Capítulo 23 Infiltración #3
—¡Nando te está contaminando la mente! ¿De qué otro modo ibas a quedarte con los misu? Si supieras la verdad, hace tiempo que los habrías dejado atrás. Se ríen en tu cara y aún les haces el trabajo sucio. No te mereces eso.
Bastó mirarla para notar como se le rompían los esquemas. Las pa labras de Ramdon no habían sido flechas, sino cinceles. En sus ojos brillaba la duda, pero también la rabia.
—Quizás tengas razón... —murmuró al fin Deetra, como si acabara de tragar un pedazo de verdad que no quería masticar—. Pero me da igual. No necesito a nadie. Sé cuidarme sola. Y, si a Nando no le importo, que le den.
—Con nosotros podrías demostrar de qué estás hecha —replicó Ramdon mientras le tendía una mano—. Sin restricciones, sin que nadie te menosprecie por tu edad.
El conflicto ardía tras esos ojos grandes color eucalipto. Ramdon tejía su red con habilidad, e hilaba medias verdades y promesas dulces como veneno diluido.
—No lo escuches —dijo Egon, preocupado—. Está jugando contigo.
Pero la semilla de la duda ya estaba sembrada.
—Si no vas a decirnos dónde están los hombres de Nando, aquí termina tu sermón.
Ramdon suspiró, aceptando con resignación el final de una charla agradable.
—Veo que no sois dados a las segundas oportunidades. Qué desperdicio...
Desenvainó un machete de hoja ancha con un solo gesto.
El primer tajo surcó el aire. Egon se agachó por instinto, pero apoyó todo su peso en la pierna mala.
Se desestabilizó. Sintió el viento de la hoja pasarle por encima.
El segundo ataque llegó de inmediato, y esta vez su espada lo bloqueó en un chispazo fugaz.
A su flanco, Renek enfrentaba a dos de los matones a la vez, haciendo fintas y amagos de ataque para mantener la distancia.
Deetra se deslizó con la sutileza de un suspiro, su daga halló el muslo de la mujer de las rastas.
La habitación era estrecha. Egon dio un paso torpe atrás, cediendo terreno. Ramdon lo siguió. Su estilo era directo y agresivo, pero predecible. Cuando intentó una estocada al costado, giró y dejó que la hoja barrenara el espacio. Luego golpeó la mandíbula de su adversario. Ramdon trastabilló.
Un grito hizo que Renek se volviera. Uno de los guardias había acorralado a Deetra y la presionaba contra la pared mientras con el mango de su hacha le aplastaba el cuello.
Sin pensarlo, llevó la mano al cinto y arrojó la daga de Egon.
El proyectil se clavó en el hombro del agresor, lo bastante profundo como para aflojar su presa. Deetra se escabulló, sofocada.
La mujer, forzando la pierna y perdiendo sangre, cargó contra él con una hoja curva, similar a una hoz.
El primer golpe silbó en el aire. El segundo le pasó a escasos dedos de la punta de la nariz.
El tercero, sin embargo, le alcanzó: la hoja le rasgó el costado y la quemazón de la carne abierta le arrancó una mueca.
Sin esperar un cuarto intento, Renek aprovechó su cojera y se abalan zó contra ella con el hombro por delante. La embistió con todo su peso. Cayó de espaldas con un jadeo ahogado, arrastrando consigo su arma en un estrépito metálico. El tajo en su espalda se abrió parcialmente y comenzó a sangrar.
Egon y Deetra habían reducido a uno de los guardias.
El último auxiliaba a Ramdon, que se incorporó tambaleante, con sangre en los labios.
Embistió a Renek y lanzó una serie de golpes caóticos que este bloqueó rozando el fallo en cada impacto.
Lo empujó para ganar distancia. Su espalda le suplicaba rendirse.
Al ver su oportunidad, Ramdon volvió a saltar hacia él, pero resbaló. Renek reaccionó de inmediato y halló carne en la axila del bandido.
Gritó de dolor.
La mujer profirió un grito ininteligible y cojeó hacia él. Deetra la interceptó con una zancadilla. Perdió la hoz. Se arrastró para recuperarla, pero, antes de que pudiera alcanzarla, Renek le pisó la mano.
El último guardia evaluó la situación. Su trayectoria visual osciló entre sus enemigos y la puerta.
Retrocedió un paso. Luego otro. Y al final se volvió y huyó por el pasillo, sin mirar atrás.
La mujer, al verlo marchar, perdió toda la ferocidad que le quedaba.
Entre forcejeos y maldiciones, Renek y Egon levantaron a la mujer del suelo como pudieron.
Sus trenzas se agitaban con violencia mientras intentaba liberarse, lanzando patadas, retorciéndose como una sierpe y pidiendo clemencia.
Sus botas encontraron la espinilla de Egon y le arrancaron una protesta de dolor.
—Quieta —ordenó Renek, que aferró su brazo con firmeza.
—¡Por favor! ¡Solo cumplo órdenes! —gritó la mujer.
Vio una cuerda enrollada en el suelo y se la señaló a Deetra.
Ella la recogió al instante. Entre los tres la arrastraron hasta una silla y la obligaron a sentarse.
La mujer forcejeaba, suplicaba. Pero sus palabras no encontraban eco.
Egon la mantenía firme mientras Renek y Deetra la ataban al respaldo del asiento.
Ella seguía revolviéndose y pidiendo que no la mataran.
La cuerda crujió cuando la mujer intentó liberarse, pero los nudos aguantaron.
—Por favor... os lo ruego... —dijo, ahora más débil, dirigiéndose a Renek—. No me matéis. No haré nada. Os juro que no os tendré esto en cuenta.
Él la miró largo rato. Buscó un trasfondo más allá del miedo. Luego se dio la vuelta y salió de la sala. La mujer chilló que la soltaran. Suplicó. Pero ni Egon ni Deetra respondieron. Uno tras otro, cruzaron el umbral, y dejaron atrás sus gritos amortiguados.
—No deberíamos dejarla viva —murmuró Deetra—. En cuanto la liberen, volverá a la calle. Y no tendrá reparos en vengarse.
Renek guardó silencio. Fue Egon quien, al fin, respondió con voz grave:
—Los otros murieron luchando. Pero matar a una prisionera indefensa... eso ya no sería justicia. Sería simple crueldad.
—Cruel será lo que hará ella en cuanto vuelva a campar a sus anchas por el distrito.
No obtuvo respuesta y no insistió. Pero Renek percibía en ella una inquietud honda.
Andaba con el rostro ensombrecido. Las palabras de aquel energúmeno le habían abierto una herida que aún no sangraba, pero dolía.
Pensó en hablarlo con ella de camino al Campamento del Gato, pero decidió no presionarla.