El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 30 El dilema de la ministra #2
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Capítulo 30 El dilema de la ministra #2

El hombre se secó la parte de la frente menos poblada con un pañuelo de seda azul pálido.

—Me han llegado rumores sobre el plan que el Primer Ministro quiere poner en marcha, los nuevos tributos que se están considerando —continuó, con un tono grave—. Como representante del gremio de comerciantes, debo advertirle sobre las consecuencias de tal decisión.

Sabía que el magnate no era un hombre dado al dramatismo ni a visitas innecesarias. No era de los que desperdiciaban palabras en advertencias vacías. Si había cruzado la ciudad a esas horas, era porque lo que tenía que decir llevaba el peso de algo importante.

Tegaor apoyó una mano en el respaldo de una silla cercana y habló con la gravedad de quien ha visto la historia repetirse demasiadas veces.

—Comprenda, ministra, que el mercado no es una roca a la que uno pueda amarrar decretos —dijo mientras se apoyaba en su bastón con gesto cansado—.

Es un río que fluye hacia donde la corriente es más favorable.

Y, como todo río, busca el cauce más abierto.

Si Hiclaria lo estrecha con cargas nuevas, fluirá hacia Librark, hacia Dasteura, hacia cualquier sitio donde los afluentes no estén obstruidos por decretos bienintencionados.

Pero la mente de Gellandyn no estaba del todo allí. La imagen de Annia corriendo hacia la noche le asaltaba como una ola implacable y ahogaba cualquier otra preocupación. ¿A dónde habría ido? ¿Seguiría en el distrito? ¿Y si alguien la reconocía y le hacía daño?

—Si seguimos este rumbo —prosiguió Tegaor, ajeno a su distracción—, no habrá retorno.

Ya hemos visto lo que ocurre cuando se presiona demasiado a los comerciantes.

Librark y, con toda probabilidad, Dasteura esperan con los brazos abiertos a quienes quieran escapar de las cargas tributarias de Hiclaria.

No me sorprendería si en este mismo momento hay emisarios de Dasteura esperando a nuestros empresarios con contratos ya redactados.

—Lo entiendo, señor Tegaor —respondió Gellandyn, que intentaba contener la tensión en su voz—.

Pero la alternativa es igual de peligrosa.

La desigualdad está creciendo, el malestar se palpa.

Si no ajustamos el sistema, la brecha entre los prósperos y los pobres seguirá ensanchándose.

La estabilidad no se sostiene solo con monedas en las arcas, sino con la certeza de que cada ciudadano tiene la oportunidad de prosperar.

La situación exige medidas urgentes. No podemos abandonar a los menos afortunados a su suerte.

E igual de importante, tampoco quedarnos de brazos cruzados ante el avance de los nox.

Mandio entrecerró los ojos, evaluándola con la paciencia de un hombre que ha negociado con ministros y bandidos por igual.

—Las arcas no se vaciarán si dejamos que el comercio respire —replicó—.

Pero, si seguimos apretando, lo único que conseguiremos es ahogar a quienes aún mantienen esta nación en pie.

La balanza debe inclinarse con cuidado, no a martillazos.

La estabilidad de la que habla no puede imponerse por decreto, ministra.

Es un ideal, no una estrategia, y los ideales son costosos, en especial cuando el dinero comienza a escasear.

Lo que usted llama brecha es en realidad el fundamento mismo de nuestro sistema de comercio.

No existe nación sin desigualdad, y en cuanto intentamos forzar la balanza demasiado rápido el péndulo oscila con violencia.

¿Y si Annia usaba su don en público?

—Ministra —la voz de Mandio la sacó de su divagación mental—, ¿me está escuchando?

Parpadeó y enderezó la espalda. De inmediato recuperó el tono neutro de su expresión.

—Sí, le estoy escuchando.

Mandio ladeó la cabeza, sus ojos claros la escrutaban con la paciencia de un jugador de quorin que estudia su siguiente movimiento.

—Entonces, dígame, señor Tegaor —dijo, forzando la formalidad—, ¿qué propone?

El anciano desenrolló con calma un pergamino que extrajo de su túnica. Sus dedos, enjoyados con anillos antiguos de oro y piedras opacas, lo desplegaron con deliberada lentitud sobre la mesa.

—La propuesta que ha llegado a mis oídos es... excesiva —comenzó Mandio—. Pero estoy seguro de que podríamos llegar a un acuerdo más... razonable.

Gellandyn se inclinó sobre el pergamino. Sus ojos recorrieron las cifras, aunque parte de su mente seguía vagando en busca de su hija por las calles oscuras de Torre del Alba.

—¿Qué sugiere?

—Dos zaires por cada cien de ganancia —respondió Mandio mientras señalaba una columna de números—.

Y cero si las ganancias se gastan en mejorar el negocio.

Sé que ha trabajado duro para promover el desarrollo y la innovación, ministra Daiarella.

Si se usan los beneficios en el propio negocio, ello ayudaría a abaratar costes para nosotros los vendedores y, en consecuencia, podríamos ofrecer precios más justos al resto de ciudadanos.

Eso es mejor que cualquier impuesto para cualquier persona de a pie.

Le volvió a la mente la conversación con Yaara y Reyo.

—A cambio —prosiguió Mandio— garantizamos el apoyo total del gremio de comerciantes.

—¿Y qué hay de las familias que apenas pueden permitirse una hogaza? —preguntó, sin apartar la vista del pergamino.