El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 40 Antes del salto #2
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Capítulo 40 Antes del salto #2

Malgo jadeaba, pero su mano seguía firme sobre la empuñadura de la espada.

Frente a él, Guldan permanecía inmóvil, como un eclipse en la arena, con un ascenso mínimo del pecho en cada inspiración.

Había en su postura quietud: la espalda recta y el peso bien repartido; ni un músculo fuera de lugar.

Todo él respondía a una disciplina férrea que le impedía mostrar debilidad.

Sintió su visión estrecharse hasta que solo quedó su hermano. Sus miradas se cruzaron durante largos latidos de corazón, y en ese cruce no hubo palabras, solo un fuego que ningún entrenamiento podría apagar. En ese momento, una voz, no dicha pero inconfundible, susurró en su mente:

«¿Ya estás cansado, hermanito? ¿O quieres demostrarme algo?».

La voz de Guldan resonaba en su cabeza, transportada a través del aire, y le vibraba en los huesos más que en los oídos. No era como hablar en sueños, ni como el eco de un recuerdo. Era... presente. Vivo.

Malgo permitió que una media sonrisa torciera sus labios, seca y desafiante, y respondió mientras proyectaba el pensamiento hacia delante, primer trueno antes de la tempestad:

«Hoy serás tú quien bese el polvo, hermano».

La tensión entre ellos se hizo muy física.

Ambos ajustaron sus posturas con movimientos casi simultáneos, sus espadas bajaron apenas, listas para saltar.

Alrededor de Malgo, piedrecillas sueltas y motas de polvo comenzaron a elevarse a su alrededor, suspendidas en un extraño soplo de energía que no venía del viento.

Flotaban, temblaban, atraídas por una corriente que no podía verse.

Al mismo tiempo, a espaldas de Guldan, la pared comenzó a agrietarse.

Finas venas se abrían en la piedra, sutiles, discretas, pero vivas; como si una mano invisible estuviera trazando líneas de fractura a lo largo de la roca.

Ninguno de los dos pareció percatarse. Estaban demasiado concentrados, demasiado entregados el uno al otro.

Para Malgo, todo lo demás desapareció. Sus sentidos se afilaron.

Podía oír la respiración rítmica de Guldan, podía sentir el leve temblor del suelo bajo sus botas, el roce casi imperceptible del sudor resbalando por su sien.

Cada detalle del mundo le llegaba claro, limpio, como si hubiera atravesado un velo de niebla y viera la realidad desnuda.

La espada no pesaba nada. Era una prolongación de su voluntad, viva y expectante.

Malgo se dispuso a abalanzarse hacia Guldan. Pero antes del salto…

—¡Eh!

El grito fue un golpe de vara sobre piedra que quebró el instante.

Malgo parpadeó y sintió el brusco tirón de la realidad, que recobraba la forma a su alrededor.

El polvo suspendido cayó de nuevo a la arena, y el aire, que hasta hacía un momento vibraba de tensión, se volvió más liviano, menos sacudido.

El mundo, con sus contornos gastados y familiares, se recompuso a su alrededor.

Lander había entrado por uno de los accesos laterales, y caminaba ahora hacia ellos con pasos firmes.

Traía consigo la autoridad de quien entiende cuándo un combate deja de ser enseñanza para volverse insensatez.

Se plantó entre los dos hermanos y dijo:

—Suficiente.

Guldan bajó su espada sin apresurarse, y su cuerpo, que hasta entonces había estado esculpido en rigidez, dejó escapar parte de aquella energía contenida.

Malgo también aflojó los músculos y sintió que el pulso le golpeaba todavía en las sienes.

Ambos llevaban los uniformes manchados de polvo en tonos marrón y rojizo.

Guldan colocó la hoja bajo la axila y se acercó.

Cuando estuvo a su alcance, le tendió una mano firme, que Malgo estrechó por instinto.

Luego, en un gesto cargado de una intimidad antigua, alargó el otro brazo, tomó a Malgo por la nuca y apoyó su frente contra la suya.

El gesto no tenía la rigidez del protocolo, sino la verdad de los recuerdos compartidos en campos de entrenamiento y noches de infancia.

—Buen combate, hermano —murmuró, cálido, sincero—. Estoy orgulloso de ti.

Malgo cerró los ojos un momento y dejó que aquellas palabras se alojaran en un rincón de su pecho donde la duda no alcanzaba. Cuando los abrió, sonreía también, breve pero verdadero.

—Lo mismo digo, hermano —dijo en voz baja.

Guldan le soltó la nuca con suavidad, le dedicó una última mirada de complicidad y se apartó.

Cruzó la arena sin volver la vista atrás, su silueta envuelta en negro destacaba contra el claro del día.

Lander, en cambio, permaneció en silencio, observándolos como un viejo centinela.

Sus ojos, oscuros y serenos, seguían el movimiento de Guldan, pero su atención real estaba centrada en Malgo.

Cuando Guldan hubo cruzado el pasillo hacia los vestuarios, el instructor se volvió hacia el otro Chessan y se acercó a él.

Llevaba una cantimplora de cuero que extendió hacia el alumno sin mediar palabra.

El agua fresca alivió la sequedad de su garganta, y ambos se sentaron en el borde de la arena, donde la piedra formaba un escalón.

—Eso fue... intenso —comentó Lander después del silencio—. No recuerdo la última vez que vi tanta agresividad en un simple entrenamiento.

Malgo se encogió de hombros, rehusando el contacto directo con el instructor.

—Nos estábamos divirtiendo —respondió mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente—. A veces nos dejamos llevar.

Lander dejó escapar un suspiro que contenía paciencia e incredulidad.

—Malgo, esto no es el campo de batalla. Y Guldan no es tu enemigo, es tu hermano —dijo, y luego atenuó su firmeza habitual hasta volverla cercanía—. Hay una diferencia entre intensidad y lo que acabo de ver.

—No sé de qué hablas —murmuró Malgo, que recogió un puñado de arena y la dejó escurrir entre los dedos—. Solo practicábamos.

—Oí lo de la misión en Librark —dijo Lander, cambiando de tema con naturalidad—. Lo que pasó en el bosque.

Su corazón dio un vuelco al recordar el sabor amargo de aquella emboscada. Las imágenes regresaron con nitidez: la sonrisa burlona del librarkano, la sensación de estar superado, Torben... Cruzó los brazos y tensó los hombros.

—Sé que no todo salió como esperabas —continuó—, pero seguir adelante después de algo así... Ahí es donde se muestra el verdadero valor.

Sintió un quiebro en su interior, una presa invisible que contenía palabras que no se había permitido pronunciar.

—No fue solo la emboscada —confesó al final—. Fui yo. Fui... insuficiente.

La palabra flotó entre ellos. Lander no respondió de inmediato, pues respetaba el peso de aquella confesión. Cuando habló, su tono no contenía lástima, solo una franqueza que Malgo no esperaba.

—No eres tu hermano —dijo—. Y eso no es una carencia, Malgo.

La frase se le instaló en el alma, como una semilla enterrada que aún no sabía si germinaría.

La forma en que pronunció aquellas palabras hizo que levantara la mirada y se encontrara con los ojos color tierra mojada del instructor.

No había condescendencia en ellos, solo un entendimiento que parecía alcanzar lugares que Malgo creía invisibles para los demás.

Lander se puso de pie con un movimiento fluido y extendió una mano para ayudarle a levantarse.

—Por cierto —añadió antes de alejarse—. Ayer el Ministro Mengule parecía deseoso de hablar contigo.

—¿Monekin?

—Me dijo que estará de viaje un tiempo, pero que contactará contigo una vez esté de vuelta.

Quizás una felicitación por tu desempeño en tu primera misión, quizás algún consejo antes de tu siguiente cometido...

¿Quién sabe? —comentó, iluminado por una complicidad alegre, como quien anticipa una recompensa que sabe merecida.

—No sé qué preferiría, si un consejo de ese memo o una bofetada de Yaara...

A Lander el comentario lo pilló desprevenido y no pudo evitar soltar una carcajada, que logró contagiar al aprendiz

Aún con una sonrisa, recogió la espada del suelo y se sacudió la ropa con un gesto automático. Se permitió un último vistazo a la arena, ahora vacía. Se ajustó la empuñadura al cinto y emprendió el camino hacia los vestuarios.