverse hacia ellos con una expresión que oscilaba entre la indignación y el desbarajuste.
—¿Qué coño estáis haciendo aquí? —su voz era cortante y arrastraba un leve deje extranjero, propio de las tierras del noreste de Eldava—. No tenéis nada que hacer en este lugar. ¡Largo!
Pretendió firmeza, pero Renek notó el temblor contenido en el puño y la rabia mal disimulada por la vergüenza de haber sido sorprendido.
—Voy a llamar a los guardias —añadió mientras daba un paso atrás—. No me importa quiénes seáis, estáis metiendo la nariz donde no os llaman.
Antes de que ninguno pudiera reaccionar, Deetra avanzó con la naturalidad de quien da un paso en una danza bien ensayada. Exhibía una serenidad digna de una actriz que domina el escenario, como si la amenaza no hubiera sido pronunciada en absoluto.