Capítulo 34 La sentencia
El baluarte yacía en un silencio sepulcral, una fortaleza consumida por la sombra de su propia ruina.
El viento no soplaba, el aire estaba inmóvil en Castillo Bruma, y la misma atmósfera temía perturbar la calma que se había asentado allí.
Las torres desmoronadas, las almenas astilladas y los muros ennegrecidos por el fuego componían un paisaje de devastación absoluta, recortándose como dientes rotos contra el cielo opaco.
La tierra circundante, antes fértil, se extendía en una desolación grisácea donde la vegetación, marchita y enferma, se retorcía en agonía.
Solo crecían matas retorcidas, alimentadas por una corrupción latente que parecía emanar del propio suelo.
Incluso la vegetación más obstinada había sucumbido al peso de aquella influencia funesta.
El reposo era total, como si el castillo mismo contuviera la respiración en anticipación al temporal por venir.
En lo alto de la torre principal, medio destruida pero resistiendo el derrumbe, una figura se recortaba contra la pálida claridad, un espíritu umbrío.
Su silueta, firme y solemne, se alzaba sobre la fortaleza con la autoridad de un carroñero que contempla su presa moribunda.
Examinaba absorto el horizonte en dirección a Dampus, que brillaba distante en un punto de luz tenue en la oscuridad, apenas un reflejo lejano de vida en medio de la creciente penumbra.
Una capa verde musgo harapienta le cubría la cabeza y caía hasta casi rozar el suelo, y se estremecía con el leve movimiento de su respiración.
Los pasos de otro hombre quebraron la quietud del lugar.
El golpeo de sus botas sobre la piedra desnuda sonó insignificante en comparación con la presencia que aguardaba en la torre.
Un comandante nox se acercó con la reverencia que su cargo exigía, y más aún con la que su instinto de supervivencia le dictaba.
—Eminencia... —dijo con un respeto tenso que iba más allá de la mera obediencia.
La figura siguió de brazos cruzados sin moverse e ignoró la llegada del comandante del mismo modo que un dracodrilo ignora a un insecto. La mano derecha, con dedos huesudos y venas renegridas, se intuía sobre el brazo izquierdo. El comandante no pudo evitar tragar saliva antes de volver a hablar.
Pero su eminencia se adelantó.
Habló con una voz rasgada y una serenidad que no ocultaba la amenaza latente en cada sílaba.
—La búsqueda de Kida está tomando demasiado tiempo. No podemos arriesgarnos a que escape.
Hizo una pausa para que el peso de sus palabras se asentara en el aire.
—Destruye la ciudad.
El comandante sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus años de servicio a los nox y los actos de crueldad disfrazados de estrategia que había presenciado no le sirvieron para disimular su pasmo.
—Eminencia... —la duda escapó de su boca antes de que pudiera contenerla—. En Dampus hay miles de personas. Soldados, civiles... nuestros propios hombres están desplegados allí.
El silencio se cernió sobre ellos. Sin darse la vuelta, la figura movió apenas la cara, con un sutil movimiento que hizo oscilar su capa.
Parte de su rostro emergió de la penumbra que le otorgaba su capucha, y quedó al descubierto un fragmento de un semblante macabro.
Los labios habían retrocedido, consumidos por la carne retraída, y asomaban unas encías rojas oscurecidas por la podredumbre que forzaban su rostro en una mueca antinatural, como si una mano invisible le desgarrara la expresión.
—Su predecesor cometió el error de cuestionar mis órdenes, comandante —su voz abismal golpeó el aire cual látigo—. Estoy seguro de que con su inteligencia no cometerá el mismo error que él.
Se le pegó la lengua al paladar. Un destello de miedo cruzó su mirada, pero su cuerpo se mantuvo erguido. Sabía que no había respuesta aceptable que no fuera la sumisión absoluta.
—Por supuesto que no, eminencia —contestó mientras inclinaba un poco la cabeza—. Tardaremos algunas horas en preparar y posicionar todas las tropas.
—Entonces le sugiero que empiece lo antes posible.
El dueño de aquella voz erosionada por el tormento mantuvo la cabeza girada un instante más sin decir palabra, como quien sopesa qué hacer con una pieza de un juego antes de decidir si sacrificarla.
—Puede retirarse, comandante.
El hombre asintió con rapidez.
—Sí, gran señor Veltor.
Se dio media vuelta y abandonó la torre con paso apresurado, sin atreverse a mirar atrás.
Veltor cruzó las manos a la espalda y su atención volvió a posarse en la ciudad lejana, donde la luz del sol declinante aún acariciaba los tejados y las calles llenas de vida. Una vida efímera. Una vida que, en poco tiempo, dejaría de existir.