Capítulo 24 Cicatrices de esperanza
Reconoció las siluetas irregulares del muro improvisado que protegía el Campamento del Gato, un costillar de piedras, madera y barro mal ensamblados contra la oscuridad.
Percibió un estremecimiento en Deetra, un cambio en su respiración acelerada, cuando sus ojos, atentos como los de un animal que huele la esperanza, distinguieron entre las antorchas la figura inconfundible de Juzaontux.
Sin decir palabra, echó a correr, y el lagarth la recibió con los brazos abiertos.
Se fundieron en un abrazo mudo, trémulo, que hablaba de alivio y gratitud.
Envolvió a Deetra casi por completo. Parecía una muralla viva.
Las esca mas de Juzaontux, otrora opacas por la extenuación, relucían ahora con un brillo renovado.
Se dejó caer sobre el jergón dentro de la tienda.
Una sacudida le atravesó el dorso hasta anclarse en la parte baja de la cervical.
Su espalda maltrecha era una fuente de agonía constante.
Sentía el cuerpo vacío de todo salvo de dolor.
Egon se recostó también, soltando un suspiro largo que derramó toda la tensión del día.
No se dijeron nada, pero el silencio entre ambos resultaba reconfortante después de tanta actividad.
Cerró los ojos un momento para disfrutar de un instante de calma pero, al volverse, un bulto duro le presionó la pierna.
Rebuscó con los dedos hasta dar con el objeto: el diario que había tomado en la cueva, aún guardado en su bolsillo.
Lo sostuvo un instante, pensativo, pero, antes de poder abrirlo, una voz del exterior rompió el recogimiento tenue de la tienda.
Se incorporó de inmediato. La tela de la entrada se apartó un poco y asomó el rostro de Patrica, cuya sonrisa cálida iluminaba la penumbra como un rayo de sol en medio de la borrasca.
—¡Habéis vuelto!
Renek salió, ignorando las protestas de sus músculos y procurando no perturbar a Egon, que ya dormitaba.
Patrica hablaba con los ojos tan vivaces como su voz.
Le contó cómo Juzaontux había regresado con los viales, y cómo, poco después, dos de los enfermos que más tiempo llevaban postrados, exangües e inmóviles, habían empezado a mejorar de forma casi milagrosa.
En cuestión de horas, la fiebre cedió y el color volvió a sus mejillas.
Por primera vez en semanas, se había colado algo parecido a la esperanza en aquel rincón desahuciado del mundo.
Renek la escuchaba, pero no podía apartar de su mente la inquietud de que aquellos escasos viales hubieran sido empleados en tratar a dos enfermos, sin intentar antes replicarlos. Aun así, no dijo nada. La sonrisa de Patrica se atenuó al ver la sombra que velaba su mirada.
—Perdona. Hablo sin parar y tú apenas puedes tenerte en pie — suavizó las palabras hasta volverlas un murmullo afectuoso—. Deberías descansar. Lo necesitas más que nadie.
Antes de marcharse, le dedicó una última sonrisa, cálida y verdadera. Fue entonces cuando advirtió a Montsa, sentada no muy lejos, meciéndose con lentitud en un balancín. Su silueta se integraba con naturalidad en los enseres del campamento. Con el diario entre las manos, se dirigió hacia ella.
La anciana lo sintió acercarse, y su expresión se tornó afectuosa.
Cuando Renek le tendió el cuaderno, sus manos lo acogieron con la devoción de quien recibe un regalo más valioso que el oro.
Sus dedos, torcidos por la edad, acariciaron la cubierta gastada con delicadeza casi religiosa.
No fueron necesarias muchas palabras. La ternura en la curva de su boca lo decía todo.
Lo abrió con cuidado, temiendo que con ello pudiera despertar viejos fantasmas.
Pasó las páginas mientras sus labios se abarquillaban en una sonrisa melancólica.
Allí dentro, en esas páginas llenas de tinta temblorosa, vivía aún la voz de Abren, casi un hijo para ella.
No eran solo registros e ideas; eran los últimos pensamientos de alguien que había dedicado su vida a cuidar de los demás.
Una gravedad amable se apoderó del momento cuando alcanzó las últimas hojas.
—Así que no volverá... —susurró, apenas un aliento.
Renek la miró con compasión. Las páginas crujieron al cerrarse, y el diario quedó entre sus manos como una reliquia.
—Pero nos dejó algo muy valioso —añadió Montsa mientras alzaba el cuaderno—. Todo está aquí. Su saber. Su compasión. Su legado.
Se incorporó con lentitud, apoyándose primero en los reposabrazos de la mecedora. Había en sus ojos estropeados una luz que no era del presente, sino del porvenir. Se acercó a Renek y posó una mano sobre su brazo.
—Lo que hiciste por Juzaontux... por los enfermos del campamento... por todos nosotros —sacudió la cabeza—. Pocos se jugarían el cuello por desconocidos.
Se removió. No se sentía merecedor de tales elogios cuando sus motivos iniciales habían sido otros. La anciana pareció leer su incomodidad.
—Las buenas acciones valen más cuando nacen de corazones dudosos —dijo, con una sonrisa suave—. Ve a ver a Rubort. Está con Sindra y Taniel, los cuida mientras se recuperan.
Señaló con la barbilla una tienda cercana, de la que salía un hilo de luz cálida. Renek se alejó despacio. Tras un instante oyó el suave crujido de las páginas del diario, que se abría de nuevo. La voz de Montsa, un débil murmullo, llegó hasta él.
—Gracias, Abren. Incluso al final sigues cuidando de nosotros. Que Zol ’ Gurath te siente con él...
Apartó con suavidad la tela de la entrada y se adentró en la tienda.
Una mujer y un niño reposaban en jergones, cubiertos hasta el mentón con mantas raídas.
Rubort estaba sentado entre ellos y les cambiaba con manos lentas los paños húmedos de la frente.
Cuando el anciano lo vio entrar, elevó la vista con esos ojos en los que se adivinaba el recuerdo de demasiadas despedidas.
—Míralos —susurró mientras señalaba a los enfermos—. Hace unas horas creí que no verían otro día. Y ahora... Los has salvado.
Le indicó un taburete cercano. Renek obedeció sin hablar y sintió que el cansancio aún le anudaba la espalda.
—No muchos arriesgan su vida por extraños —el viejo hizo una pausa y escurrió un paño en un cuenco de agua—.
Patrica sueña con empezar de nuevo, lejos de todo esto.
Corl habla de buscar trabajo en el Distrito Popular...
—dejó escapar una risa amarga, teñida de resignación—.
Tú mismo has visto cómo está todo ahí fuera.
Los nox, los coyotes... y aun así quieren marcharse —se inclinó hacia delante y bajó la voz—.
Hemos sobrevivido porque hemos permanecido juntos.
Cada vez que uno se va, algo se rompe. Pero son jóvenes.
Tienen esa vitalidad, esas ganas de comerse el mundo.
Escuchaba en silencio. Comprendió que no era solo preocupación lo que hablaba por boca del anciano.
Era miedo. Miedo a ver desmoronarse la comunidad que tanto había costado construir.
Miedo a quedarse solo en un mundo que ya había devorado a demasiados.
Observó cómo Rubort cubría a Taniel con un cuidado que solo los que han amado en lo más profundo saben ofrecer.
—Este sitio no es mucho —prosiguió Rubort, ahora más sólido—, pero es nuestro hogar. Y, gracias a ti y a los tuyos, seguirá siéndolo. Quiero que lo sepas, muchacho: aquí siempre tendréis un lugar. El Campamento del Gato no olvida a quienes lo ayudan.
No supo cómo responder. El peso de la gratitud le resultaba incómodo. Rubort percibió su incomodidad, y una sonrisa serena se dibujó en su rostro ajado.
—No es solo por los viales —añadió—. Es por mostrar que aún existe gente dispuesta a ayudar sin pedir nada a cambio. Que aún queda bondad en este mundo. Eso, hijo mío, vale más que cualquier medicina.
Caminaba de regreso a su tienda cuando vio a Juzaontux acercarse en sentido opuesto. El lagarth se movía con una gracia inusual para su tamaño, su cola se balanceaba con suavidad mientras se acercaba. Sus ojos amarillos se clavaron en él con una intensidad que hizo que Renek se detuviera.
—Gracias —dijo Juzaontux, su voz grave se deslizaba como una corriente subterránea—. Por cuidar de Deetra.
Negó con la cabeza y se cruzó de brazos.
—No hay de qué. Habría hecho lo mismo por cualquiera.
El lagarth emitió un sonido bajo, un chasquido entre dientes, semejante a un suspiro entre los de su especie.
—Quizás. Pero mi deuda no es con cualquiera. Es contigo.
Durante un instante, ambos se sostuvieron la mirada. No había juicio ni duda.
—No me debes nada. Si protejo a alguien, lo hago porque es lo correcto, no por recompensas.
Juzaontux asintió con lentitud.
—En eso, humano, tú y yo no somos tan distintos.
Sin añadir más, el lagarth extrajo de su cinturón uno de los viales que Renek había sustraído del cadáver del oficial nox en la Boca del Gato. Extendió su garra escamosa, ofreciéndole el vial sin gala ni protocolo. El gesto lo pilló por sorpresa.
—No fue necesario usarlo. Uno y medio bastó. Confío en que sabrás qué hacer con este.
Lo tomó con cuidado, perplejo.
—¿Por qué me lo das a mí?
—Porque Renek es un buen tipo. Tú harás algo con él —respondió Juzaontux.
Los ojos de Juzaontux seguían fijos en él, penetrantes.
No añadió más palabras. El silencio entre ellos se volvió cómodo, cargado de un entendimiento mutuo que no necesitaba más explicaciones.
Sin esperar respuesta, el lagarth inclinó la cabeza una vez más y dio media vuelta, la punta de su cola se deslizaba de izquierda a derecha tras él.
Cerró los dedos en torno al frasco y lo guardó.