El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 35 Reunión
74%

Capítulo 35 Reunión

El hedor acre de humedad estancada volvía a abofetearles la cara. Una opresión viscosa se adhería a la piel, el tipo de suciedad que se podría rascar con las uñas.

Egon arrugó el gesto al apartar con la punta de la bota algo que, a juzgar por la textura blanda y el repugnante sonido que hizo al deslizarse, debía de haber sido una rata.

—Este lugar es un vertedero —masculló con desagrado mientras sacudía el pie para intentar deshacerse del contacto—. ¿Cómo puede la gente seguir viviendo aquí abajo?

Deetra, con la ligereza de quien lleva toda la vida en los márgenes de la sociedad, sorteó un charco de agua oscura con un ágil salto y aterrizó sin esfuerzo en una zona menos enfangada del suelo.

—Oh, el noble ingeniero no soporta ensuciarse las botas —canturreó con burla, sin molestarse en mirar atrás—. ¿Te cuesta pisar tierra sin adoquines? Deberías pasar más tiempo en la calle y menos encerrado en tus fortalezas de piedra.

Egon chasqueó la lengua con fastidio, pero no replicó. Bastante tenía con evitar pisar desechos peores que el barro.

—Silencio —susurró Kida, que recorrió cada recoveco como si esperara que algo surgiera de algún hueco negro entre las paredes—. No llaméis la atención.

Renek no participó en la conversación. Su foco estaba fijo en los muros resquebrajados y en las esquinas donde la luz de las antorchas apenas arañaba la penumbra, una penumbra que tenía vida propia en el Distrito Subterráneo y se movía al ritmo de murmullos furtivos y ojos que se apartaban con rapidez.

Las gentes en aquel distrito caminaban igual o más tranquilas que en cualquier otro, pero algunos, envueltos en andrajos, se deslizaban por los pasadizos laterales como ratas, demasiado acostumbradas a sobrevivir en la penumbra como para exponerse a desconocidos armados.

Sentía el peso incómodo de miradas clavadas.

Su caminar era demasiado recto, sus ropas eran demasiado enteras y, lo más importante, no tenían la expresión derrotada de los que llamaban hogar a aquella madriguera.

Eso los convertía en un blanco. La mayoría apartaba la vista a su paso, pero había otros que no mostraban el mismo recelo.

Desde los callejones más oscuros, rostros con la piel endurecida por el hambre los seguían con ojos astutos.

No les gustaba lo que veían: forasteros con armas, con un propósito que no pertenecía a aquel lugar.

De pronto, Egon tropezó con un montón de desperdicios y maldijo entre dientes.

—Este sitio es un laberinto de inmundicia —gruñó mientras se sacudía la mugre de la pierna con una expresión de asco—. ¿Cuánto más tendremos que...?

—Si sigues quejándote así —lo interrumpió Deetra con tono juguetón—, atraerás a toda la escoria del distrito. Aunque, pensándolo bien, quizás te ayudaría si dejaras de brillar como una moneda nueva.

Renek contuvo una sonrisa. Egon se subió el cuello de su chaqueta con fastidio. Pese a todo, el ingeniero lo entendía muy bien. En lugares así, no hacía falta que la gente viera lo que llevabas. Les bastaba con saber que tenías algo que perder.

La taberna de Nit los recibió, sucia y tíbia. El olor a fermento viejo y grasa rancia se les pegó a la piel como una capa de grasa imposible de sacudir.. No esperaban aire limpio, pero aquel sitio se sentía peor que el exterior. La taberna en sí supuraba decadencia.

Velas escasas y mal colocadas derramaban su luz trémula sobre las mesas de madera carcomida.

Las paredes, ennegrecidas y agrietadas, absorbían más luz de la que reflejaban, y los murmullos que flotaban en el ambiente eran apagados y desconfiados.

Incluso los habituales hablaban bajito, conscientes de que allí, más que bebida, se servía información... y peligro.

Kida escrutaba el entorno con la precisión de un cazador que estudia un claro en la espesura antes de cruzarlo.

Sus ojos, fríos y calculadores, analizaban cada rincón y cada sujeto con la destreza de quien ha aprendido que la verdadera amenaza rara vez es la más evidente.

Deetra, en cambio, se movía como quien se mueve por su propia casa, zigzagueando entre las mesas con la agilidad de un gato bien alimentado.

Al fondo, junto a la barra, se encontraba Batur.

Apoyado con aire despreocupado sobre la madera pringosa, se mantenía en una semisombra traicionera, lo suficiente para ocultar sus intenciones, pero no tanto como para evocar acecho.

Sus ojos, oscuros y nerviosos, se encendieron de forma fugaz al reconocerlos, con un fulgor entremezclado de ansiedad y oportunidad.

Miró a ambos lados con la prisa de quien teme que el destino cambie de parecer en cualquier momento.

No alzó la voz ni buscó atención; su presencia bastó para que los demás apartaran las jarras y giraran los hombros para liberar el paso antes de que él lo pidiera.

—Vaya, vaya... —murmuró mientras se inclinaba como un cuentacuentos a punto de revelar un secreto turbio—. Parece que algunos han estado ocupados en el Alto Distrito.

Aquel tono entre sarcástico y amistoso que Batur utilizaba de escudo resultaba familiar, incluso útil en ciertos contextos, pero ahora solo añadía una capa de incomodidad a la atmósfera ya de por sí cargada. El mercenario se incorporó con un leve gruñido.

—Los rumores vuelan —continuó Batur, sus ojos saltaban de un lado a otro, inquietos—. En especial cuando implican una infiltración en la mismísima Ciudadela. Impresionante, debo decir.

A Renek no le sorprendía que la información circulara con rapidez entre los bajos fondos de Dampus, pero que llegara hasta Batur en tan poco tiempo resultaba inquietante.

—Tss —chisteó al tabernero, que acudió presto— ponnos seis tragos. Se lo merecen. Y yo también —pero, al mirar al lagarth, dudó y lo señaló—. ¿Prefieres un cuenco con agua?

Juzaontux solo parpadeó.

—La cerveza de aquí es como agua para Juza. ¡Tráele una buena jarra! —dijo Deetra, resuelta.

El tabernero se alejó y el mercenario se inclinó aún más, borrando la escasa distancia que lo separaba de ellos. Su aliento era como oler vino agrio.

—Sabía que vendríais —susurró—. No podéis salir de la ciudad y llegar muy lejos sin mí. Mi contacto tiene todo preparado en la granja Nothole, a menos de una milla de la muralla. Podemos largarnos de esta maldita prisión juntos.

Renek entrecerró los ojos.

—Los nox tienen la ciudad cerrada.

Batur ladeó la cabeza, como quien oye una objeción predecible y ya tiene la réplica en la punta de la lengua. Su sonrisa era la de un jugador que ha escondido un as bajo la manga.

—Y vosotros tenéis el sello oficial, ¿me equivoco? Con la excusa adecuada, será pan comido. Montamos los kavalars y nos largamos.

Intercambió una mirada breve con Egon. El ingeniero no articuló palabra, pero su mandíbula apretada hablaba por él. Kida, inmóvil junto a la barra, no le quitaba los ojos de encima al mercenario, concentrada en tratar de desentrañar los matices ocultos en sus palabras.

El tabernero llegó con seis jarras que Batur distribuyó entre el grupo. Juzaontux se la bebió de un trago, como si fuera un chupito. Kida rechazó la suya, y Renek la olió con desagrado antes de pegar dos sorbos.

—Aunque tengamos el sello, ¿cómo piensas atravesar el control nox sin llamar la atención? —preguntó Renek al fin—. Somos seis, incluidos un lagarth y una arconte a la que buscan. Es pedir a gritos una detención.

Batur, que ya había vaciado la mitad de su recipiente, se encogió de hombros con una indiferencia que pretendía ser natural, pero que no engañaba a nadie.

—Nos cubriremos. Yo hablaré con los centinelas.

—Es demasiado arriesgado —añadió Kida—. Necesitamos otro modo de usar el sello y salir, quizá si...

—¿Tienes otro plan, preciosa? —espetó Batur, cargado de sorna.

Egon apoyó su cerveza en la barra y dio un paso instintivo hacia él, como un resorte desatado, pero Kida lo detuvo con un simple gesto de la mano. Luego dejó que sus palabras fluyeran sin estridencia:

—No. Pero eso no significa que me parezca buena idea confiar nuestra vida a un mercenario librarkano que se vende al mejor postor.

Batur chasqueó la lengua.

—Qué casualidad. Opino lo mismo sobre dejar la mía en manos de una comandante unionista. Pero aquí estamos. Todos atrapados en el mismo pozo. Y ambos queremos salir de Dampus. Hasta donde yo veo, no tenemos muchas más opciones.

Dio la impresión de que la taberna se encogía en torno a ellos. Los murmullos, el tintineo de jarras, incluso el lejano rasgueo de una pipa de caña... Todo se sentía de repente lejano y estático. Deetra escaneó a sus compañeros. Esperaba una señal tácita, una inclinación de cabeza.

Juzaontux todavía miraba a Batur en silencio, impasible cual estatua esculpida en piedra oscura. Solo el lento parpadeo horizontal de sus ojos rasgados insinuaba que la escultura respiraba, y cada vez que el mercenario cambiaba de postura el lagarth lo medía de nuevo sin mover la cabeza.

Pero Batur no aguardó confirmación. Giró con un ademán teatral.

—Bien —dijo con aire triunfal mientras echaba a andar hacia la salida—. Vamos.

Al salir, la penumbra del subdistrito parecía más espesa.

Un silencio extraño se había posado sobre los callejones. Batur encabezaba el grupo y avanzaba con seguridad por aquel laberinto de piedra.

—Por aquí —susurró—. Es más rápido.

Renek mantenía una mano sobre la empuñadura de su espada.

Le costaba concentrarse en los sonidos habituales del lugar.

Los pasos resonaban con un leve retardo, su eco llegaba fraccionado, y notaba un peso incómodo en los hombros, una presión que no sabía explicar.

Inspiró hondo e intentó despejar la mente. El aire sabía raro.

Egon trastabilló, se apoyó en la pared y negó con la cabeza.

—Maldita cerveza... —murmuró para sí.

Kida era la única que no bajaba el ritmo. Observaba al grupo, alerta.

Algo no encajaba.

—Deetra —dijo—, tú que conoces el distrito...

Deetra la miró con los párpados medio cerrados y pestañeó con lentitud. Tenía un andar pesado, como si el suelo quisiera retenerla. Se frotó el antebrazo, inquieta.

Antes de terminar la frase, un crujido la hizo detenerse. Giró apenas la cabeza, los ojos entornados.

Demasiado tarde.

De la oscuridad surgieron siluetas envueltas en harapos que se abalanzaron sobre ellos como una jauría.

Una cuerda silbó y se tensó alrededor del cuello de Juzaontux.

El lagarth rugió, pero el sonido salió apagado, ahogado bajo el peso de cuatro cuerpos que lo abatieron con violencia.

Trató de incorporarse, pero sus movimientos carecían de la fortaleza habitual.

Lo cubrieron con una red, las cuerdas crujieron contra su piel escamosa, y el forcejeo levantó un vaho caliente.

Kida giró sobre sí misma con precisión intacta y logró tumbar a uno de los agresores de una patada limpia. Avanzó un paso más... y entonces sintió un pinchazo. Se llevó una mano al cuello y palpó algo alargado. Se lo arrancó de la piel.

El mundo dio un salto.

Trató de alzar el brazo, pero la fuerza se le escapó de repente. Alguien la sujetó por detrás y un saco húmedo, con olor a moho y sudor rancio, le cubrió la cabeza.

Renek intentó abrirse paso hacia ella, pero una correa lo atrapó por el torso. Quiso zafarse, y el esfuerzo le arrancó un latigazo de náusea. Algo duro le golpeó la sien, y la realidad se plegó sobre sí misma.

Un zumbido le llenó los oídos. La tela áspera del saco se cerró sobre su rostro.

El sabor del polvo y del sudor ajeno se le metió en la boca.

Manos lo empujaban. Las voces eran murmullos rotos que le llegaban de muy lejos.

Por un instante creyó oír a Batur decir algo. Tal vez protestar. Tal vez negociar.

No llegó a saberlo. Todo se disolvió en una sucesión de palabras apagadas y pasos arrastrados.