Capítulo 26 Duelo de Puños
Un golpeteo seco en la puerta lo sacó del sueño. Emila se dejó ver por el umbral.
—Es hora —anunció con voz queda.
Se incorporó con lentitud, aún con el cuerpo entumecido por la dureza del entrenamiento con Rall y Quenzo. Próximo a él, Egon ya estaba de pie, ajustándose las botas.
Emila los guio por los pasillos del refugio misu hasta una sala con paredes atestadas de pertrechos, armas y restos de equipos en desuso. Sobre un maniquí de tela deshilachada colgaba un conjunto: chaleco de cuero flexible, guantes reforzados y una camisa holgada.
—Esto te servirá más que esos harapos —dijo mientras señalaba el atuendo con un leve gesto de barbilla—. La camisa es nueva, más grande, te dará más libertad de movimiento.
No comentó nada. Intuyó que aquella «libertad» era solo una forma de justificar la talla excesiva. Pero no le faltaba razón. A decir verdad, pese al comentario sobre su ropa, la expresión de Emila era menos belicosa que el día anterior, aunque aún mantenía ese aire de cautela que la caracterizaba.
Se cambió en silencio. El chaleco le presionaba la espalda y la herida aún estaba fresca, pero prefería no pensar en ello.
Poco después, un muchacho de rostro lampiño se presentó en la sala: Quenzo.
Les pidió que lo siguieran, y apenas emprendieron la marcha comenzó a hablar sin pausa, con ese ímpetu inagotable de la mocedad.
—Recuerda, no hay reglas escritas —explicó mientras agitaba las manos—. Si alguien cae, el combate continúa. Si sangras, el combate continúa. Solo se detiene cuando uno queda inconsciente o se rinde. O bueno...
No necesitó terminar la frase.
—¿Hay algún tipo de juez? —preguntó Egon, con escepticismo.
Una risotada jovial brotó del muchacho.
—¿Juez? Esto no es una justa osmense. Aquí, los únicos jueces son los ojos que apuestan. Y lo único que exigen es sangre y espectáculo.
Llegaron a una caverna amplia, donde se agolpaba una multitud encendida.
Voces roncas gritaban apuestas, se alzaban cántaros de bebida y el tintineo de las monedas volaba de mano en mano.
En el centro, un círculo de piedras marcaba el terreno del combate.
Renek reconoció entre la muchedumbre a miembros de distintas bandas, algunos ya ebrios y peleando por la atención del corredor de apuestas.
Los Coyotes Rojos ocupaban un flanco entero de la caverna.
Qenzo les indicó una esquina más despejada.
—Los misu nos quedaremos aquí —dijo, y señaló con la cabeza a un grupo que portaba brazaletes con el emblema del roedor y la moneda—. Cuando suene el flautín y digan tu nombre, será tu señal para entrar al círculo.
Renek buscó indicios sobre su primer oponente entre la multitud. Caminaba con la espalda recta y actitud imperturbable, ajeno a los cuchicheos y a los comentarios despectivos. Egon, codo con codo, lanzaba miradas de advertencia a todo aquel que se acercara más de la cuenta.
Los susurros y risas los acosaban sin tregua. Algunos apostadores los señalaban sin disimulo, evaluándolos con ojos codiciosos. Una mujer con varias pequeñas cicatrices en la cara soltó una carcajada estridente.
—¿Ese es el campeón de los misu? —gritó alguien entre la multitud.
Uno de los Coyotes Rojos, fornido, con el propio animal tatuado en el cuello, se interpuso en el camino de Renek. Su sonrisa mostraba una hilera de dientes metálicos, desiguales como clavos oxidados.
—Nando debe de estar desesperado para mandar a un donnadie como tú —escupió las palabras con desprecio—. ¿Qué pasa? ¿Ya no le quedan hombres de verdad?
La multitud estalló en risas y chanzas. Renek estudió al coyote sin inmutarse, memorizando cada detalle: la postura desequilibrada, el temblor sutil en la mano derecha, la forma en que favorecía su pierna izquierda. Signos de un viejo luchador que compensaba sus heridas con bravuconería.
Quenzo dio un paso al frente, pero Renek lo detuvo con un gesto leve. No merecía la pena responder. Cada réplica sería un desperdicio. Debían reservarse para el combate, no para los perros que ladraban desde fuera del círculo.
La decepción de la multitud fue palpable. Querían un espectáculo antes del duelo, y él se lo negó. Las burlas continuaron, pero Renek las dejó resbalar mientras seguía su camino, ignorando escupitajos, gritos y gestos obscenos.
—Si todo pinta feo en el círculo... —comentó Quenzo— Espero que al menos hayas aprendido algo.
Algunos coyotes golpeaban sus jarras contra las paredes, marcando un ritmo cavernoso.
Otros imitaban puñetazos en el aire al pasar junto a él.
Egon escaneaba el gentío y calculaba rutas de retirada o señales de peligro.
Su compañero había estado demasiado callado desde que entraron en la caverna, consciente de que una sola palabra podría desencadenar una avalancha de violencia.
Entre el gentío, Renek divisó una jaula de hierro herrumbroso al fondo del recinto.
Dentro, una figura femenina yacía inconsciente sobre el suelo de planchas roñosas, envuelta en un aire de abandono que dolía a la vista.
La débil luz que se filtraba entre los barrotes rozaba un rostro ovalado, de pómulos discretos y labios entreabiertos.
Una amalgama humillante de harapos y cuero cubrían su torso y piernas.
Un corsé gastado, con los broches torcidos y una de las tiras deshilachada, dejaba entrever las costillas bajo la piel; y una argolla, funcional y sin ornamento alguno, le rodeaba el cuello, ajustada lo suficiente como para recordarle su posición.
Se le formó un nudo en la garganta. La imagen de aquella mujer de su sueño, luchando contra el guerrero encapuchado, cobró nueva relevancia.
Era ella. La misma que ahora yacía inconsciente, reducida a trofeo.
Su piel, otrora clara pero blanquecina entonces por el cautiverio, contrastaba con los grilletes que ceñían sus muñecas, unidos por una cadena corta que limitaba todo movimiento.
Egon se adelantó.
—¡Kida! —gritó, aunque su voz se quebró en un susurro.
Dos coyotes rojos lo interceptaron antes de que alcanzara la jaula. Lo empujaron con brusquedad, haciéndolo tambalearse hacia atrás. Kida permaneció inmóvil. Apenas se le notaba la respiración, aunque su silueta esbelta conservaba un aplomo extraño para alguien postrado en cadenas.
Quenzo, que se había separado de ellos, se acercó a una mesa improvisada donde dos hombres anotaban los nombres de los participantes sobre un pergamino amarillento.
Uno de ellos, mayor, de cabello largo y canoso como un manojo de raíces secas; el otro, más joven, con una media melena rubia despeinada y la expresión calculadora del que sabe moverse entre fieras.
Mientras Quenzo intercambiaba algunas palabras con el mayor, señalando en ocasiones a Renek, el más joven levantó la vista hacia el luchador de los misu y lo escrutó con curiosidad. Un regocijo se le dibujó en los labios.
—Los misu siempre traen piezas interesantes —murmuró el hombre de pelo canoso. Luego se inclinó hacia Quenzo—. Con suerte, hoy veré a los coyotes tragarse su orgullo.
El hombre selló el pergamino con los nombres de los participantes con cera roja y se perdió entre la multitud.
Renek se abrió paso entre el gentío y se situó cerca de un grupo de misu que vitoreaba y apostaba.
Egon lo alcanzó poco después. En el centro de la arena improvisada, un coyote rojo de complexión enjuta entró al trote.
Se movía con la agilidad de un zorro en celo, girando sobre sí mismo para provocar a la multitud.
Su adversario, un joven de la banda Tramistral, también delgaducho, entró a continuación, no demasiado feliz.
Llevaba una chaqueta de cuero oscuro con costuras visibles y cierres decorativos dorados, y un emblema en forma de ave de pico alargado bordado en la espalda, en el mismo tono azul que el interior de la chaqueta.
Un tercer hombre, de frente despejada y voz áspera y sarcástica, se adentró en el círculo.
—¡Hombres y mujeres del distrito! —vociferó mientras levantaba los brazos—. ¡Hoy, ante vuestros ojos atentos, unas cuantas almas valientes se alzarán para disputarse un jugoso premio con la pureza del puño y la fuerza del espíritu!
La muchedumbre estalló en vítores, risas y apuestas.
—¡Que no haya armas, salvo el acero de su voluntad!
¡Que no haya escudos, salvo el orgullo que llevan en el corazón!
—hizo una pausa dramática, dando espacio al público, que vociferaba con emoción—.
En nombre de Yvegger, y con el permiso de los de arriba —dijo mientras señalaba al techo.
La gente rio—, ¡doy inicio a este torneo!
Un silbido monótono de flautín marcó el comienzo.
El tramistral se lanzó contra el coyote como un toro embravecido.
Encadenó una serie de golpes en el torso, arrancando gritos de júbilo de la audiencia.
El otro retrocedía, en apariencia sobrepasado por la potencia de su rival.
Pero algo en aquella retirada no encajaba.
En medio del forcejeo, Renek notó algo. Entre esquivas y bloqueos, vio como el coyote, sin perder su teatralidad, iba guiando al tramistral hacia un punto concreto del suelo.
Una zona donde el suelo se veía levemente removido, similar a cuando alguien pasa el pie para cubrir algo.
Retrocedía un paso... luego otro... siempre hacia ese mismo rincón.
El tramistral, cegado por la euforia del dominio, lo seguía con vigor.
Y Renek lo vio.
Una cuerda fina en forma de aro, tendida al nivel del suelo, bajo una capa de barro. Alguien la debía haber colocado antes del combate. El resto de la cuerda se perdía hacia el público.
El tramistral no la advirtió.
Su contrincante fingió un tropiezo, dejó su flanco al descubierto y esperó.