Capítulo 28 Más allá del silencio #4
El siniestro se irguió, su espalda crujió como si fuerzas ajenas obraran en ella.
Una vibración oscura por poco apreciable onduló desde su pecho hasta el extremo de su arma y su cabeza.
Sus ojos se volvieron completamente negros, dos mantos oscuros sin más reflejo que el de sus iris, ahora grises y relucientes.
Egon no entendía lo que veía, el pánico le nubló el juicio. Kida reculó, con turbación en su semblante. El único que se mantuvo plantado en el mismo lugar fue Renek.
El nox cerró los ojos e inspiró profundo.
Luego saltó hacia ellos.
Su agilidad ya no pertenecía a nada que Renek hubiera visto.
Se deslizó sobre el suelo, liberado de cualquier límite corporal.
Sus movimientos obedecían a una fuerza mayor que él.
Su arma zumbó en el aire y el golpe que descendió sobre Renek tuvo la fuerza de un mazazo divino.
Renek bloqueó, el impacto lo lanzó hacia atrás, a él y a su espada, que se perdió por la sala.
Cayó al suelo y los huesos le revelaron su fragilidad.
Kida se interpuso antes de que el siniestro pudiera rematarlo. Sus espadas chocaron. La potencia del choque fue tal que Kida tuvo que apretar todo su cuerpo para no soltar el arma.
El siniestro estaba desatado, cada tajo acompañado de un eco profundo. Daba la sensación de que los bordes de su hoja desprendían una estela oscura, un humo que no terminaba de dispersarse.
Renek se obligó a levantarse. Su cuerpo suplicaba descanso, pero lo sometió a su voluntad. Kida estaba conteniendo lo imposible. Tenía que ayudarla.
—¡Renek! —gritó Egon desde detrás, y le lanzó su espada a ras del suelo.
El nox capturó el gesto. Sin embargo, no redujo su ofensiva contra Kida, quien no podía evitar retroceder ante aquel ímpetu inhumano.
Con premura, recogió la espada de Egon y se incorporó al combate una vez más, desviando un ataque que habría cortado a Kida en dos. El siniestro se giró hacia él con un resoplido infernal.
El combate se intensificó. Tres cuerpos girando en un torbellino de acero y gritos amortiguados. Aquel individuo parecía estar en todas partes a la vez. Cada vez que Renek creía haber abierto una línea de ataque, el enemigo ya estaba girando, o atacando, o bloqueando.
Egon, ahora con la espada perdida de Renek, buscaba desesperadamente una abertura. A la vez, su estado le hacía dudar. El terror amenazaba con helarle las piernas.
Pero incluso el poder prestado tiene un precio.
En un instante breve, el movimiento del siniestro, esa perfección antinatural, mostró una oscilación. No era cansancio. Era el coste de sostener algo que no debía sostener. Kida lo percibió antes que nadie.
Y surgió el instante.
—¡Cuidado Renek! —avisó.
Este contuvo el golpe que descendió sobre él.
El esfuerzo lo dejó expuesto, pero también al nox.
En ese ahínco, en ese instante en que el siniestro puso todo su peso en el ataque, dejó un resquicio, una grieta mínima en su defensa.
Kida lo vio y no dudó. Su hoja se deslizó con un silbido seco y encontró su objetivo.
El siniestro se tambaleó, y en su cara penosa se dibujó un rictus de sorpresa.
Renek no le dio tiempo a recomponerse. Con un grito áspero extraído del fondo de su pecho, clavó la espada en el torso del enemigo.
Sintió la resistencia del hueso y el calor malsano de su sangre antes de ensartarlo por completo. El siniestro cayó de rodillas.
Quiso pronunciar algo. Sus labios se movieron, pero solo escapó un soplo roto, sin forma ni amenaza.
Su mirada, con anterioridad comparable a la de un alma en pena, se apagó en silencio.
El negro de sus ojos desapareció, y su cuerpo se desplomó como si la vida que lo habitaba hubiera huido sin despedirse.
La resonancia de la lucha se desvaneció. Solo quedaron las respiraciones entrecortadas de Renek y Kida.
Permaneció inmóvil con su hoja aún en alto. Observaba con cautela el cuerpo inerte del siniestro, casi negándose a aceptar el desenlace. Aquella muerte le resultaba... inacabada. La perversidad que había sentido en ese nox no podía extinguirse así de fácil.
Kida ya se alejaba, y recorría la estancia transmitiendo la sensación de que la batalla no hubiera sido más que un obstáculo menor en su camino.
Su confianza lo desconcertó. Egon, en cambio, no compartía la certeza de la arconte.
Se mantuvo a una distancia prudente, la espada aún en la mano, la mandíbula tensa y los ojos fijos en el cadáver.
Los segundos se estiraron como hilos de vidrio al rojo vivo. Miró de reojo a Kida, ya enfrente de la peana. Despacio, con la desconfianza aun latiendo, empujó el cadáver del nox con la punta de la bota.
Nada. Ni un espasmo. Ni una sacudida. Solo la quietud absoluta de la muerte.
Solo entonces enfundó el arma, exhaló el aliento que había contenido y bajó la guardia al fin. Se alejó del cuerpo y caminó hacia la mesa. Sus ojos recorrieron los mapas marcados con signos extraños, las notas garabateadas con tinta desvaída... y lo vio.
Entre la maraña de papeles, destacaba un pequeño objeto de aleación lustrada. Su base redonda, marcada con pequeñas inscripciones que no reconocía. Del centro emergía un mango claro, de hueso o quizás marfil, adornado con filigranas que se entrelazaban como hiedra retorcida.
Un sello.