El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 30 El dilema de la ministra
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Capítulo 30 El dilema de la ministra

Las velas ardían en la quietud de la estancia.

En su estudio, rodeada por estanterías que albergaban siglos de pensamiento, Gellandyn volvía a examinar los mismos números por enésima vez.

Sus ojos, cansados, recorrían con fijeza las columnas que se desviaban de las previsiones, desbaratando una vez más cualquier atisbo de equilibrio.

Sobre el escritorio, los informes se acumulaban como capas de incertidumbre: cifras tachadas, proyecciones reescritas al margen…

Cada número encerraba una verdad incómoda, un dilema sin respuesta fácil.

El porvenir de Hiclaria parecía pender de un hilo tan fino que incluso pensar demasiado fuerte podía romperlo.

En la chimenea, las brasas languidecían y regalaban un calor menguante que no lograba desalojar el frío que se colaba por las ventanas.

Afuera, la luna dominaba el cielo sobre una ciudad dormida, derramando luz a través del cristal y tiñendo el suelo con un resplandor apagado.

Las cortinas, apenas corridas, permitían que la brisa nocturna moviera de forma sutil los papeles más ligeros del escritorio.

Era la noche misma husmeando entre sus preocupaciones.

Se recostó despacio en la silla y se llevó los dedos a la sien con un gesto de agotamiento más anímico que físico, como si tratara de contener el peso de los pensamientos que pugnaban por desbordarse.

Llevaba horas trazando escenarios y tanteando equilibrios imposibles.

Un ajuste aquí implicaba un desgarro allá.

Ninguna fórmula lograba ser por completo justa.

Alzó la vista hacia el retrato sobre la chimenea. La carita de la Annia de años atrás le devolvía la mirada con aquella calma serena que aún no conoce el desencanto.

Apartó la pluma mientras exhalaba con resignación.

No servía de nada seguir forzando una respuesta que no llegaría en una sola noche.

Con movimientos pausados, recogió los papeles y los alineó sobre el escritorio.

Se levantó y cruzó la habitación en silencio.

Al llegar a la ventana, cruzó los brazos y dejó que la vista se perdiera en la Torre del Alba.

Desde allí, la ciudad se vislumbraba tranquila, sin sospechar los conflictos que la bordeaban.

Pero ella sabía que ese reposo era solo apariencia.

Se le escapó un suspiro antes de poder contenerlo.

Sintió que el cansancio le pesaba más en el pecho que en los hombros.

Una melodía quebró el silencio. Le llegaba desde el salón, fina y clara, cual eco de otro tiempo: la cancioncilla de la cajita de música de Annia.

El sonido acariciaba la estancia como una brisa tibia, y por un instante cerró los ojos.

¿Cómo podía un mecanismo tan pequeño encerrar tantos recuerdos felices?

La imagen de su hija volvió a ocupar su mente y trajo consigo una punzada de culpa.

Casi no había pasado tiempo con ella en los últimos días.

Las reuniones, los debates... Todo se interponía. Ni siquiera había cenado.

Salió del estudio y avanzó por el pasillo alfombrado, guiada por la música y la luz tenue que se filtraba por la puerta entreabierta.

Al asomarse, encontró a Annia tumbada junto a la pequeña mesa de madera, con un carboncillo entre los dedos y concentrada en su dibujo.

Sus mechones dorados caían desordenados sobre el papel, ocultando parte de su rostro.

Sus trazos eran delicados y precisos. Cada línea revelaba una paciencia poco común en alguien de su edad.

Se apoyó en el umbral y la observó en silencio. Estaba absorta en su propia creación, ajena al mundo. Durante un breve momento, la casa dejó de ser un lugar de obligaciones incumplidas y se convirtió en refugio, en un rincón apartado de los deberes y la política.

Sobre la mesa, junto a la lámina de dibujo, descansaba la hogaza de pan que había comprado dos días atrás. Aquello le hizo sentir aún peor. Sin embargo, un aroma cálido y fresco flotaba en el aire. Parpadeó, desconcertada. Un crujido en el suelo delató su presencia.

Annia levantó la cara hacia ella. Sus ojos verde esmeralda brillaron con un reflejo de inocencia al verla, aunque en ellos afloraba también una chispa de inquietud.

—¿Mamá?

Gellandyn sonrió con dulzura y cruzó la estancia para acercarse. Deslizó una mano entre los cabellos de su hija, acariciándola con ternura.

—Hola, cariño. Hacía tiempo que no te veía dibujar.

—Sí. Terminé las tareas y me apetecía —respondió ella mientras se encogía apenas de hombros.

—Te está quedando precioso —murmuró, y se arrodilló a su lado para rodearla con un brazo—. Perdona, se me ha hecho tarde. Ya veo que tu estómago no ha querido esperar —añadió mientras señalaba la hogaza con una sonrisa tenue.

Se incorporó despacio y extendió la mano hacia la hogaza.

Pero, al rozar la corteza, se detuvo en seco.

El pan estaba cálido. No templado por el ambiente ni suavizado por un fuego discreto, sino cálido de horno reciente, acabado de salir de las manos del panadero.

Presionó con el pulgar y sintió la frágil resistencia crujiente de una costra recién horneada.

Su corazón dio un vuelco.

—Annia —dijo con un tono mesurado pero tenso—. ¿Por qué está caliente?

La chiquilla bajó la mirada, girando con lentitud el carboncillo entre los dedos.

—Tenía hambre —murmuró—. Y el pan estaba muy duro..., así que lo puse unos segundos al fuego.

Gellandyn mudó el semblante. Su atención se dirigió a la chimenea del salón, luego a las velas de la estancia, buscando sin éxito algún indicio de brasas recientes, alguna vela más encendida de lo habitual, algún atisbo de humo en el aire.

Pero no había nada. Ni una migaja quemada, ni una ceniza fuera de lugar.

Y se hubiera dado cuenta si hubiera entrado a calentarlo en el estudio.

Volvió a mirar a su hija. El silencio se tensó entre ambas.

—Annia, mírame —su voz sonó severa—. ¿Has usado tu don con el pan?

Annia se incorporó, mas sus pupilas pronto vagaron hacia el dibujo que aguardaba incompleto. Sus dedos jugueteaban con nerviosismo con el carboncillo, dejando pequeñas marcas en el papel.

Gellandyn contuvo un suspiro.

—Sabes que no debes usar tu don —continuó con un tono cauto, pero enfadada—. Es peligroso. Y si alguien...

—¡Mamá, solo es pan! —replicó—. No le he hecho daño a nadie. El pan estaba duro, y ahora está mejor.

Annia apretó los puños sobre la mesa. La energía en la habitación cambió de forma sutil.

—No se trata solo de hacer daño o no —explicó, resistiendo el impulso de retroceder ante la intensidad de su hija—. Estas... habilidades son impredecibles. No podemos arriesgarnos a que alguien...

—¿Por qué todo tiene que ser un secreto? —su voz tembló ligeramente—. ¿No te enseñaron a usar la energía a ti también como arconte? ¿Por qué no puedo usar algo que es parte de mí? ¿Por qué yo tengo que esconderlo?

La pregunta fue un puñetazo que la golpeó en el pecho. Veía el dolor en los ojos de su hija, la confusión, la necesidad de entender por qué debía reprimir una parte de sí misma. Como madre, quería protegerla; como ministra, sabía los peligros que acechaban a quienes eran diferentes.

—Annia, escucha... —extendió una mano hacia ella.

Un golpe seco en la puerta interrumpió la frase. Las dos se sobresaltaron.

—Quédate aquí —ordenó mientras se incorporaba.

Annia no reaccionó. Gellandyn la observó un momento más antes de dirigirse hacia la puerta, consciente de que la conversación quedaba peligrosamente inconclusa, y percibió que su expresión seguía siendo de frustración.

Los golpes volvieron a sonar, más insistentes ahora, y rompieron la calma de la casa como un aldabonazo del mundo exterior.

Se acercó a la puerta, extrañada por la hora intempestiva de la visita.

Cuando la abrió, se encontró frente a la estampa inconfundible de Mandio Tegaor, el ya anciano mercante que había construido un imperio comercial de la venta de tejidos exóticos y de lujo, mercader por excelencia donde los haya.

Un hombre que, a pesar de sus ochenta y dos inviernos, conservaba esa mirada afilada cargada con la astucia que lo había llevado a ser uno de los hombres más influyentes de Hiclaria, incluso de Eldava.

Un hombre cuyas arrugas transmitían pasión por el análisis y hambre de aprendizaje.

Había en él una dignidad férrea, la de un sabio que no ha olvidado lo que costó cada lección aprendida.

Antes de que pudiera pronunciar palabra, un movimiento a su espalda captó su atención. Annia pasó como una exhalación junto a ella, aprovechando el espacio entre el marco y el visitante para escabullirse hacia la calle.

—¡Annia! —llamó Gellandyn con una amalgama de preocupación y autoridad—. ¡Vuelve ahora mismo!

Pero su hija ya corría calle abajo, y se perdió entre la negrura de Torre del Alba.

Gellandyn apretó los labios para contener un suspiro de frustración y el impulso de salir tras ella.

No era la primera vez que reaccionaba así tras una discusión.

Siempre volvía después de unas horas, más tranquila y por lo general arrepentida.

Al menos el distrito era seguro, con guardias patrullando sin descanso.

—Mis disculpas, señor Tegaor —dijo al fin mientras se apartaba para dejarle paso—. Los niños, ya sabe...

El comerciante entró con pasos pesados haciendo repicar su bastón contra el piso de madera, su túnica negra de terciopelo y cuello de tortuga rozaba el suelo.

Su barba y cabellos color argento, en conjunto con su actitud altiva y segura de sí mismo, le dotaban de un aura de prestigio y poderío.

Lo guio hasta el salón, donde las velas seguían ardiendo y el dibujo de Annia permanecía abandonado sobre la mesa.

—Ministra Daiarella —comenzó el señor Tegaor, que rechazó con un gesto el asiento que ella le ofrecía—. Lamento presentarme a estas horas, pero me temo que el asunto no puede esperar.