El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 32 Puentes y muros #2
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Capítulo 32 Puentes y muros #2

—Nada más terminada la guerra, el pueblo reunió un último esfuerzo y demostró hacia dónde quería avanzar. Les dimos una lección. Los expulsamos de nuestras tierras. No obstante, aquello que creíamos extinto, como mala hierba, volvió a brotar.

Una marea creciente de murmullos se elevó desde los asientos y se extendió a través de la Gran Cámara. Por encima de la ministra, el presidente de la asamblea golpeó con energía su martillete sobre su mesa para restablecer el orden. Gellandyn esperó a que la sala se tranquilizara.

—Dos años después, con fuerzas renovadas de algún modo que no nos explicamos, los nox volvieron a cargar contra la Unión y lanzaron diversos ataques contra varias poblaciones de Hiclaria y también de Dasteura —prosiguió—.

No nos quedamos de brazos cruzados, y enviamos a varios batallones, incluyendo unidades de élite dirigidas por arcontes.

Y gracias a uno de esos despliegues, ejecutado con sumo cuidado, logramos un golpe decisivo: el equipo liderado por la arconte Kida Venden eliminó al hasta entonces líder de los nox: Bladack.

El nombre cayó sobre la sala como un trueno.

Pese a que la muerte de Bladack era noticia ampliamente conocida entre muchos de los representantes, un murmullo de asombro recorrió ciertos sectores como un viento repentino.

Algunos saltaron de sus asientos con agitación, otros dejaron que la incredulidad les tiñera el semblante. Hubo quien exclamó desde la tribuna:

—¡Pues entonces la victoria es nuestra!

Los aplausos y vítores estallaron como una descarga, colmando la cámara de entusiasmo desordenado. El presidente golpeó de nuevo el martillo, una, dos, tres veces, hasta que el bullicio se replegó con reticencia.

—Sí, es una victoria —retomó Gellandyn—.

Pero, por muy buena noticia que sea, no es el final —su tono se endureció—.

Ahora es su más fiel seguidor y cómplice, Veltor, quien dirige a los nox en solitario.

Bajo su mando, destruyeron Castillo Bruma y acabaron con todos nuestros efectivos desplegados allí. No nos consta que nadie siga con vida.

Hizo una pausa breve, lo suficiente para dejar que las palabras calaran.

—Vienen tiempos difíciles. Y los tiempos difíciles exigen decisiones firmes. Por eso hoy, en nombre del Gobierno de Hiclaria, presento ante ustedes una nueva propuesta de presupuestos que contempla ciertos ajustes extraordinarios.

—¿Qué clase de ajustes? —se incorporó con brusquedad Oris Trebla, líder de la oposición, desde uno de los bancos centrales.

—La propuesta comprende un aumento de una sexta parte en el presupuesto de educación y defensa...

—¿Cómo pretende que los hiclariotas soportemos aún más carga tributaria? —espetó de nuevo Oris Trebla. Varios representantes se pusieron en pie, encendidos de desaprobación. Desde la galería superior, un murmullo de rechazo descendió como una lluvia fina.

—Tal incremento irá acompañado de un sistema escalonado de ayudas a las familias más vulnerables, financiado mediante ajustes tributarios progresivos —añadió Gellandyn—.

Los ajustes propuestos afectarán solo a aquellos con las ganancias más altas del territorio, con exenciones para quienes reinviertan parte de sus beneficios en la mejora de los procesos de producción y consigan abaratar sus costes.

Un representante del gremio de mercaderes, de cabello cano y dicción vetusta, gritó desde el palco.

—¿Y qué hacemos con Librark? ¡Nos está vaciando los mercados!

¡Se están quedando con todo! Cada semana perdemos un trato más.

La gente cierra aquí y se marcha al otro lado de la frontera porque allí les sale más a cuenta.

Los materiales llegan tarde o ni llegan.

¿Cómo se supone que debemos seguir trabajando así?

Antes de que Gellandyn respondiera, Yaara se izó con aplomo.

—Si me permite —dijo—, la estabilidad social genera más beneficios a largo plazo que ninguna reducción tributaria temporal. Si solo cuidamos de los que más tienen, todos los demás se hundirán. Y, con ellos, el país.

Gellandyn le envió un leve asentimiento a su compañera, para agradecerle en silencio el apoyo, antes de notar a Reyo, más atrás, hundido en su asiento con los brazos cruzados y el semblante serio.

Otro representante se levantó, cargado de cinismo:

—¿Y qué garantías tenemos de que ese dinero no acabará desperdiciado en más burocracia?

—Cada partida estará sujeta a la supervisión de un comité contable independiente —replicó Gellandyn con rapidez— compuesto por expertos de distintos sectores que realizarán auditorías semestrales y...

—¡Esto es un ultraje! —gritó alguien desde la galería superior—. ¡Nos están estrangulando! ¡Me importan una mierda los nox! ¡Yo no tengo a ningún nox llamando a mi puerta para quitarme mi dinero!

La tensión alcanzó un nuevo umbral. Yaara volvió a alzarse.

—El verdadero ultraje es ignorar a las familias que apenas pueden sobrevivir por culpa de un puñado de avariciosos que acaparan todos los recursos de la nación.

Muchos de los visitantes la aclamaron. Gran parte de los representantes la aplaudieron. Otros, en cambio, protestaron.

Gellandyn levantó la mano, y el gesto, sin fuerza, bastó para recuperar el control de la sala.

—Esta propuesta —dijo— ha sido elaborada con la colaboración de expertos de todos los sectores, e incluye salvaguardas para proteger tanto al comercio como el bienestar social.

El debate prosiguió. Las preguntas se sucedieron, cada una más incisiva que la anterior, y Gellandyn respondió a todas con precisión quirúrgica, consciente de que cada palabra sería analizada y criticada.

Cada respuesta era una piedra en el puente que intentaba construir entre la razón y la emoción, entre el deber y la esperanza.

Cuando concluyó su exposición, la sala estalló en una cacofonía de reacciones: vítores, gritos, aplausos y protestas retumbaron entre las paredes del Parlamento.

Desde el estrado, vio a Yaara aplaudir con fuerza.

También a Sadro, Loblo y los demás ministros de su grupo.

Reyo, en cambio, permaneció inmóvil sin disimular su disgusto.