Capítulo 29 Tensiones en el Consejo
Yaara se alisó los pliegues de la túnica.
El tejido oscuro, ribeteado con hilos dorados, resaltaba su porte imponente con un diseño ajustado que evocaba tanto autoridad como disciplina.
Sobre el pecho, los hombros y los antebrazos, placas de armadura ornamental resplandecían bajo la luz vespertina, talladas con motivos en relieve que le daban un aire regio.
Siempre vestía impoluta. A menudo acompañaba su atuendo de capas finamente dobladas y discretas joyas esmaltadas, reflejo de una mujer para quien el orden, la rectitud y la imagen eran expresiones inseparables del deber.
Sus dedos tamborileaban sobre una pila ordenada de documentos, y su rostro anguloso mantenía esa exteriorización de determinación que Gellandyn había aprendido a reconocer como preludio de un debate intenso.
En el broche de su capa, el símbolo del Ministerio Tributario relucía cual veredicto silencioso: un medallón dorado con una mano recibiendo una espiga de trigo.
Gellandyn se despojó de su levita marrón oscuro antes de acomodarse en la silla de arce tallado.
La colocó con cuidado sobre el respaldo, dejando ver la camisa de lino marfil que vestía debajo, cuyos pliegues finos se acomodaban con elegancia sobre su talle.
Apoyó los guantes sobre la mesa y, al cruzar las piernas, sus botas altas dejaron escapar un crujido discreto.
Sin que se desordenara un solo mechón del impecable moño, se reclinó en la silla.
Su postura recta transmitía esa mezcla de calma y firmeza que solo quienes están habituados a sostener el peso de decisiones cruciales pueden mantener.
A su derecha, Reyo Manra ya ocupaba su asiento.
La sala de deliberaciones, en el corazón de la Casa de los Representantes, lucía la misma autoridad y grandeza que el edificio en sí.
La luz tamizada entraba por los balcones y se derramaba sobre el suelo, generando geometrías doradas que se desplazaban con el lento transcurrir del sol.
Los cristales, divididos en paneles de finas tracerías, ofrecían una visión del exterior que se confundía con un cuadro antes que con una ventana real: una ciudad silente, inmóvil en la distancia, que aguardaba la decisión de los hombres y mujeres que allí debatían.
La pureza de las paredes, de mármol blanco y gris perlado, confería a la estancia un aire de solemnidad casi sacra, como si las palabras pronunciadas dentro de ella estuvieran destinadas a convertirse en ley, en destino.
Ahí, entre ecos de discursos antiguos y firmas de tratados, se habían sellado alianzas y desatado guerras, se habían dado forma a proyectos que cambiarían el curso del territorio y, en más de una ocasión, se había decidido el destino de generaciones futuras.
Pero en ese instante la sala permanecía en un silencio expectante, esperando que la historia volviera a escribirse entre sus paredes.
Aproximó su taza de té de hierbas y contempló el vapor que se elevaba en espirales perezosas.
Sentía la tensión colándosele por los hombros y clavándose en la nuca con la implacabilidad de una garra invisible.
Sobre la mesa, registros de caudales y previsiones de rentas se extendían como un mapa complejo de números y cálculos.
En una esquina, una joya de la tecnología: un reloj de péndulo, obsequio del árbitro de Dasteura, marcaba los segundos con una cadencia tan solemne que se fundían con la arquitectura misma.
Los tres ministros aguardaban el momento preciso, cada uno sumido en sus propios pensamientos y estrategias para la discusión que estaba por comenzar. Observó a Yaara deslizar sus documentos sobre la mesa de caoba.
—Los números son inapelables —declaró, impávida como un tronco milenario—.
Un aumento de cinco zaires por cada cien que ganen en la carga tributaria sobre las grandes fortunas generaría suficientes fondos para implementar el plan de ayudas.
Las familias que viven mendigando recibirían apoyo directo durante, al menos, dos años.
Por no hablar de la popularidad que nos reportaría eso.
Reyo resopló, un sonido breve y contenido, pero cargado de escepticismo.
—Para empezar, ¿qué evitará que esas grandes fortunas crucen la frontera hacia Librark y trasladen sus negocios ahí? —dijo, con notoria frustración.
—La lealtad a Hiclaria debería...
—La lealtad no paga los costes, Yaara —interrumpió Reyo, que se inclinó sobre la mesa—. ¿Qué pasará cuando los comerciantes cierren sus almacenes? ¿Cuando los artesanos no puedan mantener a sus aprendices?
Un arco repentino se dibujó en las cejas de la ministra de Tributos.
—¿Prefieres ver a niños mendigando mientras los acomodados celebran banquetes?
—Prefiero que esos niños tengan padres con trabajo—espetó Reyo—. Tu propuesta desatará una fuga de talento y riqueza que hundirá el comercio local.
—Algunas familias ya están hundiéndose —replicó mientras desplegaba con firmeza otro informe—. El número de indigentes se ha duplicado en el último año. Y entre ellos hay criaturas, Reyo. Niños.
—Y se triplicará cuando los talleres cierren sus puertas. —Negó con la cabeza, con un gesto cansado—. Los comerciantes trasladarán su oro a Librark antes de que la tinta de tu decreto termine de secarse.
—¿Entonces dejamos que los adinerados dicten nuestra política social?
—No. Dejamos que la realidad económica la defina —respondió él mientras se recostaba un poco en la silla—. Un colapso comercial afectará primero a los más vulnerables.
—La desigualdad ya está provocando ese colapso. —Sus dedos señalaron zonas marcadas en tonos sombríos en uno de los mapas sobre la mesa—. Los disturbios en Banchelcara crecen mes tras mes. Y no son los únicos.
—Y, con tu propuesta, esos disturbios se convertirán en revueltas abiertas. La élite comercial sostiene a más familias de las que imaginas.
Gellandyn percibió que la frustración aumentaba en los intercambios de ambos ministros. El péndulo del reloj proseguía su marcha solemne, marcando el tiempo con la indiferencia de quien ha presenciado demasiadas discusiones parecidas.
—La moral no construye hospitales ni escuelas —prosiguió Reyo—. Necesitamos sus inversiones tanto como ellos necesitan nuestros mercados.
—Reyo, hay que hacerlo —Yaara apretó los labios, dejando claro que no era una petición—.
Los acaudalados tienen una deuda moral con Hiclaria.
No pueden seguir acumulando mientras otros mueren de hambre.
Y no es solo eso. ¿Qué crees que pensarán cuando vean que destinamos más fondos a defensa, pero que a ellos les dejamos con el culo al aire?
—Tampoco estoy convencido de ese aumento en defensa —replicó Reyo, sin ocultar su escepticismo.
—Castillo Bruma ha caído —intervino Gellandyn.
Yaara la miró, aunque su expresión no traicionó sorpresa. Reyo, en cambio, encajó el golpe con la lentitud de quien no desea comprender.
—Ocurrió hace ocho o nueve días. Recibimos ayer el comunicado del Tribunal Tecnócrata de Dasteura.
El equipo de Kida logró su cometido. Sabemos eso.
Pero desde entonces, no hay noticias ni de Elux, ni de Hecaril, ni de ella misma —añadió Gellandyn, manteniendo la compostura pese al nudo que se le formaba en la garganta—.
Conocía bien a los tres. Trabajé con ellos en más de una ocasión.
Tampoco ningún capitán ha reportado su posición. Ningún emisario ha regresado.
Yaara se levantó con lentitud. Ella, que rara vez mostraba emociones crudas, ahora revelaba líneas de preocupación mal disimulada.
—Hay que hacerlo, Reyo —dijo, con una gravedad que no admitía réplica—.
Y lo sabes. Los precios suben. Lo que la gente gana, no.
Y los nox vuelven. Si aumentamos el presupuesto de defensa, pero dejamos a los más vulnerables sin red alguna, se nos echarán encima.
¿Cuánto más podemos pedirles que aguanten?
—sus ojos azul escarcha lo escudriñaron con arrojo hondo—. La población está al límite.
Reyo se incorporó con un gruñido leve y se pasó una mano por la sien. Las canas comenzaban a conquistar territorio con la obstinación de los años, y las arrugas junto a los ojos marcaban la huella de tiempo dedicado a templar las pasiones del Parlamento con la lógica del cálculo y la razón.
—La situación es más grave de lo que queréis admitir —dijo mientras apoyaba los nudillos en la mesa—.
Los préstamos de Dasteura nos están ahogando.
Los intereses se acumulan, y cada vez cuesta más mantener los pagos.
Debemos más de lo que podríamos saldar en una generación.
Y eso sin contar los fondos que necesitaremos para cubrir los presupuestos extraordinarios de defensa y educación.
—Pero los dasteurios son nuestros aliados —objetó Gellandyn, aunque sonó más dubitativa de lo que hubiera querido.
—Aliados o no, no son tontos —replicó Reyo.
La frustración emanaba de cada uno de sus gestos, e hizo esfuerzos para mantener la compostura—, y ya están presionando para que hagamos algo para aligerar nuestra deuda.
Quieren ver movimientos. Si aumentamos los impuestos como propones, Yaara, los inversores locales se adelantarán.
Retirarán su dinero antes de que los dasteurios puedan reclamar nada.
—No pueden abandonar sus negocios así como así —protestó Yaara.
—¿No? —Reyo soltó una risa breve, carente de humor—. Tres familias influyentes se trasladaron a Librark el año pasado. A Librark. Y otras cinco están en conversaciones con la banca dasteuria.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Gellandyn, aunque ya intuía la respuesta.
—Porque me lo dijeron de forma clara. Como advertencia. Si aprobamos más tributos, se irán. Y con ellos se irán los trabajos, los talleres y los vínculos comerciales.
—Es un farol —insistió Yaara.
—No, no lo es. —Negó con lentitud—. Algunos ya han comenzado a vender propiedades. De forma discreta, por ahora. Pero, si forzamos este incremento, la fuga será inmediata.