Capítulo 26 Duelo de Puños #3
El estruendo fue inmediato. Aullidos de sorpresa, aplausos, gritos. «¿Quién es ese?». «¡Ha vencido al Carnicero!». Los misu rugían su nombre como si hubieran apostado la vida por él.
Giraba hacia el borde del círculo cuando la voz del maestro de ceremonias lo detuvo.
—¡Ni se te ocurra marcharte, semicampeón! —tronó con una sonrisa teatral—. ¡El duelo final empieza ahora mismo!
—Necesito un trago —murmuró Renek, exhausto.
—¿Y quién no? —respondió el vocero del duelo con sorna mientras se dirigía a los espectadores.
La multitud, que había olvidado el significado de la decencia y abandonado la sobriedad, estalló en carcajadas.
El maestro alzó los brazos. Desde el gentío irrumpió un gañán delgado y pequeño: Claw, el coyote rojo que había vencido en el primer combate.
Mostró sus dientes afilados mientras se despojaba de su chaqueta con la lentitud de quien saborea el aplauso.
Sus tatuajes reptaban por sus brazos, vivientes bajo la piel.
Renek sintió la mano de Egon en su hombro.
—Céntrate —murmuró—. Este tipo es rápido, pero tú eres más inteligente. Suerte.
Un nuevo sonido de flautín. Claw avanzó por el círculo con pasos relajados y postura altiva y confiada, saludando a una multitud entregada a su espectáculo. Sonreía, pero sus ojos no pestañeaban. Estaban clavados en Renek y lo estudiaban con la paciencia de un cazador.
Los vítores retumbaban en las paredes de la caverna, chocando unos con otros como olas desbocadas. «¡Mátalo, Claw!», aullaban algunas voces rasposas, que anhelaban más sangre que justicia.
El primer cruce fue feroz. Renek lanzó un directo, pero Claw lo esquivó con un giro elegante y respondió con tres golpes rápidos al costado.
Sintió el ardor de un hierro al rojo atravesarle las costillas.
Apenas había terminado de encajar el tercero cuando sintió dos manos sujetándole los brazos desde atrás.
Dos hombres corpulentos del público lo mantenían inmóvil.
Claw aprovechó el momento para conectar un puñetazo directo a la mandíbula.
El sabor metálico de la sangre inundó su boca.
—¡Eso es trampa! ¡Lo están sujetando! —gritó Egon desde la barrera, furioso.
El maestro de ceremonias ni se inmutó. Se limitó a encogerse de hombros. Las risas, agudas y crueles, brotaron de la masa.
El coyote rojo no le concedió ni un respiro.
En cuanto Renek se zafó del agarre del público e intentó incorporarse, Claw cargó de nuevo.
Su codo chocó contra la mejilla de Renek y el impacto le hizo ver un destello blanco.
Se cubrió como pudo, pero el siguiente golpe llegó más bajo, a la boca del estómago, y lo dejó sin aliento.
El público rugió. Era una hoguera prendida, solo que en vez de alimentada con maderas secas, avivada por la violencia.
Renek retrocedió tambaleante. Claw avanzó con una mueca vil, degustando el momento.
El coyote era ágil, pero lo peor era su ritmo irregular y engañoso.
Era un tambor tocado por un borracho con talento.
Golpes inesperados, pausas que parecían errores y eran trampas, fintas torpes que de pronto se convertían en embestidas limpias...
Renek no podía pestañear, tenía que leer más allá del movimiento evidente.
Lanzó un gancho desesperado al rostro del coyote.
Claw lo esquivó con un arqueo que rozó la elegancia, y respondió con un rodillazo que impactó directo en la cadera de Renek.
El dolor fue agudo, y la pierna cedió. Cayó de rodillas, resollando.
El mundo giraba despacio. Los gritos del gentío se hicieron más estridentes. Había quienes ya cantaban la derrota.
El rufián se acercó lo suficiente para que Renek pudiera oler el aliento mezclado con alcohol y sorna.
—Esto no es personal —susurró, apenas audible bajo el estruendo—. Solo eres el siguiente al que enterraré en esta cueva.
Intentando recuperar el aliento, vio cómo Claw sacaba un tipo de herramienta del bolsillo y se lo ajustaba en los dedos. Egon reparó en el puño enfundado en nudillos de acero, adornados con pequeños dientes. Gritó a Renek, pero fue ahogado por el rugido del gentío.
La respiración del representante de los Misu se volvió más pesada.
«No aguantaré mucho más así», pensó.
Tenía que pensar. Tenía que moverse.
Claw dio unos pasos atrás y levantó los nudillos de acero, brillantes a la luz de las antorchas. Los exhibió ante el público, que respondió con éxtasis. Los hizo crujir entre sí con gesto teatral, y luego avanzó de nuevo.
—Vamos, Caminante Errante. Quédate quieto. No dolerá más de lo necesario.
Renek se mantuvo medio agachado, jadeando, despojado de todas sus fuerzas.
Su mano se deslizó con lentitud hacia la parte baja de su espalda, cerca del cinturón, buscando aliviar el dolor y sostenerse.
Su cuerpo le pedía caer, rendirse. No obstante, su mirada seguía fija en Claw, y analizaba cada paso que este daba, seguro de sí mismo, saboreando ya la victoria.
Cuando Claw estuvo lo bastante cerca, Renek se levantó de repente, con un movimiento tan inesperado que tomó a todos por sorpresa.
De su mano salió un polvo oscuro, imperceptible al principio, que pronto se precipitó sobre Claw.
El coyote gritó, tambaleándose, frotándose los ojos con desesperación.
El ambiente, que un instante antes vibraba con gritos y vítores, se apagó de manera abrupta.
Murmullos de desconcierto se extendieron entre la multitud mientras observaban el giro inesperado del enfrentamiento.
—¡Brujería! —clamó alguien, y el grito se propagó como una chispa en pólvora. —¡Brujería! ¡Trampa!
Otros se unieron al clamor, protestando contra lo que creían era un acto de magia negra.
Renek no respondió. El momento era suyo.
Avanzó con decisión, barrió las piernas de Claw con una patada y lo hizo caer cual saco de huesos.
Claw intentó incorporarse, pero el pie de Renek ya le oprimía el pecho.
Los ojos irritados del coyote no lograban enfocarse.
Se revolvía, derrotado, bajo el peso de una voluntad más firme que la suya. La multitud contuvo el aliento, dividida entre la incredulidad y la fascinación.
El presentador del duelo entró en el círculo entre la algarabía creciente. Tomó el brazo de Renek y lo proyectó hacia lo alto a modo de celebración.
—¡El Caminante Errante de los misu es el vencedor del Duelo de Puños! —proclamó.
La respuesta fue inmediata: vítores eufóricos de los misu, bufidos y protestas de los coyotes y una corriente de inquietud entre quienes aún no sabían si habían presenciado un combate o un acto de magia oscura.
Salió del círculo y se reunió con Egon y Quenzo. El sudor le corría por la frente, mezclado con la sangre seca en el labio.
—¿Qué demonios has hecho ahí? ¿Magia negra? —espetó Egon, medio asombrado, medio aliviado.
Renek se limpió la boca con el dorso de la mano, medio sonriendo.
—Magia no sé, pero pimienta negra sí que es posible que haya usado —confesó—. Cortesía de Quenzo y Rall.
El joven misu lo miraba con los ojos desorbitados, incapaz de decidir si contemplaba a un hombre o al héroe de una gesta.
—¡Qué cabrón! —exclamó con entusiasmo—. Impresionante. Y pensar que ayer parecías un vegetal... ¡Rall me debe una pinta!
La euforia del momento hizo que Renek no le diera importancia al comentario.
—Nunca había visto a un forastero ganar el Duelo contra tipos que llevan años peleando así —se ajustó los pantalones, que le iban graciosamente grandes—. Nando sabía lo que hacía cuando te eligió.
El conductor del duelo hizo sonar el flautín largo y tendido para acallar el bullicio y anunciar de forma oficial la victoria de Renek. Pero el silencio no llegó.
Varios coyotes rojos irrumpieron, abriéndose paso entre empujones.
—¡Ese bastardo hizo trampa! —vociferó uno.
—¡No se merece el premio! —añadió otro.
—Y no lo tendrá —dijo una tercera voz, más serena, más peligrosa.
El maestro de ceremonias agitó las manos en un gesto inequívoco.
—Las reglas son claras —anunció, tenso—. El premio es para el vencedor. La mujer pasa a manos de Renek.
—Conozco bien esas reglas —replicó el tercer hombre, que se abría paso entre la multitud—. Y el brujo no se llevará el premio.
Un hombre delgado y de estatura mediana se abrió paso, atrayendo todo tipo de miradas con su porte ostentoso y desafiante.
Era el organizador que Renek había visto hacía unas horas junto al hombre que registraba a los participantes.
Llevaba una camisa de lino blanco, algo arrugada y manchada de polvo.
Sobre sus hombros reposaba una capa carmesí que había visto mejores días, pero que aún conservaba cierto aire de autoridad.
Un cinturón ancho con hebillas relucientes aseguraba varias correas de las que colgaban cuchillos y pequeños bolsos de cuero. Todo en él transmitía vanidad.
—¡Atención, escoria del subsuelo! —tronó la voz de Yvegger, que se proyectó como un látigo sobre el gentío.
Miró primero a Renek, luego al resto del tumulto—.
El representante de los misu ha hecho trampa.
Ha usado magia negra en el combate final para cegar a nuestro luchador.
¡Los coyotes no toleramos farsas! Por este acto tramposo de los misu, declaro el premio anulado.
La capitana será subastada aquí mismo, como es debido.
La incredulidad recorrió la caverna. El registrador, quien aún conservaba un poco de sentido común, dio un paso al frente.
—No puedes invalidar el resultado ahora, Yvegger —dijo con firmeza—. Si pensabas que había trampa, debiste detener el combate en el momento. ¿Qué pensarán el resto de las bandas? Va contra todos los acuerdos.
Yvegger descargó sobre él una mueca feroz.
—Cállate, viejo —su cabello rubio y despeinado le cubrió parcialmente los ojos al girarse con brusquedad—, y quédate con tus principios. Por pensar así has acabado tomando notas en vez de decisiones.
Volvió a alzar la voz, dirigiéndose al resto: