El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 27 Cabos sueltos #2
57%

Capítulo 27 Cabos sueltos #2

Sostuvo la mirada de Egon, pero luego pasó a dirigirse a ambos.

—Fueron mis habilidades, cultivadas durante años de formación, las que resultaron decisivas en la guerra. Pero no solo eso. Fue el esfuerzo de todos, la entrega de cada uno de nosotros, lo que permitió que la Unión prevaleciera.

—Nadie niega tu talento ni tu competenia, Kida —replicó Egon con serenidad—. Pero tener talento no es lo mismo que ser un buen líder. Un líder sabe cuándo actuar, pero también cuándo escuchar. No se trata de hacer caso ciego a cada sugerencia, sino de reconocer la experiencia cuando habla.

Renek apoyó una mano en el hombro de Egon, dispuesto a intervenir para calmar las aguas, pero este se la quitó de encima con esquivez y continuó con su discurso.

—Debo confesar que tenía mis dudas sobre esta misión, pero decidí confiar en la Mesa Arconte. Pensé: «Si la han escogido a ella para liderar esta misión, será por algo». Pero esas dudas empiezan a regresar.

El silencio que siguió no fue hostil, sino expectante. Los ojos de Kida permanecieron fijos en Egon mientras meditaba sobre sus palabras. Algo encajó, un engranaje que, al fin, comenzaba a girar.

—Tienes razón —admitió, y suavizó la expresión—. No tengo tu experiencia en campaña. Y por lo tanto no debería juzgar tan a la ligera.

Egon bajó la cabeza y agradeció el reconocimiento sin palabras. Renek, aún callado, contemplaba el intercambio como quien presencia un equilibrio frágil restaurarse poco a poco.

—Confiaré en ti, Egon. ¿Qué propones?

—Para empezar —respondió el capitán—, dejemos de perder energías discutiendo sobre jerarquías. Somos tres. No importa quién da las órdenes si no hay nadie para recibirlas. Lo que necesitamos es trabajar juntos. Eso es todo lo que importa.

—Tiene todo el sentido. Y estoy de acuerdo. Ya he sido prisionera de los coyotes y no tengo ninguna intención de que a eso le suceda acabar presa de los nox.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Renek—. ¿Cómo podemos salir de aquí?

—Está claro que necesitaremos ayuda. No conozco esta ciudad. Y, teniendo en cuenta que los nox han tomado el control de los distritos superiores, no tardarán en descender a este también. Hay que contar con los que conocen este lugar. Gente local.

Se oyó desde la entrada una exclamación despreocupada:

—En eso podemos echar una mano.

Deetra entró en el salón y se dirigió a los tres miembros del ejército de Hiclaria. Juzaontux la seguía con su particular andar pausado. Los tres se volvieron hacia ellos.

—Conozco bien la ciudad. Y conozco a sus gentes. —Sus cejas largas y finas narraban por sí solas todo lo que pasaba por su mente—. No será fácil, pero sé de un lugar dónde podríamos encontrar a alguien dispuesto a echarnos una cuerda, aunque no a cambio de nada.

—¿Echarnos? —replicó Egon con suspicacia— ¿Desde cuándo estamos juntos en esto?

—¿Es que queréis huir de Dampus? —añadió Renek.

—Bueno... Llevo tiempo en la ciudad. Aquí tampoco se me ha perdido nada. Y con los nox controlando los distritos de arriba, es cuestión de tiempo que ocupen también el Distrito Subterráneo. Creo que tanto a Juza como a mí nos vendría bien una nueva aventura.

—Esto va a ser todo menos una aventura. Como bien has dicho, salir de Dampus va a ser tarea muy ardua y no poco peligrosa. No podemos permitirnos lastres. Cualquier ayuda es bienvenida, pero, como comandante, no cargaré con peso muerto.

—No os retrasaremos lo más mínimo. Es verdad que Juza está un poco fondón —bromeó—, pero muerto no está. Y yo tampoco os retrasaré. Palabra.

—Bien —concedió Kida al cabo de un momento—. Pongámonos en marcha.

Egon se excusó para prepararse y se dirigió hacia la sala donde guardaban sus pertenencias. Deetra lo siguió, casi dando saltitos de emoción, con Juzaontux detrás.

Renek se quedó solo con la comandante. Cuando se disponía a hacer lo mismo, la voz de Kida lo detuvo.

—Espera —dijo ella. Su tono, ahora más bajo, carecía del filo de antes—. No es común que un recluta replique a un comandante como lo has hecho. En otras circunstancias tomaría otro tipo de medidas, pero diría que algo te atormenta más allá de tu amnesia.

Dudó un instante, desconcertado por la declaración de Kida. Sopesó si compartir aquello que le angustiaba.

Al final, decidió hablar sobre sus extraños sueños y los estragos que estos estaban causando en su salud.

Compartió el que acababa de tener tras conocerla.

Al describir la visión nebulosa del combate, el enmascarado y los susurros incomprensibles, el semblante de Kida cambió de forma sutil.

La arconte escuchaba con atención, sus ojos grises fijos en él, mientras explicaba los detalles del sueño.

—No quiero que esto vaya a más, que cada vez me duela más levantarme de la cama... O de la silla.

Ella permaneció en silencio unos segundos, organizando sus pensamientos.

—El mundo —dijo— no es solo carne y piedra. En realidad, todo está hecho de energía. Los sueños no son más que otra forma de esa energía.

Inclinó la cabeza a un lado, intrigado.

—Hay quienes nacen más sensibles a ella —continuó—. Algunos pueden sentirla, como una corriente bajo la piel. Otros logran incluso canalizarla. Y unos pocos... son capaces de manipularla.

—Pero ¿qué tiene que ver todo eso con mis sueños?

—No estoy del todo segura —admitió—. Puede que seas más sensible a esa energía. Tal vez por eso tus sueños son tan reales, caóticos y extenuantes...

Permaneció fijo en ella, aguardando más respuestas.

—Sé de varias personas que son sensibles a esa energía —continuó mientras inclinaba la cabeza con un deje de reflexión—. Yo misma lo soy. De hecho, cuando te conocí, percibí algo distinto en ti.

—¿Distinto? ¿Cómo qué?

—Es posible que el hecho de haber estado centrado en encontrarme durante los últimos días, sumado a la euforia de los combates y la aparente sincronía durante la lucha contra los coyotes rojos después del Duelo de Puños...

—hizo una pausa para medir sus palabras—.

Tal vez nuestras energías se sintonizaron, y por eso, de alguna manera, accediste más tarde a una de mis memorias en tu sueño.

Trató de asimilar lo que acababa de escuchar, intentando desentrañar la extraña lógica detrás de sus palabras.

—No es la primera vez que tengo sueños así —dijo por fin mientras cruzaba los brazos—. No sé qué los provoca, pero cada vez resultan más reales y más agotadores para mi cuerpo.

Kida lo contempló con atención.

—El tema de la energía es un campo vasto y muy complejo —dijo, pausada y reflexiva—. Tiene capas y vertientes que ni siquiera los más versados entre los arcontes logran comprender del todo. Y yo no soy una excepción, pese a mi formación como arconte.

—Entonces... ¿no hay forma de explicarlo? —murmuró Renek, que dejó entrever una pizca de frustración.

—Esa es una pregunta que se hacen muchos, recluta.

En Dasteura, sus estudiosos hacen esfuerzos titánicos y dedican una cantidad ingente de recursos a desentrañar los secretos del mundo y su energía.

Los gronios, en cambio, le rezan a esa energía.

Nosotros, los arcontes, no creemos que todo pueda explicarse desde la ciencia.

Hay cosas que se perciben, que se viven, aunque no puedan medirse.

Quizás la Mesa Arconte podría ayudarte —sugirió—.

Si alguien puede arrojar luz sobre lo que te ocurre, son ellos.

—¿Qué es la Mesa Arconte?

—Es la máxima autoridad arconte en el continente, compuesta por siete altos arcontes, residentes en el Santuario del Ocaso, en la capital.

—Estoy harto de tener pesadillas, de levantarme destrozado y de no recordar nada… Quiero ver a esos arcontes.

—No te recibirán. No tienes ningún vínculo con el Círculo Arconte.

Chasqueado, sopesó sus opciones.

—Pero si vienes conmigo, te escucharán.

La miró. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. No había generosidad en aquel ofrecimiento, sino cálculo, una cuerda tendida con la que arrastrarlo hacia una decisión que no sentía como propia. Todas sus opciones eran igual de inciertas, todas igual de estrechas.

Suspiró, incómodo ante la sensación de estar siendo conducido.

—Está bien. Me quedaré con vosotros. ¿Qué hay que hacer?

—Primero salgamos de Dampus —propuso—. Luego, veremos cómo llegar a la Mesa.

No va a ser fácil alcanzar Illenard. Veltor sabe que estoy aquí.

Habrá desplegado unidades por todos los alrededores.

Tendremos que dar un buen rodeo. Por ahora —concluyó, de vuelta a su tono pragmático—, no dejes que esos sueños te distraigan.

Nuestra prioridad es escapar de la ciudad.

El grupo, con Deetra a la cabeza, se abría paso por las sinuosas calles de Dampus, observando cómo la arquitectura perdía su refinamiento conforme se alejaban del Alto Distrito.

La piedra blanca y pulida, el espacio, la elegancia, quedaban atrás, y en su lugar surgían fachadas desgastadas por el tiempo, apiñadas unas contra otras en una edificación desbordada.

Los senderos rectos y empedrados daban paso a callejones retorcidos y abarrotados.

Los puestos de mercado comenzaron a multiplicarse como hongos tras la lluvia. Gritos de mercaderes formaban una sinfonía urbana que obligaba a los transeúntes a abrirse paso entre empujones. Habían llegado al Distrito Popular.

Deetra caminaba junto a Juzaontux, señalaba rincones y comentaba anécdotas con su compañero. Su tono era el de quien conoce el terreno y lo domina sin esfuerzo.

—¿Hacia dónde nos llevas? —preguntó Kida.

—A la Plaza Grande del Distrito Popular —respondió Deetra sin detenerse—. Allí hay una taberna muy conocida donde se reúnen diferentes... gentes. Es un lugar perfecto para encontrar a alguien que pueda ayudarnos. Confiad en mí.

Renek echó un vistazo hacia atrás. Juzaontux cerraba la marcha con paso prudente y movía la cabeza de un rincón a otro. Las reacciones que despertaba oscilaban entre el miedo y la curiosidad. Algunos susurraban, otros se quedaban paralizados al verlo.