Capítulo 36 Invitados de honor
Al tacto accidental, las paredes parecían de piedra lisa y sin fisuras, y devolvían la luz de faroles, que se filtraba débil a través del saco que le cubría la cabeza, con un resplandor amortiguado, como si alguien se hubiera tomado la molestia de limpiarlas con esmero.
El suelo, duro bajo sus botas, ofrecía una superficie firme y seca.
Tenía la sensación de haber dejado atrás los túneles mohosos y angostos del Distrito Subterráneo, pero no era así.
Les hicieron detenerse. Una puerta se abrió sin chirridos, con un sigilo que denotaba engranajes cuidados. Al cabo de pocos pasos, les mandaron detenerse de nuevo y les quitaron los sacos de la cabeza. Lo que se reveló al otro lado distaba mucho de la imagen que Renek había construido en su mente.
No había paredes ennegrecidas ni suelos cubiertos de desperdicios.
En su lugar, una red de pasillos iluminados por lámparas de cristal se ramificaba como los nervios de una criatura enterrada en el corazón de la ciudad.
El aire, aunque cargado, carecía del hedor agrio y pegajoso del Distrito Subterráneo.
No olía a abandono y desesperación, sino a incienso tenue y madera encerada.
Siguieron el pasillo hasta una sala amplia, amueblada con un lujo sobrio pero innegable.
En el centro, un hombre alto y delgado, con una postura que irradiaba una confianza silenciosa y que parecía hacer inclinar al suelo mismo bajo sus pies.
No era su presencia lo que imponía, sino la calma peligrosa con la que ocupaba el espacio.
Esperaba con la paciencia de un anfitrión que ya ha calculado todos los movimientos de sus invitados.
Su rostro conservaba una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, unos ojos que examinaban al grupo con la precisión de un carnicero midiendo la cantidad justa de carne antes de hundir el cuchillo.
Su pelo gris engrasado hacia atrás y su gruesa capa con cuello de animal le conferían un aspecto refinado. Inclinó la cabeza con un gesto cortés.
—Batur —pronunció con una sonrisa apenas insinuada, la voz serena, pero con un filo que no pasaba inadvertido—.
Qué grata sorpresa... Escucha, no recuerdo haberte dado permiso para abandonar la ciudad ni para regalar mis kavalars —acto seguido, su vista se dirigió hacia Juzaontux, y luego hacia Renek —.
Tu debes de ser el representante de los Misu.
Batur no se amilanó.
—Polvo, te me has adelantado —respondió, y luego ladeó una sonrisa torcida—. Te traigo algo mejor que un botín. Este hombre —señaló a Renek con la palma— es el vencedor del Duelo de Puños. Es una pieza valiosa, una verdadera joya en bruto. Una oportunidad.
Renek se mantuvo impasible mientras sentía el escrutinio de Polvo sobre él.
No era la primera vez que lo observaban de esa manera, como si su valor pudiera medirse con un simple vistazo, pero la mirada de Polvo tenía un cariz diferente.
No solo calculaba su fuerza, sino también su utilidad, su peligrosidad.
—Ya... supongo que todo era parte de tu plan, ¿no, Batur? Un plan que, por algún motivo, decidiste no compartir conmigo.
Polvo avanzó unos pasos con la elegancia lánguida de un lobo curioso, bordeando a Renek con gesto relajado.
—Vi la ocasión y decidí lanzarme. Habríamos perdido la oportunidad de hacernos con esta pieza si me hubiera demorado con viajes y explicaciones.
Polvo ignoró las palabras de Batur con deliberación.
—Así que tú eres el célebre Caminante Errante... —murmuró, degustando aquellas palabras igual que se saborea un aroma nuevo—. Me han llegado historias sobre tu éxito en el Duelo de Puños. Nada mal.
Su voz podía sonar amistosa, pero en cada palabra latía un acecho sutil, elogios que actuaban como vaina para el filo.
—Aunque —continuó mientras se detenía justo delante de Renek— lo que me intriga no es tu victoria, sino lo que te ha traído hasta mí. A ti y a tus compañeros. Buscas escapar de la ciudad. ¿Por qué? Teniendo de todo en Dampus y arriesgando tu vida y la de tus amigos...
Sus compañeros se mantenían en un tenso mutismo. Incluso Egon, que solía ser incapaz de ocultar su incomodidad, había adoptado una expresión de piedra. Tuvo que improvisar para enfrentar la intensidad de Polvo.
—Los tiempos no están para elecciones cómodas —respondió—. No tenemos de qué comer en Dampus. Aunque, puestos a evaluar opciones, he oído que la Telaraña sabe recompensar a los que valen la pena.
Polvo dejó escapar una risa breve y rasposa que sonó a crujido de hojas secas bajo una bota.
—Oh, claro que lo hacemos —dijo—. Pero también sabemos que confiar demasiado rápido es el error de los idiotas.
—Se volvió hacia los demás, sin perder su aire de dueño absoluto del lugar—.
Entenderéis, espero, que necesite comprobar ciertos detalles antes de daros la bienvenida oficial.
Pero no os preocupéis, mis fuentes son rápidas.
No me tomará demasiado averiguar si todo lo que decís es cierto.
Hizo un gesto pausado con la mano con el que barrió cualquier posible inconveniente.
—Pero, hasta entonces, consideraos mis invitados. Os asignaré una habitación apropiada, con todas las comodidades que podáis desear. Incluso para el lagarth —dijo, aludiendo a Juzaontux con un deje de ironía—. No diréis que no soy un anfitrión generoso.
La aparente hospitalidad de Polvo se sentía más como una sentencia diferida que como un gesto genuino. Se permitió una leve sonrisa antes de inclinar la cabeza en señal de aceptación.
—Agradezco la generosidad —dijo Renek, con la misma cortesía ponderada con la que un soldado acepta una copa de veneno.
Polvo respondió con una mueca satisfecha y extendió el brazo hacia un pasillo adyacente.
—Acompañadme. Estoy seguro de que esta estancia os resultará muy agradable.
El grupo siguió al anfitrión en silencio, con la atención meticulosa de quienes saben que pisan territorio ajeno.
A diferencia del resto del distrito, con sus paredes ulceradas por el moho y la humedad que se filtraba por cada grieta, ahí la suciedad había sido erradicada con precisión obsesiva.
Las paredes estaban trabajadas y decoradas hasta el exceso, alfombras gruesas cubrían el suelo, sofocando cada pisada; y la iluminación del lugar no le tenía nada que envidiar a la iluminación de cualquier casa pudiente.
—Muchos creen que un hombre que se dedica a lo que me dedico debe vivir entre escombros y ratas —comentó Polvo, como si les hubiera leído la mente—.
Pero yo prefiero un entorno... civilizado.
El desorden engendra debilidad, y yo no tolero ninguna de las dos cosas.
Un buen anfitrión cuida de su casa tanto como de sus invitados.
Nadie del grupo respondió. Renek tenía la sensación de que Polvo no hablaba por el mero placer de hacerlo. Todo lo que decía, cada frase, guardaba una intención más profunda. Quizás quería impresionarles, quizás solo disfrutaba viendo sus reacciones.
Subieron un tramo de escaleras de piedra pulida y llegaron a una estancia distinta a cualquier otra que hubieran visto en la guarida.
Era un espacio de refinamiento sutil; las alfombras estaban bordadas, los muebles labrados con detalle y, pese a la ausencia de ventanas, había cortinas gruesas sujetas en las paredes a modo de decoración.
Una gran mesa esperaba cubierta de manjares: frutas frescas, carnes especiadas, panes tiernos y vino oscuro.
Si no hubieran sabido dónde estaban, podrían haberla confundido con una de las mejores posadas del Alto Distrito.
—Mis invitados merecen lo mejor —anunció Polvo—. Estoy seguro de que habéis tenido días difíciles. Considerad esto un descanso, antes de que entremos en detalles sobre vuestro futuro en la Telaraña.
Su atención se desvió hacia la puerta lateral, que se abría en ese momento.
Dos sirvientes entraron con cautela. Llevaban túnicas grises, inmaculadas, y caminaban con la suavidad de quienes han aprendido a ser invisibles.
Se detuvieron frente a ellos, alargaron los brazos hacia los huéspedes y cabecearon con sumisión mientras aguardaban una respuesta.
Pero Kida no se movió.
Sus dedos permanecían aferrados a la empuñadura de su Lágrima Redentora.
Sus ojos, oscurecidos por una desconfianza helada, se fijaron en los esclavos, simples extensiones de la voluntad de Polvo.
Egon tampoco parecía convencido. Su mano seguía posada en el pomo de su arma y, aunque no dejó traslucir emoción alguna, Renek notó la tenacidad en sus hombros.
Polvo ladeó la cabeza, aún sonriente, pero con un destello de advertencia en los ojos.
—Vamos —dijo con dulzura venenosa—. Mis invitados no necesitan armas. Aquí no os harán falta.
Kida siguió sin moverse. Por un instante, la tensión se solidificó en el aire. Pero al cabo de pocos segundos cedió su arma arconte al sirviente. Egon y el resto la imitaron poco después. La expresión del capitán traicionaba su incomodidad.
—Perfecto —susurró Polvo, que unió las palmas con un chasquido, satisfecho—.
Ahora que hemos superado esta formalidad permitidme aclarar unas sencillas reglas —su mirada danzó sobre cada uno de ellos antes de proseguir con una sonrisa indulgente—.
Esta zona está a vuestra disposición. Podéis comer, beber, bañaros, descansar...
incluso entregaros a ciertos placeres si así lo deseáis.
Pero hay límites. Podéis moveros con libertad por esta sección, si os place.
Es probable que os topéis con alguno de mis otros invitados.
No causéis problemas y no os aventuréis más allá de esta zona...
—Sonrió—. Mis hombres son muy eficientes resolviendo malentendidos.
El aviso, aunque envuelto en terciopelo, era claro.
—Confío en que disfrutaréis de mi hospitalidad —remató, e inclinó la cabeza con una cortesía irónica—. Mañana sabremos si podemos construir algo... duradero.