Capítulo 27 Cabos sueltos #3
—Muchos han oído hablar de los lagarth, pero pocos han visto uno con sus propios ojos —comentó Deetra con una sonrisa divertida.
—Tanta atención me incomoda —gruñó Juzaontux, con la frente erguida y el paso estable.
Renek reconocía algunas de las calles por las que habían caminado Egon y él días atrás. A su espalda, su compañero rompió el mutismo con una pregunta nada inocente.
—Oye, Kida, estaba pensando antes... ¿Cómo pudieron los coyotes rojos capturar a una arconte de tu talla? ¿Estabas herida cuando se toparon contigo?
Ella tardó unos segundos en responder, como si necesitara tragarse un amargor antes de hablar.
—No, no estaba herida. Pero sí exhausta. La batalla en Castillo Bruma me dejó al límite. Me pillaron con la guardia baja.
—Lo entiendo... aunque he visto de lo que sois capaces los arcontes —insistió Egon—. Me cuesta creer que una panda de rufianes supusiera un reto para ti.
Kida bajó la mirada y la paseó por el suelo. Hizo un esfuerzo por encontrar mejores palabras, pero al final se rindió.
—Perdí mi Lágrima Redentora durante la huida del castillo. Y con ella, mi fragmento de ether. Me rodearon más de una decena. Exhausta como estaba, y sin arma ni el fragmento, no tuve con qué defenderme.
—Espera... ¿Perdiste tu arma? ¿Ya no tienes tu fragmento de ether? —repitió Egon, sorprendido—. Creía que sin él un arconte quedaba incompleto y desvinculado de su propósito. No me malinterpretes, es lo que he oído.
Renek no pudo contenerse.
—Excelente. De todos los magníficos arcontes del continente, nos tocó la despistada.
Kida fulminó a Renek con la mirada, una mirada que podría haber congelado el aire entre ellos.
—¿No es peligroso si alguien lo encuentra? —añadió Egon.
—No —corrigió al capitán—. Para la mayoría de las personas no son más que trozos de roca sin valor.
—¿Y por qué es tan importante para un arconte?
—Porque en manos de un arconte entrenado, ese fragmento sirve de canal —respondió—. Al contener una fracción de la energía primigenia del mundo, se puede usar para canalizar grandes cantidades de energía. Pero, de por sí, sin la necesaria formación, el fragmento es inútil.
—Y tú perdiste el tuyo.
—Sí, Egon. Lo perdí —repitió, esta vez con visible fastidio—. Lo perdí. El castillo se venía abajo. En medio de la confusión, salí sin mirar atrás.
—Perdona, perdona. No pretendía meter el dedo en la llaga. No me imagino lo abrumadora que tuvo que ser la situación para ti, pero a la vez es gracioso pensar en una legendaria arconte perdiendo su fragmento de ether.
—Estoy lejos de ser una leyenda, Egon.
En ese momento, Renek se detuvo frente a una vivienda desgastada por los años. El grupo frenó en seco, y en su semblante se dibujó la misma interrogación muda.
—Esperad aquí un momento —dijo sin volverse—. Tengo que ocuparme de un asunto.
—¿De qué se trata? —preguntó Kida con tono marcial.
—No tardaré.
Sin ofrecer más explicaciones, se apartó del grupo y se dirigió con paso firme hacia la casa del médico del Distrito Popular.
La puerta, entreabierta, dejaba escapar el aroma a hierbas secas y aceites resinosos.
Al cruzar el umbral, lo envolvió de nuevo ese perfume denso y medicinal.
Subió las escaleras y encontró al físico inclinado sobre su mesa de trabajo, vertiendo un líquido en un vaso de vidrio burbujeante.
El hombre alzó la vista, sorprendido por la interrupción.
—Marius —saludó Renek.
—Hola de nuevo. ¿Vienes en busca de algún remedio? Justo recibí algunos materiales hace un par de días.
Renek negó con la cabeza, mientras deslizaba una mano hacia su bolsillo.
—No. Vengo a entregarte algo.
Sacó con cuidado el pequeño vial de cristal y lo dejó sobre la mesa con un leve golpeteo.
Los ojos de Marius se abrieron como si hubiera visto un tesoro olvidado.
Con dedos temblorosos, puso el frasco a contraluz y lo giró despacio, para que el líquido danzara bajo la pericia que marcaba cada una de sus arrugas.
—¿Es...? —empezó a preguntar, pero Renek lo interrumpió.
—Sí.
—¿Dónde lo encontraste? —preguntó Marius, sin apartar la vista de la sustancia.
Resumió su hallazgo en la Boca del Gato, pero eludió los sucesos más crudos. Observó como la expresión del físico pasaba del asombro al fervor científico. Pero, antes de que terminara la historia, Marius lo detuvo con un gesto.
—No me cuentes más. No quiero saberlo. Con esto... —Marius tragó saliva—. Con esto podría sintetizar más. Estudiar su composición, replicarla... Renek, esto podría salvar muchas vidas.
La gratitud en el tono del médico era sincera, y percibió en él un brillo de esperanza.
—Gracias. Dampus te debe una. Otro en tu lugar lo habría vendido a Polvo por una buena bolsa de monedas.
—Espero que sepas cómo sacarle provecho para curar al máximo de personas posible. Hasta la próxima, Marius.
Marius le estrechó la mano y, acto seguido, Renek dio media vuelta y bajó por las escaleras.
Al llegar al piso inferior, se encontró con el ayudante, que, plantado en el último peldaño, bloqueaba parte del paso.
Sus ojos, dos duros pedernales, se clavaron en los de Renek con hostilidad.
La mandíbula del joven se tensó, pero sus boca permaneció sellada.
Lo esquivó sin detenerse, rozando apenas su hombro, y salió de la casa con la sensación brusca de un rencor aferrado a su nuca.
Cuando se reunió con el grupo, notó las miradas inquisitivas que lo esperaban, sobre todo la de Kida. Pero no dio explicaciones. Se limitó a retomar la marcha, y guardó para sí mismo la satisfacción de haber hecho lo correcto.
La Plaza Grande de Dampus se abrió ante ellos con el estruendo de una ciudad viva, un mosaico de colores, voces y aromas.
Los puestos formaban un laberinto improvisado de madera, telas y lonas raídas.
Los mercaderes gritaban ofertas, y los olores a especias se entremezclaban con las de pan cocido y grasa vieja.
Deetra caminaba con los ojos muy abiertos, pero intentaba reprimir la emoción que chispeaba en su rostro con cada nuevo estímulo.
Sin embargo, a Renek no se le pasó por alto cómo su curiosidad saltaba de puesto en puesto.
Sin previo aviso, se aferró al brazo de Juzaontux y, con una sonrisa traviesa, lo arrastró hacia el enjambre de comerciantes y desapareció entre la multitud antes de que alguien pudiera reaccionar.
Renek se mantuvo en su sitio. Sabía que correr tras ellos solo levantaría más sospechas.
Desde su posición, podía seguir el rastro de la pelirroja, que se abría paso entre los puestos con la determinación de una niña que ha visto un caramelo.
Juzaontux, resignado y vigilante, la seguía.
Se detuvieron frente a un tenderete donde el mercader exhibía barriles y pequeñas bolsitas atadas con cuerda.
—¡Eh, Egon! —gritó—. ¡Ven a ver esto! ¡Te gustará!
Su voz, aguda y clara, cortó el zumbido general de la plaza y resonó por encima del bullicio. Varias cabezas se volvieron hacia ella con renovado interés, y luego hacia el resto del grupo.
Egon sintió que el corazón le daba un vuelco.
Reaccionó al instante y se movió a paso rápido hacia Deetra.
Incluso desde la distancia, Renek podía ver la tensión en sus hombros mientras se inclinaba hacia ella para reprenderla en voz baja.
La joven bajó un poco la cabeza, y su entusiasmo menguó por un instante.
Los ojos de Egon no dejaban de moverse, escaneando las caras de la multitud que los rodeaba.
Renek y Kida aguardaban más atrás. La arconte permanecía inmóvil, pero lo espiaba por el rabillo del ojo.
Cuando él se volvió hacia ella, apartó la mirada con rapidez, aunque no lo bastante rápido para engañarlo.
La estudió por un instante. Reparó en la línea pura de su nariz recta con puente fino que descendía hacia una punta algo picuda.
Justo se movió cuando él la miró, como si le picara alguna pregunta.
—¿Qué? —preguntó Renek, mirando de vuelta a los demás.
—¿Dime?
—¿Pasa algo?
—No, no pasa nada. ¿Cómo te encuentras?
—Bien, ¿por qué?
—Vi tus temblores antes, en el refugio, cuando te levantaste.
—Ah... Se me pasa al cabo de un rato después de despertarme. Estoy bien.
La arconte no contestó de inmediato. Sus labios se curvaron en algo cercano a una conclusión con reservas. Su atención volvió a la plaza.
—Eso espero —declaró—. Nos conviene que lo estés.
Una breve tranquilidad se asentó entre ellos, apenas el tiempo que tarda un pregón en perderse en el tiberio del mercado.
—Me gustaría saber qué plan seguisteis tú y Egon al llegar a Dampus. Antes de encontrarme.
—¿Antes de rescatarte, quieres decir?
—Te recuerdo que no fuisteis ni tú ni Egon quienes abristeis mi jaula. Fui yo. Y quien eliminó a esos proscritos, incluyendo a su jefe, también fui yo. Así que creo que sería más preciso decir que yo os rescaté de aquella pelea que armasteis.
—¿No puedes ni admitir que te ayudamos a escapar de las garras de Yvegger?
—Reconozco que la conmoción que provocasteis jugó en mi favor.
Me permitió pillarlos con la guardia baja.
A lo mejor no hubiera sido así si todo se hubiera mantenido en calma.
Supongo que en ese sentido sí que debo daros las gracias.
De hecho, sobre eso te quería preguntar.
El mero hecho de que estuvieras ahí... No creo que sea fácil encontrar a alguien que no conoces en una ciudad tan grande como esta en la que no has estado nunca.
Pero, pese a todo, me encontraste. Bueno, no solo me encontraste.
Burlaste toda vigilancia nox, averiguaste que seguía viva y prisionera en el Distrito Subterráneo, lograste el apoyo de uno de los clanes de ahí abajo y ganaste el Duelo de Puños. Suena a algo más que suerte.
—Y rescaté a una dama en apuros —añadió Renek, ladeando una sonrisa—. No te dejes esa parte.