El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 27 Cabos sueltos #4
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Capítulo 27 Cabos sueltos #4

—Por favor... Estoy muy lejos de ser una dama en apuros.

Pero lo admito: estoy impresionada. Había altas expectativas cuando se te seleccionó para esta misión, pero, con sinceridad, no esperaba un tan buen desempeño por tu parte.

Si me hablas de un arconte que usa sus habilidades para canalizar la energía hacia sus objetivos, lo entiendo. Pero... ¿un soldado raso?

—¿Qué quieres que te diga? Soy un tipo con talento.

—Sí, perspicacia no te falta. Ahora, modestia...

—Creo que subestimas al resto de nosotros los mortales, oh gran arconte.

—Creo que te subestimas a ti mismo, recluta. La energía está en todas partes. Nosotros mismos somos energía. Y a juzgar por lo mencionado antes... parece que tienes una cierta conexión con esa energía. Está claro que fluye a través de ti de forma distinta. No hay otra explicación.

—Porque tener ingenio y ser un buen soldado supongo que no tiene nada que ver, ¿no?

Kida dejó escapar una risa breve y seca.

—Ahora te estás sobreestimando. No pongo en duda que tengas olfato para ciertas cosas y se te dé bien el combate.

Pero haber llegado hasta donde has llegado, sin siquiera saber qué buscabas y encima salir airoso de todo...

Demasiada coincidencia. A lo mejor, si no fueras tan...

—la arconte midió sus palabras en el último momento, quizás para no sonar hiriente—.

En fin, si fueras más joven, seguro que la Mesa Arconte te propondría para formarte en la senda arconte. Pero dadas las circunstancias...

Renek notó el aguijón de esas palabras, pero no tenía ganas de escalar las cosas.

—Bueno, pues da gracias a que al menos tengo esa afinidad por la energía. Si no, tal vez aún estarías encadenada en la guarida de Yvegger.

—Y otra vez con lo de salvarme. Mira, está bien. Te doy la razón. Me salvaste de las garras de los coyotes. Ahí lo tienes. Y, pese a ello, seguimos encerrados en los muros de esta ciudad. Qué irónico.

Renek no dijo nada.

—Sea como sea, espero que con tu sintonía con la energía, mi entrenamiento y la colaboración de los demás podamos salir de aquí.

Egon se aproximó con paso rápido mientras meneaba la cabeza en un gesto de resignación que no intentó disimular. Deetra y Juzaontux lo seguían a pocos pasos. La muchacha sostenía un paquetito envuelto en tela contra el pecho.

—¿Cómo has pagado eso? —preguntó Egon, que entrecerró los ojos con visible desconfianza.

Deetra esbozó una sonrisa traviesa mientras se balanceaba sobre las puntas de los pies.

—Lo he tomado prestado. Los préstamos se pagan con el tiempo, ¿no?

La expresión de Egon se endureció. Juzaontux, en cambio, no mostró reacción alguna. Hacía tiempo que había asumido que las artimañas de su joven compañera formaban parte del paisaje cotidiano.

—Oh, vamos, no pongas esa cara —rio Deetra, que rebuscó con dedos veloces en uno de sus bolsillos—. Mira, también he pensado en ti.

Antes de que Egon tuviera tiempo de replicar, Deetra depositó en su mano una pequeña bolsa de tela.

El ingeniero la sostuvo con cautela y, al abrirla, sus cejas se encresparon con una mezcla de asombro y ansiedad.

Era pólvora. Renek vio la severidad de Egon relajarse, aunque intentaba conservar una postura de desaprobación.

—Venga, seguidme —ordenó Deetra con una sonrisa mientras se daba la vuelta con soltura.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que sus pasos lo condujeran frente a la fachada que se imponía a escasa distancia.

La reconoció de inmediato: el Jabalí Dorado.

Las teas estaban apagadas, y el cartel de madera seguía colgando del dintel, oscilando con un chirrido al compás de la brisa.

Intercambió una mirada significativa con Egon, quien también parecía sorprendido por el giro del destino.

La última vez que cruzaron esas puertas tan solo contaban con una vaga pista sobre el paradero de Kida.

Ahora ella caminaba a su lado, viva y libre... aunque no gracias a su plan original.

El grupo siguió a Deetra al interior de la taberna.

Sus ojos se ajustaron a la penumbra del salón central, y este los recibió con su característico olor a licores fermentados y madera vieja.

En el centro, la luz de las velas arrancaba destellos a la cabeza calva de un hombre corpulento sentado junto a una mesa.

Su postura le resultaba algo familiar. Antes de que pudiera ubicarlo, el hombre se levantó.

La luz de la taberna se deslizó por su calva marcada.

Sus hombros, anchos cual puerta de bodega, obligaban a cualquiera a apartarse en cuanto se ponía en pie.

Renek lo reconoció: Batur, el mercenario que habían encontrado en el Distrito Subterráneo.

—El campeón del Duelo de Puños —saludó con una sonrisa ambigua—. Enhorabuena, impresionante actuación. ¡Y sigues de una pieza! Admirable. —Alargó el brazo en dirección al hombro de Renek, pero este lo interceptó.

—Cuidado con la espalda.

—Ah, parece que casi de una pieza —se mofó el mercenario.

—Así que salisteis de la Boca del Gato enteros —dijo Egon.

Batur lo miró de arriba abajo, con una expresión cargada de suficiencia.

—¿Por quién me tomas, por un vulgar Coyote? Claro que salimos de la Boca. Próximo objetivo: salir de esta ciudad.

—Ah, ¿tú también quieres salir de la ciudad? —preguntó Deetra, con genuina curiosidad.

Egon la miró con evidente preocupación. Juzaontux le dio un leve toque en el brazo.

A Batur se le iluminó el rostro.

—¿Estáis planeando una huida?

—No es de tu incumbencia —soltó Egon.

—Tranquilo, noble defensor... Es solo que podría tener un trabajito para vosotros.

—¿Un trabajito? —repitió Renek con recelo.

—Sí, una pequeña tarea. Veréis, trabajo para Polvo y la Telaraña.

Polvo es un hombre con recursos. Sabe cómo premiar a quienes lo ayudan.

Y, para ser honestos, eso es todo lo que me importa —su tono se tornó avinagrado—.

Pero, en los últimos tiempos, no ha cumplido con su parte de los tratos, y no me gusta que me tomen el pelo, así que estoy planeando burlar el bloqueo y salir de Dampus.

—¿Y cómo planeas hacerlo?

—Tengo un plan para salir de este hoyo, pero no puedo ejecutarlo solo. He ahí lo bien que me vendría un poco de ayuda unionista.

Egon se inclinó hacia Renek y murmuró con voz apenas audible:

—Mantente alerta. La buena voluntad de los librarkanos suele evaporarse en cuanto les conviene. No me fiaría de un mercenario como este ni aunque viniera desarmado.

—Tss. —Batur le llamó la atención con desafío en el semblante—. Cuando me dirija a ti, te lo haré saber.

Egon sostuvo el pulso invisible, aún más desafiante, con la obstinación de quien se niega a ceder un palmo, pero guardó silencio.

—Si estás lo bastante chalado como para participar en el Duelo, también lo estarás para infiltrarte en la Ciudadela.

—¿Por qué alguien querría meterse en la boca del lobo? —intervino Kida con el gesto serio.

—Porque allí guardan el sello oficial para los salvoconductos. Sin ese sello, nadie sale de Dampus.

—¿Y qué ganamos nosotros? —preguntó Renek.

—He cerrado un trato con un contrabandista del distrito. Tiene varios kavalars esperando en las inmediaciones de Dampus. Si me consigues ese sello, estoy dispuesto a compartirlos.

—¿¡Kavalars!? ¡Jamás he visto uno en persona! —exclamó Deetra con los ojos como platos—. He oído que es muy difícil domarlos.

—Un kavalar no se compra —interrumpió Egon con aire agrio—. Ni se doma como si fuera una simple bestia. Se gana. Montar uno es algo reservado a quienes están destinados a dejar huella en este mundo.

Batur ignoró el comentario.

—¿Y cómo propones que nos infiltremos en la Ciudadela?

—No será fácil. La Ciudadela está bajo estricta vigilancia. Centinelas nox bien entrenados, oteadores en las torres... y, según dicen —bajó la voz—, un encantamiento protege la entrada. Activa trampas y alarmas si alguien sin la «marca oscura» intenta cruzar.

Egon bufó mientras volvía los ojos con fastidio.

—¿Cómo se supone que vamos a neutralizar un encantamiento? —protestó Deetra.

Batur desvió la mirada hacia Kida.

—He oído historias sobre el poder de los arcontes. Dejo esa parte en vuestras manos.

Kida demoró la respuesta, sosteniéndolo en un examen callado.

—No percibo engaño ni mala intención en él —dijo al final mientras miraba a Renek y Egon—. Tampoco tenemos ningún otro plan.

Tras un breve silencio, Renek tomó la iniciativa.

—Hagámoslo, pues.

Al estrecharle la mano, notó la piel áspera como cuerda vieja y los nudillos endurecidos, con la dureza de una piedra.

—Excelente. Os esperaré en la taberna de Nit, en el Distrito Subterráneo —dijo Batur, dispuesto a marcharse—. No os falléis a vosotros mismos.

El grupo observó al librarkano abandonar el Jabalí Dorado. Fue Egon el primero en dar voz al pensamiento colectivo.

—¿Y ya está? ¿Así de fácil aceptamos infiltrarnos en el lugar mejor custodiado de Dampus?

—Juza y yo tenemos una idea —intervino Deetra, que dejó caer las palabras con deliberada ambigüedad.