El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 32 Puentes y muros
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Capítulo 32 Puentes y muros

Despertó de súbito, arrancada de un sueño inquieto cuyos fragmentos se deshicieron como ceniza en la bruma tenue del amanecer.

La luz comenzaba a colarse con timidez por las cortinas y bañaba el espacio en una penumbra azulada que delineaba con un toque delicado los contornos de los muebles.

Su respiración era rápida, su mente seguía aún atrapada entre el mundo onírico y la vigilia, y su corazón latía acelerado, todavía sometido al desconcierto del sueño.

Se incorporó con lentitud y se deslizó fuera del abrigo de las sábanas.

El aire de la mañana le rozó la piel, un aliento frío del preludio que aguardaba al otro lado del día.

Sus pies descalzos encontraron la textura cálida de la alfombra, y se permitió un momento antes de caminar hacia el tocador.

Allí, frente al espejo, su reflejo la recibió sin indulgencia.

El cansancio se dibujaba con trazo firme en los bordes de sus ojos, en el peso de su mandíbula, en la curva tensa de sus labios.

Sus manos, sin embargo, se movieron con precisión mecánica mientras se abotonaba la chaqueta ministerial.

Cada botón era un ritual, una capa de armadura más que la separaba del caos exterior.

Aun así, el espejo no mentía: no había maquillaje ni tela que pudiera ocultar por completo el peso mental que cargaba.

Un ruido suave, un crujido apenas perceptible, la hizo detenerse. Se volvió, con un nudo en el pecho. La puerta se entreabrió con cautela y reveló una figura menuda.

Annia.

Desaliñada, como si no hubiera dormido, con el cabello enmarañado que le caía en mechones desiguales y la ropa arrugada.

Avanzó con pasos vacilantes, incapaz de alzar la mirada al principio.

Solo lo hizo al llegar a la mitad del cuarto.

Sus ojos, tan suyos y a la vez tan lejanos, buscaron los de su madre.

Había en ellos una fragilidad que desarmaba, una vulnerabilidad desgarradora que Gellandyn no había visto antes.

Las lágrimas le temblaban en el borde de los párpados.

Su voz, cuando por fin emergió, lo hizo rota y entrecortada, cargada de arrepentimiento.

—Lo siento, mamá... No debí irme. Ni mentirte.

Por un instante, el silencio entre ambas fue absoluto, salvo por la respiración temblorosa de su hija.

Observó cómo se debatía entre la culpa y el miedo, incapaz de añadir más palabras.

Sintió que el hielo que había endurecido su propio corazón durante la noche empezaba a derretirse.

Toda la frustración acumulada se desvaneció como escarcha bajo el sol.

Annia no era una rebelde indomable ni un enigma por resolver. Era una niña. Su niña. Y había vuelto.

Abrió los brazos sin decir palabra, y Annia se arrojó sobre ella.

El abrazo fue un refugio. La rodeó con firmeza y sintió el temblor en aquellos ya no tan pequeños hombros.

Sus lagrimitas le humedecieron la chaqueta.

Cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre el cabello revuelto de su hija mientras le susurraba palabras que solo necesitaban ser sentidas.

En aquel momento, todo lo demás dejó de importar.

El mundo podía esperar. Lo único relevante era que Annia había regresado.

Le acarició el cabello y apartó con suavidad los mechones que caían sobre su carita húmeda. El cansancio era evidente en sus ojos enrojecidos, en la forma en que sus hombros se hundían.

—Deberías descansar un poco, cariño. Ha sido una noche larga.

Annia asintió sin hablar mientras se limpiaba las mejillas con el dorso de la mano.

—¿Te vas ya?

—Tengo que ir al Parlamento —se ajustó la chaqueta, pero sus movimientos eran más suaves ahora, sin la rigidez anterior—. Esta tarde, cuando vuelva, podríamos ir juntas al mercado de flores. La señora Miren trajo unas dalias preciosas ayer.

—¿Las moradas?

Una sonrisa leve se posó en Annia, tan tenue y frágil que parecía la aurora ensayando su llegada.

—Y muchas más —se inclinó y le depositó un beso en la frente—. Ve al salón y túmbate un rato. Hay mantas en el arcón.

La observó alejarse, arrastrando los pies por la alfombra, con el peso de la noche aún aferrado a sus talones.

Recogió su bolsa y se detuvo un momento en el umbral para mirar una última vez hacia el interior. El sonido de Annia acomodándose en el sillón llegó hasta ella, familiar y reconfortante. Con un suspiro apagado, cerró la puerta tras de sí.

Afuera, el aire era limpio y fresco. El cielo, aún pálido, comenzaba a teñirse de azul. Los jardines cercanos exhalaban su aroma matinal, y la ciudad, aún dormida, murmuraba en la distancia similar a una criatura que despierta de buen humor.

Atravesó los corredores de la Casa de los Representantes.

La multitud parecía desbordar los límites del edificio.

El rumor de voces se extendía sin tregua, un entramado de saludos, disputas y susurros que formaba un murmullo incesante.

A su paso, algunos se apartaban con deferencia, otros la saludaban con un breve gesto.

Una algarabía aún más marcada se filtraba desde las puertas de la Gran Cámara.

Los guardias apostados a ambos lados inclinaron la cabeza en señal de respeto.

Al cruzar el umbral, la envolvió de inmediato una oleada de conversaciones: un mar de voces que llenaba la sala como viento atrapado en un claustro.

A medida que avanzaba hacia el estrado, aquella maraña de voces fue cediendo.

En la tribuna de visitantes pudo distinguir los sombreros variopintos de los mercaderes de Lanthels, los delantales de los viejos maestros de gremios de Ferropaso, e incluso algunos rostros familiares de tratantes llegados de otras provincias como Aldia o Tabaria.

Algunos la seguían con expectación; otros, con un recelo que apenas se esforzaban en ocultar.

En la galería superior, los grandes nombres del comercio y la tierra ocupaban sus palcos.

Vestían con esa elegancia refinada que pretende pasar por sobriedad: sedas blancas, grises y azuladas, cortes limpios y carísimos.

Entre ellos distinguió la silueta inconfundible de Mandio Tegaor, cuya mirada insistente la instaba a obrar con justicia.

O lo que él consideraba como tal. El ambiente estaba cargado: se percibía en los gestos de los representantes, en los movimientos breves, en la forma en que los ojos se buscaban unos a otros solo para desviarse al instante.

Gellandyn ascendió por los peldaños del podio.

Divisó a Yaara en primera fila, cuyos ojos reclamaban de ella el deber de lo correcto.

A su lado, Reyo mantenía una expresión neutra.

Más allá, los demás ministros se acomodaban ya en sus lugares habituales, flanqueados por asesores que hojeaban papeles con apremio y cuchicheaban indicaciones de última hora.

Colocó sus documentos sobre la madera del estrado. El podio estaba tibio, como si aún guardara el calor de discursos anteriores. El emblema de Hiclaria, el cráneo de labra, tallado con maestría en el frontal, brillaba a la luz que descendía en haces desde la cúpula central.

El bullicio cesó con naturalidad al verla preparar su intervención. A la espera de que la sesión diera comienzo. Se oyó el roce del papel al organizar sus hojas, el crujido leve de asientos que cedían.

La puerta principal se abrió con un movimiento firme.

Una impronta de mando avanzó desde el umbral con paso mesurado y una mano sujeta con firmeza al cinturón ajustado alrededor del abdomen.

Llevaba una capa blanca en forma de abrigo de corte impecable, largo hasta los tobillos, que se abría un poco al caminar.

Debajo, una chaqueta clara cortada con gracia contrastaba con una camisa y pantalones oscuros, lo que componía un conjunto pulcro, casi de gala.

Sadro.

Su presencia era inconfundible: sólida y deliberada. Al quitarse los guantes, la luz alcanzó el anillo ministerial en su mano derecha y le arrancó un destello breve. Luego ocupó su asiento, el único libre, como si su entrada, a destiempo pero sin urgencia, hubiera sido orquestada con esmero.

El repique de la campanilla del presidente de la asamblea resonó en la sala, lo que marcaba el inicio de la sesión.

Gellandyn inspiró hondo, y el murmullo final se desvaneció, cediendo el protagonismo a la voz que estaba a punto de alzarse.

—Pueblo de Hiclaria…

Se proyectó imponente por la cúpula. Hizo una pausa para que el peso de su presencia se asentara.

—Dos años han pasado desde el fin de la guerra.

Dos años desde que la Unión se impuso a las hostilidades de Librark.

Sin embargo, las repercusiones de esta aún perduran.

No solo en Hiclaria, sino en toda Eldava.

Pese a la victoria, el conflicto dejó secuelas en todos nosotros.

Algunos perdieron seres queridos, otros su hogar, su negocio, su proyecto...

Desde su altura, recorrió a los presentes.

—Y, sin embargo —prosiguió—, en medio de ese dolor e inestabilidad, hubo quienes supieron encontrar en la incertidumbre una oportunidad para sembrar división.

Una grieta para poner en jaque los valores y pilares de la Unión, incitando al odio y propagando la duda entre todos nosotros.

Bajo el nombre de Nox, convirtieron el miedo y la exasperación en rencor e ira mediante difamaciones y mentiras.

Aquellos que prometían paz y orden terminaron abocando a centenares de hiclariotas y otros ciudadanos de la Unión al abismo de la desesperanza.

Consumidos por su propio orgullo, desafiaron nuestras instituciones, nuestras leyes y nuestra democracia.

Guardó silencio un instante.

—Pero no pudieron con nosotros.

La frase, simple cual piedra arrojada a un lago, arrancó una cadena de aplausos. Yaara fue la primera en aplaudir. Luego otros ministros. Luego el pleno. El encomio creció, avanzando por las gradas hasta la galería superior.