Capítulo 23 Infiltración #2
Deetra la observaba con el rostro endurecido por la tensión. Absorbía cada palabra. La empatía se filtraba en ella como un río subterráneo. Las penurias de la esclava la herían también a ella. Parecía decir, sin sonido alguno, que entendía la profundidad de su sufrimiento.
—Si llevas aquí tiempo, debes haber escuchado mil y una conversaciones de esos criminales. Seguro que sabes más de lo que crees —dijo Egon, persuasivo—. Ayúdanos, y quizás podamos ayudarte también.
La mujer se secó las lágrimas con el borde de su delantal, ya empapado y oscuro por el uso.
—Os contaré todo lo que sé, aunque no sé si servirá de mucho. Pero lo que sea para acabar con estos animales.
—Algunos misu fueron atacados por Coyotes Rojos y desaparecieron. ¿Qué sabes de eso?
—¿Cómo? No sé nada de eso... Hace unos días trajeron a dos hombres que se revolvían como animales furiosos, pero no tengo ni idea de quiénes eran. Los llevaron a las celdas y no los he visto salir. Tampoco he oído ningún comentario sobre ellos.
La revelación se reflejó en ambos a la vez. Deetra también comprendió. Aquellos misu nunca salieron de su celda. Quizás nunca se les pensó dejar salir.
—¿Y otros prisioneros? —preguntó Renek—. Buscamos a una mujer llamada Kida.
Los ojos de la mujer se abrieron. El nombre le desenterró una memoria.
—¿Kida? Sí... sí, ese nombre lo he oído. ¿Es la soldado de la Unión? Ese nombre ha estado en boca de muchos de los Coyotes durante días. Pero no está en el campamento. Oí que Yvegger no la quería por aquí. Dice que una mujer entre tanto hombre es un problema... Y, bueno..., no le falta razón.
Su voz se apagó poco a poco. Las palabras se le quebraron por dentro y la mirada se le deslizó al suelo. Sus manos temblaron, no por frío, sino por recuerdos que todavía dolían. Un rictus de dureza se dibujó en su rostro. Cuando habló de nuevo, lo hizo como quien escupe una espina.
—Me imagino que una mujer así es demasiado importante como para obligarla a limpiar mesas y dejarse manosear por babosos. Deben tenerla en algún otro sitio. Solo espero... que no le hayan hecho daño.
Renek buscó señales de engaño. El dolor pulsante en su espalda di ficultaba su concentración, pero en los ojos húmedos de la esclava no traslucía mentira alguna.
—Seguiremos buscando —dijo por fin mientras se incorporaba con esfuerzo—. Tú deberías huir. No te quedes aquí.
—¿No me vais a matar? ¿Soy libre de irme?
—No podemos asegurarte una huida segura, pero nos hemos deshecho de algunos de ellos. Eres libre de probar a escapar.
La mujer lo sopesó en su fuero interno. Aquella idea, la de escapar, irrumpía ajena a su mundo hasta ese instante.
—Qué demonios... —murmuró para sí, antes de levantar la vista—. No sé cómo podré pagaros por esto... Gracias. Que los Cinco os recompensen.
Se inclinó, recogió del suelo el puñal del Coyote muerto y, sin mirar atrás, se escabulló entre las sombras del pasillo.
El grupo se tomó un momento para recomponerse. Renek se colocó de nuevo sus protecciones con movimientos lentos, cada gesto arrastrado por el dolor. Luego, sin mediar palabra, tomaron el mismo camino por el que la mujer había huido, aunque no encontraron rastro de ella.
Avanzaron por otro corredor. La herida, aún fresca y remendada, era una brasa ardiente bajo la ropa y le obligaba a apretar los dientes a cada paso.
Cada rincón y sala que inspeccionaban les exigía precaución.
En una de ellas, encontró una bolsa de cuero con monedas y unos brazales con el mismo emblema del roedor y la moneda que había visto en el refugio misu.
En otra sala, Egon descubrió una daga de hoja elegante que descansaba sobre un escritorio cubierto de papeles, seguramente el botín extraído de algún mercader pudiente de Dampus.
Al final del pasillo, llegaron a una sala amplia, más grande que cualquiera de las anteriores.
Se detuvo en el umbral, sus ojos recorrieron los mapas colgados en las paredes.
Sobre varias mesas reposaban planos de la ciudad.
Contra el fondo, varios maniquíes de entrenamiento, gastados por el uso, yacían como testigos mudos.
Dedujo que aquello era el núcleo de la guarida, el salón donde los Coyotes planificaban sus asaltos, comían y practicaban su puntería.
De hecho, siguiendo el olor a comida recalentada y cerveza estancada, llegaron a lo que parecía una cocina improvisada en una estancia contigua. El olor le revolvió el estómago.
Mientras él y Egon revisaban armarios en busca de provisiones útiles, Deetra se separó del grupo. Caminó hacia unos barriles alineados junto a una de las paredes. La vio de reojo verter un líquido oscuro en cada uno.
Un golpe estridente de hierro contra hierro llegó hasta sus oídos. Deetra dio un respingo. Renek y Egon se pegaron a cada lado del vano de entrada, espadas en mano. Otro golpe. Luego otro más. Nadie dijo nada, y con sigilo, regresaron al salón principal.
Este seguía desierto, pero el golpeteo rítmico seguía, ahora con más claridad.
Provenía de una puerta entreabierta contigua a la cocina.
Al final de un corto pasillo, otra puerta entreabierta.
Detrás había un hombre, de espaldas a ellos, que, encorvado sobre un yunque, golpeaba con paciencia una hoja al rojo vivo.
Llamó a Egon y dio dos palmaditas a su propio cinturón. Este lo observó con confusión. Renek señaló el cinto de su compañero. Egon posó la mano en él y, al tocar la daga de hoja elegante, la extrajo. Preguntó a Renek con la mirada, y este le hizo un gesto para que se la acercara.
El repiqueteo del martillo enmascaró sus pasos mientras se deslizaba por la abertura.
El herrero no tuvo tiempo de volverse. Renek le cubrió la boca con una mano y, con la otra, hundió la hoja en la garganta desnuda.
La sangre brotó en silencio y resbaló por los dedos de Renek mientras el cuerpo se aflojaba en sus brazos.
Lo dejó caer con cuidado para no hacer ruido al depositarlo sobre el suelo.
Se limpió las manos y frotó la hoja en la ropa del cadáver.
Atravesaron el taller y salieron por la puerta opuesta.
Una nueva señal los alcanzó. El eco de voces llegó hasta ellos, apagado pero audible en la quietud. Una mujer y un hombre discutían, y uno de ellos mencionó a los misu. Egon alzó una mano para ordenar al grupo que se detuviera. Con un gesto, señaló la última puerta del pasillo.
Las voces provenían de allí.
Deetra sacó su daga en completo silencio y se apostó junto a la pared.
Los tres se acercaron sin hacer un solo crujido.
Se pegaron a la piedra y aguzaron el oído.
La voz femenina sonaba impaciente, casi furiosa; la del hombre, en cambio, era baja, cautelosa.
Egon agarró el picaporte. Luego, de golpe, empujó la puerta.
Entraron como una exhalación, con las armas desenvainadas.
Pero no eran dos personas. Eran cinco.
En el centro de la estancia, un hombre con capucha roja se giró de inmediato, interrumpiendo el discurso de una mujer de cabellos rubios y con un costado de la cabeza afeitada.
Su rostro estaba cruzado por marcas de pintura roja.
Tres hombres más, armados con hachas rudimentarias y porras, estaban apostados en las esquinas.
Llevaron las manos a las empuñaduras de manera instintiva ante la intrusión.
Pero el hombre encapuchado, que no mostraba sorpresa, los detuvo con un gesto leve, sin apartar la mirada de los intrusos.
—Bueno, parece que tenemos invitados —dijo, con una cadencia delicada y burlona—. Nando envía a sus mascotas para rescatar a sus otras mascotas.
Los matones aferraron las empuñaduras, expectantes.
—¡Fuisteis vosotros los que empezasteis esto! —espetó Deetra con rabia contenida.
—Es lo que os merecéis por husmear siempre en asuntos que no os incumben —dijo el encapuchado subiendo la voz.
—¿Quieres que me encargue de estos perros misu, Ramdon? —preguntó la mujer.
—No… Esta gente no tiene aspecto de misu. No parecen criados del viejo Nando. Deben de ser cazarrecompensas o matones a sueldo…
—Definitivamente no —confirmó Renek—. ¿Dónde están los hombres de Nando? Hagamos esto rápido y terminemos la fiesta en paz.
Ramdon sonrió sin dejar ver los dientes.
—¿Sabes qué te propongo? En vez de malgastar tu vida buscando fantasmas... ¿por qué no te unes a los Coyotes Rojos? Veo madera en ti. Madera buena.
Renek no parpadeó.
—Te escucho.
—¿¡Qué!? —Deetra se volvió hacia él, incrédula—. ¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes traicionar a Nando Pez? ¡No voy a permitirlo!
Ramdon soltó una carcajada breve, sin alegría.
—Tú debes de ser Deetra, ¿verdad? El animal de compañía de los misu. ¿Dónde has dejado a tu lagartija?
La mujer a su lado rio por lo bajo. El bandido reparó en el mordisco del brazo de la joven
—Veo que te has dado un revolcón con un malsano. Tienes agallas, chica. Pero guardas lealtad a la gente equivocada. Los misu solo te quieren como bufón para reírse a tus espaldas.
—¿Qué dices, saco de mierda? Deja de mentir.
—¿Mentir? ¿Cuánto hace que te juntas con esa gente? ¿Cuánto hace que les haces favores? ¿Y en algún momento te han ofrecido acogerte como a un miembro misu de verdad? ¿Alguna vez te han aceptado como una igual?
—¡Es porque soy demasiado joven! —gritó ella.
Ramdon rio de nuevo.
—Quizás sí eres demasiado joven si te crees esa patraña. Deetra, tú eres una chica inteligente. Para Nando y los misu no eres más que una herramienta divertida. ¿Me equivoco si digo que siempre te provocan y te hacen burlas?
—Solo algunos. Y no lo hacen con malicia. Al menos no han intentado matarme como vosotros.
—Porque estabas con ellos. Yvegger te tiene en muy alta consideración, ¿sabes? No piensa que seas una niña como sí piensa Nando. Y, como mujer fuerte que eres, siempre te ha tomado en serio. Él te respeta.
Sabe de lo que eres capaz.
—Eso no es lo que me ha contado Nando sobre Yvegger... —susurró ella.