Capítulo 28 Más allá del silencio #3
Egon simplemente asintió con un gruñido, aunque su aspecto transmitía lo contrario. Recuperó su espada del suelo y se apoyó contra la pared unos segundos para recuperar también el aliento.
Juntos se encaminaron hacia las escaleras que conducían a los niveles superiores.
Ascendieron por la escalera interior de la torre.
Era estrecha, con tramos cortos que desembocaban en rellanos antes de girar de nuevo hacia arriba.
A través de ventanucos en los muros, la luz, ahora tenue y gris por la presencia de nubes en el exterior, se colaba en haces estrechos.
El rumor lejano del caos en la calle persistía, aunque la altura y el silencio crecientes conferían a aquel lugar un aire de intimidad inquietante.
Al llegar al último piso, el pasillo que se abría ante ellos parecía sacado de otro mundo.
Las paredes, altas y pulcras, estaban flanqueadas por pendones ondeantes que lucían los emblemas de Dampus, Hiclaria y la Unión.
Los vivos colores de este último, el cian oscuro, el dorado y el albo puro, desentonaban con el clima opresivo que reinaba en la Ciudadela.
Junto al blanco casi impecable de las paredes, desafiaban la atmósfera pesada del lugar, ondeando con suavidad al compás de corrientes de aire casi imperceptibles.
Desde las ventanas altas, una claridad apagada se filtraba de manera uniforme.
La calma del pasillo era angustiosa, parecía que todo los acechaba en silencio, esperando el siguiente paso.
Al final del pasillo, dos puertas formidables se alzaban abiertas de par en par, limpias de cicatrices y ajenas al deterioro del tiempo. Más allá del umbral, la estancia se extendía en un círculo amplio y solemne, donde altos ventanales trepaban hasta un techo alabeado.
Pero algo rompía el equilibrio de aquel espacio.
En el centro, de pie e inclinado sobre una mesa de color oscuro, con ambas manos firmes sobre la superficie, aguardaba una figura envuelta en ropajes oscuros. Daba la impresión de estar absorto en su labor. Pero a medida que Renek y los demás avanzaban quedó claro que ya los había sentido.
Clavó en ellos, sin levantar la cabeza, una mirada que olía a ruina.
Con cada paso, su aspecto tomaba forma. Era alto y escuálido, más hueso que carne, con una piel cetrina y apagada, despojada del sol hacía siglos.
Tenía el rostro demacrado, con las huellas de un pasado funesto grabadas en la carne.
Su frente estaba marcada por algún símbolo profano, anterior al recuerdo, que parecía latir con un fulgor enfermizo.
La marca descendía desde la calva, cruzaba el tabique de la nariz, abrazaba sus mejillas y se fundía con el labio superior.
Sus ojos, hundidos y oscuros, reflejaban una malevolencia insondable, como si la vida misma le hubiese sido arrebatada y, en su lugar, solo quedara la voluntad de una fuerza antigua y hostil.
La marca le atravesaba el ojo izquierdo, arrastrando consigo el párpado, que le colgaba de forma pesada sobre el globo ocular.
El otro ojo, hundido y febril, lo observaba todo con una fijeza maníaca.
Su armadura colgaba de su cuerpo maltrecho en forma de restos de un juramento olvidado.
Hombreras y grebas de placas y unas láminas de cadera de metal ennegrecido, corroídas por la sangre de incontables carnicerías, se aferraban a sus miembros como un eco de su propósito maldito.
El cuero que unía las piezas estaba desgarrado y roído, su tabardo, hecho jirones, caía a modo de estandarte de una guerra eterna, con un símbolo similar al de su cara.
Todo él era ruina, ruina en forma humana.
Egon hizo un esfuerzo por procesar aquella visión desconcertante.
—Habéis tardado más de lo que esperaba —dijo el siniestro al fin.
Su voz, profunda y rasposa, resonó y recordó al roce de una espada oxidada que se arrastra por piedra.
Inclinó apenas la cabeza e hizo un gesto con la nariz, como si olfateara, contemplando a Renek con vicio, con una curiosidad depredadora.
—¿Quién eres tú? —preguntó.
Renek sintió una sensación desconcertante, como si aquel ser hubiese hurgado en sus entrañas. Notaba que lo miraba por dentro, que podía percibir algo que ni él mismo comprendía, como si rastreara una herida que ni él sabía que tenía, desordenando su interior en el proceso.
Egon mantuvo su posición, intentando ignorar una sensación helada que se apoderaba de su pecho.
Kida se tensó, en preparación a lo que fuera a suceder.
Sin embargo, la determinación de la comandante vaciló al percatarse de que, sobre una peana situada en una de las hornacinas detrás del siniestro, descansaba un arma en forma de aro, amplio y afilado: su Lágrima Redentora.
—Soy el que va a hacer que pagues por todo el sufrimiento y miseria que habéis traído —espetó Renek.
Una sonrisa macabra despuntó en el siniestro.
—No sabes nada, despojo mortal. Aunque Bladack ya no esté, los nox estamos aquí para quedarnos. Vuestra pasividad será vuestra sentencia. No sobreviviréis al azote de Veltor. Pero tranquilo... Aunque el mundo te olvidará enseguida, tu sufrimiento será eterno.
Con calma ofensiva, tomó su arma de la mesa.
Era una pieza grotesca, una aberración de la herrería que presentaba un diseño perturbador.
En su base, una abertura circular agujereaba el epicentro del pomo, como si el arma poseyera un ojo hueco.
El filo, de color gris ennegrecido, parecía nutrirse de la luz que la rodeaba.
En su punta, una cruel prolongación simétrica en forma de T, confeccionada para desgarrar carne y retener a los caídos en su último aliento.
Un arma pensada no solo para matar, sino también para el castigo, para exhibir el sufrimiento.
Kida dio un paso atrás y los conminó con un clamor apremiante, instándolos a retroceder, pero el combate ya era inevitable. Renek tenía un pie en el enfrentamiento. El instinto había tomado el timón. Próximo a él, Egon titubeaba, atrapado entre el miedo y la necesidad de resistir.
El siniestro se lanzó primero, y lo hizo con una rapidez antinatural.
Su cuerpo, delgado y encorvado, se convirtió en un borrón de sombras y cólera que desmentía su aspecto consumido.
Su arma descendió cual relámpago fúnebre, buscando la carne de Renek con una exactitud guiada por una percepción que no dependía de la vista.
Bloqueó a duras penas con su espada; el choque le sacudió el brazo como un latigazo que le recorrió la extremidad hasta la base de la espalda.
Veloz, Kida giró por su flanco con la agilidad de una hoja lanzada en mitad de la noche. Pero el siniestro, con una soltura que rozaba lo imposible, giró también e interceptó su acometida como si hubiera anticipado el movimiento.
El combate se desplegó por la sala en una danza de muerte.
El cruce de hojas llenó la estancia de estrépitos agudos y destellos fugaces.
Cada golpe del nox traía consigo el peso de una voluntad corrupta y una fuerza prestada por la penumbra misma, impulsándolo con un ímpetu sombrío que hacía de sus ataques una tormenta despiadada.
Su espada se fundía con él, más apéndice natural de su ser que objeto forjado.
Renek esquivó un tajo descendente que le rozó la coronilla.
Su contraataque fue rápido, certero, pero el siniestro desvió el golpe sin esfuerzo, con un desdén casi casual.
Kida aprovechó el desvío para lanzarse al ataque desde un ángulo opuesto y apuntó a su costado desprotegido, pero incluso entonces, como si sintiera los hilos del destino mismo, el enemigo ya se deslizaba fuera de su alcance.
Egon, con gesto serio, rodeaba el enfrentamiento con la cautela de un lobo herido, analizando, buscando la grieta. Sabía que lanzarse sin más sería una sentencia. La destreza e intuición de aquel enemigo eran demasiado peligrosas.
Cada segundo era una prueba de resistencia para Renek y Kida, y cada intercambio de golpes una batalla de voluntades.
Su coordinación, antes incierta, se convirtió en natural, un ritmo forjado en la celeridad de la batalla.
Uno distraía y el otro buscaba la apertura, lo que obligaba al siniestro a pivotar y recalcular.
La presión aumentaba. El nox avanzaba con violencia, con una presteza que no encajaba con lo razonable y que les obligaba a replegarse con velocidad para no perder el ritmo. Aun así, resistían.
Y entonces, por primera vez, lo hicieron retroceder.
Renek atacó alto, obligando al siniestro a levantar su arma; Kida avanzó por debajo y le rozó el muslo con un tajo. El siniestro gruñó. Un sonido atroz, bajo e indignado. Retrocedió dos pasos. Sus movimientos, sin perder velocidad, mostraron un desequilibrio.
Aquella herida mínima había abierto más que carne: un vestigio de vulnerabilidad. Era una oportunidad: el enemigo cedía terreno.
El siniestro levantó la cabeza. Los miró.
No era la mirada de un hombre. Era la mirada de un abismo.
—Tenekor... ayúdame a consolidar tu voluntad —pronunció.
Su dicción fue un ruego cargado de ira, la recitación de una plegaria antigua. Su voz, rasposa y temblorosa, llenó la estancia con un tono de reverencia malsana.
La atmosfera cambió.