Capítulo 33 Algo inesperado
La puerta del Salón de los Consejos se cerró con un golpe suave, separando a los ministros del ajetreo exterior. Las voces del reciente debate seguían latiendo en el ambiente.
—Tenemos el apoyo del pueblo —comentó Yaara mientras se acomodaba la capa con un ademán de confianza.
—Los comerciantes exigirán certezas —añadió Pinet, Ministro de Justicia—. Sin ellas, nos presionarán con detener su actividad.
—No se atreverán a nada que pueda comportar una revuelta popular... —añadió Loblo, ajustándose sus gafas angulosas.
—Hemos hecho lo mejor para el pueblo —interrumpió Sadro, con un tono apaciguante—.
Ya habéis visto lo que ocurriría si no impulsáramos estas medidas.
A Trebla y los suyos no les importa el progreso de Hiclaria.
Ni siquiera creen en la Unión y sus valores.
Solo les importa el dinero y conseguir el poder.
Estarían dispuestos incluso a ceder privilegios a los magnates con tal de incrementar su influencia y tomar el mando.
Si cedemos un solo palmo ante ellos, nuestro pueblo está perdido. No buscan más que su propio beneficio.
Gellandyn escuchaba a sus colegas con una seriedad contenida.
Recordaba la quieta flecha que Mandio había lanzado hacia ella durante la sesión, esa muda exigencia de que hiciera «lo correcto».
Sus pensamientos, sin embargo, volvían una y otra vez a Reyo, cuya postura, rígida y distante, hablaba más alto que cualquier discurso.
Ocuparon sus asientos alrededor de la mesa. El murmullo se desvaneció en cuanto se acomodaron y dio paso a un silencio cargado de presagios.
—Bien —dijo Sadro, con un suspiro apenas disimulado—. Hay que empezar a pensar en cómo adaptar el currículo a los nuevos cambios. —Miró al Ministro de Educación—. Loblo, ¿tienes ya alguna propuesta? ¿Cuánto tiempo necesitarás para comunicar e instruir a los educadores?
—Tengo varias propuestas. Será complicado introducir cambios a estas alturas del año, pero no es imposible. Con la ayuda de Gellandyn y Reyo, podemos introducirlos desde una perspectiva productiva y de innovación. Los muchachos lo entenderán mejor.
Reyo no respondió de inmediato. Permaneció con la mirada fija en la superficie de la mesa, como si en sus vetas buscara una respuesta que nadie más alcanzaba a ver. Al cabo de unos segundos, alzó la vista hacia Gellandyn.
—Lo que se propone es inviable —declaró, inflexible—. Si forzamos más la presión tributaria, estropearemos el débil tejido productivo que nos queda.
Todos los ministros se volvieron hacia él.
—Reyo —intervino Gellandyn, con un tono que intentaba ser conciliador—, hemos previsto salvaguardas para que los comerciantes…
—Ya no es cuestión de salvaguardas, sino de credibilidad. Hemos prometido una y otra vez que no se tomarían medidas drásticas. ¿Crees que olvidarán nuestras palabras tan pronto?
El resto de los ministros se removió en sus asientos, y un mutismo incómodo viajó entre ellos cual corriente invisible.
Un viento frío atravesó el salón, pese a la luz cálida que entraba por las cristaleras.
Gellandyn apoyó las manos sobre la mesa, gesto que usó para anclarse frente al juicio que emanaba del Ministro de Comercio.
—Si no hacemos nada, el déficit se agravará y los gremios...
—Basta —la interrumpió Reyo, con una calma que resultó más perturbadora que cualquier grito—. Llevamos lunas, años, con la misma discusión. Yo... —Su voz vaciló un segundo, y Gellandyn notó cómo apretaba los labios antes de continuar—. No seguiré siendo cómplice de esta deriva.
La sala pareció encogerse, como si los muros se aproximaran para ser testigos del desenlace. Sadro, sentado en un extremo, entrelazó los dedos sin apartar la vista de Reyo. Yaara entreabrió la boca, pero no llegó a pronunciar palabra alguna.
—¿Reyo...? —La voz de Gellandyn salió más suave de lo que pretendía, casi un ruego.
Él se puso en pie. La silla crujió contra el suelo con un sonido que Gellandyn percibió como el preludio de un desastre inevitable.
—He cumplido con mi deber durante todo este tiempo, intentando equilibrar los intereses de la nación con los de quienes sostienen su tejido productivo. Pero mi conciencia no me permite respaldar esta última propuesta.
Se levantó, como si claudicara ante una derrota inevitable. Con un gesto pausado, alisó su chaqueta beis entallada, cuyo cuello alto, vuelto hacia abajo, le otorgaba un aire solemne, mientras los botones metálicos brillaban de forma sutil. Con una mirada severa y cargada de resignación, dijo:
—Presento mi dimisión.
Un silencio denso se adueñó del salón. Nadie se movió. La luz del mediodía se extendía sobre la mesa, resaltando el gesto impenetrable de Reyo. Por un instante, Gellandyn pensó que alguien intervendría para detenerlo, pero el aire cargaba una fatalidad que ni el más osado se atrevía a desafiar.
Reyo barrió a sus colegas con un repaso grave, en el que se adivinaba un cansancio profundo, el agotamiento de un hombre que había dado todo de sí.
Sin decir más, giró sobre sus talones y se encaminó hacia la salida.
Sus pasos resonaron con una cadencia firme, y dejaron en el aire la sensación de que se cerraba un capítulo en la historia del gobierno de Hiclaria.
Cuando la puerta se cerró tras él, el hechizo pareció romperse.
El murmullo de los ministros regresó de golpe, con la inevitabilidad de un oleaje que se estrella contra la orilla tras un momento de calma.
Gellandyn tragó saliva, sentía un nudo en la garganta.
Sus ojos buscaron a Sadro, cuyo semblante estaba anclado en la puerta que Reyo acababa de cerrar, como si la huella del ministro se hubiera quedado adherida allí.
El desconcierto en Yaara era visible, mientras Loblo mostraba signos de enfado.
Monekin, en cambio, mantenía su posado tranquilo e impasible, como si aquella situación fuera ajena a él.
—Disculpadme —dijo, con un tono que pretendía firmeza—. Tengo que hablar con él.
Sadro, sentado a su izquierda, negó con la cabeza.
—Déjalo ir, Gellandyn —advirtió de manera austera, casi un mandato—. Su decisión está tomada.
Apretó los labios. No se permitió vacilar, aunque por dentro sintiera las atenciones del salón aferrarse a ella como grilletes etéreos.
—Solo será un momento —aseguró, y sin esperar respuesta se marchó con paso resuelto.
El pasillo que conectaba con las dependencias ministeriales estaba inundado de una luz tenue, filtrada por los altos ventanales.
Podía oír el susurro de los trabajadores en las salas adyacentes, rumores de papeles que se movían.
Al final del corredor, alcanzó a ver la silueta de Reyo, cuyo porte, rígido y abatido, reflejaba la determinación de quien acaba de romper con todo.
—¡Reyo! —llamó, con la voz más alta de lo que pretendía.
Él se detuvo un instante y volvió la cabeza con reticencia. Al reconocerla, se encaminó de nuevo hacia la esquina, convencido de que hablar con ella solo prolongaría un suplicio innecesario.
Aceleró el paso, sus tacones retumbaban contra la piedra.
—Por favor, espera —pidió, y lo alcanzó en el último tramo—. No puedes irte así. Tu labor es imprescindible, y lo sabes mejor que nadie.
Reyo se detuvo, sin volverse. Suspiró.
—Mi tiempo aquí ha terminado, Gellandyn —respondió con un susurro firme, sin apartar la vista del pasillo que se abría ante él. Se volvió hacia ella—. Llevo meses madurando la decisión y no hay marcha atrás.
—Reyo... —Alargó una mano, sin llegar a tocarlo—. Hiclaria te necesita. Tu experiencia, tu equilibrio...
Él la miró con brusquedad, clavando en ella unos ojos cansados pero cargados de reproche.
—No —dijo, inamovible—. Ya está decidido. La política no es para mí. Esto iba a ser algo temporal, pero hace demasiado tiempo que me siento fuera de lugar.
El silencio del pasillo se espesó. Gellandyn entreabrió los labios, pero las palabras se negaron a salir. Tuvo que hacer un esfuerzo para poner voz a sus pensamientos.
—Esto no es lo que querría el maestro Bastius. Él confiaba en ti para que divulgaras todo lo que nos enseñó y condujeras al país hacia la prosperidad.
Reyo bufó y endureció aún más su mirada.
—No me vengas con lo que querría Bastius, Gellandyn.
Eres tú la que parece haber olvidado todas sus lecciones —replicó, con un tono más dolido que acusatorio—.
Te has abandonado al buenismo de Sadro. ¿Dónde quedó aquella mujer que soñaba con traer progreso y crecimiento a la Unión?
¿Desde cuándo amenazar con quitarles el dinero a quienes trabajan duro para tener más soldados o dictarles lo que pensar a los niños es progreso y crecimiento?
No, Gellandyn... Está claro que pensamos distinto.
Hundió la faz, vencida por sus reproches e incapaz de sostenerse frente a él. Quería replicar, quería gritarle que no era así, que no todo estaba perdido, pero la fuerza de su crítica la dejó sin aliento.
—Cuídate, Gella —concluyó, y enseguida se volvió para marcharse—. Ojalá encuentres de nuevo ese equilibrio que tanto defendías.
Y, sin más, se alejó por el corredor. Sus pasos tenían un eco de amargura que resonó en el pecho de Gellandyn.
No se atrevió a seguirlo, consciente de que la distancia entre ambos no era solo física.
Bajó las escaleras y desapareció de su vista, dejando tras de sí una ausencia que dolía más de lo que habría podido prever.
Gellandyn cerró la puerta de su despacho.
Permaneció allí un momento, apoyada contra ella, y dejó escapar un suspiro tan largo que casi arrastró el aire del salón con él.
Las palabras de Reyo habían desgarrado las bases de toda la estructura que había intentado construir durante los últimos años.
Fue un golpe directo al corazón de sus certezas.