Capítulo 25 Un trato es un trato
Los primeros resplandores del día se filtraban a través de grietas en la roca, como si el mundo de arriba intentara colarse en los dominios sombríos del Distrito Subterráneo. Bajo esa luz incierta, Renek, Egon, Deetra y Juzaontux partieron hacia el campamento misu.
Renek caminaba atento. Se fijó en cómo Deetra avanzaba con gesto tenso, en cómo las trenzas ondeaban con un ritmo que calcaba el vaivén de sus pensamientos.
Detrás, Juzaontux reptaba con esfuerzo entre los tramos más angostos.
Su tamaño le obligaba a avanzar con paciencia, y el grupo aminoraba el paso con frecuencia para permitirle continuar.
Era Egon quien abría la marcha. El capitán recordaba bien el camino, aunque una vez tomado el túnel solo era seguirlo hasta la puerta que marcaba el principio del territorio de los misu.
Desembocaron en la entrada vigilada. El responsable de guardia había cambiado. Este nuevo vigilante era más alto y delgado que Emila, y los observó con los párpados entrecerrados, evaluando su presencia desde lo profundo de una desconfianza contenida.
—Venimos a ver a Nando Pez —anunció.
Su llegada parecía prevista. El vigilante empujó con ambas manos la puerta de madera.
Lo siguieron por el pasaje, que se ensanchaba de forma considerable comparado con el anterior.
El techo se elevaba lo suficiente para que Juzaontux pudiera caminar sin encorvarse.
Al llegar a la segunda puerta, otro vigilante los examinó con atención.
Su inspección se demoró en las armas que portaban, pero no pidió que las entregaran.
Con un gesto parco, les permitió el paso.
El primer vigilante dio media vuelta sin decir palabra.
En esta ocasión, el campamento misu hervía de actividad.
Había hombres y mujeres remendando ropas, afilando cuchillas...
Otros pocos intercambiaban palabras con bebidas en su mano.
Lo cierto era que el ambiente en el refugio misu distaba mucho de la hostilidad que aquel cabecilla de los Coyotes Rojos había descrito.
Deetra se detuvo y recorrió el espacio con la mirada.
Algunos misu pasaron cerca de ellos sin prestarles más atención que un vistazo curioso ocasional.
Algunos incluso inclinaban la cabeza con cortesía al cruzarse en su camino.
Una mujer pasó junto a ellos cargando una cesta de verduras y les dedicó una sonrisa cansada pero amable.
Sorprendía aquel ambiente doméstico en una banda callejera.
La tensión abandonó de forma gradual el cuerpo de Deetra.
La joven caminaba ahora con más soltura, aunque mantenía cierta cautela.
Sus ojos ya no saltaban de individuo en individuo, sino que observaban con genuina curiosidad las actividades cotidianas del campamento.
Juzaontux también se mostraba relajado, inclinando a veces la cabeza en señal de reconocimiento cuando algún misu lo saludaba.
Cuando cruzaron la entrada a la sala principal, Nando Pez levantó la vista de los papeles que revisaba.
Una leve expresión de desconcierto cruzó su rostro antes de ser sustituida por una seriedad profesional.
A su lado, Emila apretó la mandíbula, sus ojos seguían con atención cada movimiento del grupo.
Nando rodeó con calma el escritorio y avanzó hacia ellos.
—Habéis regresado. ¿Alguna novedad?
Renek vaciló un instante. La respuesta era evidente, teniendo en cuenta que habían regresado sin sus hombres.
—Encontramos dos cuerpos en el campamento de los coyotes —respondió al fin—. Estaban... en un estado difícil de describir.
Nando cerró los ojos con lentitud. El peso de las palabras necesitaba un instante para asentarse. Emila entrecerró los labios para contener un remolino de rabia y pena.
—¿Cómo murieron? —preguntó ella, teñida de dolor.
—No lo sabemos con certeza —dijo a la vez que miraba de forma fugaz a sus compañeros—. Pero fue una muerte rápida —mintió.
Nando asintió con lentitud, pensativo, con una resignación que no era nueva para él. No dio la impresión de estar sorprendido.
—Me lo imaginaba —murmuró, y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—¿Lo sabías? ¿Y no hiciste nada? —intervino Deetra, incrédula.
—Sabía que no habían vuelto. No sabía dónde estaban, ni por qué no habían regresado. Pero ya he dado órdenes. Otro grupo partirá pronto. No pienso dejarlos tirados.
Renek lo miró con detenimiento. En sus ojos no había lágrimas.
Solo una determinación templada por la pérdida y una voluntad inquebrantable de seguir adelante.
Avanzó un paso. Las muertes aún flotaban en la estancia, demasiado recientes para convertirlas en moneda de cambio.
No le gustaba lo que estaba a punto de hacer, ni el momento elegido, pero tampoco podía fingir que no habían venido por algo más.
—Sobre el duelo —comenzó—. Quiero confirmar lo que acordamos sobre el patrocinio.
Nando alzó la mirada. Miró a Emila con una expresión indescifrable y luego se enfocó en Renek.
—No he olvidado el acuerdo —respondió, dejando caer las palabras con la gravedad que merecían—. Teníamos un trato y voy a respetarlo. Soy un hombre de palabra.
Nando regresó a su escritorio y desenrolló con cuidado un documento sobre la superficie agrietada de madera. Sus dedos tamborilearon un instante antes de hablar.
—Prometí ayudarte a participar en el Duelo de Puños del Distrito Subterráneo —dijo al fin—.
Representaremos tu nombre bajo la enseña de los misu en el duelo.
Además, correremos con los gastos y nos encargaremos de la inscripción.
Estas son las condiciones del patrocinio: tú peleas, nosotros te respaldamos y, a cambio, te aseguras de ganar. No aceptamos menos.
—¿Vas a respaldar a un sin nombre para que participe en representación de los misu? —intervino Emila con incredulidad—. No durará ni un asalto. ¿Y qué imagen daremos? Seremos el hazmerreír de todo el distrito.
Renek se extrañó por las palabras de Emila. Dirigió su atención a Nando, esperando su respuesta. El cabecilla se tomó unos segundos antes de hablar. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla y se apoyó sobre el escritorio, con los codos abiertos como alas tensas.
—Debes entender algo sobre el duelo —dijo—. No es un combate noble ni limpio. Es una pelea callejera. Sin reglas claras, sin mediadores.
Lo único que importa es quién queda en pie al final.
Renek frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir? —intervino Egon.
—Quiero decir —prosiguió— que cada participante guarda una pieza fuera del tablero...
—¿Y eso os parece aceptable? —replicó Egon—. ¿Golpes bajos, trampas? ¿Dónde está el honor en algo así?
Nando rio a carcajadas por las palabras del ingeniero.
—El honor no te protege cuando te parten la cara en la arena, soldado unionista. Aquí sobreviven los que se adaptan, no los más rectos. Si esperabais un combate limpio, os habéis equivocado de mundo.
—No hablamos de sobrevivir —espetó Egon—. Hablamos de justicia. Y, si esto es lo que entendéis por justicia, no me sorprende que estéis hundidos en este agujero.
—Basta —intervino Renek, cansado ya del cruce de reproches, y clavó los ojos en Nando—. ¿Por qué no nos lo dijiste antes?
Nando se mantuvo imperturbable, con la calma de quien está acostumbrado a dar malas noticias.
—Porque quizás os hubierais echado atrás y habríais buscado una manera alternativa de rescatar a vuestra amiga.
Ahora ya estáis cerca de ello, es vuestra única opción.
Además, no puedo arriesgarme a enviar a ninguno de mis hombres al duelo.
No después de las pérdidas que hemos sufrido.
Si ganas el duelo, los misu nos llevamos el reconocimiento de las demás bandas y vosotros recuperáis a vuestra capitana.
Si pierdes el duelo, bueno..., al menos no pierdo a ninguno de mis hombres.
—Veo que lo tienes todo pensado—murmuró, amargo—. Siempre con algún truco bajo la manga.
—Tomo eso como un cumplido, muchacho. Llamémoslo supervivencia. La vida aquí abajo no deja espacio para los ingenuos. ¿O te crees que liderar un grupo es dar caramelos a los niños y flores a las doncellas? Esto no es un cuento de hadas.
La expresión de Egon seguía siendo de puro disgusto. Pero Renek ya había tomado su decisión.
—Estamos dentro.
La comisura de los labios de Nando se curvó en una sonrisa satisfecha. Se alejó del escritorio y los guio hacia una puerta lateral. Los condujo a una estancia amplia de techo bajo y muros irregulares. Varios jergones reposaban contra las paredes, con mantas dobladas sobre ellos.
—Podéis descansar aquí esta noche. Las habitaciones son frías, pero al menos estaréis a salvo. Más tarde os presentaré a Quenzo y Rall —continuó Nando mientras encendía un par de velas en la sala—. Son dos de mis mejores hombres. Te enseñarán algunos trucos útiles para el duelo.
—¿Trucos? —medio sonrió Renek por el tufo a eufemismo.
—Llámalos como quieras —respondió Nando mientras se encogía de hombros—. Necesitarás más que fuerza bruta para sobrevivir en la arena. Quenzo y Rall conocen el estilo de pelea del distrito. Escúchalos. Y aprende.
Era consciente de que cualquier «truco» o ayuda sería de agradecer. Los combates en el Jabalí Dorado habían sido una cosa, pero esto sonaba muy diferente.
—Te esperarán en la saleta de entrenamiento —añadió Nando—. No llegues tarde. El duelo es mañana y deberías descansar.
Nando se disponía a marcharse, pero se detuvo en el umbral. Sus ojos se fijaron un instante en Renek antes de hablar.
—Mis hombres no serán amables contigo durante el entrenamiento. Si quieres sobrevivir al duelo, tendrás que aprender a recibir golpes tanto como a darlos.
Se sentó en uno de los jergones, sintiendo el peso del día en sus huesos.
—¿Algo más que deba saber?
Nando negó con la cabeza con lentitud.
—Gana. Eso es todo lo que importa.
El sonido de los nudillos de Nando golpeando con suavidad la madera marcó el final de la conversación.