Capítulo 30 El dilema de la ministra #3
—Les daremos trabajo —replicó el magnate, que abrió los brazos con el gesto seguro de quien se considera benefactor de un orden natural—. Más comercio significa más oportunidades. Es mejor que vivir de la caridad, ¿no le parece?
—¿Y qué garantías tengo de que cumplirán su parte?
Mandio Tegaor se irguió con la solemnidad de un viejo actor ante su última escena.
—Mi palabra —dijo con gravedad—. Y esto.
De entre los pliegues de su túnica extrajo otro documento, esta vez sellado con el emblema plateado del gremio de comerciantes. Lo colocó con lentitud sobre la mesa.
—Un compromiso formal, firmado por los principales mercaderes de Illenard.
Gellandyn apenas asintió. Las cifras bailaban aún en su mente.
—¿Y si los nox siguen avanzando? —preguntó—. Necesitamos más recursos para la defensa. ¿De dónde propone que saquemos esos fondos?
—Ese asunto se lo dejo a usted y a los suyos —replicó Mandio mientras se encogía de hombros con displicencia—. Reduzcan otros gastos innecesarios. Usen el fondo común de la Unión. Pero no sacrifiquen el tejido productivo del país para hacer frente a cuatro desgraciados con la cara pintada.
Estudió ambos documentos, consciente del peso de la oferta. Por un lado, la propuesta ofrecía estabilidad inmediata. Por otro, suponía ceder terreno. Aceptar que los poderosos dictaran las condiciones. Y aun así... ¿qué otra opción había?
—Necesito tiempo para valorarlo —dijo al final.
Mandio respiró hondo mientras calibraba hasta qué punto insistir sin quebrar el momento.
—Permítame una última advertencia, ministra.
Si los comerciantes empiezan a sospechar que todo esto no es más que una emboscada tributaria disfrazada, no esperarán a que el Gobierno rectifique.
Y las cosas ya están bastante difíciles.
Sin ir más lejos, muchos de nosotros estamos sufriendo más ataques de lo normal en el transporte de bienes desde varios puntos.
El último que he oído fue no muy lejos de Kamarga.
La situación se tensa, y cuando eso ocurre los hombres de negocios no luchan. Se marchan. Sin ruido. Y sin regreso.
«Se marchan». Aquellas palabras hicieron que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo.
Pensó en Annia, en su forma delicada alejándose sin mirar atrás, en la sensación de no poder alcanzarla.
La culpa le arañó el pecho. Allí estaba, debatiendo sobre impuestos, mientras su hija deambulaba sola por las calles.
Y, sin embargo, no podía permitirse ceder a la urgencia de su instinto. Hiclaria dependía de ella.
—Soy consciente del riesgo —dijo al fin, con una compostura que no sentía—. Pero también sé que, si no actuamos ahora, el precio que pagaremos después será más alto.
Mandio la observó con interés. Trataba de discernir si hablaba desde la convicción o desde la necesidad.
Gellandyn se puso en pie con elegancia sobria y dio por concluido el encuentro.
—Le agradezco que haya venido, incluso a estas horas —dijo con cortesía—. Sé que su tiempo es valioso.
Mandio asintió y se enderezó con lentitud. Su túnica de terciopelo negro se deslizó con un susurro sobre la alfombra.
—No hay mayor inversión —respondió— que aquella que se hace en la estabilidad de una nación, ministra.
No rechazaba la verdad de sus palabras, pero el peso de la noche le impedía pensar con claridad. Mandio avanzó hacia la puerta, pero se detuvo al alcanzar el umbral. Se volvió, y su mirada astuta se posó en el dibujo que aún yacía sobre la mesa.
—Si me permite un consejo —murmuró—: asegúrese de no perder lo que es de verdad valioso mientras se afana en salvar lo que cree que importa.
Y, sin esperar respuesta, cruzó el umbral y desapareció en la noche.
Cerró los ojos un instante y exhaló con lentitud, dejando que el aire disipara parte de la tensión anudada en su pecho.
La propuesta de Mandio tenía sentido, pero no ofrecía una solución inmediata.
El dilema seguía en pie, sólido como una muralla imposible de sortear.
Un golpe seco resonó contra las persianas y la arrancó de sus pensamientos.
Su cuerpo se tensó de forma instintiva, y su meditación voló hacia la ventana.
Solo era viento. Nada más. Pero su mente, traicionera, no veía ramas agitadas ni hojas bailando en la noche, sino la silueta de Annia por las calles de la ciudad, sola, enfadada, con el lastre de su discusión aún pesándole sobre los hombros.
Se obligó a apartar esa idea. No. No iría tras ella. Era lo bastante mayor para entender lo que había hecho. No solo había abusado de su don, sino que le había mentido. Y eso no podía pasarlo por alto.
Se volvió hacia su escritorio, pero la inquietud persistía, un peso insidioso bajo la piel. ¿Y si volvía a usarlo fuera de casa? ¿Y si alguien la veía? Echaría por tierra toda su labor, y aún le quedaba mucho trabajo por hacer en el gobierno.
Se llevó una mano a la frente y reprimió un suspiro. No siempre podría estar ahí para enderezar sus errores, para protegerla de sí misma. Algún día, Annia tendría que enfrentarse sola a las consecuencias de sus actos.