Capítulo 28 Más allá del silencio #2
Egon, por su parte, bloqueó el mandoble de otro centinela. Retrocedió fingiendo torpeza y, cuando el enemigo se confió, se volvió y lo derribó con una patada precisa.
Renek aprovechó la apertura para enfrentarse al último centinela.
Era hábil. Durante unos instantes, sintió que la balanza podía inclinarse en su contra.
Pero recordó su maniobra del Duelo de Puños.
Fingió perder pie. El centinela atacó con arrogancia.
Lo atrapó al vuelo por el brazo y, aprovechando su propia fuerza, lo proyectó contra la pared. El cuerpo cayó con un estruendo sordo.
Continuaron avanzando entre corredores sombríos, dejando atrás los cuerpos y la estela apagada del combate.
El aire se volvía más frío conforme ascendían por la Ciudadela.
Al entrar en una sala rectangular, un hedor acre y rancio les golpeó con fuerza.
Cadenas oxidadas colgaban de las paredes como extremidades rotas, y manchas oscuras, algunas secas, otras aún frescas, salpicaban el suelo y trepaban por los muros.
Renek se detuvo en seco al distinguir una figura encogida tras los barrotes de una jaula.
Era el jardinero, aquel con el que se habían topado nada más traspasar la muralla de Dampus.
Permanecía acurrucado en una esquina, con los brazos cruzados sobre las rodillas y la cabeza gacha.
Su demacración y la suciedad que cubría sus ropas evidenciaban días de cautiverio.
A ambos lados, otras dos celdas se hallaban vacías.
El jardinero reparó en ellos, y sus ojos brillaron con un fugaz destello de reconocimiento.
—¡Eh, vosotros! Os conozco —susurró con voz ronca y entrecortada—. Os recibí cuando llegasteis a Dampus y os ayudé a encontrar el Jabalí Dorado, después de que os llevarais por delante el montón de hojas que estaba recogiendo.
—¿Cómo has acabado aquí? —preguntó Renek, sin poder disimular su sorpresa.
—Unas horas después de que os fuerais, pasó por allí una patrulla nox —explicó el hombre, con tono sombrío—. Yo seguía limpiando las hojas. Les llamé la atención para que no ensuciaran lo que acababa de barrer. Eso fue todo.
Hizo una pausa. Sus manos se agitaban con un temblor tenue, estremecidas por un recuerdo que parecía causarle dolor físico.
—¿Y qué hicieron?
—Uno me empujó. Caí de espaldas. Luego me acusaron de desobedecer. No hubo juicio ni explicación. Solo esta jaula —dijo mientras señalaba los barrotes corroídos que lo encerraban—. Por favor... ayudadme a salir.
—¿Cómo te sacamos de ahí? —preguntó Egon, impaciente, mientras Kida observaba la cerradura de la jaula y el mecanismo de cierre.
—¿Veis esas palancas en la pared de enfrente? —Alzó el mentón con esfuerzo, indicando una fila de cuatro palancas—. Cada una abre una celda distinta. Pero hay una que activa una trampa.
—¿Qué tipo de trampa? —inquirió Egon.
—Ácido —respondió Kida, que se había fijado en la corrosión del hierro y los orificios en el techo.
Renek estudió las palancas de hierro forjado que sobresalían amenazantes en la pared opuesta. Al lado, una mesa de madera sostenía instrumentos que prefirió no examinar demasiado cerca. Observó con detenimiento la primera palanca. Luego la agarró y tiró de ella mientras contenía la respiración.
Un chasquido metálico resonó en la sala, y una de las jaulas vacías se abrió con un chirrido.
Miró la jaula que se acababa de abrir y luego miró al jardinero, a quien no le había dado tiempo a ponerse nervioso.
Animado por el casi acierto, pero consciente del peligro, Renek se acercó a la segunda palanca.
—¡Renek, no...! —exclamó Kida, pero sus palabras llegaron un segundo tarde.
Ya había cerrado los dedos en torno al resorte frío.
Tiró de ella.
Durante un breve instante que se hizo eterno, nada.
Entonces, un clic.
Un chirrido redentor.
La cerradura de la celda del jardinero cedió.
Todos allí respiraron aliviados. El hombre salió tambaleándose, con el rostro desencajado por la emoción y las piernas débiles tras días de confinamiento. Dio un par de pasos inseguros antes de apoyarse contra la pared.
—Gracias... De verdad, gracias. Estaba equivocado con los siniestros.
Pensé que traerían orden. Pensé que no podrían ser peor que el Gobierno de la ciudad —hizo una pausa y aprovechó para respirar hondo—.
Sé que muchos en Dampus piensan lo mismo.
Más de los que creéis. Si alguien diera un paso al frente...
si alguien liderara la resistencia, tendría apoyo.
Kida dio un paso hacia él. Su expresión era firme pero compasiva.
—No es seguro que sigas con nosotros. Tu mejor opción es abandonar la Ciudadela ahora mismo. En los pasillos por los que avanzamos ya no quedan guardias. Úsalos para escapar.
El jardinero comprendió la urgencia. Con pasos vacilantes que poco a poco ganaron firmeza, se alejó.
Con sigilo, el grupo se movió a lo largo de un corredor hasta llegar al archivo de la fortaleza.
La sala estaba bañada por haces de luz dorada que atravesaban los grandes ventanales y caían en ángulos agudos como lanzas de sol.
En medio de esa luz, dos moles humanas se recortaban contra el polvo suspendido.
Flanqueándolas, dos siluetas más pequeñas aguardaban.
—Brutos —murmuró Egon.
Renek reconoció la complexión gronia de aquellos varones voluminosos.
Tenían el porte de los nox que recordaba de Castillo Bruma.
Su desnudez parcial era más declaración que descuido.
Más allá de unos pantalones de tela áspera y un taparrabos largo de cuero, solo llevaban unas correas cruzadas que sujetaban hombreras y armas.
Uno de ellos lucía un cinturón con una descomunal placa circular de hierro que le cubría el abdomen.
Grabado en la placa, destacaba un símbolo abstracto espeluznante en forma de espiral.
Uno de los gronios volvió la cabeza y sus ojos se posaron en los intrusos.
Sin mediar palabra, se abalanzó sobre ellos con un rugido.
El otro gronio lo siguió. Blandían picos de guerra mayúsculos, y sus movimientos, aunque lentos, rezumaban una fuerza capaz de partir huesos como si fueran ramitas secas.
El primero atacó con un bramido. Su pico describió un arco mortal hacia Egon. El capitán apenas logró apartarse antes de que el arma se estrellara contra la pared, arrancando fragmentos de piedra que llovieron sobre ellos. Al instante, recibió un manotazo. Salió despedido y se golpeó la cabeza.
Kida encaraba al segundo bárbaro, y Renek se lanzó sobre los centinelas, que ya corrían hacia Egon.
Esquivaba con desenvoltura y respondía con golpes calculados, midiendo cada desplazamiento de los centinelas, cada apertura fugaz entre sus embates.
Un gemido contenido lo distrajo. Cerca, Kida confrontaba ahora a los dos gronios.
Batallaba con una decisión implacable. Su espada se movía con ritmo constante y controlado con el único objetivo de mantenerlos a raya.
Renek acabó con uno de los centinelas y aturdió al otro.
Corrió a ayudar a su compañero. Probó de levantarlo, pero este no respondía.
Tras un segundo de evaluación, lo dejó en el suelo y voló hacia Kida.
Juntos, coordinaron sus movimientos para hacer frente a los brutos.
Cuando uno de ellos alzó su pico, Renek se deslizó bajo su guardia y Kida atacó desde el flanco.
El hombretón quedó estupefacto cuando esta le atravesó el abdomen.
El otro gronio empujó al herido, que no pudo mantenerse en pie y cayó al suelo. Agarró a Kida por el cuello y la levantó contra la pared.
Renek se apresuró hacia él con un embate que pretendía herirle en las costillas, pero el gronio frenó su carrera con una patada que lo dejó sin respiración.
Centró su atención en Kida y apretó el agarre. Ella se sujetó en la muñeca del bruto y clavó las uñas tan fuerte como pudo, pero la mano de aquel bárbaro era igual de grande que su propia cabeza. Él le escupió en la cara por el intento, y no pudo apartarse ni un poco.
El siniestro respiraba fuerte. Estaba disfrutando con aquello. El aro que colgaba de su tabique nasal temblaba con cada exhalación. Apretó aun más. La asfixia empezaba a debilitar sus extremidades. Su cuerpo le pedía cerrar los ojos. Quiso pronunciar algo, pero no tenía fuerzas.
La realidad se apagaba. Apenas oía el resuello del nox.
Oyó un clamor remoto...
Y cayó al suelo. El aire entró tan a prisa en sus pulmones que le dolió el pecho.
El gigante retrocedió tambaleante, con una mueca de incredulidad deformándole el rostro. Se palpó la tripa hasta topar con la punta de una espada que surgía de su ombligo. Al tocarla, la hoja giró media vuelta y la mueca del bruto se acentuó.
Se desplomó cual tronco abatido. Egon emergió de detrás, con un reguero de sangre que le bajaba de la cabeza y le cruzaba el ojo izquierdo hasta perderse en la barba. Kida lo miró con asombro.
Se acercó, le posó una mano en la cintura y le ofreció la otra para ayudarla a levantarse.
Solo quedaba un centinela, que retrocedió hasta una esquina al ver caer al último de su grupo. Renek, que justo se incorporaba, trotó hasta echarsele encima. Lo acorraló y plantó el filo del arma contra su garganta.
—¡¿Dónde están los sellos oficiales?! —demandó.
El nox apretó la mandíbula. Sus ojos recorrieron los cuerpos esparcidos por el suelo, y una sonrisa sádica se dibujó en sus labios.
—Os pudriréis en Dampus.
Renek no respondió. Apretó el filo contra su cuello, hasta que un leve hilo de sangre le marcó la piel.
—Están en el último piso —confesó el centinela—. Pero no viviréis para llevároslos.
Sin esperar más, Renek le asestó un golpe seco en la sien con el pomo de la espada. El cuerpo del centinela cayó como un muñeco roto.
Se volvió hacia sus compañeros. Egon sujetaba a Kida por la cintura y con la palma de la otra mano se presionaba la sien.
—¿Podéis seguir? —preguntó Renek, que se acercó para examinar la contusión en la cabeza de su compañero.
—Yo estoy bien —dijo Kida.