El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 31 Susurros
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Capítulo 31 Susurros

Annia pateó una piedra suelta y la vio rodar entre las losas del empedrado antes de perderse en una grieta.

Caminaba sin rumbo, arrastrada por un ciclón de pensamientos que no dejaban de revolotearle en la cabeza, con la mente aún atrapada en la discusión con su madre.

Control. Disciplina. Contención. Siempre las mismas palabras, siempre la misma mirada severa, como si su don fuera una herida mal cerrada, algo que debía ocultarse bajo vendas para no asustar a los demás.

El distrito Torre del Alba dormía bajo el cielo nocturno, envuelto en calma.

Las grandes avenidas, por las que de día transitaban mercaderes, oficiales y burócratas, yacían ahora vacías, con su grandeza reducida a estelas oscuras y murmullos de viento.

Los faroles de fuego esparcían su luz sobre fachadas de piedra blanca, mientras destellos ámbar se deslizaban por las almenas y torreones que dominaban la ciudad.

La luz, reflejada en superficies de metal pulido, herrajes, marcos ornamentados y relieves dorados, dibujaba un brillo delicado que realzaba aquella grandiosa arquitectura.

Las torres, enormes y silenciosas, se alzaban como colmillos de una bestia dormida, dispuesta a devorarla.

Sin proponérselo, sus pasos la condujeron hasta la Plaza del Crinqis, una plaza estrecha, casi oculta entre las aristas del barrio alto.

En su centro reposaba una fuente antigua, coronada por la estatua inmaculada de un guerrero hiclariota: espada en mano, su pose en guardia, rígido y con un fulgor implacable grabado en sus rasgos.

El agua corría a sus pies por estrechas canaletas doradas.

Lo contempló sin pronunciar palabra. Suspiró.

Luego se dio media vuelta y siguió andando, alejándose de la plaza y de la vigilancia muda del centinela de piedra.

Las calles comenzaron a estrecharse conforme se acercaba a los límites del distrito.

Las casas, que antes lucían con la dignidad de las altas esferas hiclariotas, con sus cornisas ornamentadas y faroles de bronce, fueron dando paso a estructuras más modestas, edificios más bajos y con menos iluminación.

El aire también adquirió un matiz distinto, más limpio, impregnado del frescor de la vegetación cercana.

No tardó en salir de la última hilera de casas.

Los muros de piedra daban paso a un sendero bordeado por árboles altos.

A lo lejos, el silencio sereno de Torre del Alba se desdibujaba poco a poco y cedía el protagonismo al susurro tenue de las ramas al moverse con el viento, un rumor vegetal que acunaba la noche umbría.

Se detuvo y levantó la vista hacia el cielo despejado.

Respiró hondo, como si al hacerlo pudiera purgarse de todos sus defectos.

Allí, lejos de la severidad de los muros y la constante vigilancia de una ciudad que no permitía debilidades ni errores, todo se percibía más vasto, más libre.

Avanzó con pasos firmes hacia el Resguardo Verde, un límite natural donde la rígida arquitectura de Torre del Alba cedía ante la majestuosa anarquía del bosque.

El sendero que se abría ante ella la invitaba a adentrarse en un mundo ajeno a los juicios y las normas, un lugar donde la piedra y las forjas del hombre eran reemplazados por cortezas rugosas y ramas que se entrelazaban en lo alto.

Con cada paso, sentía que se desprendía de las cadenas invisibles que la ataban a las expectativas de su madre, mientras el suelo mullido y la fragancia terrosa la recibían en su abrazo y la integraban en el paisaje.

El aire olía a musgo y madera envejecida, y la paz del bosque se sentía casi sagrada, rota solo por el crujir ocasional de una rama o el murmullo de las hojas al moverse con la brisa.

La hierba baja cedía bajo sus pies y amortiguaba el sonido de su avance.

Los tallos nudosos la observaban desde la negrura, vigilantes, aunque no amenazantes.

La luz de la luna, tenue y difusa, se filtraba entre las copas, apenas iluminando su camino.

Aquí, en este refugio natural, las voces de la disputa con su madre se desvanecían, disolviéndose del mismo modo que la niebla se disuelve en el amanecer.

Al sortear un conjunto de arbustos entrelazados, llegó a su rincón secreto.

El claro se reveló como un respiro en la espesura, un escondite tallado con esmero por la naturaleza misma.

El círculo de árboles que lo rodeaba parecía diseñado adrede, un muro verde de troncos firmes y ramas bajas que protegían el espacio del mundo exterior, como si el propio bosque hubiera decidido conservar un fragmento de intimidad.

En el centro, su maniquí de entrenamiento aguardaba, inmóvil y expectante.

Se detuvo un momento para contemplarlo. Los fragmentos de madera, unidos con más determinación que habilidad, formaban una marioneta humanoide tosca pero funcional.

Había usado tela desgastada para simular ropa, y sobre el pecho había asegurado placas deslucidas de artesano con cordeles improvisados.

Cada imperfección en su construcción le era familiar, un recordatorio de las horas que había pasado recogiendo materiales y ensamblándolos con paciencia casi obsesiva.

Era una construcción humilde, pero la había armado con sus propias manos.

Con la mirada fija en él, se acercó al árbol nudoso donde solía esconder su vara de entrenamiento.

Hincó la rodilla e introdujo la mano entre las raíces entrelazadas hasta dar con el tacto áspero de la madera.

La extrajo con suavidad. Aquel trozo de fresno oscuro se asentó en su palma con la familiaridad de su propio pulso.

La giró con lentitud entre los dedos para ajustar el agarre.

Sintió la aspereza de la madera bajo las yemas, un contraste agradable contra la calma envolvente del bosque.

Luego se incorporó y tomó posición frente al maniquí, clavando los pies en la tierra húmeda.

Sus piernas se flexionaron, los hombros descendieron, y la vara se irguió en guardia.

Ataviado solo con un yelmo hiclariota, el muñeco la observaba, carente de facciones. Le devolvía la mirada, con una sombra de desafío en su inmovilidad.

El viento recorrió el claro y arrastró consigo un murmullo que pareció detenerse junto a ella.

Cerró los ojos y se entregó a la caricia de la brisa, acarreando consigo las últimas brasas de la ira que aún palpitaba en su pecho.

Al abrirlos de nuevo, sus pupilas resplandecían con una decisión nueva, enfocada, no del todo tranquila, pero sí afilada, como si estuviera a punto de enfrentarse a más que a un simple oponente de madera.

El primer impacto fue una campana que rompió la paz del claro, y Annia se sumergió en el ritmo constante de su entrenamiento.

La vara surcó el aire y se estrelló contra el hombro, arrancándole un crujido hueco.

Luego otro golpe, y otro más. Sus movimientos, ensayados junto a Malgo y Guldan en interminables sesiones compartidas, eran rigurosos, pero aún carentes de la precisión pulida de los hermanos.

Sabía que no era perfecta, pero en ese espacio apartado de expectativas y críticas no importaban las reglas.

Solo existía ella, el deseo de dominar cada movimiento y la convicción de que, algún día, aquel esfuerzo la conduciría a convertirse en una gran arconte, autónoma e independiente.

La vara encontraba la figura en puntos específicos: hombro, costado, rodilla.

El metal resonaba con cada impacto. Pisaba sobre la hierba húmeda e intentaba seguir los patrones que Lander siempre le insistía en perfeccionar.

Pero, con cada golpe, la imagen del rostro severo de su madre se colaba en su mente.

La vara comenzó a descender con más fuerza, haciendo temblar la estructura de madera.

La humedad comenzó a acumularse en su frente, formando finas gotas que descendían con lentitud por las sienes.

Sus ataques se hicieron más feroces, cargados de una energía que iba más allá del mero entrenamiento.

Usaba cada golpe para liberar la tensión que había anidado en su interior.

Ya no era solo práctica; cada impacto llevaba el peso de su frustración.

La cara burlona del dependiente de la tienda de dulces apareció en su memoria, su desdén apenas disimulado.

¡Thump! La vara se estrelló contra el pecho.

Las palabras de su madre resonaron: «¡Basta!

No puedes usar tus habilidades así, Annia».

¡Crac! El golpe hizo vibrar el yelmo. Las voces de los ministros en los pasillos de la Casa de los Representantes, el peso sesgado de sus juicios disfrazados de cortesía, como si fuera una niña jugando a ser importante.

¡Thwack! Una astilla saltó del hombro. Su respiración se volvió errática.

Intentó controlarla como le habían enseñado: inhalar por la nariz, exhalar por la boca. Pero el aire se atoraba en su garganta.

El sudor empezaba a nublarle la vista, y sin embargo no se detenía.

Su vara seguía moviéndose en el aire nocturno, cada golpe más potente que el anterior.

Las lecciones de control y disciplina se desvanecían bajo el peso de su rabia.

¿Por qué no podía ser más como Guldan y Malgo?

¿Por qué nada de lo que hacía era suficiente?

¿Por qué su don tenía que ser un secreto?

Las placas abolladas del maniquí reflejaban la luz de la luna en ángulos extraños mientras Annia descargaba su frustración. Su respiración se había convertido en jadeos entrecortados, y sus brazos temblaban con cada golpe.

Dejó caer la vara. Su pecho subía y bajaba intentando recuperar el aliento. Sus ojos verdes se clavaron en el muñeco maltrecho, como cristales de peridoto encendidos por una furia aún latente, mientras estudiaban cada abolladura y marca que había dejado en su superficie.

Cerró de nuevo los ojos. Su rostro, vuelto hacia la marioneta, permanecía inmóvil, enmarcado por un sosiego solo aparente.

Era un lago sereno bajo el cual se agitan aguas traicioneras.

Una corriente sutil, un susurro en lo profundo de su ser, comenzó a recorrerla y se deslizó como agua helada entre los recovecos de su ser.

Inspiró con lentitud, para que aquel murmullo tomara forma, para entenderlo, hacerlo suyo.

Pero cuando abrió los ojos, buscando que aquella fuerza respondiera a su voluntad, el maniquí permaneció impasible. El bosque pareció juzgar su fallido intento.

Volvió a intentarlo, esta vez con mayor ímpetu. Pero permaneció inerte, un juez inmutable que no se dignaba a emitir un veredicto y se burlaba de ella con su indolencia.

Una sensación amarga de fracaso comenzó a burbujearle en el pecho. Dio un paso adelante y alzó las manos hacia el soldado artificial en un movimiento instintivo, para imponerse por pura presencia. Pero tampoco hubo respuesta.

La rabia, cálida y abrasiva, le trepó por el cuerpo como savia corrompida.

Le temblaban las manos, no por el agotamiento, sino por el rencor acumulado.

Sentía que algo se le escapaba, que intentaba atrapar humo con las manos.

Había un pulso latente bajo su piel, pero se resistía a obedecerla.

Era como si una parte de ella se rebelara contra sí misma, negándose a ser domada o comprendida.

La sensación de impotencia solo alimentaba su frustración.

Con los dientes apretados, volvió a intentarlo. Quietud absoluta. Dio otro paso para acercarse más. Ningún resultado. Otra vez. Nada.

La sangre le hervía en las sienes. Un torrente incandescente le subió por la garganta en forma de rabia.

Con un grito nacido de la pura frustración, Annia descargó contra el suelo, liberando toda su ira contenida en un solo movimiento.

El maniquí explotó como si una fuerza invisible lo hubiera despedazado desde dentro.

Pegó un brinco y retrocedió de forma instintiva con los ojos abiertos de par en par.

Fragmentos de madera, tela y metal volaron en todas direcciones y se dispersaron en una lluvia caótica por el claro, el cual quedó de repente vacío, sacudido por el eco de la destrucción.

Incluso los árboles parecieron retroceder un paso.

Pájaros batieron las alas y se lanzaron al cielo con un aleteo alarmado, y luego... nada.

Su respiración irregular y acelerada era lo único que se oía en el claro.

El miedo inicial se transformó en asombro mientras curioseaba los restos.

Pedazos de armadura cubrían pequeñas superficies de hierba, mezclados con astillas de madera y jirones de tela.

Su mente intentaba procesar lo que acababa de suceder.

El miedo volvió. La sensación de poder que había fluido a través de ella persistía, una reverberación en sus nervios, diferente a cualquier cosa que hubiera experimentado antes.

Entonces lo oyó.

Al principio fue un cuchicheo apenas audible, una voz tenue y quebradiza que brotaba del vacío, tan baja que bien podría haber sido una ilusión.

Se volvió y escrutó la espesura. No había nadie.

Nada. Pero el cuchicheo se prolongaba y, antes de que pudiera reaccionar, otro hilo de voz se unió al primero, y luego otro más.

Una corriente de susurros creció a su alrededor, un cántico confuso que llenaba el aire sin un origen claro.

Entraban en forma de pensamiento, como un enjambre sin cuerpo.

Su cabeza se movía de un lado a otro. El corazón le latía con fuerza.

Parecía que el bosque se la fuera a tragar en cualquier momento.

Los susurros crecían en intensidad, aunque permanecían incomprensibles, y se arrastraban en su oído, dirigiéndose solo a ella.