Capítulo 28 Más allá del silencio
Las torres de vigilancia de la Ciudadela se alzaban melancólicas, despojadas de su antigua gloria, y recortaban sus siluetas contra el cielo gris evocando garras petrificadas que arañaban las nubes.
Varios centinelas nox patrullaban la entrada principal, sus armaduras negras desgastadas por el uso y marcadas por la violencia.
Seis guardias vigilaban a ras de suelo, mientras otros seis, encaramados en las torres, observaban los alrededores con el escrutinio de las aves rapaces.
Forzar una entrada por ese frente era un suicidio.
Contuvo el aliento cuando uno de los centinelas volvió la cabeza en su dirección.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero el guardia prosiguió su ronda sin alarmarse.
A su izquierda, Egon y Kida permanecían inmóviles, agazapados tras un bajo pretil de piedra.
El ingeniero analizaba con expresión crítica la distribución de las torres, pero fue la arconte quien llamó la atención de Renek.
Percibió un matiz extraño en su mirada, sus ojos grises estaban fijos en la entrada, como si estuviera viendo algo que a los demás les estaba vedado.
El aire se sentía pesado, cargado de una tensión que le recordaba a los momentos previos a una tormenta.
Egon señaló con discreción una torre lateral, donde uno de los guardias bostezaba sin disimulo.
Un posible punto débil, pero insuficiente. El precio del error era demasiado alto.
Un estruendo retumbó desde las calles cercanas.
Gritos y el sonido inconfundible de cristales que se rompen llegaron hasta donde estaban ellos.
Los centinelas se tensaron de inmediato y ajustaron correas y empuñaduras con brusquedad.
El ruido creció en intensidad, acompañado ahora por voceríos, pasos firmes y el retumbar de objetos que volcaban contra el adoquinado.
Una revuelta, a juzgar por la intensidad del alboroto.
Algunos de los guardias de las torres bajaron con premura, mientras los de la entrada principal empuñaban las armas y discutían de forma acalorada. Dudaban entre mantenerse en su puesto o acudir al origen del disturbio. El caos se extendía con rapidez, como un incendio en un campo seco.
El jefe del destacamento hizo tronar la voz.
Cuatro de los guardias se separaron del grupo y se adentraron por las calles con paso apresurado.
Los que quedaron redoblaron la vigilancia, pero era evidente que la situación los había descolocado.
El disturbio continuaba creciendo y atraía la atención de más guardias.
Kida se incorporó. Con los dedos, comenzó a dibujar trazos invisibles en el aire.
El ambiente se volvió más denso, como si el aire mismo se hubiera espesado.
El vello de la nuca se le erizó ante una sensación que no podía explicar, un presentimiento primitivo que resonaba en sus huesos.
Más centinelas, atraídos por el tumulto, abandonaron sus puestos.
Solo tres permanecían ya frente a la entrada y uno más vigilaba desde la torre más alta.
La oportunidad que buscaban había llegado, aunque no de la manera que esperaba.
Renek se preparó para echar a correr, pero Egon lo frenó agarrándole del brazo.
Casi sin querer, reparó en Kida, que estaba con una rodilla apoyada en el suelo, los ojos cerrados y susurraba tan bajo que Renek no alcanzaba del todo a oír.
Sus párpados proyectaban una sombra suave sobre sus pestañas largas y negras.
Sus labios se movían con suavidad, pronunciando palabras en una lengua extraña.
«Arah-dorir suun’an, kel’thar in verath».
Hizo un esfuerzo para entender lo que decía, pero no logró comprender nada.
«Ilen’ar dorvahn, ulvaris ten sorath». Renek se volvió al oír que otras voces susurraban la misma frase. Pero no vio a nadie. Oía ecos en las paredes, en las piedras, incluso en su interior, como si más personas susurraran al unísono.
Kida abrió los ojos y murmuró otra vez con mayor intensidad: «Arah-dorir suun’an, kel’thar in verath». Al mirarla de nuevo, Renek se fijó en que sus pupilas e iris se habían desvanecido. Tenía los ojos blancos por completo. Un vacío refulgente.
Las palabras eran un torrente que fluía, impregnadas de una energía sobrenatural que hacía vibrar el aire.
Una fuerza invisible se arremolinaba alrededor de Kida.
Algo antiguo y poderoso. Sus cabellos flotaban, movidos por un viento surgido de la nada que giraba a su alrededor como una espiral viva.
Uno de los centinelas volvió la cabeza hacia su posición, alertado por un movimiento indiscreto de Egon, pero un reventón cerca del barullo de la calle hizo que tanto el nox como Renek y Egon desviaran su atención hacia el escándalo.
Y entonces:
— ¡Ilen’ar dorvahn, ulvaris ten sannir!
Sintió una onda invisible sacudir su cuerpo.
Egon también se tambaleó. Fue una marea invisible que barrió la plaza, y creció en intensidad hasta llegar más allá de la Ciudadela.
Derribó por completo a los centinelas y los lanzó contra la pared como marionetas arrojadas por un niño enfadado que se ha cansado de jugar con ellas.
El guardia de la torre cayó y golpeó la escalinata de la entrada con un crujido seco.
Las pesadas puertas de la Ciudadela, que ni tempestades ni arietes parecían capaces de mover, crujieron y se abrieron de par en par, golpeando contra los muros con un estrépito ensordecedor.
Kida se incorporó de un salto y echó a correr hacia la entrada sin mediar palabra.
Egon la siguió sin dudar, con Renek a la zaga.
A la izquierda, una marea humana avanzaba por la calle principal como una ola embravecida.
Al menos medio centenar de lugareños armados con hoces, garrotes y herramientas improvisadas inundaban el pavimento, y entre ellos Renek distinguió la silueta menuda de Deetra.
La joven gritaba consignas a voz en cuello, organizando a varios grupos cuya coordinación daba la impresión de obedecer a un plan premeditado, y estos arrojaban piedras, tablones y fragmentos de escombros contra los centinelas, quienes retrocedían desbordados, atrapados entre la disciplina rota y la avalancha popular.
Los tres accedieron al interior de la Ciudadela y redujeron el paso para no resbalar sobre el mármol pulido del vestíbulo.
Columnas de piedra tallada ascendían majestuosas hacia el techo abovedado, adornadas con motivos hiclariotas.
Sin embargo, pendones negros con el emblema de los nox colgaban de ellas como velos que devoraban la luz del pasado y ocultaban su belleza original.
En las esquinas, el polvo se acumulaba en una costra silenciosa, señal del abandono parcial del edificio.
La quietud era notable, rota solo por el ruido distante del tumulto exterior.
Al fondo, una imponente escalera de piedra blanca con barandales dorados ascendía con dignidad hacia el piso superior y se dividía en dos alas. Ante ella, tras un mostrador, asomaba un hombre de aspecto enjuto, vestido con ropajes administrativos, que los miraba con ojos de espanto.
El grupo avanzó hacia él, quien comenzó a encogerse detrás del mostrador, semejante a un animallo que intuye su final. Le temblaban las manos.
—Idos... idos antes de que haga sonar la alarma —balbuceó, con la voz quebrada.
Sin decir una palabra, Renek llegó hasta el borde del mostrador y, con gesto pausado, extrajo un saquito. Lo dejó caer y aterrizó con un chasquido seco sobre la madera. Tomó dos monedas, que acercó al hombre con los dedos índice y corazón. Con un leve gesto de cabeza, le indicó la puerta de salida.
El hombre miró las monedas. Luego a Renek. Luego a la campana. Su expresión pasó de la alarma al hastío. Entendió que no buscaban violencia. Al menos no con él.
—¿A quién le importa ya? —murmuró al fin mientras recogía las monedas con dedos temblorosos—. Estoy harto de los nox. Tened cuidado ahí dentro. Espero que les causéis tantos problemas como ellos nos han causado a nosotros.
Sin dar tiempo ni esperar respuesta, desapareció a paso apresurado por donde Renek y los demás habían entrado.
La Ciudadela mostraba el contraste entre los vestigios del pasado y la presencia ominosa del presente.
Había estancias y pasillos aún intactos, que conservaban su dignidad hiclariota original.
Pero también había estancias desfiguradas con signos evidentes de la ocupación siniestra: salas con armas apiladas sin orden, documentos tirados al suelo y restos de comida seca.
En un salón muy amplio, se detuvo ante un retrato rasgado; el rostro del personaje había sido arrancado y solo quedaba el torso con condecoraciones hiclariotas, cicatriz de un intento por borrar la identidad sin borrar su memoria.
Un rechinar acerado, al fondo, captó su atención.
El sonido venía de una sala contigua. Al pasar junto a esta, vieron desde fuera varios escritorios volcados.
Se acercaron y oyeron a un guardia urgiendo a otro a que se apresurase.
Egon se pegó contra la pared, seguido por Kida y Renek, justo cuando un grupo de centinelas nox emergió de la habitación, todos armados.
Uno de ellos volvió la cabeza y sus ojos se toparon con los suyos. No hubo tiempo para palabras.
Renek se abalanzó sobre él. Su hoja encontró el hueco entre el gaznate y el peto. La sangre brotó.
El siguiente centinela, blandiendo un martillo de guerra, lanzó un golpe demoledor que eludió por un suspiro.
El impacto dañó la piedra y lanzó esquirlas al aire.
A su izquierda, Kida se movía rauda como el zarpazo de una pantera.
No lanzó ninguna estocada por iniciativa propia.
Esquivaba y contraatacaba. La espada corta que había tomado prestada de los misu encontró los puntos débiles de la armadura de un centinela, que cayó sin un sonido.