Capítulo 27 Cabos sueltos
Kida, empapada en sudor, se alzaba en el fragor de un combate feroz.
La figura de alguien enmascarado, envuelta en la oscuridad de una noche sin luna, se movía a su alrededor, como una sombra que no pertenece a ningún mundo.
Sus ojos se encontraron con los de ella, pero no había humanidad en su mirada, solo vacío, solo una presencia que no podía ser explicada con palabras.
Otros guerreros de la Unión luchaban al lado de Kida.
Las figuras se retorcían, se alargaban y desaparecían.
El tiempo mismo parecía detenido, como si todo estuviera atrapado en un rincón sin luz.
Renek era un espectador distante de la escena, un observador desde una lejanía intangible.
Entonces, algo incomprensible. Un susurro profundo, eternamente lento, en el que la oscuridad se hizo voz en una lengua desconocida. El sonido era grave, arrastrado por una niebla densa, y cada sílaba parecía abrir un abismo entre él y la realidad.
Kida dijo algo. «Fin» y «Bladack» fueron los únicos vocablos que Renek logró captar.
Intentó darle un sentido a todo ello, pero las palabras se escurrían como arena entre sus dedos.
La lengua misma estaba hecha de olvido. Se encontraba en un velo etéreo, arrastrado por imágenes dispersas, visiones desordenadas entrelazadas en hilos de un tapiz olvidado.
La escena continuaba, ahora más difusa: Kida abatía al enmascarado, se acercaba a su cuerpo y...
Un tirón.
El mundo volvió de golpe. Los ecos de esa visión sombría se desvanecieron y en un parpadeo volvió a la realidad.
—Eh, ¿estás bien?
Le costó abrir los ojos, la luz le arañaba las pupilas y el cráneo le daba vueltas. Nando estaba inclinado hacia él.
—Estás que no estás —dijo, divertido—. Mira que dormirte en la silla...
Aunque no me extraña, esos combates deben de haberte dejado muerto.
Enhorabuena de nuevo. Quenzo me ha dicho que hiciste un gran trabajo.
Y veo que rescatasteis a vuestra capitana —dijo, y volvió la vista hacia Kida y Egon, quienes comían sentados a una mesa junto a una hoguera de dimensiones considerables.
Renek se frotó el tabique y luego la frente.
—Mis hombres se acercaron a la zona después del duelo y recuperaron algunas cosillas. Esto te pertenece.
Le soltó un saquito cuyo contenido repiqueteó al aterrizarle en la falda.
—Anda, come algo. Te vendrá bien.
Tras esas palabras, Nando se marchó.
Se enderezó un poco y reconoció el refugio misu.
A unos pasos, Kida comía con serenidad, su expresión impasible y su respiración calmada, ajena al filo de la muerte que había cruzado no hacía mucho.
El cabello, ahora de un castaño limpio y recogido en un moño firme con la raya centrada, dejaba ver la línea recta de las cejas y la figura diamantina de su perfil afilado.
Vestía su cota entallada en tonos ocre y blanco que Renek le había visto en sus sueños, ceñida bajo una brigantina ligera de placas ocultas.
Un faldón de cuero dividido le caía sobre las calzas oscuras.
Su porte marcial contrastaba con el ambiente humilde del lugar.
Egon estaba con ella, y había un tercer plato sin tocar.
Renek se incorporó con lentitud, mas al apoyar el peso en las piernas, estas flaquearon. Tuvo que agarrarse al respaldo de la silla para no venirse abajo. Sus dedos tardaron un instante en cerrarse, torpes. No terminaban de responderle.
Esperó un latido, dos... hasta que el suelo dejó de moverse bajo sus pies. Entonces dio el primer paso y se acercó a la mesa.
—¿Cómo estás? —preguntó Egon, con tono afable.
—Estoy.
—Bueno, algo es algo. —Le ofreció el plato—. Los misu te han preparado esto.
—No tengo hambre.
Kida, que ya había acabado su ración, lo observó sentarse en la punta de la mesa. Las marcas rojas en su piel delataban el roce constante del metal durante su cautividad. Renek le dedicó un saludo cordial con la cabeza.
—He sido algo dura contigo antes —dijo ella, sin rodeos—. Al fin y al cabo, optaste por venir en mi ayuda. El plan era... mejorable, pero la intención fue honorable.
Fue a responderle, pero no vio qué sacaría de ello.
—El capitán Kallari me ha puesto al día. ¿Así que no te acuerdas de nada?
La pregunta lo pilló desprevenido. Miró a Egon con expresión inquisitiva, luego a ella y, por último, a la mesa.
—No.
—¿No recuerdas tu preparación en la academia, tu traslado a Castillo Bruma...? ¿Nada?
Apretó los labios y negó con la cabeza.
—¿No nos recuerdas a ninguno de nosotros? ¿No tienes memoria de ningún compañero?
—No recuerdo nada. ¿Te acuerdas tú de mi?
Kida sostuvo su mirada un instante.
—Recuerdo tu rostro, sí. Recuerdo a cada persona con la que trabajo. Recuerdo tu incorporación al cuerpo también.
Las palabras de la comandante prendieron donde ya solo quedaban rescoldos.
—Entonces... ¿sabes de dónde vengo? ¿Con quién patrullaba? ¿Por qué me alisté?
Las preguntas quedaron suspendidas entre ambos.
Recorrió el rostro del amnésico, esperando encontrar en él algo que pudiera ayudarla a recordar.
Sus labios llegaron a entreabrirse, pero no soltaron palabra alguna.
Parecía que buscara una respuesta mejor que la verdadera.
Al final, respiró por la nariz y contestó:
—No. Mi labor no consiste en revisar los expedientes de cada recluta. Veo pasar decenas de soldados, destacamentos y patrullas a diario. Que recuerde un rostro no significa que conozca la historia que hay detrás de él.
A Renek se le desinfló el pecho.
—Lamento no poder aportar más luz a tu indagación.
La desilusión dio paso a la frustración, y la frustración al resentimiento.
—No obstante —añadió la arconte—, aún queda mucho por hacer. No saldremos de esta ciudad si no nos ponemos ya manos a la obra —viró hacia Egon—. ¿Quién más queda con vida del destacamento de Castillo Bruma? ¿Alguien del Batallón B?
—Solo él y yo —respondió Renek—. Y yo ya he cumplido mi parte: ayudar a encontrar a la importante arconte. Así que Egon, recojamos nuestras cosas y marchémonos de este hoyo.
— Capitán Egon —rectificó ella, remarcando el título—. No olvides también tu rango, recluta. Tu compañero demostró su valía como héroe en innumerables ocasiones y se ganó su título a pulso. Se merece un respeto.
—Está bien, comandante —intervino Egon, conciliador—. Superamos ese tema hace ya días. Siendo solo nosotros dos, tampoco tenía demasiado sentido andarse con protocolos. Además, si no fuera por él, jamás la habríamos encontrado.
—Puede tutearme, capitán.
—Lo mismo digo, comandante.
Kida volvió a mirar a Renek.
—Esto no acaba aquí, recluta. No por haberme encontrado vamos a salir caminando de rositas de Dampus.
Lo admito, puede que te haya juzgado con demasiada rapidez.
Confío en Egon y, si él puso su confianza en ti, es porque la mereces.
Te pido disculpas —añadió, con visible esfuerzo en la entonación—.
Como arconte, no debería haber reaccionado de forma tan precipitada.
Pero esa arrogancia e indiferencia por parte de un soldado hiclariota me inquietan.
—No paráis de hacer alusión a mi condición de soldado —respondió, irritado por la insistencia y su dolor de cabeza—, pero yo no recuerdo haber jurado ni firmado nada.
Lo único que sé es que mi vida está hecha pedazos.
Y no quiero ni ponerla al servicio de nada, ni vivir bajo las órdenes de ningún comandante.
Sin ánimo de ofender, pero yo no he pedido nada de esto.
—Creo que no eres consciente de la situación en la que estamos.
Por mucho que me hayáis encontrado, eso no es garantía de que podamos salir de aquí.
Y, aunque consiguiéramos escapar de Dampus, es muy probable que los nox tengan ojos en varios de los caminos que salen de la ciudad y llevan a Illenard.
Quieren encontrarme... —dijo con pesar—.
Es solo cuestión de tiempo que más pueblos caigan bajo el yugo de Veltor.
Si eso pasa e impone su tiranía, volveremos al mismo punto, pero sin margen para que nadie escape.
Renek fue a replicar, pero ella se adelantó.
—La situación es mucho más grave de lo que pareces entender, y por supuesto mucho más grande que la voluntad de cualquier individuo.
Es irrelevante lo que te apetezca ahora mismo.
Ir por tu cuenta no hará que los nox te pongan una alfombra para salir de Dampus.
Solo hará que encuentren menos resistencia para implantar su absolutismo.
Ante eso, ya me dirás qué tipo de vida te quedará para disfrutar —hizo una pausa—.
Tenemos que permanecer juntos. Y tienes el deber de ayudar a tu pueblo.
Se hizo el silencio. Ante la falta de iniciativa, Egon apoyó las manos en los muslos y se levantó de la mesa.
—Bueno, ahora mismo lo importante es que estás viva y te hemos encontrado. Siguiente paso: deberíamos empezar a pensar cómo salir de esta ciudad.
Kida lo miró con desconcierto.
—¿Cómo? ¿Encima no tenéis ningún plan para salir de aquí? ¿Se puede saber qué habéis hecho hasta ahora?
Pese a la anterior disculpa de Kida, empezaba a estar un poco harto de su actitud condescendiente y arrogante. Aun así, se mordió la lengua.
—No importa —dijo Kida, que se puso también de pie—. Egon, la misión continúa, así que, como líder, retomo el mando. Empezaremos a hacer las cosas bien y saldremos de Dampus.
Ahora fue Egon quien mudó el semblante.
—Kida, con todo respeto... Tu recorrido es corto. No dudo de tu valía, pero un buen líder no reparte culpas cuando algo no sale del modo que esperaba. No perdamos el tiempo en reproches. Centrémonos en trabajar juntos y salir de aquí. No dejes que el ego nuble lo que en realidad importa.
Los ojos de Kida se clavaron en los de Egon. Hubo una tensión muda entre ambos. Un pulso que no se jugaba con armas ni con fuerza.
—Esas no me parecen maneras de dirigirse a una comandante, capitán —dijo, con la espalda recta y los ojos firmes—. Soy miembro del Círculo Arconte y esta es mi misión. No te confundas.