Capítulo 26 Duelo de Puños #2
El tramistral, ya dándose por victorioso, se precipitó.
Dio un paso más y colocó el pie justo encima del área donde estaba la cuerda.
De pronto, la cuerda se tensó y se cerró alrededor de su tobillo.
Fue arrancado del suelo como si un dios furioso le hubiera segado las piernas.
Cayó de espaldas con las extremidades aún alzadas.
La multitud manifestó entusiasmo. Aquello era parte del espectáculo.
El coyote no dudó. Saltó sobre su rival antes de que este lograra comprender lo que había ocurrido. Descargó una lluvia de golpes rápidos y crueles. El último, en el arco de la mejilla, lo dejó inmóvil.
El vencedor extendió los brazos en triunfo, se pavoneó ante los vítores de la multitud y exhibió una sonrisa despreciable.
—Esto no me gusta… — dijo Egon.
Los coyotes rojos celebraron su victoria con burlas. Otros dos tramistrales arrastraron al derrotado fuera del corro.
Enseguida entraron dos nuevos luchadores. Era una ronda con dos mujeres, anunciadas con voz ceremoniosa en representación de los Zorros Negros y la banda de los Nitas. Renek las examinó con atención.
La luchadora de los Zorros Negros avanzó con la gracia de una bailarina en plena danza ritual.
Sobre sus hombros, hombreras rígidas endurecidas con grabados ornamentales.
Una falda corta, desgastada y asimétrica, dejaba al descubierto una pierna mientras cubría la otra; y de sus botas altas asomaban calcetas oscuras que le trepaban por los muslos.
Su contrincante, una nita de cuerpo robusto y talla imponente, la sobrepasaba por una cabeza.
Tenía el cabello recogido en un moño estrambótico.
Su vestimenta, a medio camino entre lo ritual y lo salvaje, consistía en unas protecciones de tela áspera afianzada con costuras bastas y un cinturón adornado con pequeños huesos de animal.
Dos trazos negros marcaban líneas firmes bajo sus ojos.
El sonido del flautín dio inicio al combate.
La zorro negro demostró ser muy escurridiza, toreando los intentos de su rival por atraparla.
Sus golpes eran rápidos y continuos, e iban encontrando pequeños huecos en la defensa de la nita.
Esta, frustrada, respondía con fuerza bruta, lanzando manotazos que intentaban, en vano, atrapar a su escurridiza oponente.
Durante varios instantes, la agilidad venció a la potencia. Pero un descuido bastó: un codazo repentino de la nita se estrelló contra el pómulo de su oponente con un chasquido que sonó muy desagradable. Renek sospechó que le había roto el hueso.
Acorralada y respirando con dificultad, la zorro negro se agachó y lanzó una piedra hacia el rostro de su enemiga.
Impactó en su cuenca ocular y la nita retrocedió, frotándose el ojo con desesperación.
En ese breve instante, la zorro negro se abalanzó sobre ella y le atizó una ráfaga de golpes dirigidos a la cabeza.
Su adversaria tambaleó. Sin embargo, en un último estallido de furia, la nita se lanzó a ciegas hacia delante.
Sus brazos atraparon uno de los de su contrincante.
La agaró, la levantó por los aires y la estrelló contra el suelo.
El público contuvo la respiración mientras la nita se echaba sobre ella y la inmovilizaba sin esfuerzo.
El maestro de ceremonias proclamó su victoria.
Monedas cambiaron de mano. Renek miró a Egon, quien negó con la cabeza en señal de desaprobación.
La violencia del espectáculo y las trampas descaradas no auguraban nada bueno.
El flautín volvió a sonar. El conductor del acto señaló hacia Renek con un gesto teatral. Este avanzó hacia el círculo, lo que arrancó risas y murmullos burlones entre la multitud.
Su oponente ya lo esperaba: un hombre ancho y de mandíbula cuadrada, con una cofia apretada que le cubría el cráneo. Golpeaba sus puños entre sí como si golpeara la carne misma del aire. Era un gigante sudoroso, con músculos tensos que brillaban bajo la luz de las antorchas.
La diferencia entre ambos era considerable.
Sonó la señal de comienzo, y el hombre se lanzó enfurecido.
Sus puños eran martillazos. Renek eludió el primero, sintiendo cómo el viento le rozaba la mejilla.
Pero pronto entendió el patrón. Cada movimiento de su rival era previsible, cada ataque nacía del mismo impulso ciego.
Lo provocó con ataques que no llegaban a ejecutarse.
Su rival, cada vez más frustrado, respondía con embestidas torpes que lo dejaban expuesto.
Su respiración se volvió pesada y sus movimientos más erráticos.
Cuando intentó atraparlo entre sus brazos, se deslizó por debajo de su cuerpo y le propinó una patada precisa tras la rodilla. La pierna del grandullón tembló.
Un rugido furioso precedió otra carga desbocada.
Esta vez, Renek aguantó hasta el último segundo, giró y le golpeó en la espinilla.
El hombretón perdió el equilibrio y se desplomó contra el suelo con un golpe seco.
Sin vacilar, se lanzó sobre él y le asestó un puñetazo limpio a la sien.
El brillo se apagó en los ojos del gigante.
Se irguió sobre el cuerpo del derrotado. El maestro de ceremonias proclamó su victoria, y la caverna se llenó de una mezcla caótica de vítores y abucheos. Egon, en un rincón, celebró con un aplauso discreto.
A su salida del círculo, cruzó entre el gentío que aún gritaba y apostaba. Egon lo esperaba con un pellejo de agua. Lo aceptó con una breve inclinación de cabeza. Mientras bebía a sorbos breves, Egon se inclinó hacia él, manteniendo la voz baja.
—He estado observando la jaula —susurró mientras indicaba con un leve gesto de cabeza la dirección en la que Kida permanecía cautiva—. Con todo este alboroto, podríamos aprovechar para liberarla.
Renek se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Los gritos de la multitud, cada vez más salvajes, formaban un muro de ruido que les ofrecía una burbuja precaria de intimidad.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó mientras le devolvía el pellejo.
Egon le expuso su plan, fragmentado por la necesidad de disimulo.
Sus dedos trazaban líneas invisibles en el aire y señalaban a los dos hombres que cubrían su boca y nariz con pañuelos rojos y custodiaban la jaula.
Ambos estaban atentos al combate, aunque sus ojos no dejaban de recorrer la muchedumbre.
La idea era simple: crear una distracción que alejara a los vigilantes para que uno de los dos pudiera acercarse a la jaula.
Ambos comenzaron a desplazarse con cautela entre la gente, serpenteando entre gritos y apuestas. Se aproximaron poco a poco al cerco de la jaula, aunque no tanto como habrían querido. Egon soltó una maldición apenas audible al constatar la imposibilidad de acercarse más sin ser detectados.
—Es ahora o nunca —murmuró Renek, con un tono que era casi un ruego—. No sabemos cuánto tiempo más estará aquí.
Egon apretó los labios y negó con la cabeza mientras señalaba la postura alerta de los guardias. Entre susurros tensos, ambos discutieron, sus argumentos chocaban con una frustración cada vez más difícil de contener.
La misma voz áspera y sarcástica retumbó sobre la cacofonía general:
—¡El siguiente combate! ¡El Caminante Errante contra el Carnicero de los Ceniza!
Se apartó de Egon, cuyos ojos reflejaban una mezcla de preocupación y resignación.
El ingeniero lo sujetó del brazo con firmeza para retenerlo un instante más en la sensatez.
Pero ya era tarde. El nombre había sido dicho, y con él, el destino echado.
Antes de dirigirse al perímetro, sus facciones se torcieron en dirección a la jaula donde Kida yacía inmóvil.
Su oponente ya le aguardaba. Fumaba con desgana.
Era más bajo que Renek, aunque más fibroso, con un torso al descubierto.
Bajo su chaleco abierto, un pez monstruoso se retorcía en la tinta de su pecho desnudo.
En su cabeza afeitada se elevaba una única franja de cabello que lucía cual cresta de un gallo.
Su ojo derecho, de un blanco lechoso, estaba apagado, pero el izquierdo brillaba con una malicia viva.
Cuando el flautín sonó, el Carnicero comenzó a moverse con calma, midiendo a Renek con ojos penetrantes mientras caminaba en órbita.
El cigarro colgaba de su boca, y no había urgencia alguna en él.
Evaluaba los resquicios en la defensa de su oponente.
De pronto, lanzó una patada que no buscaba impacto, sino reacción.
Estudiaba. Probaba. Cada movimiento parecía ensayado, y el cigarro permanecía sujeto con firmeza entre sus dientes.
Renek intentó colarse con un golpe directo, pero su adversario esquivó sin esfuerzo y respondió con una finta baja.
Una patada voló hacia sus costillas, que bloqueó medio agachándose y cruzando los antebrazos. La multitud rugió ante el ataque.
Golpe tras golpe, el enfrentamiento fue perdiendo ligereza.
La fatiga empezaba a asomar en ambos luchadores.
El humo del cigarro, constante y molesto, comenzaba a enrojecerle los ojos.
En un momento de claridad, Renek captó un patrón: el hombre siempre se volvía hacia su derecha.
Era su forma natural de cubrir la ceguera de su ojo derecho.
Con cada giro, la brasa del cigarro trazaba un arco regular.
Apostó todo en ese detalle.
Fingió tropezar y dejó su costado derecho abierto como una puerta mal cerrada.
El Carnicero se giró, previsible, para aprovechar la supuesta debilidad.
Renek se impulsó y lanzó un golpe directo al cigarro.
La colilla explotó en una lluvia de brasas ardientes que le picaron el semblante.
El hombre reculó con un bramido, cegado.
En ese instante, arremetió: un puñetazo al hígado, seco, y luego otro, descendente, directo a la base del cráneo.
El cuerpo pasó a ser un saco sin dueño que cayó al suelo.