El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 26 Duelo de Puños #4
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Capítulo 26 Duelo de Puños #4

—Como líder de los coyotes rojos, declaro nulo este duelo y subastaré a la zorra de la Unión como me plazca. Que alguien intente impedírmelo.

Miembros de otras bandas protestaron a gritos mientras varios coyotes rojos respaldaban a su líder. Los tramistral y los hijos de la ceniza intercambiaban insultos.

El caos estalló en la caverna.

Renek avanzó hacia Yvegger sin apartar la vista de él.

—Piénsalo bien antes de retirar ese premio —dijo, fraguando una amenaza sin elevar el tono.

Yvegger miró a Renek como si una mosca le hubiera levantado la voz.

—¿O qué? —preguntó con rostro vil— ¿Lanzarás otra maldición, brujo?

La tensión creció. Un empujón bastó para que el polvorín se encendiera.

Un tramistral hizo trastabillar a un coyote.

En cuestión de segundos, docenas de cuerpos empujaban y se retorcían, algunos huían y otros se lanzaban a la refriega.

Renek perdió de vista a Egon en medio de la marea de puños, empujones y hojas desnudas.

Alcanzó a divisarlo al fondo, acorralado contra la pared por tres hijos de la ceniza.

Una daga silbó junto a su oído. Se agachó por acto reflejo.

De forma irónica, Claw despuntaba entre el gentío, los ojos aún inyectados, con un cuchillo en cada mano.

Otro coyote lo acompañaba, empuñando un machete.

Renek lo rechazó; la hoja chocó con la reja de la jaula, lo que provocó una lluvia de chispas.

El espacio para maniobrar se reducía con sus atacantes acorralándolo.

La puerta de la jaula se abrió de golpe.

El hierro oxidado golpeó con violencia al coyote del machete y lo derribó. Kida emergió, encarnando una fuerza invisible imparable que tomó por sorpresa al segundo atacante. Antes de que Claw pudiera reaccionar, ya estaba desarmado. Renek lo remató con una patada certera que lo dejó sin aliento.

La arconte no era ya una prisionera. Era un vendaval. Se movía con una gracia letal que difería de su aparente estado de inconsciencia anterior, los grilletes tintineaban similar a ecos de una vieja guerra.

Juntos se alzaron como un dúo indomable que parecía conjurado de antiguos días de batalla.

Renek desviaba con destreza cada embate que se cernía sobre ellos, mientras Kida respondía con la agilidad de un río desbordado.

Tres coyotes más sucumbieron ante el implacable avance del dúo.

El camino hacia Yvegger se iba despejando bajo su acometida resuelta.

La máscara de arrogancia del líder de los coyotes se resquebrajó y empezó a retroceder. Sus ojos, antes llenos de soberbia, ahora mostraban incredulidad y miedo.

—¡Imposible! —escupió—. Te di suficiente droga para tumbar a un caballo...

Kida se acercaba despacio, su mirada gris fija en él como un ancla que ya lo había atrapado.

—Subestimas la fortaleza de los arcontes, Yvegger. Un error que no vivirás para lamentar.

—¡Protegedme, idiotas! ¡Matad a la esclava! ¡Matad al tramposo! — gritó a su banda, ya sin el decoro de la autoridad.

Una oleada de coyotes rojos respondió a la llamada de su líder. Renek, con el arma de uno de los guardias de la jaula, se interpuso.

Mientras él contenía a los atacantes, Kida se deslizó entre la confusión con la fluidez de agua filtrándose entre rocas, y se acercó de forma inexorable a su presa.

Sorteó a sus atacantes con pericia, uno a uno.

Yvegger intentó desenfundar su hoja, pero fue demasiado lento.

Kida ya estaba allí. Resbaló de rodillas, cogió una daga del suelo a su izquierda y paró en seco clavando el pie justo delante de Yvegger.

Le hincó la daga en su muslo. Al organizador del torneo le falló la pierna y quedó arrodillado cara a cara con Kida.

Los ojos de Yvegger se abrieron con horror.

—No... —murmuró.

Sin darle tiempo a nada, la comandante rodeó al jefe de la banda por detrás y tensó la cadena de los grilletes alrededor del cuello.

Se retorció con violencia. Arañó el hierro en un intento inútil de aflojar la presión. Un gemido se le quebró en la garganta mientras sus talones golpeaban el suelo sin compás. Sus ojos, desorbitados, buscaron aire donde ya no lo había.

En su rostro fue tomando forma esa comprensión lenta y terrible que llega cuando el cuerpo empieza a rendirse.

Dejó caer su cuerpo con una delicadeza ritual, el punto final de una historia que llegaba a su término.

Los últimos secuaces de Yvegger huyeron en desbandada, presa del pánico.

Algunos tiraron sus armas al suelo y corrieron; otros se alejaron a zancadas e iban tropezando con cuerpos y piedras.

Los rezagados que aún forcejeaban entre las bandas cesaron los golpes y se dispersaron sin mirar atrás.

El eco de sus pasos se perdió en la lejanía de los túneles.

Solo quedaron Renek, Egon, Kida y Quenzo, este último medio oculto tras una roca, con los ojos como platos y la respiración contenida.

Kida se sacudió el polvo con dignidad y se apartó un mechón castaño apagado que se había desprendido sobre su mejilla.

Se alisó la falda y el corsé con movimientos firmes, un corsé que parecía más una reliquia del mercado negro que una prenda.

Recompuso su postura y, al incorporarse por completo, clavó su mirada en Renek.

Sin titubear, habló cargada de advertencia:

—Si en tu mente ronda la idea de reclamarme como premio de este torneo, será mejor que la deseches de inmediato.

Sorprendido por la franqueza y el filo de sus palabras, interpuso las manos frente al pecho en señal de paz.

Abrió la boca para replicar, pero la voz se le perdió en la garganta al encontrarse con sus ojos.

Eran dos pozos cenicientos con un halo exterior marcado, quietos y vehementes.

Su intensidad parecía atravesarlo, cosa que le provocó cierta incomodidad.

Un paso decidido hacia delante y el porte de Kida cobró altura con una autoridad innata, una fuerza contenida que desafiaba cualquier vestigio de fragilidad tras su reciente cautiverio.

Solo entonces, mientras lo retenía bajo la solidez de su determinación, Renek reparó en cómo unas cejas oscuras y gruesas enmarcaban muy bien su expresión, reforzando la firmeza del conjunto: una línea limpia de la nariz recta, proporcionada y segura, que descendía hasta el perfil del labio superior; y en el mentón delicado y redondeado, que equilibraba sin debilitar la autoridad de su rostro.

La expresión de la comandante hiclariota cambió de pronto. Entrecerró los ojos, examinando a Renek con más atención. Un gesto fugaz, un destello de reconocimiento la hizo retroceder medio paso, como si hubiera visto un fantasma.

—Tú...

A Renek se le iluminaron los ojos.

—¿Me reconoces?

—Eres uno de los reclutas desplegados en Castillo Bruma, ¿no es así? —Su mirada se agudizó—. Sí, te recuerdo. ¿Cómo has acabado disputando peleas clandestinas en el Distrito Subterráneo de Dampus?

—Pues después del asedio no tenía muchos planes —ironizó Renek, arqueando una ceja con aire cansado—, así que, en lugar de ponerme a salvo e intentar vivir una vida tranquila, decidí darme una vuelta por Dampus y pegarme con algunos desconocidos peligrosos.

No me ha ido del todo mal: he ganado algunas peleas... y, por lo visto, un trofeo.

—¿Un trofeo? —Kida bufó con desdén—. Parece que no soy la única a la que administraron drogas. Escucha bien: soy Kida Venden, miembro del Círculo Arconte y comandante de Hiclaria. Tu comandante, por si se te había olvidado. No soy un trofeo, ni propiedad de nadie.

Antes de que Renek pudiera responder, su atención se desvió hacia Egon. Su actitud se transformó por completo. La dureza anterior dio paso a una sonrisa genuina. Al reconocerlo, se desprendió de una coraza invisible. Se acercó a él y le dedicó una reverencia breve, casi marcial.

Egon correspondió cruzando el brazo sobre el pecho con respeto.

Renek permaneció en silencio, observando el reencuentro.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —le preguntó a Egon—. ¿Cómo acabó en esta madriguera?

—Es una historia larga, comandante... —respondió él, sin saber por dónde empezar.

—Era la única manera de salvarte —empezó Renek.

—¿Salvarme? —la dureza volvió a la voz de Kida—.

Si a poner en peligro tu vida y la de los tuyos contra un nido de asesinos lo llamas rescate, permíteme decirte que tu definición de ayuda es igual de endeble que tu sentido común.

Yo misma me he liberado y he puesto fin a la tiranía de Yvegger y sus comadrejas.

Si acaso, yo te he salvado a ti. Unos segundos más y estarías criando malvas junto al resto de esos delincuentes —dicho eso, se volvió hacia Egon, dejando a Renek con la palabra a medio formar.

—Que yo sepa estabas enjaulada y encadenada antes de que llegáramos... —murmuró Renek para sí mismo.

Se volvió de nuevo hacia el recluta, pero Egon intervino.

—No tenemos tiempo para esto. Hay que salir de aquí antes de que se les ocurra aparecer con refuerzos.