El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 29 Tensiones en el Consejo #2
64%

Capítulo 29 Tensiones en el Consejo #2

Gellandyn observó el intercambio de miradas entre sus colegas y sintió el peso de la decisión que se avecinaba.

Como ministra, había visto de primera mano el deterioro en las condiciones de vida de muchos ciudadanos desde que la guerra había terminado.

Las innovaciones que su ministerio desarrollaba podrían ayudar a largo plazo, pero la gente necesitaba soluciones inmediatas.

El silencio en la sala se volvió insoportable, interrumpido solo por el incesante tictac del reloj.

—¿Y qué propones pues? —preguntó Yaara, más contenida.

—Necesitamos un punto medio —respondió Reyo—. Algo que no ahuyente a quienes hacen que Hiclaria se sostenga.

—Hablas como un librarkano —le espetó esta vez—. La estabilidad política pende de un hilo. Si no tomamos medidas sociales contundentes, si no demostramos que este gobierno está con su gente, se nos vendrán encima.

Los dedos de Gellandyn rozaron el borde de la taza de té, ahora templada, mientras organizaba sus pensamientos.

—Permitidme —dijo, y moduló la voz con la serenidad de quien busca templar las aguas—. Ambos tenéis razón en vuestros argumentos. La situación es más compleja de lo que parece a simple vista.

Yaara atendió. Reyo volvió a sentarse, se recostó y cruzó los brazos. Gellandyn notó el leve asentimiento con el que le cedían el turno.

—Los comerciantes y los artesanos son la palanca que mantiene vivo nuestro comercio —dijo, dirigiendo primero sus palabras a Yaara—. Sin ellos, las estructuras que sostenemos, los servicios que defendemos, no tendrían base real.

—Pero... —empezó Yaara, aunque Gellandyn alzó con suavidad la mano, pidiendo continuar.

—Y tú también tienes razón, Yaara. La desigualdad está alcanzando niveles peligrosos. Si no la afrontamos, si no damos respuesta al descontento que crece, ese malestar podría derrumbar todo lo que intentamos proteger.

Reyo se inclinó hacia delante, los codos sobre la mesa. La dureza de su ademán la interpeló sin rodeos.

—¿Tienes alguna idea?

Gellandyn extrajo una hoja en blanco y la colocó sobre la mesa con delicadeza.

—Un modelo escalonado. Podríamos aplicar el aumento de manera progresiva, por sectores y según el tamaño de la riqueza. Los contribuyentes con mayor patrimonio aportarían más, pero de forma progresiva, lo que les daría tiempo a adaptarse.

—Los grandes comerciantes seguirán resistiéndose —objetó Reyo.

—No si lo combinamos con incentivos para la innovación y el desarrollo local —Gellandyn comenzó a trazar números en el papel—.

Mi ministerio ha estado promoviendo el desarrollo de nuevos métodos que podrían reducir los costos de producción.

Al final, cuanto más se produce y más barato cuesta, más se gana.

Si los grandes productores de Hiclaria invierten en mejorar sus procesos, recibirán esos incentivos.

—¿Y los más vulnerables? —preguntó Yaara.

—No digo que olvidemos tu propuesta de tributos. Pero, si los productores elaboran más bienes y abaratan sus productos y servicios para los ciudadanos, no tendrán que pagar tanto. Y eso es a la vez bueno para todos. Todos ganamos.

Reyo se llevó una mano al mentón y se acarició la barba con gesto pensativo. Un gesto que ya era familiar en él como señal de duda contenida, no de oposición absoluta. Sus ojos recorrieron los trazos que ella había dibujado en el papel.

—Con todo respeto, ministra —dijo al fin, con un tono más mesurado—, la innovación no se implanta de la noche a la mañana.

Los comerciantes necesitarían invertir considerables sumas antes de ver resultados.

Se necesita planificación, tiempo... Y, mientras tanto, seguirían cargando con una presión tributaria aumentada.

Gellandyn no negó la dificultad. Era cierto. Su propuesta no ofrecía una solución inmediata.

El reloj de péndulo irrumpió con su timbre.

Yaara fue la primera en levantarse. Reunió los documentos con movimientos intencionados, intentando replegar también su desacuerdo.

—Me esperan en el gremio de curtidores —anunció sin mirar a ninguno de los presentes—. Continuemos esta conversación más tarde.

Reyo también se puso de pie, con menos prisa, pero igual determinación.

—Yo debo reunirme con el Comité de Comercio y Caudales —dijo, con la vista puesta en Gellandyn—. Antes de la votación, necesitaremos una propuesta concreta. Algo que se pueda defender sin incendiar la confianza de quienes aún sostienen Hiclaria.

Los vio marcharse en silencio, dejando tras de sí el eco de una discusión aún latente.

La sala de deliberaciones quedó sumida en la quietud, quebrada solo por el crujido ocasional de la madera al asentarse y el lejano murmullo de la ciudad bajo sus pies.

Pero, en aquel instante, todo lo que yacía más allá de aquellas paredes resultaba lejano, reducido a una sombra irrelevante.

Recogió con parsimonia los documentos esparcidos, como si el mero acto de ordenarlos trajera claridad a su mente.

Un halo de cansancio marcaba el contorno de sus ojos, apagando por un momento la viveza habitual de su mirada.

Incluso su moño, por lo general impecable, dejaba escapar un mechón rebelde junto a la sien.

Las cifras, los decretos, las proyecciones...

Todo aquello que momentos antes había sido estructura y certeza se había transformado en una maraña de interrogantes.

Cada número representaba un hogar, cada trazo de tinta, el destino de quienes jamás pondrían un pie en esa sala.

Y ahora, las certezas se deshacían como sal en el agua, arrastradas por las exigencias de una ministra que pedía apoyo y las objeciones de un ministro que exigía prudencia.

Se acercó al ventanal y contempló las calles de Illenard.

Desde aquella altura, la ciudad se asemejaba a un vasto tapiz tejido con infinitos hilos: mercados que bullían de actividad, estandartes que ondeaban con la brisa, columnas de humo que ascendían en espirales perezosas desde los hogares de la gente.

Todo estaba conectado en una armonía frágil, una red invisible de causas y consecuencias que ellos, en su posición, podían torcer con el más leve de los gestos.

Siguió de forma distraída el recorrido de un grupo de jinetes que cruzaba una plaza. Su mente, sin embargo, vagaba lejos de la escena, enredándose en reflexiones más sombrías. ¿Estaba sosteniendo el viejo orden bajo una nueva fachada, convencida de que era progreso?

El rostro de Annia cruzó su mente. Su hija, ajena a estas disputas, heredaría el mundo que ella moldeara con sus decisiones. No era solo una cuestión de política, ni de riqueza, ni de alianzas. Era el futuro.

Inspiró hondo mientras apartaba la mano del marco de la ventana. Aquel no era el momento para dudar. No cuando los engranajes de la historia ya estaban en movimiento. Recogió su levita del respaldo de la silla y alisó con los dedos el borde del cuello.